Reino de Dios, Reino de los Cielos

Dios es «Rey de los siglos» (1 Ti 1:17), o sea de toda la historia, pero hay que distinguir entre esta soberanía eterna y la manifestación dinámica del Reino de Dios que se establecerá con la venida de Jesucristo.

En El Antiguo Testamento
La frase «reino de Dios» no aparece en el Antiguo Testamento, pero Dios sí se presenta como Rey: es rey de Israel (Nm 23:21; Is 43:15), y también de todo el mundo (Sal 24; 47:8; 103:19); Él reina para siempre (Sal 29:10). Estas expresiones indican no tanto un reino político o terrenal como el derecho de Dios de reinar sobre su propia creación.
Dios dijo a Abraham que de sus lomos saldrían reyes (Gn 17:6), pero no fue sino hasta el tiempo de Samuel que los israelitas pidieron un rey (1 S 8). Sin embargo, la monarquía fracasó completamente después de cuatro siglos (→ Israel, nación: Judá). Los profetas posteriores que vivieron durante el tiempo de la monarquía pronosticaron el gran futuro en que el → Mesías reinaría sobre todo el mundo (Is 2:1–4; Miq 4:1–3). Este reino se establecería en el → Día de Jehová (Jl 2:28–3:21; Am 9:11–15), cuando Dios juzgaría a las naciones y salvaría a su pueblo universal. Al final crearía nuevos cielos y nueva tierra (Is 65:17; 66:22). Todo esto señala la victoria final de Dios en la historia.

En La Literatura Intertestamentaria
Entre los dos testamentos surgió un marcado mesianismo que proclamaba la restauración del reinado de Israel. Esta esperanza renovada tomó muchas formas, pero la más común era la del libro seudoepigráfico Salmos de Salomón (17:23–51): el hijo de David, el Mesías, derrotaría a los enemigos gentiles. Como regidor de Israel, capitanearía las fuerzas que dominarían a todas las naciones; estas subirían a Jerusalén para glorificar a Jehová. En otras palabras, se presenta un reino político de justicia en el cual el Mesías e Israel encabezan a todo el mundo. Los → Zelotes en el tiempo de Jesús tenían esperanzas mesiánicas parecidas, con la diferencia de que ellos mismos establecerían el reino por medio de la sublevación armada.
Otra corriente de este período (200 a.C. a 100 d.C.) era la perspectiva mesiánica de la literatura apocalíptica, cuya idea central era la repentina introducción del Reino de Dios en forma cataclísmica sobre la tierra, empezando con un juicio inesperado en que los justos serían premiados y los malos castigados. Con estas ideas quizá Jesús estaba de acuerdo, pero rechazó otros conceptos extremistas de esta literatura tales como los cálculos del tiempo del fin, juegos de números, viajes celestiales y revelaciones acerca del cielo y del infierno.
Se discute intensamente la pauta doctrinal que Jesús siguió: ¿Enunció sus ideas respecto al reino conforme el mensaje profético del Antiguo Testamento, o las concibió siguiendo el rumbo de la literatura apocalíptica? Un repaso de la enseñanza de Jesús mostraría ampliamente lo primero.

En El Nuevo Testamento
En la predicación de Juan el Bautista
Juan vino predicando el arrepentimiento porque el Reino de Dios se había acercado (Mt 3:2). El ser israelita no aseguraba la entrada al Reino. Además, las obras apropiadas debían acompañar al arrepentimiento (Lc 3:8). El juicio estaba cerca, el hacha ya estaba puesta a la raíz de los árboles (Lc 3:9). A pesar de la aparente semejanza entre este mensaje y el que Jesús presentaría un poco después, todavía Juan imaginaba un reino político y terrenal. Cuando vio que no surgía tal Reino, Juan envió mensajeros para preguntar a Jesús (Mt 11:2s//). Jesús contestó en efecto que la presencia del Reino de Dios se verificaba en la curación de los enfermos, en la resurrección de los muertos y en la predicación del evangelio a los pobres (Mt 11:4s//). El carácter del Reino traído por Jesús no era político, literal ni terrenal, pero se demostraba en obras que apuntaban hacia una restauración total.
