COMENTARIO A LA EPÍSTOLA
A LOS HEBREOS
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Juan Calvino
Introducción
Parece increíble que, después de cuatrocientos años de que se iniciara el movimiento evangélico, tengamos tanta escasez de buenos comentarios bíblicos en español; a excepción hecha de un puñado de obras escritas por autores destacados, sobre libros aislados de la Biblia, y tres o cuatro comentarios completos de gran valor, las bibliotecas de estudiantes y ministros se componen de breves compendios, opúsculos y folletos de carácter devocional más que exegético.
Con el fin de hacer asequible al público de habla hispana una serie de comentarios de indiscutible valor, hemos acometido la tarea de publicar los Comentarios de Calvino sobre las Epístolas, comenzando con Hebreos.
Escogimos a Calvino de entre una larga lista de buenas perspectivas con la convicción de que sus comentarios, en conjunto, jamás han sido superados pese a que los eruditos han dispuesto de más de cuatro centurias para estudiarlos y poner a prueba sus conclusiones; pese también a los innumerables manuscritos bíblicos descubiertos y a los ataques de la alta crítica, las obras de Calvino eclipsan a todas las demás, y, salvo unas cuantas excepciones difícilmente necesitan de modificación alguna.
Nos parece lamentable además, que aparte de su reconocida superioridad, las obras de Calvino no se hayan puesto al alcance de los pueblos de habla española, primeramente por el lugar que ocupa como “el exégeta de la Reforma,” y luego como el teólogo que con su puño y letra como quien dice, forjó la estructura de la teología protestante. Hasta donde sepamos, jamás se ha intentado su publicación en esta lengua, excepción hecha de su célebre “INSTITUCION DE LA RELIGION CRISTIANA,” magníficamente traducida por Cipriano de Valera, cuyo nombre lleva la famosa Biblia por él revisada. Reconocemos que su Institución ofrece un estudio sistemático en gran escala de la Religión Cristiana, no obstante tan excelente y buena como es su obra, no puede admitirse como substituto de un estudio más directo de las Escrituras, tal como lo tenemos en sus comentarios sobre la Biblia. De hecho Calvino originalmente escribió su Institución a manera de compendio doc trinal para los jóvenes, y lo aumentó en ediciones subsecuentes hasta convertirlo en una teología monumental. Su obra contiene por lo tanto, cierta clase de alimento predigerido para los que no tienen ni la inclinación ni la capacidad de llegar a conclusiones firmes a través del estudio individual de las Escrituras.
Persuadidos más bien de la eficacia del texto bíblico que de un sistema doctrinal rígido y estereotipado, vemos que se hace imperativo un estímulo al estudio de la propia Biblia. Los comentarios de Calvino ciertamente no pueden ser un substituto de dicho estudio, pero sí un auxilio muy eficaz. Ni tampoco debemos considerarlo como inspirado y autoritario, salvo hasta donde su lógica y capacidad como intérprete demuestre la verdad que asevera. Cuando él no puede convencer a uno, el estudiante “va por su cuenta.” Cuando convence, el estudiante necesitará todavía de la ayuda del Espíritu Santo en su propio corazón para que le guíe a toda verdad.
La superioridad de Calvino como exégeta bíblico puede, en lo general, sintetizarse como sigue:
1. Tiene la rara habilidad de seleccionar el mejor significado para cualquier texto, de entre una variedad de posibilidades, debido a su propio método de interpretación, su juicioso empleo de un obvia información crítica, su conocimiento de las lenguas originales de la Biblia, y un continuo acatamiento para la consistencia al manejar toda la Biblia.
2. Tiene la habilidad de expresarse con pulcritud, exactitud, y método, y de evitar el uso innecesario del lenguaje obscuro. Su estilo liteterario es completamente diáfano.
3. Rehusa torcer el sentido de las Escrituras cuando se trata de probar sus puntos de vista, es ágil para reconocer problemas, perplejidades y la validez de las opiniones de otros intérpretes. Es humilde ante la incertidumbre, e inmutable como Gibraltar cuando está seguro de que tiene la razón.
4. Su teología es consistente y satisfactoria, aun ante los grandes problemas de la vida, para los cuales las filosofías no bíblicas y anticristianas no tienen una respuesta segura.
La Epístola a los Hebreos es una selección particularmente apropiada para comenzar la publicación de estos comentarios. Estamos convencidos de que la Epístola en sí, sin comentario alguno, desmorona por completo la idea de que la religión cristiana necesita un sacerdocio humano. O más bien, el eterno e inmutable sacerdocio de Cristo se pronuncia inequívocamente contra tal sacerdocio. También en la misma forma demuestra la suprema excelencia del evangelio como la palabra final de Dios acerca de la salvación, la cual no admite más revelaciones, ni la exaltación de ritos y ceremonias de origen humano. Demuestra asimismo la infinita superioridad del evangelio sobre el sistema mosaico de religión y todos los demás sistemas modelados conforme a éste.
Originalmente la Epístola fue escrita para alentar a los creyentes judíos a que confiasen absolutamente en Cristo y en el mensaje del evangelio en vez de confiar en los símbolos visibles y palpables de un sistema en decadencia. Y si no fuera por este conocimiento firme, cualquier lector llegaría a la conclusión de que fue escrita para refutar los errores de la Iglesia Romana, tan obvia es la aplicación de su lenguaje, argumentos y símbolos.
Esta primera edición castellana ha sido directamente traducida del inglés y no del original latín. Empero esto no es para detrimento ni desventaja en vista de que la versión inglesa es una excelente interpretación del original, producida por el famoso teólogo puritano Juan Owen.
Con la confianza en lo apropiado de su mensaje para los pueblos de Hispano América, y pidiendo al Espíritu Santo se digne usarlo de manera singular, recomendamos este comentario al lector.
El Editor
Prefacio a la versión inglesa
Indudablemente después de la Carta a los Romanos, la Epístola a los Hebreos le sigue en importancia. Las verdades explicadas en ella pudieran, ciertamente, haberse deducido de otras porciones de las Escrituras; pero es una gran ventaja, a la vez que una gran satisfacción encontrarlas en forma ordenada, y claramente expuestas por un inspirado apóstol.
Condescendiendo con nuestra ignorancia, ha querido Dios, no sólo darnos lo que pudiera juzgarse conveniente para nuestra información, sino también, aumentarla “renglón tras renglón” de suerte que los que deseen investigar la verdad puedan contar con toda la ayuda posible, y también para que los que resuelvan oponerse a ella les sea quitada toda excusa razonable, y sigan los dictados de su propia y obstinada voluntad, y los engaños e inclinaciones de sus pensamientos altaneros y corazones depravados. Pudiera entonces parecernos extraño que defectos, insuficiencia, y obscuridad se hayan atribuido a las Escrituras, si no supiéramos que estas acusaciones han sido hechas por aquellos que quieren una revelación forjada a su antojo; después de haberse saturado de errores y adoptado supersticiones a las cuales ella no puede dar su apoyo alguno, sino más bien condenación en términos tan claros, que se hace necesario presentarlos como defectuosos u obscuros, a fin de evadirlos.
Hay especialmente dos partidos que encuentran esta Epístola absolutamente desfavorable para ellos mismos: los romanistas y los socinianos. El único sacerdocio de Cristo, y su único y suficiente sacrificio, se presentan aquí de manera tan clara, que el primero no puede ser negado si no por los sutiles artificios de la más refinada sofistería; y el segundo es muy difícil negarlo gracias al poderoso y firme testimonio presentado aquí acerca de la divinidad de nuestro Salvador y su expiación. Aunque estos partidos se oponen el uno al otro, con todo, a la semejanza de Herodes y Pilatos, se unen para degradar al Salvador, uno indirectamente, colocando a otros en su lugar; y el otro, en forma abierta, negando su dignidad y el carácter y la eficacia de su muerte. Mas por ambos, el Salvador es igualmente deshonrado.
Han existido más disputas sobre esta Epístola que sobre cualquier otra porción de la Escritura; pero muchos de los problemas que han surgido han sido de carácter muy trivial, como si la gente culta no tuviese nada que hacer y se dedicara a perder el tiempo en esta forma; y este ha sido el caso especial de los teólogos de la escuela alemana, no sólo con respecto a muchos otros temas.
Disertaciones, llamadas eruditas, se han escrito sobre el carácter de esta Epístola, ya sea propiamente una epístola, o algo que debiera llamarse de otro modo.1 También ha sido un tema de mucha discusión si el autor dirigió la Epístola a alguno en particular, o si la escribió a los judíos dispersos, o a los de Palestina, o una congregación, o a los hebreos en general.2 Tales problemas son de relativa y poca importancia; y gastar el tiempo y talento en discutirlos, es un trabajo infructuoso; además resultaría malévolo, calculado para servir a los propósitos del papado y de la incredulidad; porque tratar de hacer importante lo que no es, y sobre lo cual no existe seguridad alguna, es envolver a los hombres en una niebla que puede extraviarlos.
Otro asunto se ha discutido mucho, también sin importancia, ya que la inspiración de la Epístola no peligra con ellos, y es el que se refiere al idioma en que originalmente fue escrita. Prevalecía entre los primeros Padres, la opinión de que fue escrita en hebreo, o más bien en lengua sirio-caldea, y traducida al griego por Lucas, Clemente, o Bernabé. Esta fue una simple opinión, no confirmada por autoridad alguna, y se basaba principalmente en dos circunstancias: que había sido escrita para los hebreos, y que su estilo es diferente del de Pablo en sus otras epístolas. Casi todos los teólogos modernos consideran esta opinión como infundada. La lengua griega en el tiempo de Pablo era bien conocida por toda Palestina; las “Epístolas Universales,” destinadas tanto para los judíos como para los gentiles, fueron escritas en griego; y no existe evidencia de que alguna copia de esta Epístola se haya escrito en hebreo. Respecto al estilo, no difiere de las otras epístolas más de lo que pudiera observarse en escritores de todas las épocas, o de lo que pudiera esperarse de Pablo, ya avanzado en años, comparado con lo que escribió en los días de su juventud. Puede agregarse además, que la Epístola en sí contiene cosas que parecen demostrar que fue escrita en griego: las palabras hebreas son interpretadas, cap 7:2; los pasajes citatados son, en su mayoría de la Septuaginta, y no del hebreo; y en ella tenemos el empleo de la palabra que se traduce “testamento,” en el cap. 9:17 sentido que no tiene en hebreo.
Hay sólo dos asuntos de verdadera importancia: la canonicidad de la Epístola, y su autor.
De lo primero, jamás se ha dudado, excepto por algunos herejes de los primeros siglos. Existe tal acopio de testimonios externos a su favor, como existen para las demás porciones del Nuevo Testamento. Desde su aparición fue recibida por las iglesias oriental y occidental como una porción inspirada del Santo Libro. Se encuentra en las primerísimas versiones del Nuevo Testamento, la siríaca, y la itálica. Estas versiones fueron hechas a fines del siglo segundo, unos 140 años después de la fecha de esta Epístola.3 El testimonio de los Padres, desde la primera época es uniforme sobre este particular. La Epístola es reconocida por todos ellos como una porción de las Escrituras Sagradas.
Mas con relación al autor ha existido una diversidad de opinones, aunque sin fundamento. Desde los tiempos primitivos, la iglesia oriental reconoció a Pablo como su autor. Algunos, en la iglesia occidental, los siglos tercero y cuarto, no consideraron a Pablo como tal, sino a Lucas, Clemente, o Bernabé. Jerónimo y Agustín, en el siglo quinto (una época más iluminada que la de los dos siglos anteriores), atribuyeron a Pablo su autoridad; y desde entonces ha prevalecido la misma opinión en occidente, tal como ocurrió al principio en la iglesia oriental. ¿Cómo explicar el motivo de una opinión diferente en la iglesia occidental durante los siglos tercero y cuarto? Es algo ciertamente difícil de saber. Algunos piensan que se debió a la herejía novaciana, a la cual algunas partes de la Epístola suponían favorece, aunque sin ninguna razón de peso.
Entonces, hasta donde se puede probar por el testimonio histórico. casi todas las opiniones favorecen a Pablo como su autor.
Respecto a los tiempos modernos, la opinión predominante es que la Epístola es de Pablo. Lutero, ciertamente la atribuyó a Apolos—una mera conjetura. Calvino, como sabemos, suponía que Lucas o Clemente eran los autores; pero no existen razones convincentes para ello. Beza apartándose de su ilustre predecesor, consideró a Pablo como el autor; y tal ha sido la opinión sustentada por la mayoría de los que sucedieron a los Reformadores, tanto en este país como en el continente, como puede probarse por sus confesiones de fe.
Como a mediados del siglo XVII parece que hubo un resurgimiento de controversia; porque en el año de 1658, Spanheim el joven, escribió un documentado volumen sobre el tema, en el cual investiga todas las pruebas tanto históricas como internas, y proporciona la razón más poderosa para afirmar que Pablo fue el escritor de la Epístola. Desde entonces, hasta años más tarde, sus argumentos, fueron considerados por la mayoría como concluyentes. Pero algunos de los teólogos alemanes, quienes parecen tener un gusto especial por las opiniones llamativas, han reavivado de nuevo el problema, desempolvando los viejos argumentos, y agregando a ellos algunos nuevos. Más también ha aparecido un segundo Spanheim en la persona del profesor Stuart, de Norteamérica, quien publicó un comentario lleno de erudición sobre esta Epístola, con una larga introducción, en la cual penetró de lleno al tema aun más más que su predecesor. La labor y fatiga que dicha introducción debe haber costado a su autor, fueron sin duda muy grandes; porque cada argumento, por trivial que sea (y algunos son ciertamente muy triviales), es tomado en cuenta, y todo lo razonable es expuesto con claridad.
La evidencia tanto interna como externa es tan satisfactoria que deja una impresión en la mente, de que Pablo fue el autor de esta Epístola. Produce igual efecto como si su propio nombre su hubiera antepuesto a ella. Ciertamente el autor puede afirmar con certeza, que ya no cabe dudar sobre este asunto y es como si se viera escrito claramente en ella el nombre del autor.4
En cuanto a la fecha de esta epístola, ordinariamente se supone que fue escrita a fines del año 62 o a principios del 63, próximamente a cuando Pablo fue libertado de su primera prisión, en Roma.
Parece haber dos razones muy especiales de por qué Pablo no comenzó esta Epístola en la forma acostumbrada: primera porque él no era en un sentido específico apóstol de los judíos, sino de los gentiles; y segundo, porque el contenido de la Epístola es de tal naturaleza que no se hizo necesario que Pablo asumiera su carácter apostólico; pues los argumentos se basan en los testimonios encontrados en el Antiguo Testamento, y no en su autoridad apostólica. Su objeto principal parece haber sido demostrar y probar que el evangelio no es más que el cumplimiento de las antiguas Escrituras, que los propios judíos recibieron como divinas. Sus argumentos y sus ejemplos son tomados del Antiguo Testamento desde el principio hasta el fin. Este es un hecho que se pasa por alto con demasiada frecuencia, y al que Macknight en forma especial muy justamente se refiere.
La Epístola comienza indicando la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: ambos son revelaciones del mismo Dios; Aquel que habló por los profetas en el Antiguo, habla por medio de su Hijo en el Nuevo. Entonces la conclusión obvia e inevitable es, que el Nuevo Testamento es la terminación del Antiguo. De esto arranca todo el argumento de la Epístola.
Habiendo fijado así, en forma clara la relación entre ambos Testamentos, el Apóstol entra inmediatamente en su gran tema: la superioridad de Aquel que introdujo la dispensación perfeccionada, relacionada en todo con la anterior, incompleta y elemental, y, en su mayor parte simbólica, incluso sobre los ángeles, Moisés y el sacerdocio levítico.
Este asunto ocupa la mayor parte de la Epístola, extendiéndose desde el primer capítulo hasta el versículo 19 del capitulo diez. Desde ese versículo hasta el fin de la Epístola, tenemos exhortaciones, avisos, ejemplos de fe y paciencia, amonestaciones, indicaciones, y salutaciones.
La Epístola se divide en dos partes principales: 1a. La didáctica que incluye los diez primeros capítulos, excepción hecha de la última parte del capítulo décimo. 2a. La exhortativa, desde el versículo 19 del capítulo diez hasta el fin de la Epístola.
La primera parte puede dividirse así:
1a. La superioridad de Cristo sobre los ángeles; advertencias y objeciones contestadas, cap. 1 y 2.
2a. La superioridad de Cristo sobre Moisés: advertencias acerca de la fe y el descanso prometido, cap. 3 á 4:13.
3a. La superioridad de Cristo sobre el sumo sacerdote levita, respecto a su designación, la perpetuidad de su oficio, su pacto, y la eficacia de su expiación, cap. 4:14 al cap. 10:19.
La segunda parte admite estas divisiones:
1a. Exhortación a la perseverancia, deducida del libre acceso dentro del nuevo camino hacia Dios; del terrible destino de los apóstatas; y de su propio ejemplo en el pasado, cap. 10:19–37.
2a. Exhortación a la fe y a la paciencia, derivada del ejemplo de los antiguos santos, cap. 10:38, hasta el fin del cap. 11.
3a. Exhortación a resistir las pruebas y aflicciones, basadas en el ejemplo de Cristo; y el amor de Dios, manifestado por las aflicciones, cap. 12:1–13.
4a. Exhortación a la paz y a la santidad, fundamentada en nuestros privilegios superiores; y sobre la culpa, aumentada a causa de nuestra desatención para Aquel que nos habla desde el cielo, cap. 12:14–29.
5a. Diversas indicaciones y precauciones, súplicas y salutaciones, cap. 13.
La parte primera, que es la didáctica, contiene muchas disgresiones, y de aquí la dificultad, algunas veces, de seguir el curso de los razonamientos del Apóstol. Mas fue su costumbre, según puede observarse en sus otras epístolas, la de ejemplificar el tema al mismo tiempo que prosigue su disertación. Después de probar en el primer capítulo la superioridad de Cristo sobre los ángeles, señala al principio del segundo el gran peligro de menospreciar su doctrina, y el descuido de la salvación, una consecuencia sacada de lo que anteriormente había demostrado. Entonces prosigue con el mismo tema, la superioridad de Cristo sobre los ángeles, responde a una objeción derivada de su naturaleza humana, y demuestra la necesidad que había de que Cristo se hiciese hombre; ya que de otra manera no podía haber simpatizado con la humanidad perdida, ni podía tampoco haber expiado sus pecados. Aquí primero se refiere a Cristo como sacerdote.
Después, en el cap. 3, procede a demostrar la superioridad de Cristo sobre Moisés; y al terminar de hacerlo, prosigue en el versículo 7 a amonestar a los hebreos contra la imitación del mal ejemplo de sus antepasados, quienes, por incredulidad, perdieron la tierra de promisión; y sigue con este tema hasta el fin del versículo 13 en el cap. 4.
La última sección de la parte didáctica comienza en el cap. 4, y se extiende hasta el versículo 19 del capítulo décimo; casi ocupa seis capítulos, y contiene distintos episodios, de suerte que algunas veces no es cosa fácil establecer la relación entre ellos.
Comienza esta parte llamando la atención hacia Cristo como pontífice, a quien antes había representado como tal, al final del cap. 2; donde menciona dos cosas respecto a el que se hizo hombre, a fin de expiar el pecado, y simpatizar con su pueblo. Pero, aquí se refiere principalmente a lo último: sus sufrimientos; y con la mira de anticiparse a una objeción sacada del hecho de ser él el Salvador sufriente, menciona su nombramiento el cual, conforme al testimonio de David, en el Libro de los Salmos, tenía que ser según el orden de Melquisedec. Haciendo a un lado el tema, hace una disgresión, evidentemente con el propósito de atraer más la atención de los lectores, referente a la explicación que iba a dar de Melquiesedec, como tipo de Cristo, en su sacerdocio.
Tal disgresión contiene varios pormenores. Para llamar su atención y estimularlos, les reprocha su ignorancia, menciona el peligro de continuar satisfechos con el conocimiento de los principios de fe rudimentarios, y la imposibilidad de restauración en caso de apostasía; da una ilustración de ello poniendo como ejemplo la tierra improductiva después del cultivo y la lluvia; les recuerda su encomiable conducta en el pasado, y los estimula a la actividad y al fervor mediante la seguridad y firmeza de las promesas divinas, cap. 5:12, hasta el fin del cap. 6.
En el cap. 7 continúa con Melquisedec como tipo de Cristo, en su oficio sacerdotal. Cristo es sacerdote según el orden de Melquisedec, y no según el orden de Aarón; entonces Aarón debe haber sido reemplazado. De acuerdo con el testimonio de David, el sacerdocio de Cristo excedía al de Aarón en dos cosas: fue establecido por un juramento, y “tenía que ser perpetuado,” cap. 7 hasta el final del versículo 25.
Prosigue después con la otra parte: habla de Cristo, haciendo la expiación por el pecado, cap. 7:26, antes había hablado de él como sacerdote compasivo, apoyado en la circunstancia de que sufrió como uno de nosotros. Al hablar de su expiación, se refiere al pacto del cual era mediador, porque la expiación dependía del pacto. Respecto a éste cita las palabras expresas de Jeremías; pues tal pacto incluía la remisión de los pecados, y ésta necesariamente implicaba una expiación. Después, en el capítulo nueve, se refiere al Antiguo Pacto, al tabernáculo, y sus servicios, y demuestra la ineficacia de éstos por cuanto eran sólo figuras de lo que había de venir. Desde el captíulo diez hasta el versículo 19 prosigue con el mismo tema, y prueba que los sacrificios bajo la ley eran insuficientes para la remisión de los pecados, y que ésta únicamente podía lograrse por el mediador del Nuevo Pacto, prometido por Dios a través de su profeta Jeremías, cap. 7:26, al capítulo 9:19.5
Termina el Apóstol la primera parte, luego de afirmar en su última porción los derechos de Cristo como pontífice, plenamente confirmados por los testimonios de las Antiguas Escrituras. Sus argumentos son tales que es imposible, realmente, entender y creer en el Antiguo Testamento y negar el Nuevo; siendo este último el evidentísimo cumplimiento del primero. El Antiguo Testamento habla claramente de otro sacerdocio diferente del de Aarón, y de otro pacto diferente de aquel que se hizo con los hijos de Israel, y de uno que otorgaría la remisión de los pecados, cosa que el otro no podía hacer. Ahora bien, estos son los testimonios, no del Nuevo Testamento sino del Antiguo; y el Nuevo presenta un sacerdote y un pacto que corresponden exactamente al sacerdote y al pacto que el Antiguo Testamento refiere y describe.
La parte exhortativa de esta Epístola, que abarca el cap. 10:19 hasta el fin, no necesita más explicación.
Aprendemos especialmente de esta Epístola que el carácter distintivo de la antigua dispensación fue simbólico, y el de la nueva, espiritual. El antiguo abundaba en formas, ritos y ceremonias; el nuevo demuestra lo que estas cosas significaban y representaban. Recurrir de nuevo a los símbolos y rituales, es preferir las tinieblas a la luz, es invertir el orden de las cosas, y menospreciar un favor que los reyes y profetas del Antiguo Pacto deseaban disfrutar. Esto no es sólo una prueba de fatuidad, sino también una expresión de ingratitud y un pecado, y jamás debe juzgarse como inofensivo o inocente a quien desprecia tal cosa. Teniendo la gloriosa luz del evangelio, caminemos en ella, y jamás consideremos como “bajo y despreciable” lo que se ha de perpetuar y admirar.
Este comentario también fue traducido al inglés de la versión francesa, por Clemento Cotton, y publicado en 1605 con el título siguiente: “COMENTARIO SOBRE TODA LA EPISTOLA A LOS HEBREOS. Por JUAN CALVINO. Traducido del Francés. La Ley por Moisés fue dada, mas la gracia y la verdad vino por Jesucristo. Juan 1:17. Impreso en Londres por Félix Kingston, para Arturo Johnson, y deberán venderse en esta tienda cerca de la gran puerta al Norte de Pauls, en la señal del Caballo blanco, 1605.” Como su traducción de Isaías, la del Comentario a los Hebreos, “aunque no sea agradable del todo al gusto moderno, es fiel, vigorosa idiomática, y no desprovista de elegancia.”
Thrussington, Agosto de 1853.
Juan Owen
Epístola dedicatoria
Juan Calvino
Al Poderosísimo y Serenísimo Príncipe.
Segismundo Augusto
Por la Gracia de Dios, Rey de Polonia, Gran Duque de Lituania, Rusia. Prusia y Señor y Heredero de Moscú, etc.
Existen hoy por todas partes, muchos hombres ignorantes quienes llevados por un vano deseo de escribir, entretienen a sus lectores superficiales e irreflexibles, con sus frivolidades. Y a este mal, ilustrísimo Rey, se añade otra indignidad, la de que en tanto ellos dedican a reyes y príncipes sus necedades, al enmascararlos o al menos encubrirlas con un brillo prestado, no sólo profanan los nombres sagrados, sino también les comunican en cierto grado algo de su propia desgracia. Su desrazonable temeridad hace necesario que los escritores serios y cuerdos presenten una excusa, cuando públicamente dedican sus escritos a los grandes hombres, pues no hay en ellos sino lo que corresponde a la grandeza de aquellos a quienes se las ofrecen. Se hace necesario pues, hacer esta aclaración, para no aparecer yo también entre el numero de los que siguiendo el ejemplo de los demás, hacen pública una cosa a su antojo, por muy poco que valga. Sin embargo no se me ha escapado cuánto pueda tener la apariencia de una tonta confianza, el que yo, (para no hablar de otras cosas), siendo un hombre desconocido e ignorado, no vacile en dirigirme a su Majestad. Ojalá que mis razonas sean escuchadas, y si tú, oh Rey, apruebas lo que hago, lo que otros de mí piensen, me tendrá sin cuidado.
En primer lugar, aunque no desconozco mi insignificancia, ni ignoro la reverencia debida a su Majestad; sin embargo, la fama de tu piedada tan conocida de cuantos son celosos de la verdadera doctrina de Cristo, sería suficiente para desvanecer cualquier temor; pues traigo conmigo un presente que esa piedad no te permitirá rechazar. En efecto, la Epístola dirigida a los Hebreos contiene una amplia discusión acerca de la eterna divinidad de Cristo, de su gobierno y único sacerdocio, (que son los puntos principales de la sabiduría celestial). Estas cosas son explicadas claramente en ella de suerte que todo el poder y la obra de Cristo se manifiestan allí en la forma más gráfica, y merecidamente deben alcanzar en la Iglesia el lugar y el honor que corresponde a un valioso tesoro. Tú también, que deseas que sólo el Hijo de Dios reine y sea glorificado, estoy cierto de que las acogerás y apreciarás.
En la grave responsabilidad de la interpretación no afirmo que he tenido un buen éxito; pero me siento confiado de que cuando tú la hayas leído, aprobarás al menos, mi fidelidad y buena voluntad. Y como no reclamo para mí los elogios de un gran conocimiento o erudición, no me avergüenzo de confesar lo que el Señor me ha dado para poder entender sus Escrituras, (ya que esto es para gloriarse en él y si en este respecto tuviese yo alguna capacidad para ayudar a la Iglesia de Dios, me he esforzado en dar una prueba evidente de ello en este trabajo. Espero pues, que este presente (como ya dije) que yo te ofrezco, no sólo sirva, oh Rey, como una excusa ante tu Majestad, sino que también me favorezca mucho.
Posiblemente, esto también pudiera servir de nuevo estímulo a su Majestad, quien ya se encuentra ocupado en la tarea de restaurar el reino de Cristo, y también a muchos de los que viven dentro de tu reino, ocupados en extender la misma obra. Tu reino es extenso y famoso y abunda en cosas excelentes; mas su felicidad sólo será firme, cuando adopte a Cristo como su principal soberano y gobernador, de suerte que pueda ser defendido mediante su salvaguardia y protección; porque el someter tu cetro a él, no es contrario a tu elevación, pues eso será un triunfo mucho más glorioso que todos los triunfos del mundo. Y si entre los hombres la gratitud se considera como la virtud propia de una mente elevada y grande, ¿qué otra cosa puede haber más impropia en los reyes que la ingratitud al Hijo, por el cual ellos han sido elevados al más encumbrado honor? Por consiguiente, no sólo es un servicio honorable, sino más que regio todavía, y que nos eleva al rango de los ángeles, el que el trono de Cristo sea levantado entre nosotros, de modo que su voz celestial se convierta en la única norma para vivir y para morir, tanto para los más altos como para los más bajos. Pues aunque hoy el obedecer a la autoridad de Cristo es algo muy común, sin embargo, son muy pocos los que le tributan esta obediencia de la cual se jactan.
