Entre Malaquías y Mateo
Historia del período intertestamentario y la preparación del mundo en el que nació Jesús
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“¿Cómo llegó el mundo de Malaquías a convertirse en el mundo de Mateo?”
Estudio bíblico e histórico para cristianos y estudiantes de la Biblia
Introducción: el mundo que cambió entre dos páginas
¿Qué encontraría un lector si cerrara el libro de Malaquías y abriera inmediatamente el Evangelio de Mateo? Descubriría un mundo que parece familiar y, al mismo tiempo, completamente distinto. Jerusalén continúa siendo la ciudad santa y el Templo sigue ocupando el centro de la vida religiosa. Sin embargo, ya no gobiernan los persas. En las calles se escucha griego, Judea está bajo la sombra de Roma, un rey llamado Herodes ocupa el trono y grupos como los fariseos y los saduceos aparecen en cada discusión importante.
Nada de esto surgió de un día para otro. Entre los últimos acontecimientos narrados en el Antiguo Testamento y el nacimiento de Jesús transcurrieron varios siglos de conquistas, conflictos internos, traducciones de las Escrituras, reformas políticas y esperanzas religiosas. Fueron años en los que Judea pasó de Persia a los sucesores de Alejandro Magno, luego a una breve independencia judía y, finalmente, al dominio romano.
A este tiempo se le suele llamar «período intertestamentario». El nombre es útil porque conecta las dos grandes partes de la Biblia cristiana, pero puede causar una impresión equivocada. No fue un período vacío ni un tiempo sin historia. Contamos con libros judíos de la época, especialmente 1 y 2 Macabeos; con los escritos de Flavio Josefo; con monedas, inscripciones, papiros, fortalezas, palacios y los manuscritos del mar Muerto. Las distintas tradiciones cristianas no colocan todos estos escritos en el mismo lugar del canon, pero todos son importantes para reconstruir el contexto histórico.
La pregunta que guiará este estudio es sencilla: ¿cómo llegó el mundo de Malaquías a convertirse en el mundo de Mateo? La respuesta explica por qué los Evangelios hablan de la fiesta de la Dedicación, del poder de Roma, de la familia de Herodes, de los fariseos, de los saduceos, de las sinagogas y de una expectativa tan intensa por la llegada del reino de Dios.
Ficha histórica rápida
| Campo | Información |
| Período aproximado | c. 430/400 a. C. – 6/4 a. C.; núcleo helenístico-romano: 332–4 a. C. |
| Libros relacionados | Daniel 7–12; 1–2 Macabeos; literatura del Segundo Templo; Mateo, Lucas, Juan y Hechos |
| Región principal | Judea, Jerusalén, Galilea, Samaria, Egipto, Siria y el Mediterráneo oriental |
| Personajes principales | Alejandro Magno, los Ptolomeos, Antíoco IV, los macabeos, los asmoneos, Pompeyo y Herodes |
| Potencias dominantes | Persia, Macedonia, reino ptolemaico, reino seléucida y Roma |
| Tema central | La transformación política, cultural y religiosa que preparó el mundo de los Evangelios |
Cronología esencial
| Fecha | Acontecimiento |
| 332 a. C. | Alejandro conquista la costa levantina y Judea pasa al mundo macedonio. |
| 301–200/198 a. C. | Dominio ptolemaico desde Egipto. |
| Siglo III a. C. | Comienza en Alejandría la traducción de la Torá al griego. |
| 200/198 a. C. | Los seléucidas obtienen el control definitivo de Judea. |
| 167 a. C. | Decretos de Antíoco IV y comienzo de la revuelta macabea. |
| 164 a. C. | Purificación y rededicación del Templo. |
| 142/140 a. C. | Autonomía consolidada bajo Simón; comienzo formal del gobierno asmoneo. |
| 63 a. C. | Pompeyo toma Jerusalén y Judea entra en la esfera romana. |
| 37–4 a. C. | Reinado de Herodes el Grande. |
| 6–4 a. C. | Fecha probable del nacimiento de Jesús. |
Ubicación en la historia bíblica
El período intertestamentario no tiene límites idénticos en todos los estudios. De manera práctica, puede ubicarse entre el final de la época persa, durante los siglos V y IV a. C., y el nacimiento de Jesús, ocurrido probablemente entre los años 6 y 4 a. C. Su núcleo histórico más decisivo comienza con la conquista de Alejandro Magno en el 332 a. C. y termina con el reinado de Herodes el Grande.
Antes de este período, los judíos habían regresado del exilio babilónico bajo el dominio persa. El Templo había sido reconstruido, Jerusalén había recuperado sus murallas y la comunidad de Judea organizaba su vida alrededor de la Torá, el sacerdocio y el santuario. Esdras, Nehemías, Hageo, Zacarías y Malaquías pertenecen a ese mundo posterior al exilio.
Después del período intertestamentario comienzan los acontecimientos del Nuevo Testamento. Mateo y Lucas presentan el nacimiento de Jesús durante los últimos años de Herodes el Grande. Los Evangelios muestran una Judea integrada al sistema romano, una Galilea gobernada por descendientes de Herodes y una sociedad judía marcada por debates sobre pureza, resurrección, interpretación de la Ley, autoridad sacerdotal y esperanza mesiánica.