En la enseñanza de Jesús
En los cuatro Evangelios el título más común es el «reino de Dios». Solo Mateo usa la frase «reino de los cielos» (33 veces), aunque también usa «reino de Dios» cuatro veces (12:28; 19:24; 21:31, 43). Esencialmente estos dos términos expresan una misma realidad, como se ve mediante un cuidadoso examen de los Evangelios (cf. Mt 5:3 con Lc 6:20; y Mt 19:23s con Mc 10:24s y Lc 18:24s) y de muchos otros pasajes donde Mateo usa la expresión «reino de los cielos» y los otros sinópticos «reino de Dios». Al escribir a los judíos, Mateo demuestra su reserva judía en el uso del nombre sagrado de → Dios; es decir, utiliza sinónimos para referirse a Jehová (cf. Lc 15:18, 21 donde «el cielo» significa Dios). Además de estos dos términos, se halla la frase «reino del Padre» (Mt 13:43), y escuetamente «el reino» (Mt 6:13). Mateo 13:41 indica que el reino es del Hijo del Hombre.
Al examinar los datos de los Evangelios, se ve cuán difícil es definir el Reino de Dios. El concepto aparece en cuatro diferentes contextos: a) Unos pocos pasajes que presentan el reino con el significado abstracto de autoridad real o el poder de reinar. b) Un buen grupo de pasajes que aluden al reino como algo presente, como un poder dinámico que actúa entre los hombres. c) Otro grupo semejante al anterior indica que el reino es una esfera en la cual las personas entran. d) Además, hay un grupo final que presenta al reino como completamente futuro, escatológico y apocalíptico. A continuación trataremos de coordinar estos cuatro aspectos en una concepción total.
1. Respecto al concepto básico del término «Reino» (griego, basileı́a). Jesús anunció al principio de su ministerio que el Reino se había acercado (Mc 1:15//), pero en Mateo 12:28 dijo que el Reino había llegado cuando Él echaba fuera los demonios. Puesto que Jesús practicó la expulsión de → Demonios casi desde el principio de su ministerio (Mt 4:23s), queda claro por qué al anunciar el Reino habló de su misma presencia y autoridad. A esas alturas no importaban los demás elementos de un reino, tales como súbditos, leyes, o territorio, sino solo el rey y su autoridad real. Como dijo Orígenes: «Jesús es la autobasileía», es decir, el Reino mismo. En la parábola de las diez minas (Lc 19:11–27), el «hombre noble» tenía un territorio en el cual gobernaba, tenía siervos a quienes mandaba y había leyes que regían en ese pequeño país, pero al noble le faltaba la autoridad de proclamarse «rey». El «Reino» que él se fue a recibir era el poder o la autoridad real («investidura real», HA). Esta acepción de «Reino» se ve también en Jn 18:36. La gran mayoría de los eruditos creen hoy que el sentido básico de basileía es la autoridad y poder reales de Dios, su derecho de reinar en este mundo.
2. El segundo grupo de versículos habla del aspecto presente y dinámico del Reino. Ya indicamos que la presencia del Reino era manifiesta en las obras poderosas que Jesús hacía a favor de los necesitados. Pero el propósito del Reino era mucho más que la satisfacción de necesidades físicas; involucraba también una lucha sin cuartel contra Satanás. Jesús explica que el Reino de Dios tiene como fin contrarrestar la autoridad y poder del reino de → Satanás. El hecho de que Él mismo puede amarrar al fuerte (Satanás) y saquear sus alhajas (quitarle sus súbditos), trasladándolos a su propio Reino, demuestra la poderosa presencia de este (Mt 12:28s//). En otras palabras, ahí está la salvación. Este propósito se ve delineado en las palabras del ángel a José: «Llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21). Más tarde Jesús mismo dijo que no «vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10:45//).