Ahora bien, esta obediencia no se puede manifestar a menos que el todo de la religión esté de acuerdo con la infalible regla de su santa verdad. Mas sobre esto surgen extraños conflictos, pues hay quienes no sólo hinchados de orgullo, sino también fascinados por monstruosa locura, prestan menos atención a los inmutables oráculos de nuestro Maestro celestial, que a sus vanas ficciones: y todas las excusas que puedan presentar, quienes se oponen a nosotros y se esfuerzan por ayudar al anticristo romano, causa principal de todas las contiendas y por el cual ha sido grandemente perturbada la Iglesia durante estos treinta años, se encontrará en aquellos que procuran ser tenidos como los primeros discípulos de Cristo y no pueden someterse a su verdad La ambición así como la audacia, han prevalecido tanto, que la verdad de Dios yace sepultada bajo innumerables mentiras; todas sus instituciones están contaminadas por las más bajas corrupciones; su culto se encuentra viciado en todas partes, la doctrina de la fe es pervertida completamente; los sacramentos adulterados; el gobierno de la Iglesia se ha convertido en bárbara tiranía, se halla en auge el abominable comercio de las cosas sagradas; se ha abusado del poder de Cristo con el objeto de mantener la tiranía de los impíos, y al cristianismo se le ha sustituido con una horrible profanación, llena de las más groseras mojigangas de todas clases. Cuando para tantos y tan atroces males nosotros traemos un solo remedio: oír al Hijo de Dios que nos habla desde el cielo, inmediatamente encontramos la resistencia de estos atlantes, no de los que sostienen la Iglesia sobre sus hombros, sino de los que elevan con sus vanas ostentaciones de títulos vacuos, un ídolo inventado y forjado por ellos mismos. Ellos aducen esto como un pretexto para sus crueles recriminaciores: que nosotros con nuestras afirmaciones, perturbamos la paz de la Iglesia. Cuando llegamos a conocer las cosas acertadamente, vemos que estos sutiles inventores fabrican para sí mismos una iglesia completamente diferente a la de Cristo. ¿Y qué otra cosa es esto sino un sacrílego intento de separar el cuerpo de su cabeza? De esto se concluye cuán frívola es la jactancia de muchos respecto al cristianismo; porque la mayor parte se deja gobernar, nada menos que por las enseñanzas puras del evangelio.
Pero el que tú reconozcas, oh Rey, que para que Cristo pueda tomar completa posesión de su propio Reino, sea necesario quitar todas las supersticiones, es una prueba de singular sabiduria; y el intentar lo que tú juzgas necesario, es una evidencia de rara virtud. Tú, ciertamente, a semejanza de otro Ezequías o Josías, estás destinado por Dios para restaurar en breve en el reino de Polonia, la enseñanza más pura de ese evangelio, que por todo el mundo ha sido viciado por la astucia de Satanás y la perfidia de los hombres. Hay muchas cosas que proporcionan una firme esperanza a todos los hombres buenos, pues no se pueden omitir tus cualidades superiores, que aun los extranjeros proclaman y los hombres de tu propio reino admiran porque se ha mostrado siempre en ti un admirable interés por la religión, y ésta resplandece en tu propia vida el día de hoy. Mas lo principal es, que Cristo, el Sol de Justicia, haya resplandecido así en tu mente con la luz de su evangelio y que tú entiendas que la verdadera forma de gobernar la Iglesia no es otra que someterse a su autoridad y que tú al mismo tiempo, conozcas la diferencia entre la forma legítima de religión que él ha establecido, y la forma ficticia y degenerada que después se introdujo en ella; pues tú entiendes perfectamente que el culto divino ha sido corrompido y deformado, al darse cabida en él a innumerables supersticiones; que la gracia de Cristo ha sido indignamente cubierta de densas tinieblas; que la virtud de su muerte ha sido anulada; que él mismo ha sido lacerado y hecho pedazos; que la seguridad de la salvación ha sido desarraigada; que las conciencias han sido horrible y miserablemente vejadas y atormentadas; que hombres miserables han sido extraviados de la adoración sincera y verdadera del Dios único hacia diferentes e intrincados laberintos; que la Iglesia ha sido oprimida con crueldad y tiranía; y en suma, que el cristianismo verdadero ha sido extinguido.
No es de creerse, oh nobilísimo Rey, que tú hayas sido dotado en vano por Dios con este conocimiento; pues indudablemente él te ha escogido como su ministro para cumplir grandes propósitos. Hasta ahora, por el admirable providencia de Dios, no se ha derramado sangre inocente en el renombrado reino de Polonia, no, ni una sola gota, que pidiendo venganza pudiera retardar tan inmenso beneficio. Fue por la clemencia y bondad del Rey Segismundo, de grata memoria, el padre de su Majestad, por lo que esto no ocurrió; porque mientras la contagiosa crueldad se extendía por todo el mundo cristiano, él guardo limpias sus manos. Y ahora su Majestad y algunos de tus príncipes más eminentes no sólo reciben a Cristo de buena voluntad cuando se les ofrece, sino que ansiosamente lo desean. También me doy cuenta de que Juan á Lasco, nacido de buena familia, lleva la antorcha del evangelio a otras naciones.
La presunción de Eckio, por ningún motivo ha de ser soportada, pues éste dedicó al Rey Segismundo, el padre de su Majestad, su libro acerca del sacrificio de la misa; y en esta forma, y tanto como le fue posible, manchó tu ilustre reino. Al mismo tiempo, nada tuvo de extraño que Sileno, siendo príncipe de los beodos, convirtió el altar en inmundo estercolero. Ahora bien, el dedicar mi trabajo a su Majestad al menos servirá para limpiar del nombre de Polonia la sucia mancha de Eckio, de modo que no permanezca el lugar en donde indignamente fue puesta. Y me parece que al hacerlo así. habré alcanzado un objetivo no pequeño; y ningún otro libro de la Escritura podía haber escogido tan apropiadamente para tal objeto. Pues aquí nuestro Apóstol demuestra de un modo especial, que el sacrificio defendido por Eckio es manifiestamente opuesto al sacerdocio de Cristo. No me refiero aquí expresamente a la misa, la cual todavía Satanás no vomitaba desde el infierno. Mas al pedir a la Iglesia que estuviera satisfecha con el único y verdadero sacrificio que Cristo ofreció en la cruz, porque todos los ritos y sacrificios habían cesado para siempre, él sin duda cierra la puerta a todas sus falsas interpretaciones. El Apóstol grita con todas sus fuerzas que Cristo fue sacrificado en la cruz una vez por todas, mientras que Eckio pretende que este sacrificio se renueva diariamente. El Apóstol declara que sólo el Hijo de Dios fue el sacerdote elegido para ofrecerse a sí mismo al Padre, y de aquí que fuese designado mediante un juramento; pero Eckio niega que sólo Cristo sea el sacerdote, y transfiere esa función a los sacerdotes humanos. Tampoco ignoro las evasivas mediante las cuales ellos rechazan estos y otros argumentos semejantes; empero no hay temor de que él engañe a alguien sino a aquellos que están ciegos o rehuyen la la luz. Estaba tan embriagado de ínfulas jactanciosas, que trabajó más con insolente ostentación que con demostraciones lógicas. No obstante, para que yo no parezca triunfar sobre un perro muerto, no añadiré más por ahora, sólo dejaré que mi comentario borre la asquerosa mancha que ese hombre sin conciencia trató de fijar sobre el nombre de Polonia; y no hay temor de que aquellos que lo lean se traguen el anzuelo.
Además, como al ofrecer esta obra mía a su Majestad no sólo deseo hacer patente mi estimación personal a tí, oh Rey, sino darla a conocer a todo el mundo, me resta implorar humildemente a su Majestad que no la rechaze. Si verdaderamente puedo con ella alentar tus piadosos esfuerzos, me consideraré ampliamente remunerado. Emprende pues, te lo ruego, oh magnánimo Rey, bajo el favorable estandarte de Cristo, una obra tan digna de tu regio cargo como de tu heroica virtud, de modo que la verdad eterna de Dios, por la cual se promueve su propia gloria y la salvación de los hombres, dondequiera que tu reino se extienda, recupere su autoridad, la cual ha sido arrebatada por las negociaciones fraudulentas del anticristo. Es verdaderamente una tarea ardua, y de tal magnitud como para enorgullecer al más sabio con solicitud y temor.
Empero, no hay peligro que no debamos afrontar gozosamente; no hay dificultad que no debamos acometer con resolución; no hay conflictos a los cuales no debamos enfrentarnos valientemente, en una causa tan necesaria. Además, como es la obra peculiar de Dios, no debemos en este caso, fijarnos tanto en el alcance de las fuerzas humanas, como en la gloria que conviene a su fortaleza; de modo que, confiando en que no sólo él nos ayudará sino que también nos guiará, podemos aventurar nos a ejecutar proezas más allá de nuestra propia fuerza; porque no sin razón la obra de restaurar y establecer la Iglesia es señalada por la Escritura de Dios, sino que la obra en sí es enteramente divina; y tan pronto como se inicia, todos los artificios de maldad que posee Satanás, éste los emplea ya sea para detenerla o para retrasar su progreso. Sabemos que el príncipe de este mundo tiene innumerables agentes siempre listos a oponerse al reino de Cristo. Algunos son instigados por la ambición, otros por el lucro. Estas contiendas, hasta cierto punto nos sirven de prueba en nuestra humilde condición; pero su Majestad tendrá, sin duda, que experimentar dificultades mayores. Por lo tanto, todos aquellos que intentan promover la doctrina de la salvación y el bienestar de la Iglesia deben estar armados de una inquebrantable firmeza. Y como este negocio está más allá de nuestras fuerzas, nos será otorgada la ayuda del cielo.
Es nuestro deber, mientras tanto, grabar dentro de nuestro corazón todas estas promesas que, por dondequiera se encuentran en las Escrituras. El mismo Señor, como si fuera con su propia mano, ha colocado los fundamentos de la Iglesia, y no permitirá que permanezca en un estado de decaimiento, pues él se nos presenta como solícito a restaurarla y a reparar sus ruinas; porque al hablar así, nos promete en efecto, que jamás nos abandonará cuando estemos entregados al triunfo de esta obra. Y como él no quisiera tenernos como simples espectadores de su poder, así la presencia de su auxilio al sostener las manos que laboran, demuestra claramente que él mismo es el Arquitecto principal. Por consiguiente, lo que él frecuentemente repite e inculca, y no sin razón, es que no debemos enojarnos por mucho que tengamos que luchar contra los enemigos, que continuamente rompen las hostilidades; pues ellos son, como ya dijimos, casi infinitos en número, y sus clases muy variadas. Empero una sola cosa nos basta: que tenemos un Caudillo tan invencible, que cuanto más es atacado, mayores serán sus victorias y triunfos ganados por su poder.
Adiós, invencible Rey. Que el Señor Jesús te dirija con espíritu de sabiduría; te sostenga con espíritu de valor, te otorgue sus generosas bendiciones, y te guarde muchos años en salud y prosperidad, protegiendo tu reino. Amén.
Ginebra Mayo 23, de 1549.
La Epístola a los Hebreos
Contenido y bosquejo general
No sólo existían diversas opiniones en cuanto al autor de esta Epístola, sino que su propia aceptación dentro de las iglesias latinas ocurrió en épocas posteriores. Se sospechaba que favorecía a Novato al negar el perdón a los caídos;1 empero, que ésta era una opinión sin fundamento, será demostrado en varios pasajes. Yo, ciertamente y sin vacilación, la clasifico entre los escritos apostólicos; tampoco dudo que, a causa de las artimañas de Satanás, muchos hayan sido inducidos a impugnar su autoridad. Aparte de la carta a los Hebreos, verdaderamente no hay otro libro en las Sagradas Escrituras que habla tan claramente del sacerdocio de Cristo y que exalte tanto la virtud y dignidad de ese único y verdadero sacrificio que él ofrecio por su muerte, y que trate además, tan ampliamente, sobre el uso de las ceremonias y su abrogación, y que finalmente, explique tan claro que Cristo es el fin de la ley. No permitamos, por ningún concepto, que la iglesia de Dios, o nosotros mismos quedemos privados de tan grande beneficio; por el contrario, defendamos firmemente su posesión.
En cuanto a su autor, no tenemos por qué preocuparnos demasiado. Algunos piensan que haya sido Pablo, otros Lucas, otros Bernabé y otros Clemente; tal como Jerónimo lo declara. Con todo, Eusebio, en el volumen de su Historia Eclesiástica, menciona únicamente a Lucas y a Clemente. Sé muy bien que en la época de Crisóstomo, en todas partes era considerado por los griegos como una de las epístolas paulinas empero, los latinos pensaban de otro modo, aun los que vivieron más cerca de la era apostólica.
Ciertamente no puedo aducir ninguna razón para demostrar que Pablo sea su autor; pues los que afirman que el Apóstol intencionalmente suprimió su nombre por ser odioso a los judios, no llegan a conclusión alguna. Siendo éste el caso, ¿por qué entonces menciona Pablo el nombre de Timoteo en sus demas epístolas? ¿No sería esto una traición a sí mismo? Por otra parte, el método de enseñanza y el estilo, demuestran lo suficiente que Pablo no fue el autor; y el propio escritor, en el capítulo segundo, confiesa que fue un discípulo de los apóstoles, lo cual es diametralmente opuesto a lo que Pablo afirma de sí mismo. Además, lo que se dice en el capítulo sexto respecto a la costumbre de catequizar, no encuadra muy bien con la epoca o edad de Pablo. Hay otras cosas que trataremos con más atención en su debido lugar.
La excusa que generalmente se da respecto al estilo, la conozco muy bien, pero de aquí no se puede formar opinión alguna en cuanto a que el griego sea una traducción hecha del hebreo por Lucas u otro discípulo. Tal conjetura podrá refutarse fácilmente, ya que el pasar por alto otros pasajes de las Escrituras, apoyados en la sola suposición de que la Epístola haya sido escrita en hebreo, no sería lógico, porque en tal caso no haría alusión frecuente, como lo hace, a la palabra testamento. Lo que dice el autor acerca de un testamento en el capítulo noveno, no puede haberlo sacado de otra fuente más que de la palabra griega diatheke, la cual tiene dos significados: mientras que berith, en hebreo, quiere decir pacto, solamente. Esta única razón sería bastante para convencer hombres sensatos de que la Epístola fue escrita en griego. Empero. lo que por otra parte se objeta, es la posibilidad de que el Apóstol escribiese a los judíos en su propia lengua, argumento muy débil; pues, cuán pocos eran entonces los judíos que entendían su propia lengua. Cada uno había aprendido el idioma del país donde habitaba. Además, el griero era entonces la lengua más ampliamente conocida. Seguiremos ahora con su contenido.
El objeto, al principio, no es demostrar a los judíos que Jesús, el hijo de Maria, era el Cristo, su Redentor prometido, pues él escribió para los que habían profesado su fe en Cristo. Este asunco queda descartado. Mas el propósito del escritor era demostrar en qué consistía el oficio de Cristo. Y es evidente que con su venida se acabaron las cerenias. Es necesario hacer esta distinción: porque así como hubiera sido en vano para el Apóstol probar a los que ya estaban convencidos que el Mesías aparecido era el Cristo, también era preciso, por otra parte, que les demostrase lo que Cristo era; porque ellos no habían entendido aun con claridad el fin, los efectos y ventajas de su advenimiento: más ocupándose de un falso concepto de la ley, echaban mano de la sombra dejando a un lado la substancia. Nuestra tarea con los romanistas es muy semejante el día de hoy; porque ellos, juntamente con nosotros, confiesan que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor prometido al mundo; empero, cuando nos acercamos a la realidad, descubrimos que le despojan de más del cincuenta por ciento de su poder.
Ahora bien, el principio trata acerca de la dignidad de Cristo; porque parecía extraño a los judíos que el evangelio debería preferirse a la ley. Y ciertamente, en primer lugar arregla la cuestión que estaba en disputa: que la enseñanza traida por Cristo tendría que ocupar la preeminencia, por ser el cumplimiento de todas las profecías. Mas como la reverencia que profesaban a Moisés podía servirles de tropiezo, el autor les demuestra que Cristo era superior a todos. Y después de aludir sucintamente a las cosas en que el Mesías sobrepasaba a los demas, menciona a los ángeles, para colocar a todos en el rango que les corresponde. Es así como avanzó prudentemente en su recorrido; porque si hubiera principiado con Moisés, su comparación hubiera sido menospreciada. Mas cuando se demuestra, por medio de las Escrituras, que los poderes celestiales están subordinados a Cristo, no hay razón por la que Moisés, o cualquier otro mortal se negase a ser clasificado entre ellos; para que en esta forma, el Hijo de Dios apareciese con supremacía, tanto sobre los ángeles como sobre los hombres.
Después de sujetar a los ángeles bajo el poder y dominio de Cristo, el Apóstol, como si hubiese ganado la confianza de sus lectores, declara que Moisés era tan inferior a Cristo cuanto lo pueda ser el siervo frente a su amo.
Al colocar a Cristo en los primeros tres capítulos sobre el pináculo del dominio supremo, insinúa que cuando él habla, todos debemos guardar silencio y nada debe impedirnos el acatar seriamente su doctrina. Igualmente, en el capítulo segundo, lo presenta como nuestro hermano en la carne; y en esta forma nos induce a consagrarnos con mejor voluntad a él, utilizando además, una mezcla de exhortaciones y amenazas con el fin de estimular a la obediencia a los tardíos en arrepentirse o que perversamente se resisten; continúa en este esfuerzo casi hasta el fin del capítulo cuarto.
Al finalizar dicho capítulo, comienza a explicar el sacerdocio de Cristo, que deroga todas las ceremonias de la ley. Empero, después de demostrar someramente la forma de recibir con beneplácito ese sacerdocio y la alegría con que debemos someternos a él, se vuelve rápidamente para reprender a los judíos, que cual niños pequeños se habían quedado en los rudimentos de la religión. Y los atemoriza con una grave y severa denunciación sobre el peligro de que, si descuidaban su progreso espiritual, serían a la larga rechazados por el Señor. Mas en seguida suaviza tal aspereza diciendo que esperaba mejores cosas de ellos, aon el fin de animarlos para que progresasen.
Después, (en el capítulo séptimo) regresa al tema del sacerdocio; y demuestra: primero, que se diferenciaba del antiguo sacerdocio bajo la ley; segundo: que éste era más excelente por cuanto lo sucedía y quedaba ratificado mediante un juramento, por ser eterno; permanecía eficaz para siempre, porque el que desempeñaba su obra era superior en dignidad y honor a Aarón y a todo el resto de la tribu levítica; demuestra, de igual manera, que el tipo sacerdotal que simbolizaba todas las cosas, recaía en la persona de Melquisedec.
Con el fin de atestar plenamente que las ceremonias de la ley quedaban abrogadas, aduce que tales ritos, al igual que el tabernáculo, fueron instituidos con un fin particular: el señalar al prototipo celestial. De aquí se concluye que no podemos depender de ellos a menos que nos detengamos a mitad del camino, sin que la meta final nos interese. Sobre este asunto el autor cita un pasaje de Jeremías, donde se promete un nuevo pacto, superior al antiguo. De esto se deduce que el antiguo se encontraba ya debilitado y pronto a desaparecer.
Después de hablar acerca de la semejanza y parecido entre las sombras y la realidad manifestada en Cristo, llega a la conclusión de que todos los ritos instituidos por Moisés fueron abrogados por el único y verdadero sacrificio de Cristo, pues la eficacia de esta oblación es perpetua y no sólo se ratifica en el Nuevo Testamento, sino que también se presenta como realidad espiritual y verdadera del sacerdocio externo, vigente bajo la ley.
A esta enseñanza añade de nuevo la exhortación, a manera de aguijón para que haciendo a un lado todos los impedimentos, recibiesen a Cristo con la debida reverencia.
En cuanto a los numerosos ejemplos que menciona en el capítulo once, referentes a los patriarcas, me parece que fueron dados con el propósito de que los judíos comprendiesen que al ser conducidos de Moisés a Cristo, jamás quedarían lejos o apartados de la fe de sus padres, sino más unidos a ellos y de manera muy singular. Porque si lo principal en ellos fue la fe, origen de todas las demás virtudes, se concluye que por ella podían ser contados entre los hijos de Abrahán y los profetas de manera muy especial; y por otra parte, serían considerados como bastardos todos los que no siguiesen la fe de los patriarcas. Y no es tal cosa una recomendación pequeña del evangelio, ya que por éste tenemos unión y compañerismo con la iglesia universal, la cual existe desde el principio del mundo.
Los últimos dos capítulos contienen varios conceptos acerca de la forma en que debemos vivir: hablan de esperanza, de llevar la cruz, de perseverancia, de gratitud para con Dios, de obediencia, de misericordia, de los deberes del amor, de la castidad y de cosas semejantes. Finalmente, concluye con oración, dándoles también esperanza de que los visitaría.
Comentario sobre la Epístola a los Hebreos
Capítulo 1
1 Dios habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas.
2 En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo hizo todo el universo.
1.—Dios habiendo hablado etc. Esta introducción tiene por objeto recomendar la doctrina enseñada por Cristo: pues nos indica que no sólo debemos recibirla con reverencia sino que únicamente ella debe satisfacernos. Para que podamos entenderla más claramente debemos observar el contraste que existe entre cada uno de sus pensamientos. Primero: el Hijo de Dios es colocado en oposición a los profetas. Segundo: nosotros frente a los patriarcas; y en tercer lugar, las diversas y múltiples formas de hablar que Dios adoptó en relación con los padres, hasta llegar a la última revelación que nos fue dada por Cristo. Mas en medio de esta variedad nos presenta a un solo Dios, para que nadie piense que la ley se opone al evangelio, o que el autor de uno deje de ser el mismo autor del otro. A fin de que se entienda mejor la gran importancia de este pasaje, presentamos a continuación una especie de bosquejo:
DIOS HABLO …
En otro tiempo, por los profetas, …
Ahora, por el Hijo;
Entonces, a los patriarcas, …
Ahora, a nosotros:
Antes, en diversas ocasiones, …
Ahora, como al fin de los tiempos
Asentado lo anterior, se establece la conformidad entre la ley y el evangelio; porque Dios, siempre el mismo, su palabra es la misma, y su verdad inmutable, ha hablado a ambos por igual.
Mas debemos fijarnos en la diferencia entre nosotros y los padres; porque Dios antiguamente se dirigió a ellos en forma distinta de la que ahora emplea para con nosotros. Y ciertamente para dirigirse a ellos utilizó a los profetas, mas para hacerlo con nosotros designó a su Hijo como embajador.1 Por lo tanto, nuestra condición a ese respecto es superior a la de los patriarcas. El propio Moisés tiene que ser clasificado entre los profetas, ya que se cuenta entre el número de los que son inferiores al Hijo. Y por la forma en que fue hecha la revelación, con nosotros también llevamos una ventaja sobre ellos pues la diversidad de visiones y medios usados en el Antiguo Testamento indicaban que existía un estado de cosas no definitivo, como cuando algo se pone en orden. De ahí que dice, muchas veces y en muchas maneras. Dios ciertamente hubiera podido continuar con el mismo método hasta el fin, y éste hubiera sido perfecto y completo. Mas de esto se deduce que tal diversidad era evidencia de imperfección.
Yo entiendo así estas dos expresiones: muchas veces se refiere a la variedad en el tiempo; porque el vocablo griego es polimerós, que podríamos traducir “en muchas partes,” como lo hacemos cuando tenemos la intención de hablar con más amplitud o posteriormente; empero politropós señala diversidad en su propia forma.2 Y cuando habla de los postreros tiempos, insinúa que ya no hay razón para esperar una nueva revelación; porque lo que Cristo trajo no fue algo eventual sino definitivo. En este sentido dan a entender los apóstoles la frase “los postreros tiempos” y los “postreros días,” Y Pablo afirma lo mismo cuando dice: “en quienes los fines de los siglos han parado” (1 Cor. 10:11). Por consiguiente si Dios ha hablado por última vez, es conveniente que nos detengamos en eso; y del mismo modo cuando acudamos a Cristo, no debemos irnos más allá. Es muy necesario para nosotros el conocer estas dos cosas: porque fue un gran tropiezo para los judíos el no haber considerado que Dios aplazó la revelación última para una época posterior; de aquí que, estando satisfechos con su propia ley, no se apresuraron a alcanzar el blanco final. Mas habiéndose presentado Cristo, un mal paradójico comenzó a prevalecer en el mundo: los hombres se empeñaron en ir más allá de él. ¿Qué otra cosa hace el papado sino traspasar los límites que el Apóstol fijó? Y así como el Espíritu de Dios en este pasaje invita a todos a acercarse únicamente a Cristo, así también les prohibe ir más allá de los postreros tiempos que él menciona. En resumen, el límite de nuestra sabiduría está fijado por el evangelio.3
2. Al cual constituyó heredero, etc. Dios tributó honores a Cristo con grandes encomios, con objeto de inducirnos a prestarle la debida reverencia; pues si el Padre sujetó a él todas las cosas, quedamos todos bajo su única autoridad. Añade asimismo que fuera de Cristo no puede encontrarse bien alguno, ya que Cristo es el heredero de todas las cosas. De aquí se deduce que seremos de muy poco valor y pobres si él no nos hace partícipes de sus tesoros. Agrega, además, que el honor de poseer todas las cosas pertenece por derecho al Hijo, porque por él todas las cosas fueron creadas. De igual manera estas dos cosas4 se atribuyen a Cristo por varias razones.
El mundo fue creado por él, siendo él mismo la eterna sabiduría de Dios, que dirigía todas sus obras desde el principio; y con esto se prueba también la eternidad de Cristo, porque él tuvo que haber existido antes de que el mundo fuese creado. Si preguntamos entonces su edad, encontramos que no la tiene porque es eterno. No hay tampoco derogación alguna de su poder con el cual se dice haber creado al mundo, aunque no lo creó él de por sí. De acuerdo con el lenguaje más usual de las Escrituras, el Padre es llamado Creador; y se añade en algunos lugares que el mundo fue creado con sabiduría, por la Palabra, o sea por el Hijo, como si la misma sabiduría hubiese sido el Creador, (o la palabra, o el Hijo). Con todo, debemos entender que hay una diferencia de personas entre el Padre y el Hijo, no sólo en su relación con los hombres, sino en relación con Dios mismo. Mas la unidad de esencia requiere que todo aquello que es peculiar a la Divinidad, pertenezca al Hijo, así como también al Padre: igualmente todo aquello que se aplica sólo a Dios, debe pertenecer a ambos; sin embargo, no hay nada que pueda privar a alguno de los dos de sus propiedades privativas.
Mas la palabra heredero es atribuida a Cristo en su encarnación; por que habiéndose hecho hombre, tomó sobre sí nuestra naturaleza, y como tal, recibió esta herencia, con el fin de que pudiera devolvernos lo que perdimos en Adán. Porque Dios, en el principio, había constuido al hombre como hijo y heredero de todo lo bueno; mas por causa del pecado, el primer hombre quedó separado de Dios y fue despojado, juntamente con su posteridad, de todo lo bueno, incluso del favor de Dios; partiendo pues de Cristo únicamente, comenzamos a disfrutar por derecho, de las cosas buenas de Dios; pues Cristo, el herededo universal, nos admite en comunión con él, y como heredero nos puede hacer partícipes de sus riquezas. Empero el Apóstol lo exalta además con este título, para que sepamos que sin él carecemos de todo lo bueno.
Si entendemos el término todo en el género masculino, el significado es que todos debemos estar sujetos a Cristo, porque fuimos dados a él por el Padre. Mas yo prefiero aceptarlo en el género neutro; y entonces significa que somos privados de legítima posesión de to das las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, a menos que estemos unidos a Cristo.
3 El cual siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su substancia, y sustentando todas las cosas on la palabra de su potencia, habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diesra de la Majestad en las alturas.
3. El cual siendo el resplandor de su gloria etc. Todo esto alude a Cristo, en cuanto a su esencia divina, y en cuanto al haber participado de nuestra naturaleza carnal. Cuando se le llama el resplandor de su gloria y la imagen de su substancia, se hace referencia a su divinidad; lo demás corresponde, en parte, a su naturaleza humana. Sin embargo, el todo se enfatiza con el objeto de manifestar su dignidad.
Y por la misma razón al decir que el Hijo es “el resplandor de su gloria” y “la misma imagen de su substancia;” las dos figuras son tomadas de la naturaleza. Porque nada puede decirse de cosas tan grandes y tan profundas que no sea por medio de símiles sacados de lo que existe. No hay necesidad de discutir el hecho de cómo el Hijo, teniendo la misma esencia que el Padre, es el resplandor que emana de su luz. Debemos conceder que hay un cierto grado de impropiedad en el lenguaje cuando lo que tomamos de las cosas visibles es aplicado a la insondable majestad de Dios. Mas las cosas que son evidentes a nuestros sentidos, se pueden aplicar adecuadamente a Dios, con el fin de que podamos conocer lo que se encuentra en Cristo, y los beneficios con que él nos regala.