Los acontecimientos de estos siglos aparecen directamente en 1 y 2 Macabeos, libros incluidos en las Biblias católicas y ortodoxas y considerados literatura histórica antigua por los protestantes. Daniel 7–12 se relaciona estrechamente con el ascenso de los imperios griegos y con la crisis provocada por Antíoco IV. La fecha y composición final de Daniel son debatidas entre intérpretes confesionales y especialistas críticos, por lo que conviene distinguir la discusión académica de la manera teológica en que cada tradición recibe el libro. En el Nuevo Testamento, Juan 10:22 menciona la fiesta de la Dedicación, nacida de la purificación del Templo por los macabeos.
Contexto histórico y geográfico: una tierra pequeña entre grandes imperios
Judea ocupaba una franja pequeña, montañosa y estratégica entre dos grandes centros de poder: Egipto al sur y Siria-Mesopotamia al norte y al este. Quien dominaba la región podía controlar rutas militares y comerciales que conectaban África, Asia y el Mediterráneo. Por eso el territorio fue disputado repetidamente por imperios mucho más grandes que él.
Jerusalén se encontraba en las montañas, alejada de los puertos principales, pero tenía un valor religioso que superaba su tamaño económico. El Templo atraía peregrinos, concentraba ofrendas y servía como centro de identidad nacional. En la costa estaban ciudades con fuerte influencia griega, como Gaza, Jope y posteriormente Cesarea Marítima. Al norte se extendían Samaria y Galilea; al este, el valle del Jordán, Perea y los territorios de pueblos como los nabateos; al sur, Idumea.
Las grandes rutas seguían las llanuras costeras y los corredores del Jordán. Los ejércitos de Egipto y Siria cruzaban por ellas, mientras comerciantes transportaban grano, aceite, vino, metales, especias y productos de lujo. Judea no vivía aislada. Sus habitantes trataban con fenicios, samaritanos, idumeos, árabes, griegos, egipcios y sirios. Muchos judíos residían además fuera de la tierra de Israel, especialmente en Egipto, Babilonia y las ciudades del Mediterráneo.
La mayoría vivía en aldeas agrícolas y hablaba arameo; el hebreo conservaba importancia religiosa, mientras el griego avanzaba en la administración y el comercio. Hacia el tiempo de Jesús, los tres idiomas convivían de maneras distintas.
La helenización fue un proceso desigual, no el abandono automático de una cultura. Algunas élites adoptaron educación y costumbres griegas; otras personas usaron el idioma y las instituciones helenísticas sin renunciar a su fe. La resistencia surgió cuando ciertas prácticas amenazaron la fidelidad a la Torá.
1. De la dominación persa a la conquista de Alejandro Magno
Cuando termina la época narrada por Esdras y Nehemías, Judea forma parte del Imperio persa. La comunidad posee cierta autonomía religiosa, pero no es un reino independiente. El sumo sacerdote adquiere creciente importancia como representante de la población ante las autoridades imperiales. El Templo, la Torá y la memoria del pacto mantienen unida a la comunidad.
En el 334 a. C., Alejandro de Macedonia inició su campaña contra Persia. En pocos años derrotó a Darío III y desmanteló el imperio que había dominado el Cercano Oriente durante casi dos siglos. Después de vencer en Issos, avanzó por la costa levantina. Tiro resistió un largo sitio y Gaza cayó en el 332 a. C. Egipto se sometió y Alejandro fundó Alejandría, ciudad que llegaría a ser uno de los mayores centros culturales del mundo antiguo.
Josefo cuenta que Alejandro visitó Jerusalén y trató favorablemente al sumo sacerdote. El relato es famoso, pero no aparece en las fuentes griegas contemporáneas y contiene detalles que muchos historiadores consideran legendarios o embellecidos. Lo históricamente seguro es que Judea pasó al dominio macedonio sin una destrucción comparable a la de Tiro o Gaza.
Alejandro murió en Babilonia en el 323 a. C., con apenas treinta y dos años y sin dejar un sucesor capaz de conservar unido su imperio. Sus generales comenzaron una larga lucha por el poder. Judea quedó atrapada entre los gobernantes de Egipto y los de Siria. La geografía volvió a determinar su historia.
2. La expansión de la cultura griega
Las conquistas de Alejandro difundieron el idioma griego y modelos culturales griegos por una región inmensa. Después de su muerte, sus sucesores fundaron ciudades, establecieron colonias militares, emitieron monedas comunes y organizaron la administración con prácticas helenísticas. El griego koiné, una forma común del idioma, se convirtió en medio de comunicación desde Egipto hasta Siria y Asia Menor.
La cultura griega se manifestaba en la educación, el teatro, el gimnasio, la arquitectura, la filosofía y la vida de la polis, la ciudad organizada según instituciones cívicas griegas. Sin embargo, el mundo helenístico no fue una copia uniforme de Grecia. Las tradiciones locales continuaron y se mezclaron con elementos nuevos. Egipcios, sirios, fenicios y judíos participaron en esa cultura de distintas maneras.
