KAIRÓS

Gr. kairós, καιρός, en el gr. clásico indica el concepto de «tiempo» referido al contenido, la situación y las posibilidades que ofrece. Para la noción de «tiempo» en sentido cronológico el griego posee la palabra khrónos, χρόνος, que indica su fluir, sobre el que el hombre no tiene poder alguno; kairós, καιρός, capta el tiempo como lo que hace posible experimentar nuevos contenidos vitales, es decir, «duración», pero también «paso», dando lugar a nuevas situaciones. En los autores bíblicos designa la oportunidad en la que se verifica el encuentro entre el Dios que se revela y el hombre en su condición personal y temporal. Por este motivo, la LXX usa preferentemente el término kairós para indicar el tiempo. Dios es Señor del tiempo y le ha señalado una finalidad. Frente al acontecer y sucesión del tiempo, aparentemente sin sentido, la literatura sapiencial subraya que todos los acontecimientos temporales están bajo el señorío divino (Sal. 31:15), tanto los del individuo como los de la comunidad (Sal. 31:15). Dios hace todo a su tiempo y tiene un tiempo para todo.
La promulgación de la > alianza en el Sinaí, indica la especial intervención de Dios en el tiempo a favor de un pueblo, que se inscribe en el propósito creativo de tener un pueblo para sí; este pacto es el signo visible de una promesa de futuro. A la luz de la alianza, los profetas descubren en el presente los gérmenes del futuro, porque, a diferencia del concepto griego, el tiempo no es homogéneo, sino que tiene momentos especiales, privilegiados (kairoí), que manifiestan la acción de Dios y que son detectados por la intuición profética. Jesús reprende a los maestros religiosos que saben discernir el aspecto del cielo, pero no pueden discernir las señales o signos de los tiempos (Mt. 16:1–4). Así se habla del «día de Yahvé» como un momento de intervención repentina de Dios para salvación de su pueblo o para castigo de los enemigos de Israel. En el NT, la palabra «hora» es usada con frecuencia para referirse al kairós de Jesús: «Ha llegado mi hora» (Jn. 12:13; 17:1). Por eso los apóstoles hablan de la «plenitud de los tiempos» (Gal 4:4) para referirse al corte cronológico que marca el advenimiento de Cristo. Los tiempos pasados palidecen ante la plenitud de Cristo, que asume la esperanza pasada y le confiere un cumplimiento cuyo horizonte se extiende a toda la humanidad, conforme a las antiguas promesas hechas a > Abraham. El kairós cristológico marca el cumplimiento de la historia con la encarnación del > Logos y el misterio de su pasión. El tiempo se ha cumplido finalmente; ha llegado la plenitud de los tiempos y todo el pasado se cualifica en relación con este acontecimiento presente; las promesas encuentran su plena realización: ya no hay que esperar más, porque ha comenzado un nuevo kairós, el de la salvación escatológica. El kairós es el momento de la cosecha (Mt. 21:34) o de la recogida de los higos (Mc. 11:13). Jesús anuncia que ha llegado el momento decisivo; no hay motivo para esperar otro, porque el reinado de Dios ha comenzado ya: está aquí (Lc. 17:21).
Los deseos del pueblo judío, alentados por las promesas proféticas (Is. 52:7–9; Sof. 3:14s) se realizan en la predicación, en las obras y sobre todo en el misterio pascual de Cristo. Esta es la «hora» decisiva, el momento escogido y establecido por Dios (Jn. 4:23; 5:25; 13:1; 16:25; 17:1; Ro. 5:6) en el que Cristo tenía que morir por los impíos. Este es el momento en que el tiempo del hombre se convierte en el kairós de Dios: el día de la salvación (2 Cor. 6:2). La Iglesia vive este kairós global a partir de Pentecostés, como herencia que hay que difundir a lo largo de los siglos (2 Ti. 4:2).
En relación con los hombres, cualquier momento es kairós para responder a la llamada de la salvación por parte de Dios, el tiempo decisivo, el instante oportuno en el que conviene actuar de una manera totalmente decidida y resuelta: «Entre tanto se dice: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la provocación» (Heb. 3:15; 4:7).
La Iglesia aguarda un kairós futuro, el retorno de Cristo, acontecimiento imposible de datar en su «día y hora», pero seguro en tanto que final de la historia, cuando Dios efectuará el juicio. Esta parusía abrirá el kairós eterno de la visión bienaventurada de Dios cara a cara; llegará entonces la plenitud, en donde se nos concederá compartir la temporalidad divina que es la eternidad. Véase DÍA, EÓN, ETERNIDAD, KERIGMA, SEGUNDA VENIDA, TIEMPO.