Debe observarse también que ninguna especulación sin importancia es enseñada aquí, sino una importante doctrina de fe. Debemos por lo tanto, aplicar estos elevados títulos conferidos a Cristo para nuestro propio bien, porque tienen relación directa con nosotros. Por lo tanto, cuando tú oyes decir que el Hijo es el resplandor de la gloria del Padre, piénsalo así, porque la gloria del Padre es invisible hasta que resplandece en Cristo. Medita en que él es llamado la imagen de su substancia, porque la majestad del Padre está velada y no se puede ver hasta que aparece en él como si fuera su imagen. Los que pasan por alto esta conexión y llevan su filosofía a otras alturas, se fatigan sin ningún objeto, porque no entienden la idea del Apóstol; pues no fue su propósito demostrar qué clase de semejanza tiene el Padre con el Hijo; mas como ya dije, su objeto era, en realidad edificar nuestra fe, y enseñarnos que Dios únicamente se ha manifestado a nosotros en la persona de Cristo:5 en cuanto a su esencia, el resplandor divino no es tan intenso, que deslumbra nuestros ojos, a menos que nos ilumine por medio de Cristo. De aquí se concluye que somos ciegos a la luz divina, hasta que por Cristo fulgura en nosotros. Es verdaderamente provechoso el conocer a Cristo mediante el conocimiento real de la fe y la experiencia. Y la misma perspectiva, como lo afirmé, debe tenerse en cuenta respecto a su “substancia;” porque siendo Dios incomprensible para nosotros, su naturaleza se nos descubre únicamente en su Hijo.6
La palabra apaúgasma no significa aquí otra cosa sino luz visible o refulgencia que nosotros podemos aguantar; y xaraktér es la forma viviente de una substancia escondida. En la primera palabra se nos recuerda que sin Cristo no hay luz, sino sólo tinieblas; porque siendo Dios la única luz verdadera con la cual nos conviene ser iluminados, tal luz resplandece sobre nosotros, por decirlo así, únicamente por irradiación. En la segunda palabra se nos recuerda que Dios es verdadera y realmente revelado en Cristo; porque no es Cristo una imagen obscura o sombría, sino su misma imagen, como una moneda que lleva troquelado el sello de tal o cual cuño. Empero el Apóstol verdaderamente expresa algo más todavía: que la substancia del Padre está impronta sobre el Hijo.7
La palabra hipostasis, siguiendo el ejemplo de otros, ya también la he interpretado como substancia y denota, según pienso, no el ser o la esencia del Padre, sino su persona; porque sería extraño afirmar que la esencia de Dios está esculpida sobre Cristo, ya que la esencia de ambos, es una sola. Mas se puede afirmar verdadera y rectamente que cualquier peculiaridad que pertenezca al Padre es manifestada en Cristo, de manera que, quien le conoce a él, conoce al Padre. Y en este sentido los padres ortodoxos entienden el término hipostasis, considerándolo triple en Dios, mientras que la esencia (ousía) es una, sencillamente. Hilario dondequiera entiende la palabra latina como persona. Mas aunque no sea el objeto del Apóstol tratar, en este lugar, de lo que Cristo es en sí, sino de lo que verdaderamente es para nosotros; no obstante, refuta muy bien las teorías de los arrianos y sabelianos; porque demanda para Cristo lo que pertenece a Dios únicamente, y también alude a las otras dos personas, al Padre y al Hijo. De esto aprendemos que el Hijo es uno con el Padre, y sin embargo, en cierto sentido, diferente de él, de modo que una sola subsistencia o persona pertenece a ambos.
Y sustentando (sosteniendo) todas las cosas, etc. Sustentar o sostener sigfica preservar o continuar todo lo creado en su mismo estado; pues él sugiere que todas las cosas quedarían reducidas a la nada instantáneamente, si no estuvieran sostenidas por su poder. Aunque el pronombre su puede referirse al Padre lo mismo que al Hijo, igualmente puede traducirse su propia, mas ya que la otra explicación es más aceptada, y encuadra muy bien al contexto, estoy dispuesto a aceptarla yo también Literalmente dice, “por la palabra de su poder;” pero el genitivo, según la forma hebrea se usa en lugar de un adjetivo; porque la torcida explicación de algunos al decir que Cristo sustenta todas las cosas por la palabra del Padre, esto es, por él mismo que es la palabra, no dice nada en su favor: además, no hay necesidad de explicación tan forzada; porque no es la costumbre llamar a Cristo rema, (dicho), sino lógos, (palabra)8 De ahí que palabra significa en este caso simplemente una afirmación. El sentido es que Cristo, quien sustenta el mundo entero con una simple afirmación, no rehusó la obra de efectuar la purgación de nuestros pecados.
Ahora bien, tenemos aquí la segunda parte de la doctrina contenida en esta Epístola; ya que una declaración total o global ha de encontrarse en estos dos capítulos; héla aquí: Cristo, investido de suprema autoridad, tiene que estar a la cabeza de todos y así como nos ha reconciliado con el Padre por su muerte, igualmente ha puesto fin a los antiguos sacrificios. De este modo el primer punto, aunque sea una proposición general, contiene una doble idea.
Y cuando más adelante dice por sí mismo, ha de entenderse en ello una aseveración, es decir, que no fue auxiliado por las sombras de la ley mosaica. Manifiesta, igualmente, una diferencia entre él y los sacerdotes levitas; pues se dice que ellos también expiaban pecados, pero tal poder lo obtenían de otro modo. En resumen, él quiso excluir los demás medios y auxilios, afirmando que el precio y poder de nuestra purgación moral fueron encontrados únicamente en Cristo.9
Se sentó a la diestra etc., como si dijera que, después de haber obtenido la salvación de los hombres, fue recibido en la gloria a fin de gobernar todas las cosas. Y agregó esto con objeto de demostrar que no fue una salvación meramente temporal la que obtuvo para nosotros; pues de otra manera estaríamos muy inclinados a estimar su poder como algo transitorio. Seguidamente nos recuerda que Cristo no ha de estimarse menos porque no lo veamos físicamente; mas por el contrario, fue elevado a la cúspide de su gloria, y al más encumbrado solio de su imperio. La diestra es aplicada a Dios por semejanza; pues él no está limitado a determinado lugar y tampoco tiene lado derecho o izquierdo. La colocación de Cristo, en tal caso, no significa otra cosa que su Reino entregado a él por el Padre, y la autoridad a que Pablo se refiere, significa que ante su nombre se doblará toda rodilla (Fil. 2:10). Entonces, el sentarse a la diestra del Padre no es sino gobernar en lugar del Padre; así como los diputados o los príncipes actúan con pleno poder investidos por sus superiores. Luego se añade la palabra majestad y también en las alturas, a fin de insinuar que Cristo está sentado sobre el sublime trono en donde la majestad de Dios resplandece. Siendo así, él debe ser amado a causa de su redención, y adorado por su grandeza real.10
4 Hecho tanto más execelente que los ángeles, cuanto alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos.
5 Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamáss Mi hijo eres tú, Hoy yo te he engendrado? Y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mi Hijo?
6 Y otra vez, cuando introduce al ple en Dios, mientras que la esencia primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.
4. Hecho tanto más excelente, etc. Después de haber exaltado a Cristo sobre Moisés y todos los demás, engrandece su gloria por medio de una comparación con los ángeles. Fue opinión común entre los judíos que la ley fue dada por los ángeles y consideraban con veneración las cosas hermosas que de ellos decían las Escrituras; y como mundo por desgracia se inclina a la superstición, ellos opacaban la gloria de Dios enalteciendo demasiado a los ángeles. Era necesario, entonces, encuadrarlos dentro de su propia jerarquía para que no eclipsasen la gloria de Cristo. De este modo prueba él que aun por su solo nombre, Cristo los sobrepasaba, porque él es llamado el Hijo de Dios:11 y que fue señalado con ese nombre, lo demuestro mediante dos testimonios de la Escritura, que debemos examinar para entender su completa significación.
5. Mi hijo eres tú, etc. No puede negarse que esto se haya dicho a David, esto es, en cuanto a que él fue una figura de la persona de Cristo. Luego, las cosas contenidas en este Salmo, deben haberse vislumbrado en David, pero fueron consumadas plenamente en Cristo. Y que David dominara a muchos de sus enemigos, ensanchando así las fronteras de su reino, fue una especie de anuncio anticipado al cumplimiento de la promesa, “Yo te daré por heredad las naciones.” Empero ¡cuán insignificante fue aquello en comparación con el reino de Cristo, que se extiende de oriente a poniente! Por la misma razón David fue llamado Hijo de Dios, habiéndosele escogido, especialmente, para realizar grandes cosas; pero su gloria fue efímera y pequeñísi ma, comparada con la gloria que resplandeció en Cristo, sobre quien el Padre grabó su propia imagen. Así que el nombre de “Hijo” pertenece por un privilegio muy especial sólo a Cristo, y no puede, en este sentido, atribuirse a otro sin incurrir en una profanación, porque a él, y no a otro, el Padre señaló.
Con todo, el argumento del Apóstol no parece quedar bien establecido; porque ¿cómo puede probar que Cristo es superior a los ángeles sino únicamente apoyándose en que a Cristo se le dio el nombre de “Hijo”? Como si él verdaderamente no tuviera esto en común con los principes y los que están en eminencia, de quienes está escrito: “Vosotros sois dioses e hijos del Altísimo,” (Salmo 82:6,) y como si Jeremias no hubiera hablado admirablemente de todo Israel al llamarlo “primogénito de Dios” (Jeremías 31:9). Ellos ciertamente son llamados “hijos” en todas partes. Además, David llama a los ángeles “hijos de Dios;” “¿Quién,” dice, “será semejante a Jehová entre los hijos de (Dios)?” (Salmo 89:6).
La respuesta a todo este asunto no es difícil en manera alguna. Los llamados “hijos” lo son a causa de una circunstancia especial en lo tocante a Israel por la gracia común de la elección; los ángeles son llamados “hijos de Dios,” por cierta semejanza que tienen con él, porque son espíritus celestiales y poseen algo de la divinidad en su bendita inmortalidad. Mas cuando David sin añadir más se llama a si mismo “Hijo de Dios” por ser el tipo de Cristo, denota algo peculiar y más excelente que el honor concedido a los ángeles, a los príncipes, y aun a todo Israel. Por otra parte, este hubiera sido una expresión absurda e impropia si él, por excelencia, hubiese sido llamado “el Hijo de Dios;” sin embargo, David no fue más que los otros; y a pesar de ello quedó aparte de todos. Cuando se habla tan exclusivamente de Cristo, afirmando, “Mi hijo eres tú,” se sigue que este honor no corresponde a ninguno de los ángeles.12
Si alguien objeta que David fue así considerado como mayor que los ángeles respondo que no es extraño puesto que llevaba dentro de sí la imagen de Cristo; pues tampoco se ofendía a los ángeles, cuando el sumo sacerdote, que hacía expiación por los pecados, era llamado “mediador.” Ellos ciertamente no adquirían ese título por derecho propio: sino porque representaban el reino de Cristo y así derivaban su nombre de él. Además, los sacramentos, aunque en sí no tienen vida, son sin embargo, honrados con títulos que los ángeles no pueden reclamar sin ser culpables de sacrilegio. De aquí se concluye que el argumento en torno al término “Hijo,” queda bien establecido.13
Tocante a que fue “engendrado,” debemos notar brevemente que esto es relativo; porque el sutil razonamiento de Agustín es inútil cuando afirma que el hoy significa perpetuidad o eternidad. Cristo sin duda es el eterno Hijo de Dios, porque es la sabiduría nacida antes del tiempo; mas esto no tiene relación con nuestro pasaje, pero sí la tiene con los hombres, quienes reconocieron en Cristo al Hijo de Dios, después de que el Padre lo manifestó así. De ahí que la declaración o manifestación hecha por Pablo en Romanos 1:4 era, por decirlo así, una especie de engendramiento externo; pues el oculto o interno que le había precedido, no fue conocido por los hombres; ni tampoco se hubiera podido dar explicación o cuenta de él, si el Padre no lo hubiera atestiguado mediante una manifestación visible.14
Yo seré a él Padre, etc. Con respecto a este segundo testimonio, la primera observación es válida. Se refiere a Salomón, y aunque éste era inferior a los ángeles, cuando Dios le prometió que sería su Padre, fue elevado sobre el nivel común de los hombres; porque no iba a ser Dios su Padre como principe, sino como uno que sería más prominente que todos. Por semejante privilegio fue hecho “Hijo;” quedando los demás excluidos de tal honor. Empero, que tal cosa no se dijo de Salomón sino en cuanto a que representaba a Cristo, se prueba por el contexto; porque el imperio de todo el mundo está destinado al “Hijo” que allí se menciona, con carácter de perpetuidad. Por otra parte, el reino de Salomón quedó limitado por estrechas fronteras, y estuvo muy lejos de ser perpetuo, ya que inmediatamente después de su muerte quedó dividido, y poco después se desplomó por completo. De nuevo, en ese Salmo, el sol y la luna se citan como testigos, y el Señor jura que mientras éstos permanezcan en los cielos, tal reino permanecerá firme: además, el reino de David, en poco tiempo llegó a la decadencia, y a la larga pereció totalmente. Podríamos igualmente deducir por muchos pasajes bíblicos de los profetas, que la promesa iamás se entendió en otro sentido que el de referirse a Cristo; así que nadie trate de afirmar que esta es una nueva interpretación; porque de aquí también ha cobrado fuerza la costumbre entre los judíos de llamar a Cristo “Hijo de David.”
6. Y otra vez, cuando introduce o trae, etc.,15 El prueba ahora con otro argumento que Cristo es superior a los ángeles; y consisten en que a ellos se les manda rendirle adoración (Salmo 97:7). De aquí se saca que él sea su cabeza y príncipe. Mas pudiera juzgarse irrazonable el aplicar a Cristo lo que le corresponde únicamente a Dios. Si replicáramos que Cristo es el Dios Eterno, y que lo que pertenece a Dios no puede atribuirse injustamente a él, quizá no sería satisfactorio, porque no valdría gran cosa el probar un punto dudoso, apoyándose en argumentos sacados de los atributos comunes de Dios.
El tema es Cristo manifestado en carne, y el Apóstol expresamente afirma que así habló el Espíritu cuando Cristo nació; mas tal cosa no podría haberse expresado con firmeza y verdad, a menos que la aparición de Cristo estuviese claramente expuesta en el Salmo. Y este es el caso ciertamente; porque el Salmo comienza con una exhortación al regocijo; David no se dirige únicamente a los judios sino a toda la tierra, incluyendo las islas y naciones allende el mar. La razón de tal gozo se explica: porque el Señor reinará. Más adelante, al leer todo el Salmo, encontraréis que sólo se habla del reino de Cristo iniciado con la proclamación del evangelio; además, el Salmo no es otra cosa que un decreto solemne, por el cual, Cristo tomaría posesión de su Reino. Además, ¿qué gozo podría traer su Reino, excepto el de la salvación para todo el mundo incluyendo a judíos y gentiles? En seguida, el Apóstol agrega sagazmente que Cristo vino al mundo porque en ese Salmo se describe su nacimiento entre los hombres.
La palabra hebrea ángeles, en dicho Salmo, es elohim, dioses; y no hay duda que el profeta habla de ángeles; significando que no hay poder, por elevado que sea, que no esté sujeto a la autoridad de este Rey, cuyo advenimiento causaría regocijo en el mundo entero.
7 Y ciertamente de los ángeles dice: el que hace a sus ángeles espíritus, y sus ministros a llama de fuego.
8 Mas al Hijo: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; vara de equidad la vara de tu reino;
9 Has amado a la justicia, y aborrecido la maldad; por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros.
7. Y ciertamente de los ángeles, etc. Nos parece que al pasaje citado se dio otro significado del que aparenta tener; porque así como David nos describe allí la forma en que el mundo ha de ser gobernado, nada hay más real que los vientos mencionados, de los cuales se dice que son hechos mensajeros del Señor; porque él los utiliza como sus agentes; igualmente, cuando él purifica el aire por medio de los relámpagos, manifiesta la calidad de sus ministros, veloces y raudos, prontos a obedecer sus órdenes. Esto no tiene nada que ver con los ángeles. Algunos opinan que es una mera alegoría como si el Apóstol quisiera demostrar el sentido literal y alegórico de los ángeles. En cambio, a mí me parece preferible considerar dicho testimonio de acuerdo con el propósito con que fue dado; porque David, valiéndose de una semejanza aplicada a los ángeles, los compara a los vientos, porque éstos ejecutan en el mundo oficios similares a los que desempeñan los ángeles en el cielo; ya que los vientos son una especie de espíritus invisible. Y cuando Moisés, al describir la creación sólo menciona las cosas sujetas a nuestros sentidos, pretende también que las cosas más elevadas pudieran entenderse. En igual forma David, al hacer una descripción del mundo y la naturaleza, nos representa lo que ha de entenderse respecto a las órdenes celestiales. Y cuando el Apóstol aplica a los ángeles lo que únicamente se aplica a los vientos,16 pienso que utiliza el argumento de comparación.
8. Mas al Hijo, etc. Tiene que concederse que este Salmo fue escrito como canto nupcial para Salomón; porque en él se celebran sus esponsales con la hija del rey de Egipto;17 mas no puede negarse, que lo que allí se relata, es demasiado sublime para ser atribuido a Salomón. Los judíos no queriendo reconocer que a Cristo se le llame Dios, evaden el problema arguyendo que se habla del trono de Dios, y que alude a la forma del verbo que ha de entenderse; para que así, de acuerdo con la primera explicación, la palabra elohim, (Dios), tenga que estar en aposición con trono, “el trono de Dios;” y para que también, de acuerdo con la segunda, tenga que suponerse una construcción defectuosa en la oración. No obstante, estas son meras evasivas. Cualquiera que lea el versículo con mente sana y libre de prejuicios, no dudará que al Mesías se le llama Dios. No hay razón alguna para objetar que la palabra elohim se atribuya algunas veces a los ángeles y a los jueces; pero jamás se ha visto que se atribuya a una persona única, excepto a Dios.18
Además, para ya no discutir sobre una sola palabra, ¿de qué trono puede decirse que sea establecido para siempre, sino del divino? De aquí que la eternidad de su Reino sea prueba de su divinidad.
El cetro del reino de Cristo es llamado posteriormente cetro de justicia; de esto existían algunos rasgos, aunque obscuros, en Salomón; los manifestó al actuar como rey justo, celoso y amante de lo bueno. Empero, la justicia en el reino de Cristo tiene un significado más amplio; porque mediante su evangelio, que es su cetro espiritual, nos transforma conforme a la justicia de Dios. Lo mismo debe entenderse de su amor a la justicia, la cual hace reinar entre su pueblo, porque lo ama.
9. Por lo cual te ungió Dios, etc. Es verdad que esto se dijo de Salomón, quien fue hecho rey porque Dios lo prefirió a sus hermanos. Estos, por otra parte, eran iguales a él siendo todos hijos de David. Empero el pasaje se aplica más adecuadamente a Cristo, quien nos ha adoptado como su coherederos, aunque no tengamos derecho a ello. Con todo, él fue ungido por encima de todos nosotros de manera inconmensurable; en cambio nosotros, sólo con una porción limitada, tal como la otorgó a cada uno. Además, él fue ungido por causa nuestra, para que nosotros tomemos de su plenitud. En consecuencia, él es el Cristo, y nosotros, como cristianos procedemos de él, como los riachuelos del manantial. Mas como él recibió dicha unción en la carne, se dice que fue ungido por su Dios; pues sería contradictorio suponerlo inferior a Dios, excepto en su naturaleza humana.19
10 Y: tu, oh Señor, en el principio fundaste la tierra; y los cielos son obras de tus manos:
11 Ellos perecerán, mas tú eres permanente; y todos ellos se envejecerán como una vestidura;
12 Y como un vestido los envolverás, y serán mudados; empero tú eres el mismo, y tus años no acabarán.
13 Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?
14 ¿No son todos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salud?
10. Y tú, oh Señor, en el principio, etc. A primera vista este testimonio aparece impropio para ser aplicado a Cristo, especialmente en un punto dudoso, como el que aquí se nos presenta; porque el tema en disputa no es acerca de la gloria de Dios, sino sobre lo que propiamente puede ser atribuido a Cristo. Ahora bien, no existe en este pasaje mención alguna de Cristo porque sólo se proclama en él la majestad de Dios. Admito que Cristo no sea nombrado en ninguna parte del Salmo; pero verdaderamente él es señalado allí en forma tal que nadie podrá dudar de cómo su Reino se nos recomiende decididamente. De esto se deduce que todas las cosas allí manifiestas deben ser atribuidas a su persona; porque en nadie se han cumplido sino en él, a saber, “Tú te levantarás y tendrás misericordia de Sión, para que los gentiles teman tu nombre, y todos los reyes de la tierra tu gloria.” Y de nuevo, “Cuando las naciones sean reunidas en una, y los reinos para servir al Señor.” En vano trataremos de encontrar fuera de Cristo al Dios por quien el mundo entero se ha unificado en una sola fe para adorar a Dios.
Las porciones restantes del Salmo, se acomodan exactamente a la persona de Cristo, por ejemplo, que él es Dios eterno, Creador del cielo y de la tierra; que la eternidad pertenece a él, sin mutación alguna, por lo cual su grandeza es elevada hasta el sumo grado; ya que él mismo se aparta del rango de las cosas creadas.
Lo que David afirma de los cielos que perecen, algunos lo explican agregando: “Si tal cosa aconteciera,” como si nada afirmaran; ¿mas qué necesidad hay de explicación tan forzada, cuando sabemos que todas las criaturas fueron sujetas a vanidad? ¿Con qué fin se promete esa renovación que los mismos cielos esperan con ansiosa expectación como las parturientas, excepto que desde ahora, marchan ya hacia su destrucción?
Mas la eternidad de Cristo aquí proclamada, trae gran consuelo a los fieles; pues el Salmo nos declara al final, que éstos participan de ella, ya que Cristo hace participantes de su persona y de lo que posee, a su propio cuerpo,20 es decir, a los creyentes.
13. Pues, ¿a cual de los ángeles?, etc. De nuevo aquí el autor mediante otro testimonio enaltece la excelencia de Cristo, testificando así cuán superior es él a los ángeles. El pasaje está tomado del Salmo 90:1 y no puede entenderse en otra forma que no sea refiriéndose a Cristo. Porque así como no era lícito a los reyes intervenir en el sacerdocio, tal como lo atestigua la lepra de Uzías; y como se entiende que ni David ni ninguno de sus sucesores haya sido ordenado sacerdote, se concluye que un nuevo Reino y un nuevo sacerdocio se introducen aquí; ya que la misma persona es hecha rey y sacerdote a la vez. Además, la eternidad del sacerdocio sólo corresponde a Cristo.
Ahora bien, al principio del Salmo, él aparece sentado a la diestra de Dios. La forma de expresión, como dije, significa lo mismo, y es como si afirmase que el segundo lugar le fue asignado por el Padre; dicha metáfora significa que él es representante del Padre y primer ministro en el ejercicio de autoridad, ya que el Padre gobierna por medio de él. Ninguno de los ángeles posee cargo tan honorable; de aquí que Cristo los sobrepase a todos.
Hasta que ponga, etc. Y como jamás faltarán enemigos que se opongan al reino de Cristo, no deja de vislumbrarse el peligro; ya que los que intentan derrocarlo, poseen gran poder y cuentan, dentro de sus recursos, con varios artificios; además, lanzan sus ataques con impetuosa violencia. Si jusgásemos las cosas tal como aparecen, estimaríamos que el reino de Cristo frecuentemente se encuentra al borde de la ruina. Mas la promesa de que él jamás será arrojado de su solio, disipa todo temor; porque él derrotará a todos sus enemigos. Nos es necesario tener presentes dos cosas: que el reino de Cristo jamás estará en paz en este mundo, pues habrá muchos enemigos que lo perturbarán; segundo, que a pesar de todo lo que los enemigos traten de hacer, jamás triunfarán; porque la permanencia de Cristo a la diestra de Dios, no será temporal sino hasta el fin del mundo, y por este motivo todos los que no se sometan a su autoridad quedarán vencidos y humillados bajo sus pies.
Si alguien me pregunta si el reino de Cristo terminará cuando todos sus enemigos sean subyugados, les respondo, que su reino será perpetuo, y no obstante, lo será como Pablo dice en 1 Cor. 15:25; porque debemos observar que Dios se reveló a nosotros en Cristo, mas entonces se revelará tal cual es. Con todo, Cristo jamás dejará de estar a la cabeza de los hombres y de los ángeles. ni su honor menguará en forma alguna. Empero la solución a este problema debe buscarse en el mismo pasaje.
14. ¿No son todos? etc. Para que la comparación pueda ser más clara, el salmista alude a la condición en que ahora se encuentran los ángeles. Porque al llamarlos espíritus, denota su eminencia; y en este punto son superiores a las criaturas corpóreas. Mas el oficio (leitourgika) que menciona en seguida, los reduce a su propio rango, el cual es lo opuesto a su señorío; y claramente lo afirma cuando dice que son enviados como espíritus servidores. La primera palabra significa lo mismo, algo así como colaboradores; pero ministrar denota algo más humilde y bajo.21 El servicio que Dios asigna a los ángeles es verdaderamente honroso; pero el hecho de que son servidores demuestra que son inferiores a Cristo, que es el Señor de todos.
Si alguien protestara diciendo que Cristo también es llamado “siervo” en muchos pasajes, y no sólo de Dios sino de los hombres, la respuesta es obvia; el haber sido “siervo” no fue por causa de su propia naturaleza, sino motivado por una humildad voluntaria, tal como Pablo lo atestigua, (Fil. 2:7); ya que su soberanía permaneció íntegra en él. Los ángeles, en cambio, fueron creados con este fin, para que sirviesen, y el servir es innato a su condición. La diferencia entonces es grande; pues lo que es natural en ellos, en Cristo es accidental y pasajero, porque él se revistió de nuestra carne; y lo que necesariamente pertenece a ellos, él, por libre voluntad lo aceptó. Además, Cristo es ministro en forma tal, que aunque esté cubierto de nuestra naturaleza, en nada mengua su majestad o su señorío.22
De este pasaje los fieles reciben no poca consolación; porque han escuchado que las huestes celetiales fueron comisionadas para servirlos y asegurar su salvación. Y esto ciertamente no es pequeña prueba del amor de Dios para con nosotros, ya que continuamente ellos están a nuestro favor. De aquí procede también una singular confirmación de nuestra fe, pues nuestra salvación, estando protegida por tales guardianes, queda fuera de todo peligro. Dios ha provisto lo necesario para que triunfemos en nuestras flaquezas, concediéndonos ayudantes para que se opongan a Satanás, y para que con su fuerza, despejen nuestros caminos y nos defiendan.
Mas este beneficio él lo concede especialmente a su pueblo escogido; y para que los ángeles puedan servirnos, tenemos que ser miembros del cuerpo de Cristo. Con todo, pueden mencionarse también algunos testimonios de la Escritura, demostrando que los ángeles son enviados algunas veces por causa de los réprobos, pues en Daniel se menciona a los ángeles de los persas y de los griegos (Daniel 10:20). Empero a esto he de agregar, que ellos fueron asistidos por los ángeles sólo para que el Señor pudiese promover la salvación de su pueblo; porque su éxito y sus victorias tuvieron siempre relación con el bien de la Iglesia. También es cierto que por haber sido expulsados del reino de Dios por causa del pecado, no podemos tener comunión con los ángeles, salvo mediante la reconciliación hecha por Cristo; ésta la podemos vislumbrar en la escala mostrada en visión al patriarca Jacob.
Capítulo 2
1 Por tanto, es menester que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, porque acaso no nos escurramos.
2 Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme, y toda rebelión y desobediencia recibió justa paga de retribución,
3 ¿Cómo escaparemos nosotros, si tuviéramos en poco una salud tan grande? La cual habiendo comenzado a ser publicada por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que la oyeron;
4 Testificando juntamente con ellos Dios, con señales y milagros, y diversas maravillas, y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.
1. Por tanto, es menester, etc. Nos declara el Apóstol ahora, lo que antes se propuso al comparar a Cristo con los ángeles, es decir, conceder la más alta autoridad para su doctrina. Porque si la ley dada por medio de los ángeles no pudo haberse recibido con desdén, y si el quebrantarla suponía severo castigo del cielo, ¿qué pasará,—interroga—a los que desprecian el evangelio, cuyo autor es el Hijo de Dios, y cuya confirmación se efectuó con tantos milagros? La importancia de todo estriba en que cuanto más elevada es la dignidad de Cristo sobre los ángeles, más reverencia se debe prestar al evangelio que a la ley. Mencionando pues, al autor, recomienda así su doctrina.
Mas si pareciera extraño a alguno, que como ambas doctrinas, la ley y el evangelio, provienen de Dios y una debe preferirse a la otra, toda vez que la ley habiendo menoscabado la majestad de Dios sería postergada; la incuestionable respuesta sería:—que Dios debe, ciertamente, ser escuchado siempre con la misma atención, aunque mientras más plenamente se revela a nosotros, será más justo que nuestra reverencia y espíritu de obediencia aumenten en proporción a la trascendencia de sus revelaciones; y no porque Dios no sea el mismo, sino porque no se descubre su grandeza todas las veces en la misma proporción.
Cabe preguntar aquí, ¿qué acaso la ley no fue también dada por Cristo? Si es así, el argumento del Apóstol no parece estar bien fundado. A ello respondo, que en esta comparación se presenta la revelación velada por una parte, y manifiesta por otra. Ahora bien, ya que Cristo al dar la ley se reveló sólo en forma obscura y sombría, y como si estuviera encubierto, parece extraño que se diga que la ley fue traída por los ángeles sin hacer mención de su nombre; porque en aquella transacción él jamás apareció abiertamente; mas en la promulgación del evangelio su gloria fue tan notable, que justamente puede estimársele como su autor.
Porque acaso no nos escurramos, o “porque acaso no nos deslicemos” o bien “acaso no nos resbalemos,” porque en realidad no existe mucha diferencia entre estos términos. El verdadero sentido habrá de obtenerse por contraste; porque atender con diligencia o simplemente poner atención y escurrirse son dos cosas opuestas; la primera significa retener una cosa, y la otra dejarla escapar como por una criba, o una vasija perforada, que no conserva nada de cuanto se pone en ella. No soy de la opinión de los que entienden este término en el sentido de morir, de acuerdo con el texto que encontramos en 2 Samuel 14:14, “Porque de cierto morimos y somos como aguas derramadas.” Al contrario, debemos, como he dicho, observar el contraste entre atender y escurrirse; una mente atenta es como una vasija capaz de retener el agua; pero la inconstante e indolente es como una vasija con agujeros.1
2. Firme, o “segura” etc.; es decir, con autoridad, porque Dios mandaba que su palabra se creyera, y su autoridad se hacía más evidente aun por sus sanciones; porque nadie despreciaba la ley impunemente. La firmeza significa autoridad; y lo que se añade respecto al castigo tiene que entenderse en sentido aclaratorio; porque es innegable que la doctrina de la cual Dios se manifiesta como justiciero no es vana o insignificante bajo ningún concepto.