Para los judíos, el griego abrió oportunidades comerciales e intelectuales. Muchos adoptaron nombres griegos y escribieron obras religiosas en ese idioma. Al mismo tiempo, el gimnasio y ciertas costumbres públicas podían entrar en conflicto con la circuncisión, el sábado y las normas alimentarias. El problema no era hablar griego, sino decidir hasta dónde podía llegar la integración sin perder la fidelidad al Dios de Israel.
Este mundo explica por qué el Nuevo Testamento fue escrito principalmente en griego y por qué comunidades judías de lugares muy distantes podían escuchar las Escrituras en la misma lengua. También ayuda a entender que «helenista» no siempre significaba pagano. Un judío podía ser profundamente fiel a su tradición y, a la vez, utilizar el griego como idioma principal.
3. La traducción de la Septuaginta
Una de las consecuencias más duraderas de este nuevo mundo fue la traducción de las Escrituras judías al griego. La tradición conservada en la Carta de Aristeas cuenta que setenta y dos sabios tradujeron la Ley para la biblioteca del rey Ptolomeo II Filadelfo. De allí procede el nombre «Septuaginta» y la abreviatura LXX, asociada al número setenta.
La mayoría de los especialistas considera que el relato de Aristeas contiene memoria histórica mezclada con una presentación idealizada. Existe amplio acuerdo en que la Torá fue traducida en Alejandría durante el siglo III a. C., probablemente para las necesidades de la comunidad judía de lengua griega. Los demás libros fueron traducidos en distintos momentos y por diferentes personas; por eso la Septuaginta no debe imaginarse como una obra completada en una sola reunión.
La traducción fue mucho más que una ayuda lingüística. Permitió que las Escrituras fueran leídas en sinagogas y hogares de la diáspora. También creó un vocabulario religioso en griego que más tarde utilizarían los autores del Nuevo Testamento. Muchas citas del Antiguo Testamento en el Nuevo siguen de cerca la forma griega de la Septuaginta.
Las diferencias entre la Septuaginta y el texto hebreo tradicional no tienen una sola explicación. Algunas reflejan decisiones de traducción; otras pueden proceder de formas hebreas antiguas distintas de la que llegó a ser el texto masorético. Los manuscritos del mar Muerto confirmaron que en el período del Segundo Templo circulaban varias formas textuales. Esto no significa que las Escrituras carecieran de estabilidad, sino que su transmisión antigua fue más compleja de lo que antes se imaginaba.
4. El gobierno de los Ptolomeos
Después de décadas de lucha entre los sucesores de Alejandro, Judea quedó firmemente bajo el control de los Ptolomeos de Egipto alrededor del 301 a. C. La dinastía gobernaba desde Alejandría y administraba sus territorios mediante funcionarios, impuestos y redes económicas. Judea formaba parte de una zona más amplia llamada Siria y Fenicia o Celesiria.
El período ptolemaico fue relativamente estable, aunque no estuvo libre de cargas fiscales ni rivalidades locales. El sumo sacerdote y las familias influyentes de Jerusalén actuaban como intermediarios entre la población y el gobierno. El relato de la familia de los tobíadas, conservado por Josefo y relacionado con documentos como los papiros de Zenón, muestra un mundo de recaudadores, propiedades rurales, comercio y competencia por el favor de la corte.
Durante estos años creció la comunidad judía de Egipto. Alejandría llegó a albergar una de las poblaciones judías más importantes fuera de Judea. Allí surgieron obras en griego y se desarrolló una forma de vida judía plenamente conectada con el Mediterráneo. La diáspora no era una simple consecuencia de expulsiones; también resultaba de migraciones, oportunidades económicas y servicio militar.
Egipto y el reino seléucida de Siria lucharon repetidamente por el control de la región. En el 200 a. C., Antíoco III derrotó a las fuerzas ptolemaicas cerca de Panio, en las fuentes del Jordán. Para el 198 a. C., Judea había pasado definitivamente a manos seléucidas. Muchos judíos recibieron inicialmente a Antíoco III como libertador, y el rey confirmó privilegios religiosos y apoyo al Templo.
5. Los seléucidas y la crisis de Antíoco IV Epífanes
Los seléucidas gobernaban un territorio enorme desde Siria y Mesopotamia. Antíoco III permitió que los judíos vivieran según sus leyes ancestrales, pero su derrota frente a Roma en Magnesia, en el 190 a. C., y el tratado de Apamea impusieron al reino una indemnización pesada. Las necesidades financieras aumentaron la presión sobre templos, ciudades y provincias.
Cuando Antíoco IV Epífanes subió al trono en el 175 a. C., Jerusalén ya estaba dividida. El sumo sacerdocio se convirtió en objeto de competencia política. Jasón obtuvo el cargo desplazando a su hermano Onías III y promovió instituciones griegas, incluido un gimnasio. Más tarde, Menelao ofreció mayores pagos y reemplazó a Jasón. Estas luchas muestran que la crisis no fue únicamente una confrontación entre «griegos» y «judíos»; también fue una guerra interna entre grupos judíos con proyectos distintos.
Antíoco IV realizó campañas contra Egipto. En el 168 a. C., cuando parecía cerca de dominarlo, un enviado romano le ordenó retirarse. Poco después, rumores sobre su muerte provocaron disturbios en Jerusalén y Jasón intentó recuperar el poder. El rey interpretó la situación como rebelión, atacó la ciudad y fortaleció una guarnición en la fortaleza conocida como el Acra.