En el establecimiento del Reino la muerte de Jesús era imprescindible para rescatar a las personas de sus pecados. Por eso, el hombre debe buscar el Reino sobre todas las cosas (Mt 6:33) y recibirlo como un niño (Mc 10:15), ya que el Reino no está lejos, sino entre los hombres (Lc 17:21).
3. Un tercer grupo de pasajes indica que el Reino es una esfera en la cual el hombre entra. Aquí se toma en cuenta el aspecto humano del Reino. Uno entra en el Reino al aceptar la autoridad de Jesús en su vida personal (cf. Mt 7:21ss; donde implica llamar a Jesús Señor y hacer la voluntad del Padre). Juan lo explica en términos del nuevo nacimiento (3:3, 5; cf. Lc 16:16; Mt 21:31; 23:13; Lc 11:52). Ciertos pasajes que hablan de entrar en el Reino tienen tinte escatológico, y pertenecen a la categoría de abajo (cf. las Bienaventuranzas que hablan del Reino como galardón futuro, Mt 5:3–12 //; cf. Mc 9:47; 10:23ss //).
4. El último grupo tiene que ver con el aspecto escatológico del Reino, relacionado con la venida de Cristo (→ Segunda Venida). Será el momento de la reunión de todos los hijos de Dios del mundo entero (Mt 8:11); será el tiempo del → Juicio (Mt 16:27) cuando el Hijo del Hombre se sentará en su trono (Mt 25:31–46); será el tiempo de la regeneración cuando los discípulos participarán en la administración del Reino (Mt 19:28; cf. Lc 18:29s). Las «ovejas» entrarán en el Reino preparado desde la fundación del mundo (Mt 25:34). Los Evangelios no especifican la naturaleza de ese reino, pero será el cumplimiento de las esperanzas proféticas porque se establecerá el reino literal, terrenal, político y moral que Dios quiere imponer (→ Milenio).
Hay cierta tensión entre el aspecto presente y el aspecto futuro del Reino. Tanto Juan el Bautista (Lc 7:19) como los mismos discípulos (Hch 1:6) estaban perplejos porque el Reino no apareció en forma literal en el tiempo de Jesús. Para una explicación de la aparente promesa de una pronta venida del Reino (Mt 10:23; 16:28), → Segunda Venida. En efecto, el triunfo de Jesús en la cruz los cristianos lo ven como un hecho escatológico, porque su sacrificio, confirmado y aprobado por el acto divino de la → Resurrección, nos logró la vida eterna. Jesús, entonces, inauguró el Reino, sin llevarlo a su consumación. Como ha dicho Cullmann, «se ganó la batalla decisiva, solo se espera la terminación de la guerra». Por eso, Pedro indicó en el día de Pentecostés que los postreros días habían llegado (Hch 2:16–21). Ya se podía gozar de las bendiciones y poderes del siglo venidero (1 Co 10:11; Heb 6:5).
En resumen, el Reino de Dios es el mismo poder dinámico de Dios encarnado en el mundo en la persona de Jesús, con el fin de devolver a su dueño a los que estaban bajo la autoridad de Satanás y del pecado. Aunque el poder del Reino se ve en las obras maravillosas de Jesús, la máxima manifestación se encuentra en su muerte y resurrección; por tanto, es proclamado Señor de todo el universo. El Reino no solo es un poder dinámico que actúa entre las personas, sino también una esfera en la cual los hombres entran al recibir a Jesús como su Señor y al hacer la voluntad del Padre (Mt 7:21ss). Durante el actual período intermedio, los discípulos proclaman el señorío de Jesús en todo el mundo, y cuando esta tarea se termine, se manifestará gloriosa y públicamente el Reino de Dios en la parusía del Señor Jesucristo.