3. Si tuviéremos en poco una salvación tan grande, etc. No sólo despreciar el evangelio, sino descuidarlo, merece el más severo castigo, y todo ello por la generosidad de la gracia que se nos ofrece en él; de ahí que se diga, una salvación tan grande. Dios quiere verdaderamente que valoremos sus dones de acuerdo con su importancia. Entonces, cuanto más valiosos sean, más vil será nuestra ingratitud al no apreciarlos. En una palabra, la severidad de la justicia divina para con todos los que desprecian su evangelio2 será en proporción a la grandeza de Cristo.
Obsérvese también que la palabra salvación se transfiere aquí metonímicamente a la doctrina de la salvación; porque así como el Señor no hubiera querido que los hombres fuesen salvos de otra manera más que por el evangelio, así también cuando éste es despreciado, toda la salvación de Dios se rechaza; porque el evangelio es potencia de Dios para salvación a todo aquel que cree. (Romanos 1:16.) Por consiguiente quien busca la salvación en cualquier otra forma, está tratando de alcanzarla por un poder extraño al de Dios y demuestra así su extrema locura. Mas aquel encomio no es sólo una recomendación del evangelio, sino un admirable sostén de nuestra fe: por que es un testimonio de que la palabra bajo ningún concepto es inútil, ya que por ella se nos garantiza una segura salvación.3
La cual, habiendo comenzado, etc. Aquí el escritor señala al Hijo de Dios como el primer heraldo del evangelio, en contraste con los ángeles, y también anticipa lo que es necesario para acabar con las dudas que pudieran existir en el pensamiento de muchos; mayormente de quienes no habían sido enseñados directamente por Cristo, al cual la gran mayoría jamás alcanzó a ver. Si ellos únicamente consideraban al hombre por cuyo ministerio fueron guiados a la fe, entenderían menos que si lo hubieran aprendido directamente de Cristo. De aquí que el Apóstol les recordara que la doctrina enseñada por otros, procedía también de Cristo; porque declara que los que fielmente proclamaron el mensaje a ellos encomendado por Cristo, fueron sus discípulos. Por lo tanto, utiliza la expresión fue confirmada, como para aseverar, que la doctrina no era dada al azar, o sin autor, o procedente de testigos no acreditados, sino confirmada por hombres dignos de crédito y autoridad.
Además, este pasaje indica que la Epístola no fue escrita por Pablo; porque él no acostumbraba a expresarse de sí mismo tan humildemente como para reconocer que era un discípulo de los apóstoles, ni habló así movido por la ambición, sino porque los hombres perversos bajo un pretexto de esa naturaleza pretendían denigrar la autoridad de su doctrina. Parece entonces evidente que no fue Pablo el que la escribió, puesto que el autor parece haber recibido el evangelio por el oír y no por revelación.4
4. Testificando juntamente con ellos, Dios, etc. Aparte de que los apóstoles recibieron directamente del Hijo de Dios lo que predicaban, también el Señor confirmó y ratificó su predicación por medio de milagros, cual si estampara sobre ella una rúbrica solemne. Luego, los que no reciben ese evangelio tan señaladamente recomendado por grandes testimonios, desprecian no sólo la palabra de Dios, sino las obras de Dios.
Con el fin de recalcar su importancia, designa el autor los milagros con tres nombres. Los denomina señales, porque despiertan la mente de los hombres obligándolos a pensar en algo más elevado de lo visible; maravillas, porque nos presentan lo que es raro y excepcional; y milagros, porque el Señor manifiesta en ellos una extraordinaria y singular evidencia de su poder.5
En cuanto a la palabra testificando, o atestiguando, nos indica el uso correcto de los milagros, a saber, una ratificación del evangelio. Porque casi todos los milagros obrados en las épocas pasadas, fueron ejecutados, como sabemos, para este fin, y para que sirviesen además como de sello a la palabra de Dios. Extraña nos parece ahora la superstición de los romanistas, que emplean sus forjados milagros con el objeto de anular la verdad divina.
La conjunción sun, juntamente con, tiene este significado: que somos confirmados en la fe del evangelio, por el testimonio común de Dios y los hombres; porque los milagros divinos fueron testimonios asociados con la voz de los hombres.
Añade, con repartimientos, o distribuciones del Espíritu Santo, porque con éstos la doctrina del evangelio fue adornada, y de la cual también fueron complementos.6 Pues ¿para qué distribuyó Dios los dones de su Espíritu, sino para que en parte ayudasen a su promulgación y en parte moviesen, por medio de la admiración, las mentes de los hombres a obedecerlo? De aquí que Pablo afirme que el don de lenguas es una señal para los incrédulos. La frase, según su voluntad, nos recuerda que los milagros mencionados no podían haberse atribuido más que a Dios, pues no estaban desprovistos de objeto y llevaban el fin exclusivo de certificar la verdad del evangelio.
5 Porque no sujetó a los ángeles, al mundo venidero, del cual hablamos.
6 Testificó emperó uno en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, que te acuerdas de él? ¿O el hijo del hombre, que le visitas?
7 Tú le hiciste un poco menor que los ángeles, coronástele de gloria y de honra, y pusístele sobre las obras de tus manos;
8 Todas las cosas sujetaste debajo de sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; mas aún no vemos que todas las cosas le sean sujetas.
9 Empero vemos coronado de honra y de gloria, por el padecimiento de su muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles, para que por gracia de Dios gustase la muerte por todos.
5. Porque no sujetó a los ángeles, etc. Prueba el autor de nuevo y mediante otro argumento, que Cristo debe ser obedecido; porque el Padre le ha dado la soberanía sobre todo el mundo mientras que los ángeles carecen de tal honor. De esto se deduce que ninguno de los ángeles debe interponerse en la senda de Aquel que posee toda la eminencia y supremacía.
Empero, hay que considerar primeramente el Salmo que a la sazón cita el autor, porque parece aplicarse a Cristo en forma indebida. David menciona allí los beneficios que Dios concede a la humanidad; porque después de observar el poder divino manifestado en el cielo y en las estrellas, se fija en los hombres, entre quienes la admirable bondad de Dios se muestra en forma especial. El autor habla entonces, no de una persona en lo particular sino de toda la humanidad. A esto yo respondo, que no hay razón por qué las palabras no puedan aplicarse a la persona de Cristo. Concedo, ciertamente, que al hombre se haya dado primero la posesión del mundo, para que gobernase sobre todas las obras de Dios; mas a causa de su deserción mereció la pérdida de tal dominio. Porque fue un justo castigo el que Dios impuso al hombre por su ingratitud, ya que el Señor, habiéndole favorecido tanto, éste se negó a reconocerlo y adorarlo fielmente; por lo cual el Señor justamente le privó de los derechos que previamente le había otorgado. Pues tan pronto como Adán se alejó de Dios por causa del pecado, fue despojado justamente de todo lo bueno que había recibido. Esto no significaba que le negara su uso, sino que después de haber desobedecido a Dios, ya no tenía derecho a ellas. Y aun en el uso adecuado de las tales, Dios se propuso que hubiera algunas demostraciones de la pérdida de este derecho, como por ejemplo: las bestias salvajes nos atacan con furia, cuando deberían inclinarse sumisamente ante nosotros; se espantan, en vez de encariñarse con nosotros, y si algunas jamás nos obedecen otras difícilmente pueden domarse, y nos causan daño en alguna forma; la tierra no responde a nuestras esperanzas cuando la cultivamos; el firmamento, el aire, el mar y otras cosas, con frecuencia, nos son adversos. Mas si todas las criaturas se tornasen sumisas, a pesar de ello, cualquier cosa que los hijos de Adán poseyesen sería considerada como usurpación; pues ¿a qué pueden llamar suyo los hombres cuando ellos mismos no son de Dios?
Establecido lo anterior, es evidente que la generosidad de Dios no nos pertenece hasta que el derecho perdido en Adán nos haya sido devuelto por Cristo. Por lo cual el Apóstol Pablo nos enseña que la comida nos es santificada por la fe, (1 Tim. 4:5;) y en otro lugar declara que a los infieles nada es limpio, porque su conciencia está contaminada (Tito 1:15).
Descubrimos ya al comenzar esta Epístola que Cristo fue designado por el Padre como heredero de todas las cosas. Sin duda, al entregar toda la herencia a uno solo, excluye a todos los demás, extrañándolos así; y esto con justicia, porque todos nosotros fuimos desterrados del reino de Dios. Pues aun el alimento que Dios ha destinado para su propia familia, no tenemos derecho a probar; mas Cristo, por quien fuimos aceptados dentro de la familia de Dios, nos admite y concede la participación de este derecho, para que podamos gozarlo plenamente, junto con el favor de Dios. De aquí que Pablo nos enseñe que Abrahán, por la fe, fue hecho heredero del mundo, esto es, quedó ligado al cuerpo de Cristo (Romanos 4:13). Por consiguiente, si los hombres quedan excluidos de toda la generosidad de Dios hasta no obtener el derecho a ella por medio de Cristo, se concluye que el poderío o dominio mencionado en el Salmo, se perdió para nosotros en Adán, y por lo mismo nos tiene que ser devuelto como un regalo. Ahora bien, la devolución comienza con Cristo como cabeza del cuerpo. No hay duda entonces de que hemos de volvernos a él siempre que se trate del dominio del hombre sobre todo lo creado.
A esto hace referencia el Apóstol cuando menciona el mundo venidero o futuro, dando a entender con ello el mundo renovado. Para hacer el asunto más claro, imaginémonos dos mundos: el primero, el viejo mundo corrompido por el pecado de Adán; el otro, el nuevo, como renovado por Cristo. El estado de la primera creación decayó completamente, con el hombre, y se encuentra postrada juntamente con éste. Y hasta que se efectúe una nueva restitución en Cristo, este Salmo será cumplido. De esto se concluye, que el mundo venidero no es aquel que esperamos después de la resurrección, sino el que comenzó al iniciarse el reino de Cristo; pero sin duda, tendrá su perfecta realización al consumarse nuestra redención final.
No me parece claro sin embargo, por qué el autor ha suprimido el nombre de David, y sin duda dice uno, o alguno, no para insinuar menosprecio, sino distinción, señalándolo como profeta o como un famoso escritor.
7. Tú le hiciste, etc. Se presenta ahora una dificultad en cuanto a la explicación de estas palabras. Ya demostré que este pasaje se aplica con propiedad al Hijo de Dios, mas el Apóstol parece que ahora desvía las palabras del significado con que David las entendió; porque un poco, brachú ti, parece referirse al tiempo, ya que signífica un ratito, y designa el abatimiento y la humillación de Cristo; y deja la gloria hasta el día de la resurrección, mientras que David la extiende generalmente a toda la vida del hombre.
A esto yo respondo, que no fue el propósito del Apóstol dar una explicación exacta de estas palabras. Pues no es improcedente hacer alusiones para hermosear un tema que se está tratando, como la hace Pablo al citar un pasaje de Moisés, en Rom. 16:6, “¿Quién subirá al cielo?” etc., él no junta las palabras “cielo e infiero” con el fin de dar una explicación, sino para elegantizar el tema. El significado de David es éste,—“Oh Señor, tú has elevado al hombre a tal dignidad, que difiere sólo un poco del honor divino o angélico; porque está colocado como gobernador del mundo.” El Apóstol no quiso descartar este significado, ni volverse hacia otro asunto; ya que únicamente nos pide que consideremos primero le degradación de Cristo, la cual ocurrió sólo por un corto tiempo, mas luego vino la gloria con la cual quedó perpetuamente coronado; y esto lo logra mejor, aludiendo a las expresiones, que tratando de explicar lo que David entendió.7
Acordarse y visitar, significan la misma cosa, excepto que lo segundo es algo mas completo, pues pone de manifiesto la presencia de Dios.
8. Todas las cosas sujetaste debajo de sus pies; o, al sujetar todas las cosas a él, etc. Pudiera uno pensar que el argumento es este,—“Al hombre de quien David habla, todas las cosas le están sujetas, mas a la humanidad no todas las cosas le están sujetas; luego él no habló de un individuo en lo particular.” Este razonamiento, sin embargo, no puede prevalecer, porque la proposición secundaria es también válida al tratarse de Jesucristo; porque no todas las cosas han sido sujetas a él aún, como Pablo lo demuestra en 1 Cor. 15:28. Hay por lo tanto otra oración; porque después de haber asentado la verdad de que Cristo tiene el dominio universal sobre todas las criaturas, añade a manera de objeción: “Mas no todas las cosas obedecen a la autoridad de Cristo.” No obstante para hacer frente a esta objeción nos demuestra que desde ahora ya se ve consumado en Cristo lo relacionado con la gloria y honra, como si dijera, “Aunque la sujeción universal no se manifieste delante de nosotros, estemos satisfechos de que él ha triunfado sobre la muerte, y ha sido exaltado al más elevado honor; mas aquello que aún está inconcluso, a su tiempo será perfeccionado.”
Mas algunos se incomodarán porque el Apóstol concluye con demasiado refinamiento, arguyendo que nada todavía ha sido sujeto a Cristo, ya que David incluye todas las cosas en general; pero las diferentes cosas que enumera posteriormente no lo demuestran así, pongamos por caso las bestias del campo, los peces del mar, y las aves del cielo. A esto respondo, que una declaración de carácter general no debe limitarse a estas especies, porque David sólo quizo dar algunos ejemplos del poder de Cristo sobre las cosas más destacadas, y ciertamente para luego extenderse a lo más bajo, a fin de que sepamos que nada es nuestro sino por la generosidad de Dios y por nuestra unión con Cristo. Podemos pues explicar el pasaje de esta manera,—“Tú has sujetado a él todas las cosas, no sólo las necesarias para la eterna bienaventuranza, sino también las inferiores, como aquellas que nos sirven para satisfacer las necesidades del cuerpo.” Como quiera que sea, el dominio inferior de los animales depende de alguien superior a ellos.
Podríamos preguntar todavía: “¿Por qué dice que aún no vemos todas las cosas sujetas a Cristo?” La respuesta la encontraremos en el pasaje de Pablo ya citado. Además, en el primer capítulo de esta Epístola, explicamos ya algunas cosas sobre el particular. Como Cristo está en continua guerra contra sus diferentes enemigos, es evidente que la posesión de su reino no es pacífica. Con todo, él no está bajo la necesidad imperiosa de romper hostilidades; pero su voluntad es que sus enemigos no sean sujetos a él sino hasta el último día, con el fin de que seamos probados y educados a través de ejercicios diarios.
9. Empero vemos … a Jesús, etc. como el significado de las palabras brachú ti, un poco menos, es ambiguo,8 el autor examina la cosa en sí tal como se descubre en la persona de Cristo, y no en cuanto al significado exacto de las palabras, como ya lo aclaré; seguidamente trae a nuestra consideración, la gloria que acompaña a la resurrección, la cual David une a los dones con los que el hombre es colmado por la bondad de Dios; mas en este desbordamiento de gracia que casi deja a uno ensimismado, no hay nada impropio o inadecuado.
Por el padecimiento de muerte, etc. Esto es como si afirmara que Cristo habiendo triunfado sobre la muerte, fue exaltado a esa gloria que alcanzó, tal como Pablo lo afirma en Fil. 2:8–10; y no es que él haya obtenido algo para sí en lo individual, como afirman los sofistas, quienes inventaron que primero él ganó la vida eterna para sí y luego para nosotros; pues aquí sólo se indica, por decirlo así, la forma en que alcanzó dicha gloria. Además, Cristo fue coronado de gloria con el fin de que toda rodilla se doble delante de él (Fil. 2:10). Podemos pues concluir, partiendo de la causa final, que todas las cosas han sido entregadas en sus manos.
Para que por gracia de Dios, etc.9 Aquí se refiere el autor a la causa de la muerte de Cristo y a su resultado, para que no se reste mérito a su dignidad. Porque cuando escuchamos de tanto bien que obtuvo para nosotros, ya no queda lugar para que lo menospreciemos; por el contrario, la admiración por su divina bondad debe llenar todo nuestro pensamiento. Al agregar por todos, significa que no sólo dio el ejemplo a otros, como lo dice Crisóstomo, al afirmar que el médico primero prueba él mismo una bebida amarga para que el paciente no se rehuse a tomarla, sino que también Cristo murió por nosotros, y tomando sobre sí lo que nos correspondía, nos redimió de la maldición de la muerte. Luego añade, que esto fue realizado por la gracia de Dios, ya que el móvil de la redención fue el infinito amor de Dios para con nosotros, el cual le llevó a no perdonar ni a su propio Hijo. Lo que dice Crisóstomo de probar la muerte como si la hubiera tocado con sus labios, no lo refutaré ni desaprobaré, porque Cristo se levantó de entre los muertos como conquistador, mas igno ro si el Apóstol quizo hablar de manera tan sutil.10
10 Porque convenía que aquel por cuya causa son todas las cosas, y por el cual todas las cosas subsisten, habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, hiciese consumado por aflicciones al autor de la salud de ellos.
11 Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos.
12 Diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.
13 Y otra vez: Yo confiaré en él. Y otra vez: He aquí, yo y los hijos que me dio Dios.
10. Porque convenía que aquel, etc. Su propósito fue, hacer que la humillación de Cristo apareciera gloriosa a los fieles; porque cuando declara que se vistió de nuestra propia naturaleza, parece haberlo catalogado en el orden común de los hombres; y ciertamente la cruz le colocó en un nivel más bajo que a todos los hombres. Debemos pues tener cuidado y no menospreciar a Cristo, porque él voluntariamente se humilló por nosotros; tal como aquí se nos declara. Pues el Apóstol nos demuestra que esto debe considerarse honroso para el Hijo de Dios, ya que por ello fue consagrado como Capitán de nuestra salvación.
Da por hecho el Apóstol que debemos estar satisfechos con los decretos de Dios; porque como todas las cosas son preservadas por su poder, así también todas deben servirle para su gloria. No existe mejor motivo que el propio beneplácito de Dios. Tal es el objeto de la circunlocución que el autor emplea, para quién y por quién son todas las cosas. Con una sola palabra él hubiera podido nombrar a Dios; mas su objeto es recordarnos que lo que debe considerarse como bueno, es lo que él ordena, y cuya voluntad y gloria es el fin verdadero de todas las cosas.11
No aparece claro, sin embargo, lo que él trata de expresar cuando afirma que así convenía que Cristo fuese santificado. Esto, no obstante, depende de la forma usual que Dios adopte al tratar con su propio pueblo; porque su voluntad es ejercitarlo en varias pruebas, para que ponga su vida entera bajo la cruz. Por tanto era necesario que, Cristo como primogénito, fuese iniciado por la cruz al puesto más alto, porque esta es la suerte común y condición de todos, como dice Pablo en Rom. 8:29.
Verdaderamente es un gran consuelo calculado para mitigar la amargura de la cruz, el que los fieles escuchen que mediante las penas y tribulacones son santificados para gloria, como Cristo lo fue; y en esto, ellos ven una razón suficiente para sobrellevar amorosamente la cruz en vez de temerla. Siendo así, la vergüenza de la cruz de Cristo desaparece inmediatamente, manifestándose en seguida su gloria; pues ¿quién puede despreciar lo sagrado y lo que Dios santifica? ¡Nadie! ¿Quién puede pensar que la cruz sea ignominiosa cuando por ella somos preparados para la gloria? Y con todo, ambas cosas se refieren aquí a la muerte de Cristo.
Por cuya causa son todas las cosas, etc. Al hablar de la creación, la atribuye al Hijo de Dios como su propia obra, porque todo fue creado por él; mas el Apóstol sólo desea significar aquí que todas las criaturas continúan o son preservadas por el poder de Dios. Lo que nosotros tradujimos, consumado, otros tradujeron, hecho perfecto o perfeccionado. Empero como la palabra teleiosai de la cual se vale el autor, es de significado dudoso, pienso yo con razón que la palabra que adopté es más apropiada al contexto.12 Porque lo que realmente significa es el modo o forma determinada y regular por la cual los hijos de Dios son preparados para que alcancen reputación propia y sean así apartados del mundo; seguidamente se menciona la santificación.
11. Porque el que santifica y los que son santificados, etc. Demuestra el Apóstol que lo dicho tendría que cumplirse en la persona de Cristo por causa de la unión con sus miembros; y también enseña que fue una extraordinaria manifestación de la generosidad divina el que Cristo se hiciera hombre. Por lo cual expresa que ambos son uno, es decir, el autor de la santidad y nosotros como partícipes de ella. Así entiendo yo la expresión. Ordinariamente se entiende un solo Adán; y algunos lo toman como Dios, y no sin razón; pero yo pienso que más bien quiere decir una sola naturaleza; uno, considero que está en el género neutro, porque es como si dijera que ambos son hechos de la misma masa.13
Ciertamente, el pensamiento de que estamos unidos al Hijo de Dios por un vínculo tan estrecho, nos servirá para acrecentar nuestra confianza; pues en nuestra propia naturaleza podemos encontrar aquella santidad que necesitamos, porque no únicamente nos santifica como Dios, sino que también existe en él un poder santificador en su naturaleza humana que no parte de ella en sí, sino que Dios lo ha derramado sobre la naturaleza humana de Cristo juntamente con perfecta plenitud de santidad, para que de ella todos podamos participar. A esto se refiere el pasaje, “Y por ellos yo me santifico a mí mismo” (Juan 17:19.) Luego, si somos pecadores e inmundos, no tenemos que ir más lejos para obtener el remedio; porque se nos ofrece dentro de nuestra propia carne. Si alguno prefiere entender aquí aquella unión espiritual que los fieles tienen con el Hijo de Dios, y que difiere mucho de la que los hombres ordinariamente tienen entre sí, no me opongo, estoy dispuesto a caminar la segunda milla, y no estoy contra la razón.
No se avergiienza de llamarlos hermanos. Este pasaje está tomado del Salmo 22:22. Que Cristo sea quien hable aquí, o David en su nombre, los evangelistas así lo confirman específicamente, porque citan muchos otros versículos, tales como, “Partieron entre sí mis vestidos,” “Pusiéronme hiel por comida;” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Además, el resto del capítulo así lo demuestra; y en la historia de la pasión podemos ver un delineamiento de lo que aquí se relata. El fin del Salmo, que habla del llamamiento a los gentiles, no puede aplicarse a nadie sino sólo a Cristo: “Acordarse han, y volveranse a Jehová todos los términos de la tierra; y se humillarán delante de tí todas las familias de las gentes,—porque de Jehová es el reino; y él se enseñoreará de las gentes.” Estas cosas se cumplieron únicamente en Cristo, quien ensanchó el reino de Dios, no dentro de un pequeño espacio como lo hizo David, sino por todo el mundo. Anteriormente, dicho reino estaba confinado dentro de límites muy estrechos. No hay duda pues de que el pasaje se refiera a su voz; y de manera apropiada y con acierto dice que no se avergüenza; ¡Cuán enorme es la distancia que hay entre él y nosotros! Muchísimo entonces tuvo que humillarse cuando nos dignificó con el nombre de hermanos; pues no somos dignos de que nos considere como sus siervos. Y este tan grande honor conferido a nosotros se agiganta por la circunstancia de que Cristo no habla aquí como hombre mortal, ni como cuando aceptó o tomó forma de siervo, sino cuando fue exaltado a la gloria inmortal después de la resurrección. De aquí que este título equivalga a levantarnos hasta el propio cielo con él. Recordemos entonces que cada vez que seamos llamados hermanos, por Cristo, él nos ha vestido, por decirlo así, de este honor, para que juntamente con este título fraternal, podamos echar mano de la vida eterna y de toda bendición celestial.14
Debemos fijarnos además en el oficio que Cristo asume, el cual consiste en anunciar el nombre de Dios. Esto comenzó a realizarse cuando el evangelio se promulgó por vez primera, y se realiza ahora, todos los días, mediante el ministerio de los pastores. De esto aprendemos que el evangelio nos es presentado con el fin de que seamos llevados al conocimiento de Dios y para que celebremos su bondad, pues Cristo es el autor del evangelio en cualesquier forma que se nos ofrezca. Esto es lo que Pablo expresa al declarar que él y otros son embajadores de Cristo; y por lo mismo exhortaba a los hombres como si fuese en el nombre de Cristo (2 Cor. 5:20). Y esto debe añadir no poca reverencia al evangelio, ya que debemos considerar no a los mensajeros que llevan la voz sino a Cristo hablando por ellos; porque antes, cuando él prometió anunciar el nombre de Dios a los hombres, no estaba aún en el mundo; sin embargo él podía reclamar este oficio como suyo: y en realidad, él lo ejecuta por medio de sus discípulos.
12 En medio de la congregación, etc.15 De aquí parece más evidente que la proclamación de las alabanzas de Dios se promueve mediante la enseñanza del evangelio; porque tan pronto como Dios se da a conocer a nosotros, sus infinitas alabanzas conmueven nuestros corazones y deleitan nuestros oídos; y al mismo tiempo Cristo nos anima, con su propio ejemplo, a celebrarlas públicamente, con el fin de que sean escuchadas por tantos como sea posible. Pues no es suficiente que cada uno de nosotros agradezca a Dios en lo particular por los beneficios recibidos, mas hemos de dar testimonio público de nuestra gratitud y en esta forma estimularemos mutuamente. Cuando escuchamos que Cristo dirige nuestros cantos y que es él quien inspira nuestros himnos, contamos con un poderoso incentivo que nos anima a rendir a Dios alabanzas más fervientes.
13. Yo confiaré en él, o yo pondré mi confianza en él. Como esta oración se encuentra en el Salmo 18:2, probablemente fue tomada de allí;16 Pablo en Romanos 15:9, atribuye a Cristo otro versículo en relación con el llamamiento de los gentiles. Además, puede añadirse también que el contenido general de ese Salmo demuestra claramente que David habló de otra persona. Allí, ciertamente se manifestó en David sólo una débil sombra de la excelencia que aquí se proclama. Se ufanaba él de que lo hubieran hecho cabeza de los gentiles, y de que aun los extranjeros y pueblos desconocidos, voluntariamente se rindieran a él al oír de su fama. David conquistó a algunos pueblos cercanos por la fuerza de las armas, haciéndolos tributarios suyos. Pero, ¿qué fue esto comparado con el extenso dominio de muchos otros reyes? Y además, ¿dónde está la sumisión voluntaria? ¿Dónde están las gentes que moraban tan lejanas y que él no conoció? En resumen, ¿Dónde está la solemne proclamación de la gloria de Dios entre las naciones alu didas al final del Salmo? Por lo tanto, es Cristo quien fue puesto por cabeza de muchas naciones, y a quién los extranjeros de los más remotos confines de la tierra se someten, y despiertan solamente con oír su nombre; porque no son forzados por las armas a someterse a su yugo mas atraídos por su doctrina, espontáneamente le obedecen.
Por otra parte, también existe en la Iglesia esa falsa y fingida profesión religiosa, a la cual allí se alude; porque muchos confiesan diariamente el nombre de Cristo, pero no de corazón.
No hay duda, pues, que el Salmo se aplique correctamente a Cristo. ¿Pero qué tiene que ver todo esto con nuestro tema? Pues no parece que nosotros y Cristo seamos hechos uno, para que él ponga especialmente su confianza en Dios. A esto, yo respondo, que el argumento es válido, porque Cristo no tendría necesidad de tal confianza, si no se hubiera hecho hombre, expuesto a las necesidades y privaciones humanas y como él dependía de la ayuda divina, su suerte es como la nuestra. Ciertamente, no es vano que confiemos en Dios; pues al quedar destituidos de su gracia, estaríamos perdidos y llenos de pobreza. Entonces, la confianza que ponemos en Dios es una evidencia de nuestro desamparo. Al propio tiempo nos diferenciamos de Cristo en esto: que la fragilidad que necesaria y naturalmente nos pertenece, él voluntariamente la llevó. ¿Qué no debería animarnos a confiar más en Dios el hecho de que contamos con Cristo como nuestro guía e instructor? ¿Quién tendrá miedo de extraviarse mientras siga sus pisadas? No, no hay peligro de que nuestra confianza sea inútil entretanto la tengamos juntamente con Cristo, quién como sabemos, no puede equivocarse.
He aquí, yo y los hijos, etc. Es cierto que Isaías hablaba de sí mismo; por que cuando él dio esperanza de liberación a su pueblo y la promesa no fue acogida, por temor a que fuese quebrantada a causa de la perversa incredulidad del pueblo, que él mismo abandonaría; el Señor le ordenó afirmar la doctrina que había anunciado, entre unos cuantos fieles. Esto significaba que a pesar de haber sido rechazada por la multitud, habrían sin embargo unos pocos que la recibirían. Alentado por esta respuesta, Isaías declaró que él y sus discípulos estarían siempre dispuestos a seguir a Dios (Isaías 8:18).
Veamos ahora por qué el Apóstol atribuyó este pasaje a Cristo. Ante todo, la afirmación contenida en el propio pasaje, de que el Señor se convertiría en tropezadero y piedra de tropiezo para el reino de Israel y de Judá; nadie que tenga una mente sana, podrá negar que se cumplió en Cristo. Y así como el retorno del exilio babilónico fue una especie de anticipo de la gran redención alcanzada por Cristo para nosotros y los padres; así también el hecho de que sólo unos cuantos judíos se aprovecharan de esa bondad divina, de suerte que únicamente un pequeño número se salvó, fue un presagio de su futura ceguera, por la cual ellos rechazaron a Cristo, y a su vez fueron rechazados por Dios y perecieron. Pues debemos entender que las promesas contenidas en los Profetas tocante a la restauración de los judíos exiliados, se extendían al reino de Cristo, pues el Señor tenía en perspectiva el restaurar a su pueblo, para que continuara hasta la venida de su Hijo, por quién realmente sería establecido.