En el 167 a. C. se emitieron decretos que prohibían prácticas fundamentales del judaísmo, como la circuncisión, la observancia del sábado y los sacrificios tradicionales. El Templo fue profanado y se introdujo un culto incompatible con la Ley de Israel. 1 y 2 Macabeos describen persecución, ejecuciones y martirios de quienes se negaron a obedecer.
¿Por qué actuó Antíoco de manera tan extrema? No existe una respuesta única aceptada. Algunos historiadores destacan su deseo de controlar una provincia rebelde; otros subrayan la influencia de dirigentes locales que buscaban imponer su programa; también se consideran las presiones financieras y la guerra civil de Jerusalén. Lo seguro es que la prohibición sistemática de la religión ancestral fue extraordinaria dentro de la práctica seléucida y provocó una resistencia que el rey no anticipó.
6. La revuelta de los macabeos
La revuelta comenzó en Modín, una localidad al noroeste de Jerusalén. Según 1 Macabeos, el sacerdote Matatías se negó a ofrecer un sacrificio pagano, mató al funcionario que intentaba imponerlo y huyó con sus hijos a las montañas. Su acción reunió a personas dispuestas a defender la Ley, entre ellas grupos llamados jasidim o «piadosos».
Tras la muerte de Matatías, su hijo Judas asumió el liderazgo. El sobrenombre «Macabeo» probablemente significa «martillo», aunque su origen exacto no es seguro. Judas utilizó ataques rápidos y aprovechó el terreno montañoso. Derrotó varias fuerzas seléucidas y consiguió entrar en Jerusalén.
En diciembre del 164 a. C., el Templo fue purificado y el altar rededicado. Este acontecimiento dio origen a la fiesta de Janucá, llamada en Juan 10:22 «la fiesta de la Dedicación». La rededicación no significó que la guerra hubiera terminado. La guarnición del Acra continuó en Jerusalén y los seléucidas conservaron capacidad militar. Judas murió en batalla en el 160 a. C.
Sus hermanos Jonatán y Simón continuaron la lucha, combinando diplomacia y guerra. Las disputas por el trono seléucida les permitieron obtener concesiones. Jonatán fue reconocido como sumo sacerdote, una decisión polémica porque su familia no pertenecía a la línea tradicional de sumos sacerdotes sadoquitas. Simón logró la eliminación de la guarnición y, hacia el 142 a. C., Judea dejó de pagar tributo. En el 140 a. C., una asamblea confirmó a Simón como dirigente y sumo sacerdote hasta que surgiera un profeta digno de confianza.
La revuelta macabea fue, por tanto, un proceso y no una sola batalla. Comenzó como resistencia religiosa, se convirtió en guerra de liberación y terminó creando una nueva dinastía. Su memoria conservó la convicción de que la fidelidad a Dios podía mantenerse aun bajo presión imperial.
7. La dinastía asmonea: independencia, expansión y división
Los descendientes de Simón formaron la dinastía asmonea, llamada así por un antepasado de la familia. Durante aproximadamente un siglo, Judea volvió a tener gobernantes judíos. Juan Hircano amplió el territorio hacia Idumea, Samaria y Transjordania. Destruyó el templo samaritano del monte Gerizim y sometió a poblaciones vecinas. Las fuentes indican que los idumeos fueron incorporados al judaísmo; el grado de coerción y la manera exacta en que ocurrió siguen siendo discutidos.
Aristóbulo I adoptó el título de rey. Alejandro Janeo unió la monarquía y el sumo sacerdocio, expandió el reino y libró guerras continuas. Su reinado estuvo marcado por conflictos internos y una represión severa de opositores. Bajo Salomé Alejandra, la política cambió y los fariseos adquirieron mayor influencia.
El reino asmoneo alcanzó una extensión considerable, pero se alejó de los ideales que habían impulsado la revuelta. Una familia sacerdotal que había resistido la imposición extranjera terminó utilizando ejércitos, alianzas y coerción para ampliar su territorio. La combinación del trono y el sumo sacerdocio también generó dudas sobre legitimidad.
Después de la muerte de Salomé Alejandra, sus hijos Hircano II y Aristóbulo II disputaron el poder. Ambos buscaron apoyo externo. Esa rivalidad abrió la puerta a Roma. La independencia conseguida por los macabeos no terminó por una invasión inesperada, sino por una guerra dinástica que invitó a una potencia mayor a decidir el futuro del país.
8. La llegada de Roma a Judea
En el 63 a. C., el general romano Pompeyo reorganizaba el oriente después de derrotar a Mitrídates y eliminar los últimos restos del poder seléucida. Hircano II y Aristóbulo II presentaron sus reclamaciones ante él. Pompeyo apoyó a Hircano, sitió Jerusalén y tomó la ciudad después de tres meses.
Josefo informa que Pompeyo entró en el Lugar Santísimo, un acto que escandalizó profundamente a los judíos, aunque no saqueó los objetos sagrados. Judea perdió territorios, quedó obligada a pagar tributo y pasó a depender de Roma. Hircano conservó el sumo sacerdocio, pero el poder efectivo fue cayendo en manos de Antípatro, un dirigente idumeo hábil para colaborar con los romanos.