Aunque la cabeza de un reino debe ser un rey, los Evangelios, especialmente Mateo y Juan, presentan a Dios como → Padre. Así que el Reino tiene el carácter de una gran familia en la cual los hijos (Jn 1:12) llaman a Dios → Abba (Mt 6:9; cf. Ro 8:15; Gl 4:6). Los hijos, siendo responsables, se preocupan por los asuntos de su Padre: llevan una verdadera vida de discipulado (Mt 16:24) y son portadores del evangelio del Reino, compartiendo en esta responsabilidad la misma autoridad de su Señor (cf. Mt 10:1, 5–15, 40ss).
Frente al hecho de que el Reino de Dios siempre es Reino de → Justicia, se discute intensamente si los hijos del Reino tienen la responsabilidad en la época presente de implantar la justicia en este mundo de maldad. Aunque el Nuevo Testamento no respalda la imposición de sistemas políticos por la fuerza, esto no quiere decir que los hijos del Reino justo de Dios no deban luchar por todos los medios legítimos, según los principios básicos del Reino, para lograr la máxima justicia posible dentro del contexto contemporáneo. Cada hijo del Reino tiene la responsabilidad de ministrar a los necesitados y desvalidos a su alrededor (Mt 25:31–46). Los que no hayan cumplido con su responsabilidad serán separados del resto del Reino por el Hijo del Hombre en el juicio final (Mt 25:41–46), enseñanza claramente presentada por Jesús en las parábolas del Reino (Mt 13:24–30, 36–43, 47–50; 24:45–51; 25:1–13, 14–30).
En el resto del Nuevo Testamento
De concepto central en el mensaje de Jesús, el Reino de Dios pasa a ser un tema marginal en el resto del Nuevo Testamento. Más bien se recalca la → Iglesia. Este cambio se debe, no a la poca importancia del reino, sino a la labor de traducción realizada por los predicadores, una vez que el mensaje evangélico alcanzara a las masas de habla griega. Expresiones como «Hijo del Hombre» y «Reino de Dios», muy comprensibles en el ambiente palestinense, causaban malos entendidos entre los gentiles (→ Roma, Imperio) y tuvieron que ser reemplazadas.
En los Hechos la iglesia predica el Reino de Dios (8:12; 20:25; 28:23, 31) como realidad presente y futura (14:22). Pablo habla del aspecto presente del Reino (Ro 14:17; 1 Co 4:20; Col 1:13), pero recalca el aspecto futuro: los malos no heredarán el Reino (1 Co 6:9s; Gl 5:21; Ef 5:5); el Reino vendrá con la manifestación de Jesús en su Segunda Venida (2 Ti 4:1, 18); después de dominar a todos sus enemigos, el Señor Jesús entregará el Reino al Padre para que Dios sea todo en todos (1 Co 15:23–28). La palabra final del Reino se encuentra en el Apocalipsis que relata cómo los reinos de este mundo llegan a ser el Reino de nuestro Señor (11:15; 12:10), a quien se llama Señor de señores y Rey de reyes (17:14; 19:16). Pero Él no reina solo, sino junto con los suyos durante mil años (20:1–10). Después del juicio del gran trono blanco sigue el aspecto eterno del Reino, cuando aparece un cielo nuevo y una tierra nueva (21:1); una existencia en la cual no cabe el mal de ninguna especie (21:27). Este Reino eterno representa la victoria final de la justicia.

El Reino Y La Iglesia
Aunque generalmente el magisterio de la iglesia católica romana define como idénticos estos dos conceptos, algunos eruditos católicos los distinguen. El sentido abstracto del Reino, o sea la autoridad soberana de Dios y de Cristo, nunca puede identificarse con la Iglesia. Cuando una persona se somete a la autoridad de Dios en el Reino, llega a ser hijo del Reino y forma parte del pueblo de Dios. Los súbditos del Reino forman la Iglesia, pero no pueden ser identificados con el Reino en su totalidad. El Reino crea la Iglesia, la cual a su vez predica el evangelio del Reino; de tal modo que la Iglesia es el instrumento y custodio del Reino de la tierra. El Reino es la esfera de la salvación; la Iglesia es la esfera de la comunión, del testimonio y del goce de las bendiciones del Reino. Aunque los dos están inseparablemente ligados, no pueden ser identificados.