Siendo así, Dios no únicamente se dirigió a Isaías, cuando le pidió sellar o confirmar la ley y el testimonio; mas también en la persona de aquél, a todos sus ministros que tendrían que enfrentarse a la incredulidad del pueblo, y en consecuencia también a Cristo por sobre todos, a quién los judíos resistieron con mayor rebeldía que a todos los profetas. Y ahora vemos que los que ocupan el lugar de aquel Israel, no sólo repudian su evangelio, sino también atacan a Cristo furiosamente. Y por más que la doctrina del evangelio sea una piedra de tropiezo para los de la Iglesia, no es la voluntad de Dios que del todo perezca; por el contrario, él manda que sea confirmada entre sus discípulos: y Cristo, hablando a nombre de todos los maestros, como Jefe, y único y verdadero Maestro, que nos gobierna por el ministerio de ellos, declara; que en medio de esta deplorable ingratitud del mundo, siempre habrá algunos que serán obedientes a Dios.17
Veamos entonces, cómo puede aplicarse a Cristo el pasaje, en forma adecuada. El Apóstol llega a la conclusión de que somos uno con él, cuando nos toma consigo y se presenta juntamente con nosotros como nuestro guia; mas no que obedecen a Dios bajo una misma regla de fe, forman un solo cuerno. ¿Qué otra cosa pudo haberse dicho tan apropiada para elogiar la fe, sino que por ella somos hechos compañeros del Hijo de Dios, el cual con su ejemplo nos alienta y nos enseña el camino? Si obedecemos pues la palabra de Dios, sabemos perfectamente que Cristo va con nosotros como nuestro guía; mas no todos pertenecen a Cristo, porque hay muchos que se apartan de su palabra. Pero decidme, ¿puede haber algo más deseable que marchar de acuerdo con el Hijo de Dios? Mas tal acuerdo o armonía es por fe; luego, por la incredu lidad entramos en desacuerdo con él. ¿Y qué otro mal puede haber mayor que éste? La palabra hijos, que en muchos lugares se entiende siervos, aquí significa discípulos.
Que me dio Dios. Se refiere aquí a la causa principal de la obediencia, la cual consiste en que Dios nos ha adoptado. Cristo no lleva a nadie al Padre, sino a los que le son dados por el Padre; y esta donación, sabemos que depende de la elección eterna; pues aquellos a quienes el Padre ha destinado para vida, él los entrega al cuidado de su Hijo, para que él los defienda. Esto lo dice él por medio de Juan, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí” (Juan 6:37). El hecho de que nos sometamos a Dios para obediencia de fe, debemos atribuirlo únicamente a su misericordia; pues de otra manera jamás seríamos conducidos a él por la mano de Cristo. Además, esta doctrina nos proporciona mucha confianza; pues ¿quién podría temblar bajo la guía y protección de Cristo? ¿Quién al confiarse a tal guardián no desdeñaría osadamente todos los peligros? Y sin duda, cuando Cristo dice, “Yo y los hijos,” él realmente cumple lo que promete, que jamás permitirá que se pierda ninguno de los que ha recibido del Padre (Juan 10:28).18
Por último, debemos observar que aunque el mundo en su loca terquedad rechace el evangelio, las ovejas sin embargo, siempre reconocerán la voz de su pastor. No permitamos pues que la impiedad existente en casi todas las clases sociales, edades y naciones, nos perturbe; pues Cristo cuida de los suyos, quienes le han sido confiados y están bajo su protección. Si los réprobos se apresuran irremediablemente a la destrucción por su impiedad, así lo que Dios no plantó será desarraigado Mateo 15:13). Entendamos asimismo que los suyos son conocidos de él, y que la salvación de ellos está asegurada por él, para que ninguno se pierda (2 Tim 2:19) Bástenos esta seguridad.
14 Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte, al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo.
15 Y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre.
14. Así que, por cuanto los hijos, etc., o desde que los hijos. Esta es una consecuencia de lo anterior y al mismo tiempo es una explicación más detallada de lo afirmado hasta aquí, o sea del por qué el Hijo de Dios se vistió de nuestra carne, es a saber, para que pudiera participar de la misma naturaleza que nosotros, y para que al sufrir la muerte nos pudiera redimir de ella.
El pasaje merece atención especial, porque no solamente confirma la realidad de la naturaleza humana de Cristo, sino también señala el beneficio que de allí nos viene. “El Hijo de Dios,” agrega, “se hizo hombre, para que pudiera participar de la misma condición y naturaleza con nosotros.” ¿Qué más pudiera decirse para confirmar nuestra fe? Aquí resplandece su infinito amor para con nosotros; pero su infinita misericordia se manifiesta en esto: en que se vistio de nuestra naturaleza con el fin de poder morir, porque como Dios no podía experimentar la muerte. Y aunque brevemente haga mención de los beneficios de su muerte, hay en esta brevedad una magistral y poderosa representación, verdaderamente asombrosa, la cual consiste en que él nos ha librado en tal forma de la tiranía del demonio, que estamos en seguridad, y nos ha redimido de la muerte a tal grado que ya no le tenemos pavor.
Mas como todas las palabras son importantes, hay que examinarlas con un poquito más de cuidado. En primer lugar, la destrucción del demonio al cual se refiere, significa que él no puede prevalecer contra nosotros. Pues aunque el demonio vive aún y constantemente procura nuestra ruina, no obstante, todo su poder para dañarnos ha quedadc destruido o restringido. ¡Que gran consolación es saber que tenemos un enemigo que no puede prevalecer contra nosotros! Lo expresado aquí se refiere a nosotros, y podemos deducirlo de la cláusula siguiente: para destruir por la muerte al que tenia el imperio de la muerte; con esto, el Apóstol insinúa que el diablo fue destruido en tal forma que anuló por completo el poder que tenía de reinar o de arruinar. El “imperio de la muerte” se le atribuye por el efecto que produce, porque es destructivo y trae muerte. En seguida nos demuestra que la tiranía de Satanás no sólo fue abolida por la muerte de Cristo, sino que además, el propio demonio fue dejado en situación tan precaria que ya no debe temérsele, porque Cristo le dejó como si no existiera. Se habla acerca del diablo, de acuerdo con el uso de las Escrituras, en número singular, no porque haya uno solo, sino porque todos ellos forman una comunidad cuya existencia no puede subsistir sin tener una cabeza.19
15. Y librar a los que, etc. Este pasaje expresa en forma asombrosa, cuán miserable es la vida de los que temen a la muerte, pues deben sentirla espantosa, porque la contemplan sin Cristo; y así nada sino maldición aparece en ella: ¿de qué proviene la muerte sino de la ira de Dios contra el pecado? He ahí el por qué de esa esclavitud durante la vida entera, y aun la perpetua ansiedad con la cual son atormentadas aquellas almas miserables; pues por la conciencia del pecado, el juicio de Dios se mantiene presente siempre. De ese temor Cristo nos ha librado; al llevar sobre sí nuestra maldición, quitó a la muerte lo que tiene de espantoso. Y aunque ahora no estemos libres de muerte, no obstante en la vida y en la muerte tenemos paz y seguridad, porque Cristo va delante de nosotros.20
Mas si alguno no puede tranquilizar su mente ante el pensamiento de la muerte, sepa el tal que ha adelantado muy poco en su fe cristiana; pues el mucho temor proviene del ignorar la gracia de Cristo, y también de la incredulidad.
Aquí la muerte no sólo significa la separación del alma y el cuerpo, sino también el castigo que nos impone un Dios justiciero, el cual incluye la perdición eterna; porque donde hay culpabilidad ante Dios, allí aparece el infierno.
16 Porque ciertamente no tomó a los ángeles, sino a la simiente de Abraham tomó.
17 Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontifice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo.
18 Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.
16. Porque ciertamente, o, porque en ninguna otra parte, etc. Por medio de esta comparación hace resaltar el beneficio y distinción con que Cristo nos ha favorecido, al vestirse de nuestra carne; pues jamás hizo él algo semejante a favor de los ángeles. Como se hacía necesario encontrar un infalible remedio para la espantosa ruina del hombre, el Hijo de Dios se propuso darnos una incomparable prueba de su amor, y ésta los ángeles no la disfrutaron con nosotros. El que nos haya preferido a los ángeles, no se debe a nuestra excelencia, sino a nuestra miseria. No nay razón pues para que nos jactemos como si fuéramos superiores a ellos, salvo que nuestro Padre celestial desplegó hacia nosotros esa abundante misericordia que necesitábamos; para que los propios ángeles, desde lo alto, contemplaran tan sublime generosidad derramada sobre la tierra. El tiempo presente del verbo ha de entenderse en relación con los testimonios de la Escritura, como si él nos pusiera delante lo que antes había anunciado por los Profetas.
Sin embargo este solo pasaje es lo bastante poderoso en sí como para refutar a hombres como Marción y Maniqueo, y otros fanáticos iguales a ellos, quienes negaron que Cristo haya sido hombre verdadero, engendrado de la simiente humana. Porque si él sólo tuvo la apariencia de hombre, o se hubiera manifestado en la forma de ángel, no habría diferencia alguna; pero como no puede afirmarse que Cristo realmente se convirtiera en ángel, o que se cubriera con la naturaleza angélica, se dice que tomó sobre sí la naturaleza humana y no la de los ángeles.
Y el Apóstol, al hablar de la naturaleza, insinúa que Cristo encarnado fue verdadero hombre, para que hubiera unidad de persona en dos naturalezas. En efecto, este pasaje no favorece a Nestorio, quien se imaginaba un Cristo doble, como si el Hijo de Dios no fuese un verdadero hombre, sino que únicamente moraba en la carne del hombre. Mas nosotros vemos que el significado del Apóstol era muy diferente, pues su objeto era enseñarnos que en el Hijo de Dios encontramos a un hermano, que participa en común de nuestra naturaleza. No estando pues satisfecho con llamarlo hombre, afirma el autor de Hebreos que fue engendrado de la simiente humana; y concretamente señala que fue de la simiente de Abrahán, para que lo que afirmó anteriormente tenga más validez por ser tomado de las Escrituras.21
17. Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, etc. En la naturaleza humana de Cristo hay dos cosas que deben considerarse: la verdadera carne, y los afectos o sentimientos. El Apóstol nos enseña, que Cristo no solamente tomó sobre sí la verdadera carne humana, sino también los sentimientos de los mortales, y nos demuestra asimismo los beneficios que de ello obtenemos; he aquí la verdadera grandeza de la fe: al tratarse de nuestro propio caso, el Hijo de Dios llevó nuestras enfermedades para identificarse con nosotros; porque todo conocimiento sin experiencia es frío e inanimado, pero él nos enseña que Cristo tuvo los afectos humanos, para llegar a ser misericordioso y fiel Pontífice;; esto, yo lo explico así: “para que él fuese misericordioso, y por lo tanto fiel Pontífice.”22
Porque un sacerdote cuyo oficio es apaciguar la ira de Dios, ayudar al miserable, levantar al caído, y socorrer al oprimido; la misericordia le es un requisito muy indispensable: y esto, lo sabemos por experiencia, pues es muy raro que los que están siempre felices puedan simpatizar con los sufrimientos de los demás. El siguiente refrán de Virgilio fue tomado indudablemente, de la vida diaria de los hombres,—
“No ignorando el mal, aprendo a ayudar al que sufre.”23
El Hijo de Dios no tenía necesidad de pasar por la experiencia para conocer los sentimientos de misericordia; pero nosotros jamás nos hubiéramos convencido de su piedad y de su disposición para socorrernos, si él por la experiencia no se hubiera identificado con nuestras miserias. Y todo esto nos ha sido otorgado como un favor; por lo mismo, cuando algo malo nos acontece, pensemos siempre que no existe nada en ello que el propio Hijo de Dios no haya experimentado antes, para poder simpatizar con nosotros; ni dudemos de que está presente con nosotros como si él mismo sufriera a nuestro lado.24
Fiel, significa: verdadero y recto; lo contrario de un engañador que no cumple sus compromisos. Un conocimiento tal de nuestras miserias y dolores mueve a Cristo hacia la compasión, para que constantemente implore la ayuda divina para nosotros. ¿Qué más podemos desear? Habiéndose propuesto expiar nuestros pecados, él tomó nuestra naturaleza para que tuviéramos en nuestra propia carne el precio de nuestra redención; en una palabra, para que por el derecho de naturaleza en común él pudiera introducirnos consigo, dentro del santuario de Dios. Con las palabras, lo que es para con Dios, el autor indica las cosas que son necesarias para reconciliar a los hombres con Dios; y como el primer acercamiento a Dios es por la fe, hay necesidad de un mediador para que disipe todos los temores.
18. Porque en cuanto él mismo padeció, etc. Habiendo experimentado nuestros males, está dispuesto, afirma el escritor, a impartirnos ayuda. La palabra tentación no significa aquí otra cosa que experiencia o prueba; y ser poderoso, significa ser apto, inclinado, idóneo o adecuado.
Capítulo 3
1 Por tanto, hermanos santos, participantes de la vocación celestial, considerad al Apóstol y Pontífice de nuestra profesión, Cristo Jesús;
2 El cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés sobre toda su casa.
3 Porque de tanto mayor gloria que Moisés éste es estimado digno, cuanto tiene mayor dignidad que la casa el que la fabricó.
4 Porque toda casa es edificada de alguno: mas el que crió todas las cosas es Dios.
5 Y Moisés a la verdad fue fiel sobre toda su casa, como siervo, para testificar lo que se había de decir;
6 Mas Cristo como hijo, sobre su casa; la cual casa somos nosotros, si hasta el cabo retuviéremos firme la confianza y la gloria de la esperanza.
1. Por tanto, hermanos santos, etc. Concluye el Apóstol la doctrina anterior con una exhortación, para que los judíos consideren atentamente quién es Cristo y cuán grande es su persona. Llamándolo Maestro y Sacerdote, como lo había hecho antes, lo comparó con Moisés y Aarón; así incluye ambas cláusulas. Lo honra con dos títulos, porque ostenta este doble carácter en la Iglesia de Dios. Moisés fue profeta y maestro, y Aarón fue sacerdote; empero ambos cargos pertenecen a Cristo. Si queremos pues conocerlo como se debe, tenemos que averiguar quién es él; y ciertamente debe ser investido del poder que le pertenece, no sea que echemos mano de una sombra y no de la realidad.1
Primeramente, la palabra considerad es importante, porque nos insinúa que requiere una atención especial, ya que él no puede ser despreciado sin castigo, y al mismo tiempo que el verdadero conocimiento de Cristo es suficiente para disipar las tinieblas y el error. Y a fin de animarlos más a proseguir en este estudio, les recuerda su vocación; como diciéndoles, “Dios os ha favorecido con su gracia, no común, al llamarlos a su Reino2; os corresponde ahora mantener vuestros ojos puestos en Cristo como guía, en el camino.”3 Porque la vocación de los fieles no puede confirmarse de otro modo sino mediante una completa rendición de sí mismos a Cristo. Por consiguiente, nosotros no debemos pensar que esto haya sido dicho únicamente para los judíos, sino como verdad general dirigida a todos los que deseen entrar en el reino de Dios; los cuales deben seguir a Cristo con resolución, porque él es el único Maestro y lo ha demostrado por el sacrificio de sí mis mo; pues confesión, o profesión ha de entenderse aquí por fe, como si dijera, que la fe que profesamos es vana o inútil, a menos que tenga a Cristo como objeto.4
2. El cual es fiel, o fue fiel, etc. He aquí una recomendación del apostolado de Cristo, a fin de que los fieles puedan con absoluta confianza descansar en él; y lo recomienda apoyándose en dos razones, porque el Padre lo ha puesto para que esté ante nosotros como Maestro, y porque Cristo mismo ha cumplido fielmente esta orden. Estas dos cosas son siempre necesarias para afianzar la autoridad de una doctrina; pues solamente a Dios debe prestársele atención, tal como la Biblia entera lo afirma; por lo cual Cristo declara, que la doctrina que él enseñó no es suya, sino del Padre, (Juan 7:16); y en otro lugar dice, “Y cualquiera que me recibe, recibe al que me envió” (Lucas 9:48). Nosotros, pues, afirmamos que como Cristo está revestido de nuestra naturaleza, él es el ministro del Padre encargado de ejecutar sus órdenes. Al llamamiento divino se agrega la fiel y recta ejecución del deber de parte de Cristo; y esto, es lo que se requiere de los verdaderos ministros, para que puedan ganar la confianza de la Iglesia. Y toda vez que estas dos cosas se encuentran en Cristo, indudablemente que él no podrá ser desatendido sin que despreciemos a Dios.
Como también Moisés, etc., Omitiendo por un momento el sacerdocio, el Apóstol habla aquí de su apostolado. Porque así como hay dos partes en el pacto divino, a saber, la promulgación de la verdad, y por decirlo así, su confirmación real, la plena perfección del pacto no aparecería en Cristo, si ambas no se encontrasen en él. De aquí que el escritor de la Epístola después de mencionar ambas partes, llame la atención mediante una breve exhortación. Comienza él con una discusión más extensa, y empezando sólo por el oficio de maestro; compara a Cristo con Moisés. Las palabras, sobre toda su casa, pueden aplicarse a Moisés; pero yo prefiero aplicarlas a Cristo, pues de él puede decirse que es fiel a su Padre al gobernar toda su casa, De esto se deduce, que nadie pertenece a la Iglesia de Dios salvo los que reconocen a Cristo.5
3. Porque éste es estimado digno, etc. Para evitar la aparente igualdad entre Moisés y Cristo, el autor nos recuerda la supremacía de éste; y lo prueba por medio de dos argumentos 1ọ, Moisés aunque gobernaba la Iglesia, era una parte de ella; mas Cristo siendo su fundador, es superior a ella; 2ọ, Moisés, gobernando a otros, él mismo era también gobernado, puesto que era un siervo de Dios; empero Cristo, siendo el Hijo, posee un supremo poder.
Hay una bien conocida metáfora empleada frecuentemente en las Escrituras, que consiste en llamar a la Iglesia “Casa de Dios” (1 Timoteo 3:15). Y como ésta se compone de los fieles, cada uno de ellos es llamado “piedra viva.” (1 Ped. 2:5). También en algunas ocasiones los creyentes son llamados “vasos,” con los cuales la casa está preparada (2 Tim. 2:10). No hay uno solo por eminente que sea, que no esté incluido dentro de la categoría de miembro, formando parte del cuerpo universal. Dios, siendo el edificador es el único que ha de estar por encima de su propia obra; pero él habita en Cristo, de modo que todo lo que se diga de Dios es aplicable a Cristo.
Si alguien objetare y dijere que Cristo también es parte del edificio, porque él es el fundamento, y es nuestro hermano, porque está unido a nosotros, y que por lo tanto no es el maestro edificador, puesto que él mismo fue formado por Dios: en respuesta a esto afirmo, que nuestra fe está en tal forma fundada en él, que gobernándonos y siendo nuestro hermano es a la vez nuestro Señor, y en tal forma fue hecho hombre por Dios, que mediante su Espíritu reaviva y restaura todas las cosas como eterno Dios. La Escritura emplea diferentes metáforas para demostrar la gracia de Cristo para con nosotros; mas no hay una que desdiga de su honor mencionado aquí por el Apóstol; pues lo aquí afirmado es, que todos deben ser reducidos a su propio estado, porque deben estar sometidos a la Cabeza, y sólo Cristo es el único exento de esta sumisión por ser él mismo la Cabeza.
Si se objetare y dijere que Moisés no fue menos maestro arquitecto que Pablo, quien se ufanaba de este título, respondo, que este nombre es aplicado a profetas y maestros; mas no correctamente, pues ellos son únicamente instrumentos, y ciertamente instrumentos muertos, a menos que el Señor haga válido lo que ellos hacen, y en esta forma laboren en la edificación de la Iglesia convirtiéndose en parte de la estructura; empero por lo que toca a Cristo el caso es totalmente diferente; porque él siempre edifica la Iglesia por el poder de su mismo Espíritu. Además, él tiene un lugar superior a todos, porque él es el templo de Dios y al mismo tiempo el Dios que habita en el templo.
4. Mas el que crió, o edificó, etc. Aunque estas palabras pueden abarcar la creación de todo el mundo, las limito al tema presente. Hemos de entender, por lo tanto, que nada es hecho en la Iglesia que no deba ser atribuido al poder de Dios; porque únicamente él es quien la ha fundado con su propia mano, (Salmo 87:5) y Pablo dice que Cristo es la cabeza, de quien todo el cuerpo, unido y ligado a él por cada coyuntura útil, va logrando crecer de acuerdo con lo que cada miembro hace proporcionalmente (Ef. 4:16). De aquí que él frecuentemente declare que el éxito de su ministerio era obra de Dios. En una palabra, si observamos las cosas rectamente nos parecerá que por mucho que Dios utilice las labores de los hombres al edificar su Iglesia, él mismo lo ejecuta todo.6
5. Y Moisés a la verdad fue fiel sobre toda su casa, como siervo, etc. La segunda discrepancia es que a Moisés se le encomendó una doctrina a la cual él, juntamente con otros, tenía que someterse; mas Cristo, aunque tomó la forma de siervo, es el Maestro y Señor, a quien todos deben obedecer; porque como leímos en el Cap. 1:2, él fue constituido heredero de todas las cosas.
Para testificar lo que se había de decir, o aquello que después se declararía. Esto, lo explico sencillamente así: que Moisés, como heraldo de la doctrina que iba a ser proclamada durante algún tiempo al pueblo antiguo, rindió también un testimonio al evangelio, cuya predicación aún no debería efectuarse; porque es evidente que el fin y la consumación de la ley es aquella sabiduría perfecta contenida en el evangelio. Esta exposición está de acuerdo con el tiempo futuro del participio. El significado es, ciertamente, que Moisés fielmente entregó al pueblo lo que el Señor le enconmendó, empero a él mismo se le impusieron límites que no le era permitido traspasar. Dios antiguamente habló en diferentes ocasiones y formas por los profetas, mas él retardó hasta la “plenitud de los tiempos” la completa revelación del evangelio.
6. La cual casa somos nosotros, etc. Así como en su Epístola a los Romanos, después de hacer un preámbulo indicando su designación como Apóstol de los gentiles, añade, (a fin de acreditarse ante ellos) que ellos se encontraban entre el número de los gentiles; así ahora, el autor de esta Epístola exhorta a los judíos, que ya habían hecho profesión de fe en Cristo, a perseverar en esa fe, para que fuesen considerados como miembros de la “familia de Dios.” El antes había expresado que la casa de Dios estaba sujeta a la autoridad de Cristo. Y a propósito de esta declaración añade la advertencia de que únicamente tendrían lugar dentro de la “familia de Dios” si obedecían a Cristo. Mas como ellos ya habían aceptado el evangelio, les señala una condición, siempre y cuando perseverasen en la fe. Porque la palabra esperanza, yo la identifico con la fe; y ciertamente la esperanza no es otra cosa que la constancia en la fe. El menciona la confianza y gloria de la esperanza con el fin de expresar con más claridad el poder de la fe.7 Y de esto concluimos que los que reciben el evangelio en forma dudosa o titubeante, realmente no lo creen de todo corazón; por lo tanto, la fe que vacila no podrá traer paz a la mente ni tampoco producirá una firme confianza y gozo. Estas dos cosas, confianza y gozo, son siempre los resultados de la fe, tal como lo afirmamos ya en nuestra explicación del capítulo 5 de Romanos y del 3 de Efesios.
Mas a todo esto se opone el romanismo; por consiguiente, este solo hecho será prueba suficiente de que ellos destruyen la Iglesia en vez de edificarla. Y la seguridad de que somos hechos templos santos de Dios, como lo indica el Apóstol, ellos no sólo la entenebrecen con sus comentarios, sino que la desprecian, calificándola como presuntuosa. Además, ¿qué clase de confianza y firmeza puede haber cuando los hombre no saben lo que deben creer? Y no obstante, esa doctrina monstruosa que ellos inventaron y que llaman fe implicita, no es otra cosa que un libertinaje para justificar sus errores. En este pasaje nos recuerda el Apóstol que hemos de progresar siempre hasta la muerte; porque toda nuestra vida es cual una carrera.
7 Por lo cual, como dice el Espíritu Santos: Si oyereis hoy su voz,
8 No endurezcáis vuestros corazones como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto.
9 Donde me tentaron vuestros padres; me probaron, y vieron mis obras cuarenta años.
10 A causa de lo cual me enemisté con esta generación, y dije: siempre divagan ellos de corazón, y no han conocido mis caminos.
11 Juré, pues, en mi ira: no entrarán en mi reposo.
12 Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo.
13 Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice Hoy; porque ninguno de vosotros se endurezca con engaño de pecado.
El autor prosigue en su exhortación. Ellos tendrían que obedecer a Cristo; y con el fin de añadir más peso a su argumento, lo confirma con el testimonio de David; pues ya que ellos tenían que ser aguijoneados duramente, era lo mejor, para evitar que se ofendieran, nombrar a un tercero. Si él simplemente les hubiera reprochado la incredulidad de sus padres, ellos le hubieran prestado poca atención; mas cuando les mencionó a David, la cosa se hizo menos ofensiva. Ahora, la importancia de todo estriba en esto; Dios, desde el principio, ha querido que su voz sea obedecida, y no puede soportar la perversidad sin castigarla severamente, como también hoy no perdonará ligeramente nuestra terquedad, a menos que seamos dóciles. Más el discurso se suspende hasta que lleguemos a las palabras, “Tened cuidado, hermanos, no sea que entre alguno de vosotros haya alguna vez,” etc. Para que el pasaje pueda entenderse mejor, será conveniente colocar el resto entre paréntesis.8 Consideramos ahora las palabras en su orden.
7. Por lo cual, como dice el Espíritu Santo, etc. Este argumento fue mucho más eficaz para conmover sus corazones que si hubiera citado a David por su nombre. Y es provechoso para nosotros que nos familiaricemos con tales expresiones, para que podamos recordar que las palabras entresacadas de los libros de los profetas, vienen de Dios y no de los hombres.
Pero como esta oración, “Si oyereis hoy su voz,” es una parte del versículo anterior, algunos la han traducido y no de manera impropia, en esta forma, “Dios quiera que hoy oigáis su voz.” Es cierto, verdaderamente, que cuando David llamó a los judíos “pueblo de Dios,” inmediatamente llegó a esta conclusión: que la voz de Dios debió haber sido obedecida por ellos; así como aquellos a quienes él invitaba a cantar las alabanzas de Dios y a celebrar su bondad, les recordaba que la obediencia era la principal adoración que él requería, porque ella es mejor que todos los sacrificios. Lo principal, pues, era obedecer la palabra de Dios.
8. Después sigue, No endurezcáis vuestros corazones, en cuyas palabras se insinúa que nuestra rebelión contra Dios no emana de ninguna otra fuente más que de la maldad intencionada y terca, por la cual dificultamos la entrada de su gracia. Tenemos por naturaleza un corazón de piedra, aun antes de nacer, y únicamente Dios puede ablandarlo y corregirlo. Sin embargo, el que nosotros despreciamos la voz de Dios, proviene de una obstinación espontánea, y no de un impulso externo, cosa que cada uno de nosotros puede comprobar por sí mismo. Justamente, entonces, el Espíritu Santo acusa a todos los incrédulos de resistir a Dios, siendo ellos los autores y maestros de su propia perversidad, de manera que no pueden echar la culpa a nadie. Sin embargo, de aquí se deduce absurdamente que en nosotros existe un libre poder para inclinar el corazón al servicio de Dios; esto no es cierto, al contrario, siempre acontece que los hombres endurecen su corazón hasta el punto de que se les tiene que dar otro desde el cielo; porque como estamos inclinados hacia la maldad, jamás dejaremos de resistir a Dios hasta que su mano nos humille.
Como en la provocación, etc. Por dos razones era necesario recordarles la desobediencia de sus padres: porque estaban neciamente ensoberbecidos a causa de la gloria de su raza y frecuentemente imitaban las inmoralidades de sus padres como si fuesen virtudes, disculpándose por el ejemplo de ellos; y aún más, cuando escuchamos que sus padres fueron tan desobedientes a Dios, ellos fueron enseñados, en forma más concreta, que esta admonición no era superflua. Como ambas razones existían en los tiempos del Apóstol, él fácilmente acomodó a su propósito lo que anteriormente fue expresado por David, para aquellos a quienes se dirigía no imitaran demasiado a sus padres.
Y de aquí se puede desprender esta verdad general; que nosotros no debemos transigir demasiado con la autoridad de los Padres, no sea que por hacerlo nos apartemos de Dios; porque si algunos han sido alguna vez merecedores de honor, no cabe duda que los judíos tenían esa gloria; y no obstante, David claramente mandaba a sus hijos que se guardasen de imitarlos.
No me cabe duda de que el autor se haya referido al hecho histórico registrado en Exodo 17; porque David emplea aquí los dos nombres, que según Moisés, se dieron a cierto lugar: Meribah, que significa contienda o provocación, y Masah, que significa tentación. Ellos tentaron a Dios porque negaron su presencia en medio de ellos, porque sentían angustia por la falta de agua; y también lo provocaron al airarse contra Moisés. Aunque ellos dieron muchos ejemplos de incredulidad, David sin embargo escogió éste de modo especial, por ser más memorable que cualquier otro, y también porque en el orden cronológico seguía en su mayor parte al resto, según aparece en el libro de Números, en el cual, empezando por los capítulos 10 al 22 se describe en ellos una serie de tentaciones; mas la narración a que aludimos se encuentra en el capítulo 20. Esta circunstancia aumentó, y no en poco, la enormidad de su perfidia; pues ellos frecuentemente habían experimentado el poder de Dios, y no obstante altercaban inicuamente contra él, abandonando toda su confianza en Dios. ¡Cuán grande fue su ingratitud! El pues menciona un ejemplo especial entre muchos otros.