Roma no convirtió inmediatamente a Judea en una provincia administrada como lo sería más tarde. Prefirió gobernar mediante élites locales y reyes clientes. Esta estrategia reducía los costos militares y aseguraba lealtad en una frontera cercana al imperio parto. Antípatro apoyó a Julio César y recibió privilegios. Sus hijos Fasael y Herodes obtuvieron cargos importantes.
La llegada de Roma cambió el horizonte político. Desde entonces, las disputas internas de Judea quedaron conectadas con las guerras civiles romanas. Las decisiones de Pompeyo, César, Marco Antonio y Octavio afectaron directamente a Jerusalén. Cuando el Nuevo Testamento menciona al César, a gobernadores y a soldados romanos, está describiendo el resultado de este proceso iniciado en el 63 a. C.
9. El surgimiento de los fariseos y los saduceos
Los fariseos y los saduceos aparecen con claridad en las fuentes durante la época asmonea. Josefo los menciona como grupos activos en tiempos de Juan Hircano. Sus orígenes exactos son inciertos, y conviene evitar afirmaciones demasiado seguras.
Los fariseos daban gran importancia a la interpretación de la Torá aplicada a la vida diaria y aceptaban tradiciones transmitidas además del texto escrito. Creían en la resurrección, en ángeles y en la acción providencial de Dios, aunque las descripciones antiguas simplifican una realidad probablemente diversa. Algunos especialistas han relacionado a los fariseos con los jasidim de la revuelta macabea, pero no puede demostrarse que fueran el mismo grupo.
Los saduceos estuvieron asociados con familias sacerdotales y círculos aristocráticos vinculados al Templo. Rechazaban ciertas tradiciones aceptadas por los fariseos y, según el Nuevo Testamento y Josefo, negaban la resurrección. Su nombre suele relacionarse con Sadoc, sacerdote de la época de David y Salomón, pero la conexión histórica no es segura.
Estos grupos no representaban a todos los judíos. La mayoría de la población no pertenecía formalmente a una «secta». Existían además esenios, comunidades vinculadas a los manuscritos del mar Muerto, movimientos proféticos y muchas expresiones locales de fe. La diversidad del judaísmo del Segundo Templo explica por qué los debates de los Evangelios son tan intensos: distintas personas compartían las Escrituras, el Templo y la esperanza de Israel, pero discrepaban sobre cómo obedecer a Dios.
10. Herodes el Grande y su reino
Herodes nació en una familia idumea integrada al judaísmo y estrechamente ligada a Roma. En el 40 a. C., mientras los partos apoyaban al asmoneo Antígono, el Senado romano nombró a Herodes «rey de los judíos». El título no le entregó inmediatamente el país: tuvo que conquistarlo. Con ayuda romana tomó Jerusalén en el 37 a. C. y gobernó hasta su muerte, generalmente fechada en el 4 a. C.
Herodes fue un administrador eficaz, un diplomático hábil y un gobernante brutal. Sobrevivió al cambio de poder entre Marco Antonio y Octavio, futuro Augusto, y conservó el favor romano. Eliminó posibles rivales, incluidos miembros de su propia familia y descendientes asmoneos. Su origen, su dependencia de Roma y su violencia hicieron que muchos súbditos desconfiaran de él.
Al mismo tiempo, transformó físicamente el reino. Construyó el puerto de Cesarea Marítima, fortalezas como Masada y Herodión, palacios, acueductos y ciudades. Su obra más famosa fue la ampliación monumental del Templo de Jerusalén, iniciada alrededor del 20/19 a. C. El santuario continuó funcionando durante la construcción y llegó a ser uno de los complejos religiosos más impresionantes del Mediterráneo.
El Evangelio de Mateo sitúa el nacimiento de Jesús durante el reinado de Herodes. La mayoría de los historiadores fecha la muerte del rey en el 4 a. C., aunque existe una propuesta minoritaria que la coloca más tarde. Por eso el nacimiento de Jesús suele situarse entre el 6 y el 4 a. C.; nuestro calendario fue calculado siglos después y contiene un pequeño desfase.
Herodes representa la paradoja del mundo que recibe a Jesús: un reino que posee un Templo magnífico, pero cuya corona depende de Roma; un gobernante llamado «rey de los judíos», mientras Mateo anuncia el nacimiento de otro rey cuya autoridad no procede del Senado romano.
11. Cómo se preparó el escenario para el nacimiento de Jesús
Al acercarse el nacimiento de Jesús, el escenario histórico estaba preparado por procesos que habían durado siglos. El griego koiné permitía comunicar un mensaje a través del Mediterráneo. La Septuaginta ofrecía las Escrituras en esa lengua. Las comunidades de la diáspora y sus sinagogas formaban redes en numerosas ciudades. Las rutas marítimas y terrestres del mundo helenístico, luego integradas por Roma, facilitaban los viajes.
En Judea, el Templo seguía siendo el centro del culto, pero la vida religiosa no se limitaba a Jerusalén. La lectura y explicación de la Torá en comunidades locales fortalecía la identidad. Las experiencias de persecución, martirio, liberación y dominio extranjero habían intensificado la esperanza de que Dios interviniera en la historia.
