Amor

Amor El verbo `ahab designa el amor sexual (Os 3:1), paternal (Gn 25:28), de amistad (1 S 16:21) y del prójimo (Lv 19:18), que incluye al compatriota y al extranjero que habita en Israel (Lv 19:34). Se exhorta a ayudar y perdonar al enemigo personal (Éx 23:4s; Pr 25:21), pero no se habla de amarle. Los profetas utilizan el término khsed («misericordia» en RV, amor compasivo) para describir la relación que Dios demanda entre su pueblo, particularmente con los pobres y desamparados (Os 6:6; cf. Is 1:17; Ez 18:12ss; Am 2:6).

El Antiguo Testamento declara que el hombre debe amar a Dios en respuesta al amor de este: debe ser un amor total y pleno (Dt 6:5), rendido solo a Él y expresado en servicio, obediencia y reverencia (Dt 10:12s; 11:13; Is 56:6). La profesión de ese amor a menudo inicia la alabanza en los Salmos (18:1; 73:25; 116:1; cf. Lm 3:24).

El amor de Dios por el hombre raramente se expresa en el Antiguo Testamento con los términos amar (˒ahab) o amor (˒ahaba); más bien se habla de la khesed («misericordia», «fidelidad activa»), khen («favor», «gracia») o rikham («misericordia», «compasión»). Este amor se expresa sobre todo en los actos históricos por los que Dios eligió, creó, libertó y guió a su pueblo. Nace de la pura misericordia divina (Dt 4:37; 7:7; 10:15; Jer 12:7–9; Is 54:5–8; 2 Cr 20:7). Es misericordioso: salva, socorre, corrige (Dt 23:5; Is 43:25; Sal 86:5; Is 63:9). Oseas, Jeremías y Ezequiel utilizan los símiles del esposo y del padre para destacar la fidelidad de Dios y la infidelidad y desobediencia del pueblo.

Rara vez menciona el Antiguo Testamento el amor de Dios por los israelitas, y cuando lo hace es en el contexto de las promesas futuras, como en Is 2:2–4; Miq 4:1–4; Jer 12:15; Jon 4:11. Igualmente escasas son las referencias al amor por todas las criaturas (véase, sin embargo, Sal 145:9). Aunque el amor de Dios está dirigido primordialmente al pueblo, no falta en la relación de Dios con el individuo, como se ve en varias oraciones personales de los salmos (40; 42; 51; 130), con respecto a personas en particular (2 S 12:24s; 1 R 10:9; Sal 127:2) o a categorías de personas (Pr 15:19; Dt 10:18; Pr 22:11, LXX).

Todas las relaciones que el Antiguo Testamento menciona se profundizan y llevan a cabo en el Nuevo Testamento.

Jesús resume la Ley en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mt 7:12; 22:34–40), pues ambos están estrechamente vinculados (1 Jn 3:14–22; Mt 5:45). El amor a Dios y al prójimo debe ser activo y concreto (Mt 5:38–47; 7:21; 25:34–36). La noción del prójimo se ensancha para incluir a todo el que tiene necesidad (Lc 10:29–37) y específicamente al enemigo (Mt 5:44; 18:22–25). La línea de los profetas señala que este amor al prójimo tiene prioridad sobre los deberes religiosos y la observancia del sábado (Mt 5:23s; 9:13; Mc 3:1–6). De ese amor total, desinteresado y abnegado, Jesús ha dado el ejemplo perfecto (Jn 10:11; 15:13; 1 Jn 3:16).

El amor de Dios también forma parte de la enseñanza de Jesús (Mt 6:24; 22:37). Debe ser total y sin reservas (Mt 6:24ss; Lc 17:7ss; 14:26ss). Pablo destaca que es la respuesta al amor de Dios hacia el hombre y la consecuencia de este (Gl 2:20; 1 Jn 3:1; 4:10, 11, 17, 19).

Este amor de Dios ha hallado su perfecta manifestación y realización en Jesucristo. En su enseñanza señala la universalidad (Mt 5:45; 6:25–32) e infinitud (Mt 18:12s) del amor de Dios. Pero es sobre todo en la muerte y resurrección de Cristo donde Dios ha puesto en acción su amor para nuestra redención (Ro 5:8; 8:32; Tit 3:4). La muerte voluntaria de Jesús es obra del amor del Padre y del Hijo (Ro 5:6; Flp 2:8). Por eso Pablo no distingue el amor de Dios del de Cristo (Ro 5:15; 2 Co 8:9; Gl 1:6). El amor de Dios escoge a las personas (Ro 1:17; Col 3:12) y los llama. Derrama su Espíritu en los corazones de los creyentes (Ro 5:5), realiza en los amados la purificación, la santificación, la justificación (1 Co 6:11; 2 Ts 2:13), la renovación interior (Tit 3:5; Ro 6:4; 8:2; 13:8; Gl 5:13). El amor es el don supremo del Espíritu (1 Co 13) y el resumen de toda la Ley (Ro 13:8; Gl 5:13).

Cuando interpretamos la expresión cumbre de Juan: «Dios es amor», debemos recordar que las características del amor manifestadas en la Escritura son: personal, voluntario, selectivo (es el fundamento de la elección), espontáneo, fiel a su pacto, justo (y exige justicia), exclusivo (demanda una respuesta total) y redentor.