9. Tentaron, etc. Esta palabra tiene que tomarse en mal sentido; significa provocar en forma soberbia e insultante. En francés equivale a desafiar locamente. Pues aunque Dios frecuentemente los había auxiliado, ellos lo olvidaron todo, y desdeñosamente preguntaban que dónde estaba su poder. Probaron, etc. Esta frase ha de explicarse así, “A pesar de que ellos me habían probado y visto mis obras.” Esto aumentaba la culpa de su impiedad, ya que habiendo sido enseñados por tanta evidencia del poder divino, los progresos morales y espirituales que hacían eran nulos. Pues era un caso asombroso de negligencia y estupidez el estimar el poder de Dios como nada, después de haber sido plenamente demostrado.9
Cuarenta años. Estos se relacionan con lo que sigue. Y nosotros sabemos que los apóstoles, al citar pasajes, prestan más atención al significado general que las palabras. No hay duda entonces de que Dios se quejara de que el pueblo había estado enojado con él durante cuarenta años, porque tantos beneficios sobre ellos derramados con el fin de enseñarlos, habían sido inútiles; pues aunque Dios continuamente les hacía bien a pesar de que no lo merecían, ellos sin embargo, jamás cesaron de rebelarse contra él. Y esto suscitó su continua indignación: pues como él había dicho: “No sólo una vez o por poco tiempo me provocaron, sino continuamente, con su maldad, durante cuarenta años.” Generación significa raza, u hombres de una misma edad.
10. Y dije, etc. Este fue el fallo de Dios, por el cual declaraba que ellos carecían de mente sana, y añadia la razón: Porque no han conocido mis caminos. En resumen, Dios los consideraba como una esperanza frustrada, porque carecían de sentido común y de razón. Así que el mismo Dios asumió la naturaleza humana, para finalmente y tras prolongadas pruebas, declarar que había descubierto una locura obstinada, porque su pueblo siempre se extraviaba, sin que apareciera en él señal de arrepentimiento.
11. Juré, pues, etc. He aquí el castigo por su locura: los judíos quedaban excluido del descanso que se les había prometido. Además, el Señor llama a la tierra donde ellos pudieron haber morado, su reposo. Pues habían sido peregrinos en Egipto y peregrinos en el desierto; pero la tierra de Canaán tenía que ser, de acuerdo con la promesa, su herencia perpetua: y fue en relación con dicha promesa que Dios la llamó su descanso: porque en ninguna parte podemos tener una morada fija, a menos que él nos la establezca. Empero el derecho a una posesión estable, se basaba en lo que Dios había prometido a Abrahán, “A tu simiente daré esta tierra.”
Al jurar Dios, diciendo, si ellos entraren, etc., la enormidad de su mala conducta se hace aun más manifiesta y evidente por ser una demostración de cólera muy exaltada. “Si ellos entraren,” está en forma de juramento que en algunas ocasiones ha de entenderse como una imprecación, o algo parecido en el lenguaje humano; mas cuando Dios habla, es lo mismo que si dijera, “No me tengáis como verdadero,” o “No me creáis, de aquí en adelante, si tal cosa no aconteciere así.” Sin embargo, este imperfecto modo de expresarse nos recomienda temor y reverencia, para que no juremos imprudentemente, como lo hacen muchos, que tienen el hábito de proferir horribles maldiciones.
En cuanto al pasaje, no debemos pensar, sin embargo, que se les negara entrada a la tierra de Canaán la primera vez, cuando tentaron a Dios en Refidim; pues ya habían quedado excluidos desde el momento en que se rehusaron a marchar adelante, después de haber sido informados por los espías. Dios, pues, no atribuye aquí como causa primordial de su exclusión de la tierra de Canaán a este caso, por haberlo tentado; más bien insinúa que por ningún castigo pudieron recobrar la lucidez mental, antes por el contrario, cada vez añadían nuevos delitos; y así demuestre Dios que ellos merecían en lo absoluto ser castigados así, tan severamente, porque jamás cesaban de aumentar cada vez más su ira por la multitud de sus pecados; por lo cual, es como si les hubiera dicho, “Esta es la generación a la cual negué la posesión de la tierra prometida, porque durante cuarenta años y aun mucho tiempo después, demostró su obstinada locura con sus innumerables pecados.”
12. Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón incrédulo, etc. He preferido retener literalmente lo que el Apóstol afirma, en vez de dar una paráfrasis acerca del corazón incrédulo o depravado, porque él insinúa que la incredulidad estaba ligada con la depravación o maldad, si después de haber recibido el conocimiento de Cristo ellos se apartaban de la fe. Porque él se dirigía a los que habían sido llenos del conocimiento de Cristo ellos se apartaban de la fe. Porque él se dirigía a los que habían sido llenos del conocimiento del cristianismo. De aquí que inmediatamente agregue, para apartarse: porque el pecado de apostasía va acompañado de perfidia.10
13. El autor también indica el remedio para que no cayesen en esta maldad, y este es: el de exhortarse los unos a los otros. Pues como por naturaleza estamos inclinados al mal, tenemos necesidad de diferentes auxilios para conservarnos en el temor de Dios. A menos que nuestra fe sea levantada de vez en cuando, quedará postrada; a menos que sea calentada, se enfriará; a menos que sea despertada, quedará amodorrada. Dios quiere pues, que nos estimulemos los unos a los otros por medio de exhortaciones mutuas, para que Satanás no camine dentro de nuestros corazones, y mediante sus falacias nos aparte de Dios. Y esta es una forma de hablar que debe de observarse especialmente; pues no caemos inmediatamente ni al primer asalto en esta locura de contender contra Dios; porque Satanás gradualmente se acerca a nosotros y nos acosa burlonamente por medios indirectos, hasta dejarnos atrapados en sus encantamientos. Después, ciertamente, ya ciegos, nos enfrascamos en una rebelión abierta.11
Debemos, pues, encararnos a este peligro a su debido tiempo, porque está cerca de todos nosotros, y nada hay tan fácil como el ser engañados; y de ese error viene, a la larga, la dureza de corazón. De aquí vemos: ¡cuán necesario es para nosotros el ser despertados por el incesante aguijón de las exhortaciones! El Apóstol no sólo da un precepto general para que todos tengan cuidado de sí mismos, sino también desea que todos estén solícitos en velar por la salvación de cada creyente, para que no permitan que ninguno de los que han sido llamados perezca por su negligencia. Y el que sienta que es su deber vigilar así por todo el rebaño, sin descuidar una sola oveja, ejecuta en este caso, el oficio de un buen pastor.
Mientras que se dice hoy. El autor aplica ahora lo dicho por David, a sus propios pensamientos, pero en una forma más particular. En efecto, nos recuerda que la palabra hoy, mencionada en el Salmo, no debe limitarse a la época de David, porque abarca a todos los tiempos en que Dios se dirige a nosotros. Tantas veces como él quiera abrir sus labios santos para enseñarnos permitamos que sus palabras, “Si oyereis hoy su voz,” penetren a nuestras mentes. En la misma forma, Pablo nos enseña que cuando se nos está predicando el evangelio, ese es el tiempo aceptable en que Dios nos oye, y el día de salvación en que él nos socorre (2 Cor 6:2).
Ahora bien, debemos aprovecharnos de esta oportunidad; porque si por nuestra pereza la dejamos pasar, deploraremos en vano su pérdida de aquí en adelante. Por eso, Cristo dice, “Andad entre tanto que tenéis luz, porque no os sorprendan las tinieblas” (Juan 12:35).
Luego, la partícula mientras, o en tanto que, indica que el tiempo oportuno no continuará para siempre, si es que somos demasiado indolentes para seguir al Señor cuando él nos llama. Dios llama a nuestra puerta. Si no abrimos, indudablemente él, a su vez, cuando le parezca nos cerrará las puertas de su Reino. En resumen, alguna vez, los gemidos de aquellos que hoy desprecian la gracia que se les ofrece, serán demasiado tarde. Como no sabemos si Dios extenderá su llamamiento hasta el día de mañana, apresurémonos. El nos llama hoy; respondámosle inmediatamente porque no puede haber verdadera fe sin la disposición de obedecer.
14 Porque participantes de Cristo somos hechos, con tal que conservemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza;
15 Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.
16 Porque algunos de los que habían salido de Egipto con Moisés, habiendo oído, provocaron, aunque no todos.
17 Mas ¿con cuáles estuvo enojado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto?
18 ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que no obedecieron?
19 Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad.
14. Porque participantes de Cristo somos hechos, etc. El escritor los elogia por haber principiado bien; mas para que no se entregasen a desmanes carnales bajo el pretexto de la gracia recibida, les indica la necesidad de perseverar; pues muchos habiendo comenzado solamente en el evangelio, no piensan en progresar, como si ya hubieran alcanzado la cúspide. Así es como ellos no únicamente se detienen a mitad de la carrera, sino que, cerca ya de alcanzar la salida, se desvían por otro camino. Plausible, ciertamente, es esta objeción, “¿Que más podemos desear después de haber encontrado a Cristo?” Empero si le poseemos por la fe, debemos perseverar en ella, para que así, él sea nuestra eterna posesión. Cristo pues, se ha dado a sí mismo para ser compartido por nosotros bajo esta condición, que mediante la misma fe, por la cual hemos sido admitidos a una comunión con él, tenemos que perseverar en tan señalada bendición hasta la muerte.12
De aquí que el autor diga principio, insinuando que su fe únicamente había comenzado. Como el vocablo hipóstasis, algunas veces significa confianza, puede entenderse aquí en esta forma; no obstante, el término substancia, como algunos lo traducen, no me desagrada, aunque lo explique de un modo algo diferente. Ellos piensan que la fe es llamada así, porque la suma de todo lo que el hombre pueda obtener sin ella es cero; mas yo la considero así, porque sólo en ella nos apoyamos, ya que no hay otro sostén que nos sirva de descanso. Y apropiado a este punto de vista, está el término firme o estable; pues sólo quedaremos firmemente establecidos e inmovibles, dando por hecho que la fe sea nuestro fundamento. Por consiguiente, la suma de todo es: la fe cuyos principios sólo aparecen en nosotros, tendrá que hacer un constante y continuo progreso hasta el fin.13
15. Entre tanto que se dice, etc. El apóstol sugiere que la razón para progresar jamás cesa entre tanto que vivimos porque Dios nos llama diariamente. Toda vez que la fe responde a la predicación del evangelio, y como la predicación continúa durante todo el curso de nuestra vida, así debemos continuar creciendo en ella. Entonces, la frase entre tanto que se dice, es lo mismo que si dijera: “Puesto que Dios jamás cesa de hablar, no es suficiente que nosotros recibamos de buena gana su doctrina, a menos que demos pruebas de la misma docilidad y obediencia, mañana y pasado mañana.”14
16. Pues algunos, etc. David se refería a los padres como si todos los de aquella generación fuesen incrédulos; porque parece que algunos de los que verdaderamente temían a Dios se mezclaron con los perversos. El Apóstol menciona esto para modificar lo que David había expresado con más severidad, con el fin de que sepamos que la palabra se predica a todos con este objeto: que todos la obedezcan igualmente, y que sepamos también que todo el pueblo fue condenado justamente por incredulidad, cuando el cuerpo fue roto y mutilado por la apostasía de la generalidad.15
Mas cuando él dice que algunos provocaron, siendo en realidad la mayor parte, su objeto es, no sólo evitar el escándalo, sino también animar a los judíos para que imitasen a los que habían creído. Como si hubiera dicho, “Así como Dios os prohibe continuar en la incredulidad de vuestros padres, asi también pone delante de vosotros el ejemplo de los que fueron fieles para que lo imitéis.” En esta forma queda atenuado lo que les hubiera ordenado disentir completamente de los padres. Salido con Moisés, significa por la mano de Moisés, porque él fue quien los guió en su liberación. Empero hay una comparación implícita entre el beneficio que Dios les había conferido mediante Moisés, y la participación de Cristo mencionada previamente.16
17. Mas ¿con cuáles estuvo enojado?, etc. El Apóstol quiere decir que Dios jamás ha estado enojado con su pueblo excepto por causas justas, tal como Pablo lo demuestra en 1 Cor. 10:5, 6. Por lo cual entendemos que así como Dios aplicó tan severos castigos a su pueblo, así también castigará esos pecados tan graves que provocan su venganza. Al propio tiempo debemos llegar a esta conclusión, que la incredulidad fue el más grave de sus males; y aunque el autor la mencione al final, con todo, afirma que esa fue la causa primordial de la maldición; y ciertamente desde que ellos por vez primera se volvieron incrédulos, jamás dejaron de añadir pecado a pecado, y en esta forma acarrearon sobre sí nuevos y continuos castigos. De aquí que las mismas personas que por incredulidad rechazaron la posesión de la tierra ofrecida, prosiguiendo en su obstinación, con lujurias, murmuraciones y adulterios, se corrompieron con supersticiones paganas; de suerte que su depravación fue total.
La incredulidad, pues, que ellos mostraron desde el principio, impidió que disfrutaran de la bondad divina; porque el desprecio de su palabra los conduciría siempre a pecar. Y como por su incredulidad merecieron desde el principio el que Dios los privara del descanso prometido, así cualquier pecado que ellos después cometían, partía del mismo origen.
Cabría aún preguntar ¿qué Moisés y Aarón y otros como ellos fueron incluidos en este número? A esto yo respondo que el Apóstol se dirige a toda la comunidad, y no a individuos en lo particular. Es cierto que hubo muchos hombres piadosos que jamás cayeron en la impiedad general, o si lo hicieron se arrepintieron luego. La fe de Moisés vaciló, pero sólo una vez y por un momento. La palabra del Apóstol contiene por lo tanto una afirmación global y no parcial, y esta es una forma de hablar frecuentemente empleada cuando se alude a una multitud, a un cuerpo, o a un pueblo.
Capítulo 4
1 Temamos, pues, que quedando aún la promesa de entrar en su reposo, parezca alguno de vosotros haberse apartado.
2 Porque también a nosotros se nos ha evangelizado como a ellos; mas no les aprovechó el oír la palabra a los que la oyeron sin mezclar la fe.
1. Temamos, pues, etc. El escrito concluye que había razón para temer, de miedo a que los judíos a quienes él escribía quedasen excluidos de la bendición ofrecida a ellos; acto seguido agrega, que parezca alguno, insinuando que su ardiente deseo era conducirlos a todos y cada uno, a Dios; porque es el deber de un buen pastor al velar sobre todo el rebaño, cuidar de cada oveja para que ninguna se pierda; además, debemos también sentir en tal forma los unos por los otros, que cada uno tema por su prójimo tanto como por sí mismo.
Mas el temor que aquí se recomienda no es aquel que hace tambalearse la confianza de la fe, sino el que llenándonos de interés, pero no para temblar o albergar desconfianza como si estuviéramos inciertos del éxito, sino para que no seamos infieles a la gracia de Dios.
Al afirmar, no sea que nos desilusionemos de la promesa hecha a nosotros, el autor insinúa que ninguno puede carecer de ella, excepto el que rechazando la gracia, de hecho ya renunció a la promesa; porque Dios está tan lejos de arrepentirse de hacernos bien, que no cesa de otorgarnos sus dones, salvo cuando despreciamos su llamamiento. La conjunción pues, o por tanto, significa que por la caida de otros se nos enseña la humanidad y la vigilancia, así como Pablo lo afirma también cuando dice, “Por su incredulidad fueron quebradas, mas tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, antes teme”1 (Rom. 11:20).
2. Porque también a nosotros, etc. El nos recuerda que la doctrina mediante la cual Dios nos invita actualmente, es la misma que aquella dirigida a los padres; ¿y para qué lo dijo? Para que supiéramos que el llamamiento divino no será en grado alguno más provechoso para nosotros de lo que fue para ellos, a menos que lo afirmemos por medio de la fe. Sin embargo, el Apóstol concede que el evangelio ciertamente se nos ha predicado;2 mas para que no nos gloriemos vanamente, agrega en seguida que los incrédulos a quienes antiguamente había favorecido con la participación de tan grandes bendiciones, no recibieron fruto alguno de ellas a pesar de todo, y que, en igual forma, nosotros también seremos despojados de sus bendiciones salvo que lo recibamos por la fe. Repite la palabra oír con el objeto de que sepamos que el escuchar es inútil si por la fe no recibimos la palabra que se nos predica.
Mas debemos observar aquí la relación entre la palabra y la fe. Dicha relación es tal, que la fe no puede separarse de la palabra, y la palabra, separada de la fe, no puede proporcionar bien alguno. No es ciertamente porque la eficacia o poder de la palabra dependa de nosotros; porque si todo el mundo fuera falso,. Aquel que no puede mentir jamás dejaría de ser verdadero, pero la palabra jamás ejerce su poder en nosotros hasta que la fe no le da entrada. Así que, la palabra de Dios es siempre eficaz y salvadora para los hombres, cuando éstos la lleven dentro de su propia naturaleza; mas no se encontrará fruto alguno sino en los que creen.
Respecto a la primera afirmación, como dije que no existe fe cuando se carece de la palabra, y que los que favorecen tal desunión extinguen la fe completamente reduciéndola a la nada, el tema es digno de atención especial. Pues de esto se deduce que la fe no puede existir en alguien sino en los hijos de Dios, a quienes únicamente la promesa de adopción es ofrecida. ¿Pues qué clase de fe tienen los demonios, a quienes no se les promete salvación? ¿Y qué clase de fe tienen los impíos que ignoran la palabra? Entonces el oír debe siempre preceder a la fe, y eso ciertamente para que sepamos que Dios habla y no los hombres.
3 Empero entramos en el reposo los que hemos creido, de la manera que dijo: Como juré en mi ira. No entrarán en mi reposo: aun acabadas las obras desde el principio del mundo.
4 Porque en un cierto lugar dijo asi del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día.
5 Y otra vez aqui: No entrarán en mi reposo.
6 Así que, pues que resta que algunos han de entrar en él, y aquellos a quienes primero fue anunciado no entraron por causa de desobediencia.
7 Determina otra vez un cierto dia, diciendo por David: Hoy, después de tanto tiempo; como está dicho: Si oyereis su voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones.
8 Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otio día.
9 Por tanto queda un reposo para el pueblo de Dios.
10 Porque el que ha entrado en su reposo, también él ha reposado de sus obras como Dios de las suyas.
El autor ahora engalana el pasaje de David que había citado. Hasta aquí, lo había tomado al pie de la letra, es decir, en su sentido literal; mas ahora lo amplifica y embellece, y alude a las palabras de David en vez de explicarlas. Pablo utilizó esta clase de belleza literaria en Rom. 10:6, al referirse a estas palabras de Moisés, “no digas, ¿quién subirá al cielo?” etc. Y ciertamente no es impropio el acomodar la Escritura a un tema que se trata, para ilustrarlo con términos figurados en lugar de darle una forma más simple. Sin embargo he aquí la suma de todo: la amenaza de Dios en el Salmo, tocante a la pérdida de su reposo, se aplica también a nosotros, por cuanto también él nos invita a un reposo hoy.
La dificultad principal de este pasaje proviene de que ha sido tergiversado por muchos. El Apóstol no se propuso otra cosa al declarar que hay un reposo para nosotros, que la de incitarnos a desearlo, y también a hacernos temer, para que no quedemos excluidos de él por causa de incredulidad. Sin embargo, el autor nos enseña al mismo tiempo, que el descanso, el cual ahora se nos ofrece, vale mucho más que aquel de la tierra de Canaán. Pasemos ahora a los detalles.
Empero entramos en el reposo los que hemos creído, o, porque entramos en su reposo después de haber creído, etc. Este es un argumento de lo adverso. La incredulidad únicamente nos cierra la puerta; pero la fe nos la abre. Debemos recordar ciertamente lo que el escritor ya ha afirmado, que Dios, estando airado contra los incrédulos, ha jurado que no participarán de esa bendición. Ellos entrarán después cuando la incredulidad no lo impida, suponiendo que Dios los invite. Mas hablando en primera persona él los atrae con mayor dulzura, distinguiéndolos de los extraños.
Aun acabadas las obras, etc. Para definir lo que es nuestro reposo, él nos recuerda lo que Moisés narra, que Dios después de haber terminado la creación del mundo, inmediatamente descansó de sus obras; finalmente concluye que el verdadero reposo de los fieles ha de continuar para siempre y será cuando ellos reposen como Dios lo hizo.3 E indudablemente como la más sublime felicidad del hombre consiste en ser unido a su Dios, así debe ser su último final cual debe dirigir todos sus pensamientos y acciones. Esto, el autor lo prueba, porque Dios al descansar, declaró, mucho tiempo después, que él no daria su reposo a los incrédulos; él habría declarado tal cosa sin objeto alguno, si no hubiese manifestado que los fieles reposarán conforme él mismo lo hizo. De aquí que el Apóstol diga, pues que resta que algunos han de entrar: porque si el no entrar es castigo de incredulidad, entonces el entrar, como ya se ha dicho, queda abierto a los creyentes.
7. Pero es más difícil aun interpretar lo que el Apóstol inmediatamente añade, “que existe otro hoy asignado para nosotros en el Salmo,” porque el antiguo pueblo había quedado excluido; mas las palabras de David (segun parece) no parecen expresar tal cosa, y significan únicamente: que Dios castigó la incredulidad del pueblo negándoles la posesión de la tierra. A esto respondo, que la inferencia es correcta, y que a nosotros se nos ofrece lo que a ellos se negó; pues el Espíritu Santo nos recuerda y advierte, que no hagamos lo mismo para que no incurramos en el mismo castigo. Entonces, ¿cómo queda el asunto? Si no se nos hubiera prometido algo a nostros para el dia de hoy, ¿en qué forma cabría la advertencia, “Mirad, hermanos que no acontezca a alguno lo mismo que aconteció a los papres”? Luego, el Apóstol está en lo justo al afirmar que así como la incredulidad de los padres los excluyó de la posesión prometida, así también la promesa es renovada a sus hijos, para que ellos puedan poseer lo que sus padres no poseyeron.
8. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, o, si hubiera obtenido el reposo para ellos, etc. El escritor de ningún modo quizo negar que David entendiera otra cosa por descanso, que la tierra de Canaán, a la cual Josué condujo al pueblo; pero niega que éste sea el descanso final al cual los fieles aspiran, y el cual también nosotros tenemos en común con los fieles de aquella época; y ciertamente ellos miraron más allá de Canaán y valoraron la tierra no tanto por su valor material, sino porque era imagen y símbolo de la herencia espiritual. Por consiguiente, cuando tomaron posesión de ella, no debían haber reposado como si ya hubiesen alcanzado la cúspide de todos sus deseos, sino por el contrario, deberían haber contemplado lo espiritual a que aquello les invitaba. Aquellos a quienes David dirigió el Salmo estaban en posesión de Canaán, pero se les recordaba el deber de buscar un reposo mejor.
Vemos, pues, cómo la tierra de Canaán fue un reposo: lo fue ciertamente; pero transitorio, mas allá del cual estaba para los fieles el deber de avanzar. En este sentido el Apóstol niega que el reposo fuese dado por Josué; porque bajo su dirección el pueblo entró en la tierra prometida no para reposar sino para que pudieran con mayor presteza avanzar hacia adelante, hacia el cielo.
Y de aquí podemos aprender fácilmente la diferencia entre ellos y nosotros; pues aunque el fin haya sido el mismo para ambos, no obstante ellos tenían, por añadidura, señales externas para conducirlos; nosotros en cambio, no las tenemos ni tenemos necesidad de ellas ciertamente, ya que la verdad pura en sí es expuesta delante de nostros. Y aunque nuestra salvación esté todavía en esperanza; por lo que corresponde a la verdad, ésta nos guía directamente al cielo. Tampoco Cristo extiende su mano hacia nosotros para conducirnos a través del accidentado sendero de tipos y figuras, sino para arrancarnos del mundo y levantarnos hasta el cielo. Ahora bien, si el Apóstol separó la sombra de la substancia, tuvo razón; porque tenía que contender con los judíos, demasiado apegados a las cosas externas.
El autor llega a la conclusión de que hay un descanso reservado para el pueblo de Dios, es decir un reposo espiritual, al cual Dios nos invita diariamente.
10. Porque el que ha entrado en su reposo o, el que ha descansado, etc. He aquí una definición de ese perenne sábado donde existe la suprema felicidad, cuando exista semejanza entre los hombres y Dios, a quien ellos serán unidos. Porque todo lo que los filósofos pudieron haber dicho del sumo bien, es vano y carece de sentido, porque lo limitaron al hombre en sí, mientras que por otra parte, nos era necesario salir del yo para encontrar la felicidad. El sumo bien del hombre no es otra cosa que la unión con Dios; y ésta se logra cuando nos conformamos a él como nuestro modelo.
Ahora bien, esta conformación que el Apóstol nos enseña se realiza cuando descansamos de nuestras obras. De esto se deduce, finalmente, que el hombre llega a ser feliz negándose a sí mismo. ¿Pues qué otra cosa es cesar de nuestras obras sino mortificar nuestra carne, y negarnos a nosotros mismos para que podamos vivir con Dios? Porque cuando hablamos de una vida piadosa y santa, nos referimos a la persona que estando en cierta forma muerta para si le permite a Dios posesionarse de su ama, a la vez que se abstiene de sus propias obras para dar lugar a que Dios obre. Debemos confesar, verdaderamente, que nuestra vida sólo quedará formada rectamente cuando sea sometida a Dios. Mas por la corrupción innata esto es imposible hasta que reposemos de nuestras propias obras; más aun, tal es la oposición entre el gobierno divino y nuestros afectos corrompidos, que él no puede obrar en nosotros hasta que reposemos. Pero aunque la consumasión de este descanso no pueda lograrse en esta vida, debemos siempre luchar por él. Así es como los creyentes entran en él, pero bajo la condición de que corriendo, puedan continuamente seguir adelante.
Yo no dudo que el Apóstol intencionalmente se refiriese al sábado, con el fin de dar a los judíos una recta interpretación de la observancia externa, porque su abrogación no ha de entenderse en otra forma, sino persiguiendo o admitiendo un propósito espiritual. El trata, pues, de estas dos cosas juntas; porque al enaltecer la excelencia de la gracia, nos estimula a recibirla por la fe, y al mismo tiempo nos enseña, de paso, cuál es el verdadero objeto del sábado, para que los judíos no se apeguen tontamente a los ritos externos. De su abrogación, ciertamente no habla en forma expresa, ya que este no es su tema, pero al enseñarles que el rito aludía a otra cosa, gradualmente los aparta de sus ideas supersticiosas. Pues el que entiende que el objeto principal del mandamiento no era el reposo externo o un culto terrenal, inmediatamente se da cuenta al mirar a Cristo, que el rito externo quedó abolido con su venida; porque cuando aparece la realidad, las sombras inmediatamente se disipan. Entonces, nuestra ocupación principal será siempre enseñar que Cristo es el fin de la ley.
11 Procuremos pues de entrar en aquel reposo; que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.
12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos; y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las conyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
13 Y no hay cosa criada que no sea manifiesta en su presencia; ante todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.
Habiendo señalado la meta hacia la cual tenemos que avanzar, el Apóstol nos exhorta a continuar nuestra carrera, cosa que logramos, cuando nos habituamos al renunciamiento. Y como él compara el entrar en el reposo a una marcha directa, pone la caida en oposición a ella, y en esta forma continúa la metáfora en ambas cláusulas, al mismo tiempo que menciona la historia narrada por Moisés, de los que cayeron en el desierto, por haberse rebelado contra Dios (Num. 26:65). De aquí que diga, en semejante ejemplo, significando que el castigo por incredulidad y obstinación está puesto allí, delante de nosotros, con caridad; y no hay duda ciertamente de que el mismo fin nos espere, si encuentra en nosotros semejante incredulidad.
Entonces, caer significa perecer; o hablando más claro, quiere decir caer, pero no en pecado, sino en castigo por el pecado. Sin embargo, la figura corresponde también a la palabra entrar, como en el triste abatimiento de los padres, con cuyo ejemplo él trataba de atemorizar a los judíos.
12. Porque la palabra de Dios es viva, etc. Lo que él expresa aquí de la eficacia o poder de la palabra, lo declara para que ellos supieran que no podía ser despreciada con impunidad, como si dijera, “Siempre que el Señor se dirija a nosotros por medio de su palabra, lo hace seriamente con el fin de llegar hasta nuestros más profundos pensamientos y sentimientos; y así no hay parte de nuestra alma que no deba ser despertada.”4
Empero antes de que sigamos adelante, cabe preguntar si el Apóstol habla del efecto de la palabra en un sentido general, o si únicamente se refiere a los fieles.