Las palabras «reino», «Mesías», «Hijo de David», «resurrección» y «salvación» eran escuchadas dentro de un ambiente cargado de memoria política y bíblica. No todos esperaban lo mismo. Algunos deseaban independencia nacional; otros aguardaban purificación religiosa, juicio divino, renovación del sacerdocio o transformación de toda la creación.
Roma aportaba estabilidad relativa, pero también impuestos, presencia militar y subordinación. Herodes construía con grandeza mientras gobernaba con temor. Fariseos, saduceos y otros grupos discutían la fidelidad a la Ley. En ese contexto, la proclamación de Jesús sobre el reino de Dios no apareció en un vacío. Entró en una conversación antigua y, al mismo tiempo, la redefinió alrededor de su persona, sus obras, su muerte y su resurrección.
Personajes principales
Alejandro Magno. Rey macedonio que derrotó a Persia e inició la era helenística. Sus conquistas transformaron el idioma, la política y la cultura del Mediterráneo oriental.
Los Ptolomeos. Gobernaron Egipto desde Alejandría. Bajo su dinastía creció la comunidad judía egipcia y comenzó la traducción griega de la Torá.
Antíoco III. Arrebató Judea a los Ptolomeos y confirmó inicialmente sus privilegios religiosos. Su derrota ante Roma dejó fuertes obligaciones financieras al reino seléucida.
Antíoco IV Epífanes. Su intervención en Jerusalén, la prohibición de prácticas judías y la profanación del Templo desencadenaron la revuelta macabea.
Matatías y Judas Macabeo. Matatías inició la resistencia; Judas recuperó Jerusalén y rededicó el Templo, aunque la independencia plena llegó después.
Simón y los asmoneos. Simón consolidó la autonomía. Sus descendientes formaron una dinastía, expandieron el territorio y unieron poder político y sacerdotal.
Pompeyo. General romano que tomó Jerusalén en el 63 a. C. y colocó a Judea dentro de la esfera de Roma.
Herodes el Grande. Rey cliente de Roma, constructor extraordinario y gobernante despiadado. Su reinado es el trasfondo directo del nacimiento de Jesús.
Lugares importantes
Jerusalén. Centro político y religioso de Judea. El Templo, el sumo sacerdocio y sus fortalezas hicieron de la ciudad el punto principal de cada conflicto.
Alejandría. Capital ptolemaica y gran centro intelectual. Su comunidad judía estuvo vinculada a la Septuaginta y a una rica literatura en griego.
Antioquía de Siria. Capital seléucida desde la cual se administraban territorios que incluían Judea. Más tarde sería decisiva para la iglesia de Hechos.
Modín. Aldea asociada al inicio de la revuelta de Matatías y sus hijos, situada cerca de los accesos a las montañas de Judea.
El Acra. Fortaleza o distrito fortificado de Jerusalén ocupado por una guarnición seléucida. Su ubicación exacta continúa siendo debatida.
Cesarea Marítima. Puerto construido por Herodes y dedicado a Augusto. En Hechos aparece como sede de gobernadores y punto de salida hacia Roma.
Masada y Herodión. Fortalezas y palacios que confirman la escala de los proyectos de Herodes y su preocupación por la seguridad.
¿Qué confirman la historia y la arqueología?
La reconstrucción del período intertestamentario no depende de una sola clase de evidencia. Las fuentes literarias principales son 1 y 2 Macabeos, Josefo, Polibio, la Carta de Aristeas y diversos escritos judíos del Segundo Templo. Cada obra tiene una perspectiva particular. 1 Macabeos favorece claramente a la familia asmonea; 2 Macabeos organiza su relato con énfasis teológico; Josefo escribió bajo patrocinio romano y utilizó fuentes anteriores. Los historiadores comparan estos textos en lugar de aceptar cada detalle sin evaluación.
Las monedas permiten seguir cambios de autoridad. Se han encontrado monedas ptolemaicas, seléucidas, asmoneas y herodianas en la región. Los gobernantes asmoneos emitieron monedas con inscripciones hebreas y símbolos compatibles con la sensibilidad judía, mientras las monedas de Antíoco IV reflejan la iconografía real helenística. Un pequeño tesoro hallado en una cueva del desierto de Judea, con monedas de los años anteriores a la revuelta, ilustra el ambiente de inseguridad del siglo II a. C.; es evidencia del contexto, no una prueba independiente de cada episodio de 1 Macabeos.
La arqueología de Jerusalén muestra expansión urbana, fortificaciones y grandes proyectos de la época helenística y herodiana. El complejo del monte del Templo conserva muros de contención asociados a la ampliación de Herodes. Cesarea Marítima, Masada, Jericó y Herodión revelan su capacidad de movilizar recursos, adoptar tecnología romana y construir para propaganda, defensa y placer real.
Los papiros de Zenón documentan comercio y propiedades en el territorio ptolemaico, mientras inscripciones y tumbas muestran el uso de hebreo, arameo y griego.
Los manuscritos del mar Muerto preservan libros bíblicos, interpretaciones y reglas comunitarias. Confirman la diversidad del judaísmo del Segundo Templo y distintas formas textuales antiguas. La relación de Qumrán con los esenios es la explicación más extendida, aunque algunos detalles siguen discutidos.
¿Qué sigue siendo debatido? La visita personal de Alejandro a Jerusalén, la ubicación exacta del Acra, las motivaciones completas de Antíoco IV, el origen preciso de fariseos y saduceos y ciertos detalles de la cronología herodiana. Reconocer estos debates no debilita la historia; distingue los datos firmes de las reconstrucciones probables y de las tradiciones posteriores.
Preguntas frecuentes
1. ¿Fueron realmente cuatrocientos años de silencio?
No en sentido histórico. Durante esos siglos se escribieron textos judíos y ocurrieron cambios decisivos. «Silencio» suele referirse a la ausencia de nuevos libros proféticos en el canon protestante, no a una ausencia de historia.
2. ¿Por qué 1 y 2 Macabeos no aparecen en todas las Biblias?
Las tradiciones cristianas recibieron de manera distinta los libros de la Septuaginta. Católicos y ortodoxos los incluyen; la mayoría de los protestantes no los usa para establecer doctrina. Históricamente son fuentes indispensables.
3. ¿Antíoco IV intentó eliminar a todos los judíos?
Las fuentes describen persecución y prohibiciones contra prácticas centrales del judaísmo. No parece haber sido un plan de exterminio étnico de todos los judíos, sino el sometimiento de una provincia en crisis.
4. ¿Los macabeos derrotaron por completo al Imperio seléucida?
No en una sola victoria. Recuperaron el Templo en el 164 a. C., pero la guerra continuó. La autonomía se logró gradualmente gracias a campañas militares, negociaciones y divisiones internas del reino seléucida.
5. ¿Los fariseos eran simplemente hipócritas?
No. Los Evangelios critican a determinados fariseos, pero históricamente fueron un movimiento dedicado a interpretar y practicar la Torá. Convertirlos en caricatura impide comprender las palabras de Jesús.
6. ¿Puede probarse arqueológicamente toda la narración?
La arqueología confirma gobernantes, monedas, ciudades, fortificaciones, prácticas culturales y el marco general. No puede verificar cada discurso, motivación o episodio individual. La historia antigua se reconstruye combinando textos, objetos, arquitectura y comparación crítica.
Importancia dentro de la historia bíblica
Este período cambió la forma en que el pueblo judío vivía su identidad. La Torá continuó siendo central, pero ahora debía practicarse bajo reinos helenísticos y romanos, en la tierra de Israel y en una diáspora extensa. La traducción de las Escrituras al griego permitió que la fe de Israel fuera expresada en un idioma internacional.
La crisis de Antíoco IV dejó una memoria profunda de martirio, resistencia y dedicación del Templo. Janucá conservó esa historia, y Juan 10 sitúa a Jesús en Jerusalén durante la fiesta. Los debates sobre fidelidad, asimilación y autoridad no desaparecieron después de los macabeos; influyeron en las diversas formas de judaísmo que aparecen en los Evangelios.
La dinastía asmonea restauró un gobierno judío, pero también mostró los peligros de unir ambición territorial, sacerdocio y poder real. Sus conflictos internos facilitaron la llegada de Roma. Por eso el dominio romano no puede entenderse únicamente como una fuerza impuesta desde fuera; también aprovechó divisiones locales.
El surgimiento de fariseos, saduceos y otros movimientos explica por qué el Nuevo Testamento contiene discusiones sobre resurrección, tradición, pureza, sábado, autoridad del Templo y esperanza mesiánica. No son asuntos secundarios inventados por los evangelistas. Pertenecen al mundo judío real del Segundo Templo.
Herodes conectó ese pasado con el inicio del Nuevo Testamento. Su reino fue políticamente romano, culturalmente helenístico y religiosamente judío en su centro. Construyó el Templo en el que Jesús sería presentado, enseñaría y confrontaría a las autoridades. Después de Herodes, Roma dividió su territorio entre sus hijos, creando el mapa político que encontramos en los Evangelios.
Comprender estos siglos permite leer Mateo, Marcos, Lucas, Juan y Hechos con mayor claridad. Los títulos, fiestas, instituciones y tensiones dejan de ser nombres extraños y se convierten en el resultado comprensible de una historia continua.
Enseñanzas y reflexión bíblica
La primera enseñanza que surge de este período es la importancia de la fidelidad en medio del cambio cultural. Los judíos del mundo helenístico enfrentaron preguntas difíciles: qué elementos podían adoptar, cuáles debían rechazar y cómo transmitir la fe a hijos que hablaban otro idioma. La Septuaginta muestra que traducir no siempre equivale a abandonar; puede ser una forma de preservar y comunicar.
La historia macabea recuerda el costo de practicar la fe bajo persecución, pero no autoriza a convertir cada guerra religiosa posterior en una nueva revuelta santa. Toda aplicación cristiana debe evaluarse a la luz de Cristo.
La dinastía asmonea advierte que un movimiento defensor de principios puede deformarse cuando el poder se convierte en fin. La valentía inicial no justifica todas las decisiones posteriores.
El dominio de imperios sucesivos también enseña que los poderes humanos, por impresionantes que parezcan, son temporales. Persia, Macedonia, los Ptolomeos, los seléucidas y los asmoneos dominaron la región y luego desaparecieron. Esta observación histórica armoniza con el énfasis bíblico en la soberanía de Dios, pero no debe usarse para afirmar que conocemos cada detalle de su providencia secreta.