Parece evidente, ciertamente, que la palabra de Dios no es igualmente eficaz en todos. Porque en los elegidos ella ejerce su propio poder, cuando humillados por un verdadero conocimiento de sí mismos, se escapan buscando la gracia de Cristo; y esto jamás ocurre, sino cuando ella penetra hasta lo más profundo del corazón. Pues la hipocresía debe descartarse, la cual tiene lugares recónditos y asombrosos y en extremo sinuosos en los corazones humanos; por lo cual debemos estar dispuestos no sólo a ser lacerados ligeramente sino abatidos en lo absoluto, para que postrados bajo el sentido de la muerte eterna, seamos enseñados a morir para nosotros mismos. En resumen, jamás seremos renovados del todo en nuestra mente, como Pablo lo exige (Efesios 4:23), hasta que nuestro viejo hombre sea muerto por el filo de la espada espiritual. De aquí que Pablo afirme también en otro lugar (Fil. 2:17), que los fieles son ofrecidos en sacrificio a Dios por el evangelio; pues ellos no pueden ser traídos a la obediencia de Dios en otra forma sino muriendo, o matando su propia voluntad; ni tampoco pueden recibir la luz de la sabiduría divina, hasta que la sabiduría carnal quede destruida. Nada de esto se encuentra en los réprobos; porque ellos, en su indiferencia, desoyen al Señor cuando les habla, y en esta forma se burlan de él, o bien, vociferan contra su verdad, y tercamente la resisten. En suma, como la palabra de Dios es un martillo, ellos tienen un corazón parecido al yunque, de manera que su dureza repele los golpes por muy fuertes que sean. La palabra de Dios, por tanto, está muy lejos de ser tan eficaz en ellos, al grado de penetrar y partir el alma y el espíritu. De aquí se sigue, que siendo este su carácter, ha de ser limitado a los fieles únicamente, ya que solamente ellos son así examinados has ta lo más profundo del ser.
El contexto, no obstante, enseña que hay también aquí una verdad general, la cual abarca a los mismos réprobos, pues aunque ellos tengan el corazón endurecido como de latón y hierro, contra la palabra de Dios, con todo, ellos necesariamente tienen que ser afligidos por propia culpa. Se rien, ciertamente, pero con una risa sardónica; porque en el interior sienten como si estuvieran muertos. Se evaden en diferentes formas, como no queriendo llegar al tribunal de Dios; mas aunque no quieran, son sin embargo arrastrados allí por esta misma palabra que ellos arrogantemente ridiculizan; para que así puedan ser comparados rectamente con los perros furiosos, que muerden y arañan la cadena con la cual están encadenados, y, sin embargo, nada pueden hacer porque siguen asidos fuertemente a ella.
Más aún, aunque tal efecto de la palabra no aparezca inmediatamente, como si dijéramos el mismo día, no obstante dará a la larga resultado, porque a ninguno se le ha predicado en vano. Generalmente, no hay duda de que esto sea lo que Cristo declaró, al afirmar, que cuando viniera el Espíritu Santo, él convencería al mundo, (Juan 16:8); pues el Espíritu ejercita este oficio por la predicación del evangelio.
Finalmente, aunque la palabra de Dios no siempre ejerza su poder sobre el hombre, lo tiene en forma incluida dentro de sí. Y el Apóstol habla aquí de su carácter y oficio adecuado a este fin solamente, para que sepamos que nuestras conciencias son requeridas como culpables ante el tribunal de Dios, tan pronto como suene en nuestros oídos, algo así como si él hubiera dicho. “Si alguno piensa que sólo el aire es herido por un sonido hueco cuando se predica la palabra de Dios, está muy equivocado; porque esta es una cosa viva y llena de poder oculto que no deja nada ileso en el hombre.” He aquí la suma de todo: que tan pronto como Dios abre sus labios santos, todas nuestras facultades deben abrirse para recibir su palabra; porque él no permitirá que élla sea sembrada en vano, hasta desaparecer o perderse, sino que él la nará obrar eficazmente en las conciencias humanas, para traerlas bajo su au toridad; y él ha puesto también poder en su palabra con este objeto: el de que pueda escudriñar todas las partes del alma, manifestarse a sí misma como juez.
Empero, surge aquí una nueva pregunta, ¿ha de entenderse por esta palabra la ley o el evangelio? Los que piensan que el Apóstol habla de la ley aportan estos testimonios de Pablo: que es el ministerio de muerte, (2 Cor. 3:6, 7) que es la letra que mata; que no obra otra cosa sino ira, (Rom 4:15) y pasajes similares. Empero el Apóstol señala también aquí sus diferentes efec tos; pues como ya dijimos, hay cierta matanza vivificante del alma, que es efectuada por el evangelio. Entendamos pues que el Apóstol habla generalmente de la verdad de Dios, cuando dice que es viva y eficaz. Así nos asegura Pablo, que por su predicación salió un olor de muerte para muerte a los incrédulos, mas a los creyentes olor de vida para vida (2 Cor. 2:16); de modo que Dios jamás habla en vano. El trae a algunos para salvación, y a otros impele para condenación. Este es el poder de atar y desatar que el Señor confirió a los apóstoles (Mateo 18:18). Y ciertamente, él jamás nos promete salvación en Cristo, sin declarar, por otra parte, venganza sobre los incrédulos, quienes al rechazar a Cris to atraen la muerte sobre sí mismos.5
Debe observarse además, que el Apóstol habla de la palabra de Dios, que nos es dada por el ministerio de los hombres. Pues son delirantes y aun peligrosas las ideas, de que aunque la palabra interna es eficaz, no obstante aquella que procede de los labios del hombre está inanimada y desprovista de todo poder. Yo ciertamente admito que el poder no proviene de la palabra humana, ni consiste en un sonido, sino que todo el poder ha de ser atribuido completamente al Espíritu Santo; con todo, nada hay en esto que impida al Espíritu de Dios manifestar su poder por la palabra predicada. Porque Dios no habla por sí mismo sino por medio de los hombres y es cuidadoso en este punto, para que su palabra no sea rechazada con desprecio, por ser los hombres sus ministros. Así que Pablo al afirmar que el evangelio es la potencia de Dios (Rom. 1:16), intencionalmente distinguió con este honor su propia predicación, aunque si bien se dio cuenta que era calumniado por unos y despreciado por otros. Y cuando en otro lugar (Rom. 10:8), él nos enseña que la salvación se obtiene por la doctrina de la fe, expresamente afirma que ésta era la doctrina que se predicaba. Nosotros ciertamente encontramos que Dios siempre recomienda la verdad dispensada por los hombres, con objeto de inducirnos a recibirla con reverencia.6
Ahora bien, al llamar a la palabra viva o animada, debemos entender que ello se alude a los hombres; esto aparece aun más claro en la segunda expresión, eficaz, porque él demuestra la clase de vida que posee, declarándonos expresamente que es eficaz; pues el objeto del Apóstol era enseñarnos lo que la palabra es para nosotros. El término espada es una metáfora frecuentemente empleada en las Escrituras; pero el Apóstol, no satisfecho con una simple comparación dice, que la palabra de Dios es más cortante que cual quier espada, todavía más que una espada cortante de dos filos; pues en aquel tiempo las espadas que eran de uso común, por un lado tenían filo y por el otro no. Que alcanza a partir el alma y aun el espíritu, o a dividir el alma y el espíritu, etc. La palabra alma frecuentemente significa espíritu; pero cuando ambas se nombran juntas, la primera incluye todos los afectos, y la segunda la facultad intelectual. Así que Pablo al escribir a los tesalonicenses empleaba ambos términos para pedir a Dios que guardara sus espíritus, almas y cuerpos, irreprensibles hasta la venida del Señor Jesucristo (1 Tes. 5:23). Y no quiso significar otra cosa sino que pudiesen continuar puros y castos de mente, voluntad y acciones externas. También Isaías dice lo mismo cuando exclama, “Con mi alma te he deseado en la noche; y en tanto que me durare el espíritu en medio de mí, madrugaré a buscarte” (Isaías 26:9). Lo que él sin duda trata de enseñar es esto, que era tan asiduo en buscar a Dios, que en ello empleaba toda su mente y todo su corazón. Yo sé que algunos dan una explicación diferente; mas espero que todos los que tienen una mente sana, estarán de acuerdo con este punto de vista.
Ahora bien, regresando a nuestro pasaje, se dice que la palabra de Dios parte, o llega hasta dividir el alma y el espíritu, es decir, examina el alma entera del hombre; porque explora sus pensamientos y escudriña su voluntad con todos sus deseos. Y luego agrega, las coyunturas y tuétanos, para insinuar que nada hay tan duro o resis tente en el hombre, ni nada tan escondido, adonde la poderosa palabra no pueda penetrar.7 Pablo declara lo mis mo cuando afirma, que la profecía sir ve para reprobar y juzgar a los hombres, de suerte que los secretos del corazón puedan salir a luz (1 Cor. 14:24). Y como es obra de Cristo descubrir y traer a luz los pensamientos de los lugares recónditos del corazón, lo hace, la mayoría de las veces por el evangelio.
De aquí se deduce que la palabra de Dios es discernidora, (griego: kritikós. uno que tiene poder de discernir) porque trae la luz del conocimiento a la mente del hombre, como si lo sacara de un laberinto, donde antes se encontraba metido. Verdaderamente no hay tinieblas más densas que las de la incredulidad, y la hipocresía es una horrible ceguera; mas la palabra de Dios desperdiga esta obscuridad y ahuyenta la hipocresía. De aqui la separación o discernimiento que el Apóstol menciona; pues los vicios, escondidos bajo la falsa apariencia de virtudes, comienzan luego a descubrirse y su apariencia desaparece. Y si los réprobos permanecen por un tiempo ocultos, descubrirán, a la larga, que la palabra de Dios ha penetrado allí también, de modo que no podrán escapar del juicio divino. Y de esto proviene su clamor y también su furia; pues de no haber sido heridos por la palabra, no dejarían ver así su locura, aunque ellos traten de eludir la palabra, o mediante evasivas escapar de su poder, o bien haciéndola pasar inadvertida; pero Dios no les permite hacer estas cosas. Pues siempre que ellos calumnian la palabra de Dios, o se enfurecen contra ella, demuestran que se sienten dentro de su poder, no importa lo renuentes o indispuestos que estén.8
13. Y no hay cosa criada, etc. La conjunción aquí, me parece que es causal, y puede traducirse porque; pues para confirmar la verdad de que todo lo que hay escondido en el hombre es purgado y sacado a luz por la palabra de Dios, el autor esgrime un argumento que saca de la propia naturaleza de Dios. No hay cosa criada, dice, que se esconda a sus ojos. No hay por tanto, nada tan profundo en el alma del hombre, que no pueda ser sacado a luz por esa palabra que se asemeja a su propio autor; pues siendo de competencia divina escudriñar el corazón, él hace este examen mediante su palabra.
Algunos exégetas, sin tomar en consideración que la palabra de Dios es como una larga sonda con la cual él examina y explora lo que está en lo profundo de nuestros corazones, han pervertido extrañamente este pasaje; aunque sin encontrar remedio para su malicia. Empero toda la dificultad desaparece cuando aceptamos este punto de vista: que debemos obedecer la palabra de Dios con sinceridad y con un afecto cordial, porque Dios, que conoce nuestros corazones, ha señalado a su palabra el oficio de penetrar aun dentro de nuestros más secretos pensamientos. El significado ambiguo de las últimas palabras ha conducido por el camino falso a algunos intérpretes, los cuales han traducido, “De quien hablamos;” y al contrario; deben ser traducidas así, “Con quien tenemos que ver.” El significado es, que Dios es quien trata con nosotros, o con quien nosotros tenemos un interés; y que por lo tanto no debemos jugar con él como con un mortal, sino que siempre que su palabra nos sea presentada, debemos temblar, porque nada puede ocultarse a sus ojos.
14 Por tanto, teniendo un gran Pontifice, que penetró en los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.
15 Porque no tenemos un Pontifice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
16 Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro.
14. Por tanto, teniendo, etc. El Apóstol hasta ahora ha venido hablando del apostolado de Cristo, empero en este instante pasa a su segundo ministerio. Porque hemos manifestado que el Hijo de Dios representaba un carácter doble cuando nos fue enviado, precisamente el de Maestro y Sacerdote. El escritor, por tanto, después de ha ber exhortado a los judíos a recibir obedientemente la doctrina de Cristo, demuestra la utilidad que su sacerdocio nos ha traído; y este es el segundo punto. Apropiadamente relaciona el sacerdocio con el apostolado, toda vez que nos recuerda que el propósito de ambos es hacernos idóneos para acercarnos a Dios. El utiliza una consecuencia, por tanto; porque antes se había referido a esta gran verdad: que Cristo es nuestro Sumo Sacerdote;9 mas como el carácter del sacerdocio no puede conocerse sino por medio de la enseñanza, se hacía necesario preparar el camino, para que los hombres estuviesen dispuestos a oír a Cristo. Faltaba ahora que los que reconocían a Cristo como su Maestro, se convirtieran en discípulos dóciles, y aprendieran de sus labios, y en su escuela, cuál es el provecho de su sacerdocio, y cuál su utilidad y fin.
En primer lugar, dice él, Teniendo un gran Pontífice,10 … Jesús, retengamos nuestra profesión, o fe cristiana. Profesión, aquí, como anteriormente, ha de entenderse como una metonimia de fe; y así como el sacerdocio sirve para confirmar la doctrina, el Apóstol de aquí deduce que no hay razón para dudar o titubear respecto a la fe del evangelio, porque el Hijo de Dios la ha aprobado y ratificado; cualquiera pues que juzgue la doctrina como no confirmada, deshonra al Hijo de Dios, y lo despoja de su honor como Sacerdote. No acontezca tal, pues tan grande y valioso tesoro debe hacernos más seguros para confiar, sin titubeos, en el evangelio.
15. Porque no tenemos, etc. Hay en el nombre que el autor menciona, “Hijo de Dios,” tal majestad como para constreñirnos a temer y obedecerlo. Empero si no hubiéramos de contemplar más que esto en Cristo, nuestras conciencias no quedarían tranquilas; pues ¿quién de nosotros no se atemoriza ante la vista del Hijo de Dios, especialmente cuando consideramos nuestra condición, y cuando nuestros pecados nos pasan por la mente? Los judíos también pudieron haber tenido otro impedimento; pues estaban acostumbrados al sacerdocio levítico, y ellos veían en aquel hombre mortal, escogido de entre los demás, que penetraba en el santuario y que por su oración podía reconciliar a sus hermanos con Dios. Es cosa grande que el Mediador pueda apaciguar a Dios siendo un hombre. Por esta clase de seducción los judíos pudieron haber sido engañados, quedando para siempre adheridos al sacerdocio levítico, pero el Apóstol se anticipó esto, demostrando que el Hijo de Dios no sólo sobresalía en gloria, sino que también estaba investido de semejante bondad y compasión para con nosotros.
De este tema, pues habla el Apóstol cuando dice que él fue probado en nuestras flaquezas, para que pudiera condolerse de nosotros. Respecto a la palabra sumpatheía, no estoy dispuesto a tolerarla, pues frivola y no menos curiosa es esta pregunta, “¿Está Cristo ahora sujeto a nuestros dolores?” No fue por cierto el objeto del Apóstol, fatigarlos con tales sutilezas y vanas especulaciones, sino únicamente enseñarnos que no tenemos que ir muy lejos para buscar un mediador, puesto que Cristo, espontáneamente extiende sus manos hacia nosotros, para que no tengamos miedo de su majestad, toda vez que él es nuestro hermano, y no hay razón para que nos amedrentemos, o que él, como ignorando a los demonios, no pudiera ser tocado por algún sentimiento de humanidad como para impartirnos ayuda, puesto que llevó sobre sí nuestras enfermedades, con el fin de que pudiera inclinarse todavía más a socorrernos.11
Entonces, la suma del discurso apostólico se refiere a lo que se puede comprender por fe; porque no trata de lo que Cristo es en sí, sino de lo que él es para nosotros. Por la semejanza, significa aquella parte de la naturaleza, por la cual insinúa que Cristo visitó nuestra naturaleza con sus sentimientos o afectos, para demostrar que era verdadero hombre, y para aprender por propia experiencia a ayudar al miserable; y no porque el Hijo de Dios tuviese necesidad de tal enseñanza, sino porque de otra manera no podríamos comprender la ansiedad que siente por nuestra salvación. Por lo tanto, siempre que nos sintamos fatigados bajo el peso de las flaquezas de nuestra carne, acordémonos de que el Hijo de Dios experimentó lo mismo, para que por su poder pudiera levantarnos, y que no quedáramos postrados bajo el peso de esta carga.
Pero, cabría preguntar aquí, ¿Qué significa flaquezas? La palabra puede ciertamente tomarse en varios sentidos. Algunos entienden en ella calor y frío, hambre y otras necesidades del cuerpo; también desprecio, pobreza y otras cosas como estas, como se ve en muchos pasajes del Apóstol Pablo, especialmente en 2 Cor. 12:10. Pero la opinión más correcta es la de aquellos que incluyen, junto con los males externos, las sensaciones del alma, tales como miedo, pesar, temor a la muerte, y otras cosas parecidas.12
Indudablemente, la restricción sin pecado, no hubiera sido agregada, si el autor no estuviese tratando de las emociones internas, que en nosotros son siempre pecaminosas por la misma perversidad de nuestra naturaleza: mas en Cristo, que poseía la más sublime rectitud y la más perfecta pureza, estas emociones estaban exentas de cualquier defecto. Ciertamente, la pobreza y las enfermedades, y aquellas cosas que existen fuera de nosotros, no han de considerarse como pecaminosas. Por lo tanto, ya que él habla de las flaquezas que son afines al pecado, no hay duda que se refiere a las emociones o afectos de la mente, a los cuales nuestra naturaleza está sujeta, y esto, a causa de su flaqueza. Porque la condición de los ángeles es mejor que la nuestra; pues ellos no se afligen, no tienen miedo, ni son atormentados por multitud de cuidados de la vida, ni por el temor a la muerte. Todas estas flaquezas Cristo llevó por si mismo, y voluntariamente luchó contra ellas, no sólo para alcanzar una victoria para nosotros, sino también para que nosotros nos sintiéramos seguros de que él está presente a nuestro lado siempre que seamos probados con ellas.
Así que él no sólo se hizo verdadero hombre, sino también asumió todas las cualidades de la naturaleza humana. Hay, sin embargo, agregada una limitación más, sin pecado; pues debemos recordar la diferencia entre las emociones o afectos de Cristo y los nuestros: sus emociones fueron siempre reguladas por las estrictas normas de la justicia, mientras que las nuestras fluyen siempre de una fuente turbia, y participan de la naturaleza de su manantial, porque son turbulentas y desenfrenadas.13
16. Lleguémonos pues confiadamente, o con confianza, etc. El Apóstol llega a esta conclusión: que el acceso a Dios es fácil para todos los que se allegan a él confiando en Cristo como Mediador; más aun, él exhorta a los fieles a aventurarse sin ninguna vacilación y presentarse ellos mismos delante de Dios. Y el mayor provecho de la enseñanza divina consiste en una confianza segura al pedir algo de Dios, mientras que, por otra parte, la médula de la religión se viene abajo y está perdida cuando esta seguridad es arrebatada de las conciencias.
De aquí deducimos evidentemente, que bajo el papado la luz del evangelio se ha extinguido, pues a los pobres mortales se les incita a dudar de si Dios es propicio a ellos o está enojado con ellos. Ciertamente los romanistas dicen que Dios debe ser buscado; empero el camino por el cual es posible llegar a él no lo indican, y la puerta única por la cual pueden entrar los hombres está atrancada. Ellos confiesan de palabra que Cristo es el Mediador, mas en realidad nulifican el poder de su sacerdocio, y lo despojan de ese honor.
Debemos pues mantener este principio: que Cristo no será verdaderamente conocido como Mediador a menos que eliminemos toda duda respecto a nuestro acercamiento a Dios; en otra forma, la conclusión de aquí derivada no valdrá gran cosa. “Tenemos un Pontífice que está dispuesto a ayudarnos; por lo tanto, podemos acercarnos confiadamente y sin titubeos al trono de la gracia.” Y si en verdad estuviéramos completamente persuadidos de que Cristo voluntariamente nos extiende la mano, ¿quién de nosotros no se acercaría con perfecta confianza?14 Es cierto, pues lo que dije, que su poder es arrebatado al sacerdocio de Cristo siempre que los hombres tengan dudas, y ansiosamente busquen otros mediadores, como si Cristo no fuera suficiente, en cuyo amparo todos los que realmente confían, tal y como el Apóstol aquí lo dice, tienen la seguridad de que sus oraciones son escuchadas.
La razón de dicha confianza estriba en que el trono de Dios no está ataviado de una majestad absoluta para confundirnos, sino adornado con un nuevo nombre, precisamente el de la gracia, el cual debemos recordar siempre que esquivemos la presencia de Dios. Pues la gloria de Dios, cuando la contemplamos sola, no puede producir otro efecto que el de llenarnos de desesperación; así es de terrible su trono. El Apóstol pues, queriendo remediar nuestra timidez, y liberar nuestras mentes de todo temor y temblor, lo adorna con la palabra gracia, y le da un nombre que pueda hechizarnos con su dulzura, como si hubiera dicho, “Puesto que Dios ha fijado a su trono algo así como una bandera de gracia y de amor paternal para con nosotros, no hay razón para que su majestad nos ahuyente.”15
El significado de todo es, que debemos invocar a Dios sin temor alguno, puesto que sabemos que él es propicio para con nosotros, y que esto pueda lograrse, se debe al beneficio otorgado a nosotros por Cristo, tal como vemos en Efes. 3:12; porque cuando Cristo nos recibe bajo su protección y amparo, él cubre con su bondad la majestad de Dios, la cual de otra manera seria terrible, de modo que nada aparezca en él sino gracia y favor paternal.
Para alcanzar misericordia, etc. Esto se añade no sin una poderosa razón; la de animar a todos los que sienten necesidad de misericordia, no sea que alguno sucumba por causa de sentirse miserable, y se cierre la puerta él mismo con su timidez. La expresión, para alcanzar misericordia, contiene especialmente una gratísima verdad, la de que todos los que al confiar en Cristo, como su abogado defensor, oran a Dios, pueden estar seguros de que obtienen misericordia; por otra parte, el Apóstol directa o indirectamente señala una amenaza para todos los que no siguen este sendero, e insinúa que Dios será inexorable para con ellos, porque desprecian el único y verdadero camino para ser reconciliados con él.
El autor añade, para el oportuno socorro, o para un socorro a tiempo; es decir, si queremos obtener todas las cosas necesarias para nuestra salvación.16 Ahora bien, esta oportunidad se refiere al tiempo del llamamiento, de acuerdo con las palabras de Isaías que Pablo acomoda a la predicación del evangelio, “He aquí ahora el tiempo acepto,” etc. (Isa. 49:8; 2 Cor. 6:2); porque el Apóstol se refiere a ese hoy durante el cual Dios nos habla. Si aplazamos el oír hasta mañana, si Dios nos habla hoy, vendrá intempestiva la noche, cuando lo que ahora podemos hacer ya no podrá hacerse más; y en vano llamaremos, porque la puerta estará cerrada.
Capítulo 5
1 Porque todo pontífice, tomado de entre los hombres, es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios toca, para que ofrezca presentes y sacrificios por los pecados:
2 Que se pueda compadecer de los ignorantes y extraviados, pues él también está rodeado de flaqueza;
3 Y por causa de ella, como por sí mismo, así también por el pueblo, ofrecer por los pecados.
4 Ni nadie toma para sí la honra, sino el que es llamado de Dios, como Aarón.
5 Así también Cristo no se glorificó a sí mismo haciéndose Pontífice, mas el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy;
6 Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec.
1. Porque todo pontífice, etc. El escritor compara a Cristo con los sacerdotes levitas, y nos enseña cuál es la semejanza y cuál la diferencia entre ambos; y la suma de todo es demostrar en qué consiste realmente el oficio de Cristo, y también probar que todo lo ordenado bajo la ley se hizo por causa de él. De aquí, el Apóstol pasa a explicarnos que finalmente el antiguo sacerdocio quedaba abolido.
Afirma primero que los sacerdotes eran elegidos de entre los hombres; segundo, que oficiaban para todo el pueblo; tercero, que no deberían venir con las manos vacías para apaciguar a Dios, sino llenos de sacrificios; cuarto, que no deberían quedar exentos de las flaquezas humanas, para que pudieran con mejor disposición socorrer a los afligidos; y finalmente, que no deberían envanecerse en el desempeño de su oficio, y que únicamente era legítimo el cargo cuando eran escogidos y aprobados por Dios. Consideraremos brevemente cada uno de estos puntos.
Ante todo, debemos exponer primeramente la ignorancia de aquellos que aplican estas cosas a nuestro tiempo, como si hubiese hoy la misma necesidad de sacerdotes para ofrecer sacrificios; pero no vamos a refutarles ahora. Pues ¿hay algo más evidente que la realidad encontrada en Cristo al comparársele con sus tipos quienes siendo anteriores en tiempo han pasado ya? Esto empero aparecerá más claro en el contexto. ¡Cuán ridículos verdaderamente son aquellos que apoyándose en este pasaje tratan de establecer y sostener el sacrificio de la misa! Pero volvamos a las palabras del Apóstol.
Tomado de entre los hombres, etc. Esto lo dice el Apóstol respecto a los sacerdotes, y de aquí se concluye que era necesario que Cristo fuese verdadero hombre; porque como estábamos tan alejados de Dios, sólo de un modo nos podríamos presentar delante de él: en la persona de nuestro Sacerdote, y tal cosa no podría lograrse, si él no fuese uno de nosotros. De esto se entiende que aunque el Hijo de Dios tenga naturaleza humana, ello no degrada su dignidad, sino que la eleva más para nuestro provecho, porque siendo hombre, es idóneo para reconciliarnos con Dios. Pablo, pues, con el fin de probar que Cristo es Mediador, expresamente lo llama hombre; porque si hubiera sido tomado de entre los ángeles u otros seres, no podríamos ser unidos a Dios por él, ni tampoco él podría acercarse a nosotros.
A favor de los hombres, etc. Esta es la segunda cláusula; el sacerdote no ministraba para sí en lo privado, porque era constituido para el bien común del pueblo. Empero es de provechosa consecuencia fijarnos en esto; para que sepamos que la salvación de todos nosotros está relacionada y gravita en torno al sacerdocio de Cristo. El beneficio es declarado por medio de estas palabras, en lo que a Dios toca. Estas ciertamente pueden explicarse en dos formas, ya que el verbo kathístatai tiene sentido pasivo y activo. Los que lo toman en el sentido pasivo dan esta versión, “es constituido en aquellas cosas,” etc; dejando así que la preposición se sobreentienda. Yo me inclinó más a favor de la otra versión, de que el sumo sacerdote cuida u ordena lo que a Dios toca; pues la construcción es más lógica, y el sentido más completo.1 Con todo, en ambos casos, lo que el Apóstol tenia en perspectiva era lo mismo, es decir, que no podemos tener relación con Dios, a menos que exista un sacerdote; pues siendo pecaminosos, ¿cómo podremos acercarnos a lo que es santo? Estábamos, en una palabra, ajenos a Dios y su servicio hasta que un sacerdote se interpuso y abogó por nuestra causa.
Para que ofrezca presentes y sacrificios, etc. El tercer punto que el autor menciona respecto al sacerdote es el ofrecimiento de presentes. Sin embargo hay aquí dos cosas diferentes, presentes y sacrificios; lo primero incluye diferentes clases de sacrificios, y denota por lo tanto un término general; pero lo segundo indica especialmente los sacrificios de expiación. El significado es que el sacerdote sin el sacrificio no es un pacificador entre Dios y los hombres, porque sin sacrificio no se pueden ex piar los pecados, ni tampoco puede apa ciguarse la ira de Dios. De esto se concluye que siempre que haya reconciliación con Dios, debe necesariamente precederle este presente. Vemos, pues, que los ángeles por ningún motivo son capaces de obtener el favor divino para nos otros, porque no ofrecen sacrificios. Lo mismo debe entenderse respecto a los profetas y apóstoles. Unicamente Cristo, quien después de haber borrado los pecados con su propio sacrificio, es capaz de reconciliarnos con Dios.
2. Que se pueda, etc. El cuarto punto tiene algo de afinidad con el primero, y no obstante puede diferenciarse de él: porque el Apóstol nos enseñó antes, que los hombres pueden unirse a Dios por medio de un hombre, puesto que todos participan de la misma carne y naturaleza; pero ahora se refiere a otro asunto, es decir, que el sacerdote debe ser bondadoso y amable para con los pecadores, por cuanto él participa de sus flaquezas. La palabra que el Apóstol emplea, metriopatheín, es explicada en forma diferente por los exégetas griegos y latinos.2 Sin embargo, pienso que sencillamente significa uno que es capaz de simpatizar. Todo cuanto aquí se dice de los sacerdotes-levitas no se aplica a Cristo, ciertamente; pues nosotros sabemos que él quedó exento de toda contaminación de pecado; por tanto, se diferenciaba de los demás en este punto, puesto que no tuvo necesidad de ofrecer sacrificio por sí mismo. Pero bástenos saber que él llevó nuestras flaquezas, aunque sin pecado ni mancha. Ahora bien, respecto a los antiguos sacerdotes-levitas, el Apóstol dice que estaban sujetos a la flaqueza humana, y que hacían también expiación por sus propios pecados, para que no sólo fuesen bondadosos para con los que se extraviaban, sino para que asimismo se condolieran y simpatizaran con ellos. Esta parte debe ser aplicada a Cristo en grado tal que incluya la excepción que él antes mencionaba, es decir, que llevó nuestras flaquezas y fue sin pecado. Sin embargo, aun cuando no tuviese pecado, esa experiencia de las flaquezas antes descrita, es en sí suficientemente poderosa para inclinarlo a ayudarnos, para hacerlo misericordioso y pronto a perdonar, y para vol verlo solícito con nosotros y con nues tras miserias. En resumen: Cristo es un hermano para con nosotros, no sólo por causa de su carne y naturaleza humana, sino también por haberse hecho participante de nuestras flaquezas, de modo que actúa, como si estuviera moldeado para ser indulgente y generoso. La partícula dunámenos es muy enérgica en griego, “que puede”, porque expresa idoneidad o aptitud. Los ignorantes, y los que están fuera del camino, o extraviados, así los ha designado, en vez de llamarlos pecadores, de acuerdo con el lenguaje hebreo; porque shegagué significa toda clase de error o falta, como veremos más adelante.