Finalmente, el período invita a leer el Nuevo Testamento dentro de su contexto judío. Jesús no apareció para despreciar una caricatura de la fe de Israel. Enseñó entre judíos que amaban las Escrituras, debatían su interpretación y anhelaban la intervención de Dios. Reconocerlo produce una lectura más respetuosa, precisa y profundamente cristiana.
Conexión con el resto de la Biblia
El período intertestamentario conecta la restauración posterior al exilio con los Evangelios. Esdras y Nehemías muestran una comunidad organizada alrededor de la Torá y el Templo; los siglos siguientes explican cómo esa comunidad enfrentó el helenismo, desarrolló instituciones locales y se dividió en movimientos interpretativos.
Daniel ofrece imágenes de imperios, persecución y reino divino que adquirieron enorme importancia durante la crisis seléucida y continuaron alimentando la esperanza judía y cristiana. Sin resolver aquí los debates sobre su composición, es evidente que Daniel 7–12 fue leído como una clave para comprender la opresión y la futura intervención de Dios.
La Septuaginta une el Antiguo y el Nuevo Testamento a nivel lingüístico. Palabras y expresiones de la traducción griega aparecen una y otra vez en los Evangelios y las cartas apostólicas. Para muchos de los primeros cristianos, esa era la forma de las Escrituras que podían leer y citar.
La rededicación macabea se conecta directamente con Juan 10:22. La dinastía asmonea conduce a la intervención de Pompeyo; Roma conduce a Herodes; Herodes conduce al mundo político de Mateo y Lucas. Los hijos de Herodes, los gobernadores romanos y el Templo ampliado por el rey continúan en la historia de Jesús y de la iglesia apostólica.
Hechos muestra el alcance de la preparación histórica: los apóstoles viajan por ciudades helenísticas, hablan a comunidades judías de la diáspora, utilizan el griego y finalmente llevan el testimonio hasta Roma. Lo que comenzó con la expansión de Alejandro y la dispersión judía se convirtió, siglos después, en parte del camino por el que el evangelio se anunció a muchas naciones.
Conclusión: el puente que permite comprender los Evangelios
¿Qué ocurrió entre Malaquías y Mateo? Ocurrió una transformación que cambió el idioma, los gobernantes, las instituciones y las preguntas del pueblo judío. Alejandro Magno derribó el Imperio persa y abrió la era helenística. Los Ptolomeos gobernaron Judea desde Egipto, mientras en Alejandría comenzaba la traducción griega de las Escrituras. Los seléucidas tomaron la región y la crisis de Antíoco IV provocó una de las resistencias más decisivas de la historia judía.
Los macabeos recuperaron y rededicaron el Templo, y sus descendientes establecieron la dinastía asmonea. La independencia, sin embargo, trajo nuevas luchas por el poder. La división interna permitió que Pompeyo tomara Jerusalén y colocara a Judea bajo la sombra de Roma. En ese nuevo orden surgió Herodes el Grande, capaz de levantar edificios extraordinarios y de eliminar sin piedad a quienes amenazaban su trono.
Durante estos siglos también se consolidaron la diáspora de lengua griega, la lectura de la Septuaginta, las sinagogas y grupos como fariseos y saduceos. La esperanza de liberación, resurrección, purificación y reino divino se intensificó. Por eso, cuando Juan el Bautista comenzó a anunciar que el reino se había acercado, sus palabras encontraron un pueblo que llevaba generaciones esperando la intervención de Dios.
El período intertestamentario no es un pasillo oscuro entre dos habitaciones iluminadas. Es el puente que permite cruzar de una a otra. Sin él, Mateo parece comenzar en un escenario lleno de personajes desconocidos. Con él, comprendemos por qué Roma gobierna, por qué Herodes teme, por qué el Templo domina Jerusalén y por qué las preguntas sobre el Mesías están cargadas de urgencia.
La historia no reemplaza el mensaje espiritual de la Biblia, pero nos ayuda a escucharlo en el mundo real donde fue anunciado. Entre Malaquías y Mateo no se perdió la historia: se preparó el escenario en el que, según la fe cristiana, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Fuentes y bibliografía seleccionada
Fuentes antiguas principales
- 1 Macabeos 1–16; 2 Macabeos 3–10.
- Daniel 7–12; Juan 10:22; Mateo 2; Lucas 1–3; Hechos.
- Flavio Josefo, *Antigüedades judías*, libros 11–17; *La guerra de los judíos*, libro 1.
- Polibio, *Historias*; *Carta de Aristeas*; manuscritos del mar Muerto; papiros de Zenón.
Bibliografía moderna selecta
- Shaye J. D. Cohen, *From the Maccabees to the Mishnah*.
- John J. Collins, *Between Athens and Jerusalem*.
- Lester L. Grabbe, *A History of the Jews and Judaism in the Second Temple Period*.
- Martin Goodman, *Rome and Jerusalem*.
- Tessa Rajak, *Translation and Survival*.
- Emil Schürer, edición revisada, *The History of the Jewish People in the Age of Jesus Christ*.
- Bible Odyssey, Cambridge Histories, The Metropolitan Museum of Art e Israel Antiquities Authority.