4. Nadie, etc. Hay que notar en este versículo, en parte una semejanza y en parte una diferencia. Lo que hace válido un oficio es la vocación, de modo que nadie puede ejecutarlo correcta y ordenadamente sin haber sido llamado antes por Dios. Cristo y Aarón tuvieron esto en común. Dios los llamó a ambos; empero, ambos se diferenciaban en esto, que Cristo triunfó por un camino nuevo y diferente y fue hecho sacerdote perpetuamente. De aquí deducimos que el sacerdocio de Aarón fue temporal. Entendemos ahora que el objeto del Apóstol era defender el derecho del sacerdocio de Cristo; y esto lo hizo demostrando que Dios fue su autor. Pero eso no hubiera sido suficiente, a menos que demostrara la cancelación del antiguo sacerdocio con el fin de dar lugar al nuevo. Y esto el autor lo prueba dirigiendo nuestra atención a las condiciones en que Aarón fue designado, porque no deben extenderse más allá de lo que Dios decreta; y él pronto manifestará cuánto tiempo ha determinado Dios para que continúe. Entonces, Cristo es sacerdote legitimamente, porque fue designado por la autoridad divina. ¿Qué tendrá que decirse de Aarón y sus sucesores? Que ellos tuvieron tanto derecho como Dios les concedió pero no tanto como los hombres, de acuerdo con su propia imaginación, le conceden.
Pero aunque esto se haya dicho únicamente en relación con lo aquí tratado podemos sacar de ello una verdad general: que ninguna forma de gobierno habrá de establecerse en la Iglesia por voluntad humana, sino por orden divina, y también, que, debemos observar ciertas reglas al elegir a los ministros, para que nadie se entrometa de acuerdo con su propio capricho. Ambas cosas deben acatarse de manera distinta: pues el Apóstol habla aquí no sólo de personas, sino también del oficio sacerdotal; más aun, él niega que el cargo que los hombres designen sin la orden de Dios sea lícito y divino. Pues ya que únicamente pertenece a Dios el gobernar a su Iglesia, él reclama este derecho como suyo, es decir, el prescribir la forma y manera de administrar. De esto se deduce indiscutiblemente que el sacerdocio papal es espúreo; porque ha sido creado por los hombres. Dios en ninguna parte ordena que se le ofrezca ahora un sacrificio para expiar los pecados y en ninguna parte manda que los sacerdotes sean designados para tal fin. Así, pues, mientras que el papa ordena a sus sacerdotes para que ofrezcan sacrificios, el Apóstol niega que hayan de considerarse como sacerdotes legítimos. Y en ninguna forma pueden serlo, a menos que por algún nuevo privilegio se sobrepongan a Cristo, pues él, por sí mismo, no se atrevió a tomar este honor, sino que esperó el mandamiento del Padre.
Esto también débe aplicarse a los individuos, para que nadie de por sí, asuma este honor sin la autoridad pública. Hablo ahora de oficios divinamente señalados. Al mismo tiempo pudiera ser que algunas veces, alguien no llamado por Dios, tuviera que ser tolerado, no obstante lo poco que pudiera ser aprobado, a condición de que el oficio en sí sea divino y aprobado por Dios; pues muchos entran lenta y cautelosamente movidos por la ambición o motivos malvados, de cuyo llamamiento no hay pruebas; y sin embargo no han de ser rechazados inmediatamente, hasta que se pueda hacer por decisión pública en la Iglesia. Porque durante doscientos años antes de la venida de Cristo, prevalecieron las más detestables corrupciones con respecto al sacerdocio, y no obstante el derecho de honor, que provenía del llamamiento divino, continuaba aún respecto al cargo en sí; y los mismos hombres eran tolerados, porque la libertad de la Iglesia estaba trastornada. De esto se sigue que el mayor defecto está en el carácter del oficio en sí, es decir, cuando los hombres mismos inventan lo que Dios jamás ha ordenado. Los menos soportables, pues, son esos sacerdotes romanistas, que hablan demasiado de sus inventados títulos, para que les consideren como sagrados, si bien ellos mismos los han escogido sin autorización alguna de Dios.
5. Tú eres mi Hijo, etc. Este pasaje puede parecer muy forzado; pues aunque Cristo fue engendrado de Dios Padre, no fue hecho al mismo tiempo sacerdote. Mas si consideramos el fin para el cual Cristo vino al mundo, aparecerá claramente que este carácter pertenece necesariamente a él. Sin embargo debemos tener en cuenta, especialmente lo que dijimos en el capítulo primero, que el engendramiento de Cristo, del cual habla el autor de los Salmos, fue un testimonio que el Padre le tributó delante de los hombres. Por lo tanto, la relación mutua entre el Padre y el Hijo no es lo que aquí se trata; sino más bien la consideración a los hombres a quienes él fue manifestado. Ahora bien, ¿qué clase de Hijo nos manifestó Dios? ¿Uno despojado de honor y de poder? De ninguna manera, sino uno que iba a ser Mediador entre él y los hombres; su engendramiento pues incluyó su sacerdocio.3
6. Como también dice en otro lugar, etc. Aquí se expresa más claramente lo que el Apóstol pretendió. Este es un pasaje extraordinario, y ciertamente lo es todo el Salmo de donde fue tomado; pues difícilmente habrá en alguna otra parte una profecía más clara respecto al sacerdocio eterno de Cristo y su Reino. Y sin embargo, los judíos tratan por todos los medios de evitarlo, con el fin de obscurecer la gloria de Cristo; mas no triunfarán. Ellos lo aplican a David, como si fuese la persona a quien Dios convidaba a sentarse a su diestra; pero este es un ejemplo de extre ma ignorancia; pues sabemos que no era lícito a los reyes ejercer el sacerdocio. Por esta causa, Uzzías, por el solo crimen de inmiscuirse en un oficio que no le pertenecía, provocó a Dios en tal forma que fue herido con lepra (2 Crónicas 26:18). Por lo tanto, es seguro que ni David ni a ningún otro rey se alude aquí.
Que ellos presentan esta objeción y alegan que algunas veces los príncipes son llamados cohanim, sacerdotes, lo concedo ciertamente, mas niego que la palabra pueda entenderse aquí en esa forma. Pues la comparación que se hace aquí no deja lugar a duda: Melquisedec era el sacerdote de Dios; y el autor de los Salmos da testimonio de que el rey a quien Dios ha hecho sentar a su diestra sería un cohen, según el orden de Melquisedec. ¿Quién no se da cuenta de que esto es lo que debe entenderse respecto al sacerdocio? Pues siendo cosa rara y singular que la misma persona fuese a un tiempo sacerdote y rey, (al menos era algo insólito entre el pueblo de Israel) él sin embargo proclama a Melquisedec como el tipo del Mesías, y tal cosa es como si dijera: “La dignidad real no impedirá que éste ejerza también el sacerdocio, porque un ejemplo semejante ya se presentó en Melquisedec.” Y ciertamente todos los judíos poseídos de alguna modestia han concedido que el Mesíes es la persona aludida aquí, y que su sacerdocio es lo que se recomienda.
Lo que en griego es katá taxsin, se gún el orden, en hebreo es al-dibratí, y significa lo mismo; puede traducirse, “según la forma” o manera: y con ello se confirma lo que ya expresé, que como era algo insólito entre el pueblo de Dios que la misma persona asumiera el oficio de rey y sacerdote, se citó un antiguo ejemplo, por el cual se representó al Mesías. Lo demás, el Apóstol lo declarará detalladamente en lo que sigue.
7 El cual en los dias de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverencial miedo.
8 Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;
9 Y consumado, vino a ser causa de eterna salud a todos los que le obedecen;
10 Nombrado de Dios pontífice según el orden de Melquisedec.
11 Del cual tenemos mucho que decir, y dificultoso de declarar, por cuanto sois flacos para oír.
7. El cual en los días, etc. Como la forma y belleza de Cristo queda especialmente desfigurada por la cruz, y en tanto que los hombres no entiendan el propósito para el cual se humilló, el Apóstol de nuevo nos enseña que su admirable benignidad resplandece especialmente en esto: que él por nuestro bien se sujetó a nuestras flaquezas. De esto deducimos que nuestra fe es así confirmada, y que su honor no decrece por haber llevado nuestros males.
El señala dos razones por las cuales Cristo tuvo que sufrir: una inmediata y la otra, final. La inmediata fue, para que él pudiese aprender obediencia; y la final: para que él pudiese así ser consagrado Sacerdote para nuestra salvación.
Los días de su carne, sin duda significan su vida en este mundo. De aquí inferimos que la palabra carne no significa lo que es material, sino una condición tal como se declara en 1 Cor. 15:50, “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios.” Disparatan, pues, aquellos fanáticos que sueñan que Cristo está ahora despojado de su carne, porque aquí se insinúa que él ha so brevivido a los días de su carne: pues una cosa es ser verdadero hombre, aunque dotado de una bendita inmortalidad; y otra cosa es estar sujeto a los dolo res y flaquezas humanas que Cristo aguantó mientras estuvo en este mundo, pero que ahora ha dejado, después de haber sido recibido en el cielo.
Pero volvamos a nuestro tema. Cristo siendo el Hijo, procuró obtener ayuda de su Padre y fue escuchado, y a pesar de eso sufrió la muerte, para que así fuese enseñado a obedecer. Hay una extraordinaria importancia en cada palabra; por los días de su carne el autor insinúa que el tiempo de nuestras miserias es limitado, lo cual es consolador. Y sin duda nuestra situación sería difícil y de ningún modo tolerable, si el fin del sufrimiento no se nos prometiera. Las tres cosas que siguen también nos proporcionan mucha consolación; Cristo fue Hijo, a quien su propia dignidad apartó de la suerte común de los hombres, y sin embargo se sometió voluntariamente a dicha suerte por amor a nosotros: más ahora ¿quién de nosotros se atreverá a rehusar la misma condición? Puede añadirse otro argumento más: aunque seamos oprimidos por la adversidad, no se nos excluye del número de los hijos de Dios, puesto que vemos que delante de noso tros va Aquel que por naturaleza es su único Hijo; pues el que seamos contados entre sus hijos se debe únicamente a la adopción por la cual él nos admite en su unión, y a quién solo le pertenece este honor por derecho propio.
Ofreciendo ruegos y súplicas, etc. La segunda cosa que el autor menciona respecto a Cristo es, que él por haberle convenido, buscó un remedio para librarse de males; y esto lo expresó para que nadie pensase que Cristo tenía un corazón de hierro sin sentimiento; pues siempre debemos considerar por qué se dice una cosa. Si Cristo no hubiera sido probado por el dolor, ninguna consolación nos vendría de sus sufrimientos; mas cuando sabemos que él también sobrellevó las agonías mentales más crueles, entonces la semejanza se hace más real. Cristo, nos dice el Apóstol, no so portó la muerte y los otros males, porque no las sintiera, o porque no fuera oprimido por un sentimiento de angustia; no, pues oraba con lágrimas, manifestando así la extrema angustia de su alma.4 Entonces con gran dolor y lágrimas el Apóstol quizo expresar la intensidad de su quebranto, porque es costumbre demostrarlo por medio de síntomas externos; tampoco dudo que él se refiera a esa oración que los Evangelistas mencionan, “Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz,” (Mateo 26:42; y también a esta otra, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46). Porque en el segundo caso los Evangelistas hacen mención del gran clamor; y en el primero, no es posible aceptar que sus ojos quedaran secos, ya que gruesas gotas de sangre, a causa del quebrantamiento excesivo, salían de su cuerpo. Es cierto verdaderamente que él pasó por pruebas durísimas; y siendo quebrantado con verdaderos dolores, de veras oraba a su Padre para que le ayudase.5
¿Y qué aplicación se puede hacer de todo esto? Héla aquí: siempre que nuestros males nos opriman y agobien, debemos recordar al Hijo de Dios que soportó las mismas fatigas; y puesto que él nos ha dejado el ejemplo, no hay razón para que desmayemos. A un tiempo se nos recuerda que la liberación de nuestros males no puede venir de nadie más que de Dios, ¿y qué mejor guía podremos encontrar para la oración que el propio ejemplo de Cristo? El recurrió inmediatamente al Padre. Y en esta forma el Apóstol nos indica lo que debemos hacer cuando afirma que él suplicó a Aquel que podía librarlo de la muerte; pues por estas palabras el autor insinúa que Cristo oró como debía, porque se refugió en Dios, el único libertador. Sus lágrimas y súplicas nos recomiendan fervor y sinceridad en la oración, pues no debemos orar a Dios por puro formulismo sino con ardor espiritual.
Fue oído, etc. Algunos traducen las siguientes palabras: “por su reverencia” o temor, pero yo difiero de ellos en absoluto. En primer lugar el autor pone la palabra eulabeías sola, sin el posesivo “su;” y luego viene la preposición apó “desde,” no hupér, “por causa de,” o cualquiera otra causal. Entonces, como eulabeía significa principalmente temor o ansiedad, no dudo que el Apóstol quiere decir que Cristo fue oído en aquello que él temía, de modo que no fue vencido por sus males ni tragado por la muerte. Pues el Hijo de Dios tuvo que comprometerse a esa lucha, no porque fuese probado por incredulidad, el origen de todos nuestros temores, sino porque soportaba como hombre, en nuestra carne, el juicio de Dios, cuyo terror no podía ser vencido sin un supremo esfuerzo. Crisóstomo lo interpreta como la dignidad de Cristo, la cual el Padre reverenciaba en cierta forma; empero esto no puede admitirse. Otros lo traducen “piedad.” Mas la explicación que yo dí es mucho más adecuada, y no requiere muchos argumentos en su favor.6
Ahora bien, el Apóstol añadió esta tercera particularidad, para que no pen sáramos que las oraciones de Cristo fueron rechazadas, pues él no se libertó inmediatamente de sus males; pero a ninguna hora le faltó la misericordia y el auxilio divino. Y de esto podemos deducir que Dios frecuentemente oye nuestras oraciones, aun cuando tal cosa no parezca. Pues aunque no nos corresponde indicarle a él algo así como una norma fija, tampoco es propio de Dios conceder cualquier petición que podamos hacerle mentalmente o expresarla con nuestros labios, y sin embargo, él demuestra que accede a nuestras oraciones en todo lo necesario para nuestra salvación. Así que, aun cuando aparentemente nos veamos rechazados, obtenemos mucho más de lo que obtendríamos si él accediera plenamente a nuestras peticiones.
¿Cómo, pues, fue escuchado Cristo en aquello que temía siendo que arrostró aquella terrible muerte que le espantaba? A esto respondo, que debemos considerar aquello que él temía; pues ¿por qué otra razón le espantaba la muerte, sino porque veía en ella la maldición de Dios desatándose contra todas las iniquidades y culpas y contra el mismo infierno? He aquí la causa de su temor y ansiedad; porque el juicio divino es terrible sobremanera. Entonces Cristo obtuvo lo que pedía: cuando venció los dolores de la muerte, fue sostenido por la mano salvadora del Padre y cuando después de un breve conflicto ganó una gloriosa victoria sobre Satanás, el pecado y el infierno. Así que siempre que pedimos esto o aquello, pero no para un fin bueno; Dios, sin embargo, al no concedernos lo que pedimos indica al mismo tiempo otra manera de socorrernos.
8. Aprendió obediencia, etc. El fin inmediato de los sufrimientos de Cristo era habituarse a la obediencia; y no es que haya sido empujado a ello por la fuerza, o que tuviese necesidad de ser ejercitado en esta forma, como en el caso de los bueyes o caballos cuando hay que domeñar su ferocidad, toda vez que él estaba dispuesto a rendir a su Padre la obediencia debida; mas todo esto fue realizado en relación con el provecho nuestro, para que pudiera presentar ante nosotros un ejemplo de docilidad hasta la misma muerte. Al mismo tiempo puede verdaderamente decirse que Cristo, por su muerte, aprendió perfectamente la obediencia a Dios, ya que él fue movido de manera especial a negarse a sí mismo; porque al renunciar a su propia voluntad, se entregó de tal modo a su Padre, que espontánea y voluntariamente sufrió la muerte, la cual temía sobremanera. Entonces la suma de todo es que Cristo, mediante sus sufrimientos, nos enseñó hasta dónde debemos someternos a Dios y obedecerlo.
Es justo, pues, que por su ejemplo seamos enseñados y preparados mediante toda clase de sufrimientos y finalmente por la muerte misma, a prestar obediencia a Dios; por otra parte, esto se hace todavía más necesario en el caso nuestro, porque tenemos una disposición rebelde e ingobernable hasta que el Señor nos amanse y humille con tales ejercicios para que llevemos su yugo. Este beneficio que proviene de la cruz debe penetrar sin amargura a nuestros corazones; porque, ¿qué otra cosa puede ser más deseable que el ser hechos obedientes a Dios? Pero esto no puede efectuarse sino únicamente por la cruz; porque en la prosperidad nos olvidamos de todo alegremente; más aun, en la mayoría de los casos cuando nos quitan el yugo, el desenfreno de la carne brota en demasía. Mas cuando nuestra voluntad es frenada, y cuando procuramos agradar a Dios en todo, nuestra obediencia se hace todavía más evidente; además, es una prueba de perfecta obediencia si preferimos la muerte, a la cual Dios puede llamarnos aunque la temamos, en vez de la vida, que por natural inclinación preferimos.
9. Y consumado o santificado, etc. He aquí el fín último o más remoto, como se afirma; porque si fue necesario que Cristo sufriese, lo fue para que así pudiera ser iniciado en su sacerdocio, como si el Apóstol afirmara que el sufrimiento de la cruz y la muerte eran para Cristo una especie de solemne consagración, por la cual él indica que totodos sus sufrimientos tenían relación con nuestra salvación. De aquí se deduce, que éstos están muy lejos de menoscabar su dignidad y son, por lo contrario, para su gloria; pues si la salvación es tan grandemente estimada por nosotros, ¿cuánto más debemos estimar su causa o autor? Porque el Apóstol habla aquí de Cristo, no sólo como un ejemplo, sino como algo más elevado, diciéndonos que él, por su obediencia, ha borrado nuestras transgresiones. El llegó a ser pues la causa de salvación, porque obtuvo justicia para nosotros delante de Dios, habiendo quitado la desobediencia de Adán por un acto opuesto, que es la obediencia.
Santificado, se acomoda al pasaje mejor que “consumado.” El vocablo griego teleiotheís significa ambas cosas; mas como habla aquí del sacerdocio, menciona la santificación en forma apropiada y conveniente. Y así también, Cristo mismo habla en otro lugar, “Yo por ellos me santifico a mí mismo” (Juan 17:19). De aquí se infiere que esto ha de ser aplicado justamente a su naturaleza humana, en la cual Cristo ejecutó el oficio de sacerdote, y en la cual también sufrió.7
A todos los que le obedecen. Si deseamos pues que la obediencia de Cristo nos sea provechosa, debemos imitarlo; porque el Apóstol afirma que su provecho no será útil sino para aquellos que obedecen. Aunque al afirmarlo, nos recomienda la fe; porque Cristo no se hace nuestro, ni tampoco sus bendiciones, excepto en el grado que las recibamos, lo mismo que a él, por la fe. Asimismo parece haber adoptado un término universal, todos, con el fin de demostrar que todo el que sea dócil y obediente al evangelio de Cristo no quedará excluido de la salvación.
10. Nombrado de Dios, o llamado de Dios, etc. Como se hacía necesario que el autor continuara la comparación entre Cristo y Melquisedec por haber disertado sobre ella sólo brevemente, ahora la prosigue, y para incitar la mente de los judíos a mayor atención, introduce una digresión pero sin abandonar el argumento.
11. Por tanto, agrega un prefacio expresando que tenía mucho que decir; pero ellos tenían que prepararse para que no lo dijera en vano. El les recuerda que lo que iba a decir era dificultoso o difícil; ciertamente no para hacerlos a un lado, sino para que pusieran mayor atención. Pues así como las cosas que entendemos fácilmente nos interesa mucho el escucharlas, así también nos inclinamos a oír con mayor atención cuando se nos propone algo di fícil. El afirma, no obstante, que el origen de lo difícil no se encontraba en el tema sino en ellos mismos. Y ciertamente el Señor nos habla tan claro y sin ambigüedades, que su palabra es llamada con acierto, luz; pero su claridad se opaca por nuestras tinieblas.8 Esto en parte acontece por nuestra ofuscación, y en parte por causa de nuestra indiferencia; pues aunque somos muy poco aptos para entender la verdad de Dios, todavía hay que añadir a ello la depravación de nuestros afectos, toda vez que aplicamos nuestra mente más bien a la vanidad que a la verdad divina. Además, somos continuamente estorbados por nuestra perversidad, por los cuidados del mundo, o por las lujurias de la carne. Del cual no se refiere a Cristo sino a Melquisedec; sin embargo, no se refiere a él en lo particular como individuo, sino como al tipo de Cristo y en cierta forma personificándolo.
12 Porque debiendo ser ya maestros a causa del tiempo, tenéis necesidad de volver a ser enseñados cuáles sean los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tengáis necesidad de la leche, y no de manjar sólido.
13 Que cualquiera que participa de la leche, es inhábil para la palabra de la justicia, porque es niño;
14 Mas la vianda firme es para los perfectos, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.
12. Porque debiendo ser, etc. Este reproche contiene en sí aguijones muy punzantes para despertar a los judíos de su abandono. El autor afirma que era desrazonable y vergonzoso que ellos continuaran todavía en lo elemental y rudimentario del conocimiento, cuando deberían ya ser maestros. “Vosotros,” dice, “ya debiérais ser instructores de otros, pero todavía no sois ni aun discípulos capaces de entender una verdad común y corriente; pues no comprendéis todavia los primeros rudimentos del cristianismo.” Sin embargo, para hacerlos sentir más avergonzados de sí mismos, el Apóstol menciona los “primeros elementos de la palabra de Dios, como si dijese: “No conocéis todavía el alfabeto.” Ciertamente nosotros debemos aprender por la experiencia; pues solo es sabio aquel que reconoce que está muy lejos de un conocimiento perfecto. Pero debemos progresar en tal forma que no sea en vano lo que estudiemos, para no quedarnos siempre en los rudimentos. Ni hemos de actuar en forma como para que lo expresado por Isaías se refiera a nosotros: “Porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, etc.” (Isaías 28:10); por el contrario, hemos de esforzarnos para que nuestro progreso corresponda al tiempo que nos es concedido.
Indudablemente, no sólo los años, sino también los días deben calcularse; a fin de que todos nos esforcemos en progresar; pero son pocos los que se retan a sí mismos a hacer un balance del tiempo pasado, o que demuestren algún interés por el futuro. Por lo tanto, somos justamente castigados por nuestra negligencia, porque la mayoría de nosotros permanece en los elementos que son apropiados sólo para niños. Se nos recuerda asimismo, que es deber de cada uno impartir a sus hermanos el conocimiento que tenga; y que nadie retenga para sí lo que sabe, sino que lo comunique a los demás para edificación.9
Que tengáis necesidad de leche. Pablo emplea la misma metáfora en 1 Cor. 3:1; y reprocha a los corintios el cometer la misma falta que se menciona aquí, o por lo menos una muy semejante; pues dice, que eran carnales y no podían tolerar el alimento sólido. Por leche, entonces, ha de entenderse una doctrina elemental apropiada para los ignorantes. Pedro toma la palabra en otro sentido, cuando nos convida a desear la leche que es sin engaño (1 Ped. 2:2); porque hay dos clases de niñez: una respecto a la malicia y la otra respecto al entendimiento; y así Pablo nos dice también, “No seáis niños en el sentido, sino sed niños en la malicia” (1 Cor. 14:20). Entonces, los que son demasiado débiles y no pueden en manera alguna recibir la doctrina más elevada, son llamados “niños,” a manera de reproche.
Porque la correcta aplicación de las doctrinas es para hacernos más fuertes y que así podamos crecer hasta llegar a la perfecta madurez como hombres, y que no seamos como niños, fluctuantes y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina (Efes. 4:14). Por otra parte, debemos tambien demostrar eierta indulgencia para los que todavía no saben mucho de Cristo, si es que aún no son capaces de recibir alimento sólido; pero el que ha tenido tiempo de crecer, si todavía sigue viviendo como niño, no tiene excusa. Vemos también claramente que Isaías estigmatiza a los réprobos de este modo: que eran como niños recién destetados (Isaías 28:9). La doctrina de Cristo verdaderamente proporciona leche para los bebés, así como también carne fuerte para los adultos; pero el niño es alimentado con la leche de su nodriza, mas no para que dependa siempre de ella, sino para que pueda crecer paulatinamente y tomar alimento más fuerte; así también nosotros, al principio, debemos tomar la le che de las Escrituras, para que más tarde nos alimentemos con pan. No obstante, el Apóstol distingue en tal forma entre leche y alimento sólido, que no niega que exista aún sana doctrina en ambos; mas los ignorantes empiezan con lo primero, y los adelantados se for talecen con lo último.
13. Cualquiera que participa de la leche, o que acostumbra a beber leche, etc. Esto se relaciona con aquellos que por delicadeza o debilidad rechazan la doctrina sólida; pues de otra manera aquel que ya se ha desarrollado no tiene aversión por o hacia la leche. Pero reprueba una infancia de entendimiento, tal como la que obliga a Dios a balbucear con nosotros. Entonces agrega que los bebés no están capacitados para recibir la palabra de justicia, entendiéndose por justicia, perfección, de la cual hablará poco después.10 Porque el Apóstol no se refiere aquí, según pienso, al problema de cómo somos justificados delante de Dios, sino que toma la palabra en un sentido más simple, entendiendo esa entereza de conocimiento que conduce a la perfección, cuyo ministerio Pablo atribuye al evangelio, en su Epístola a los Colosenses 1:28. Es como si dijera, que esos que no se preocupan por aprender se excluyen a sí mismos de un verdadero conocimiento de Cristo, y que la doctrina del evangelio se hace infructuosa, porque jamás alcanzan la meta, ni siquiera se acercan a ella.
14. Para los perfectos, o de edad ma dura, etc. El escritor llama perfectos a los que son adultos; y los menciona en oposición a los bebés, tal como lo hace en 1 Cor. 2:6; 14:20; y Efes. 4:13. Porque la edad madura y la viril es la edad perfecta de la vida humana; mas él la llama así mediante una figura aplicándola a los que son espirituales en Cristo. Y de esta categoría quisiera él que fuesen todos los cristianos, es decir, de los que ya han alcanzado por la continua práctica el hábito de discernir entre el bien y el mal. De otro modo no podremos ser enseñados rectamente en el camino de la verdad, a menos que seamos fortalecidos por su protección contra todas las falsedades y engaños de Satanás; pues por esta razón se llama la espada del Espíritu. Y Pablo señala que este beneficio proviene de la sana doctrina, porque él nos pide, “Que no seamos llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efes. 4:14). Y ciertamente, ¿qué clase de fe es aquella que duda y que vacila entre la verdad y el error? ¿Qué no corre el peligro de quedar reducida a nada en cualquier momento?
Mas no satisfecha con mencionar sólo el entendimiento o mente, menciona todos los sentidos, con objeto de demostrarnos que siempre debemos luchar por estar bien preparados con la palabra de Dios, y quedando así bien armados para la batalla, Satanás no podrá nunca sorprendernos con sus engaños.11
De aquí se hace evidente la clase de cristianismo que existe dentro del papado, donde no sólo impera la ignorancia más crasa bajo el nombre de sencillez, sino donde también se impide al pueblo buscar el verdadero conocimiento; pues es muy fácil saber qué clase de espiritu domina en ellos, ya que a duras penas permiten hablar de aquello que el Apóstol nos manda utilizar continuamente, y piensan también que cualquier descuido puede ser hasta loable siendo que aquí lo reprueba severamente el Apóstol. Además ellos arrebatan al pueblo la palabra de Dios, única norma de doctrina y práctica para poder discernir correctamente, y cuyo discernimiento declara el Apóstol ser necesario para todos los cristianos. Por otra parte, entre los que han sido libertados de tan diabólica prohibición y disfrutan de la libertad de enseñanza, hay, sin embargo, no poca indiferencia por escuchar y leer la palabra de Dios. Cuando en tal forma nos ejercitamos, somos estúpidamente ignorantes y estamos desprovistos de todo discernimiento.
Capítulo 6
1 Por tanto, dejando la palabra del comienzo en la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios.
2 De la doctrina de bautismos, y de la imposición de manos, y de la resurrección de los muertos, y del juicio eterno.
1. Por tanto, dejando, etc. A su reproche el autor agrega esta exhortación, para que dejando los principios rudimentarios de la doctrina, ellos siguieran adelante hacia la meta. Por la palabra del comienzo da a entender los primeros rudimentos enseñados a los ignorantes cuando fueron recibidos en la Iglesia. Ahora les recomienda abandonar dichos rudimentos; no porque los fieles hayan de abandonarlos; sino para que no permanezcan estancados en ellos; y esta idea aparece más clara con lo que sigue, o sea con la comparación de un fundamento; porque al edificar una casa jamás debemos omitir los cimientos; y sin embargo, ocuparse siempre en colocarlos sería ridículo. Porque como el fundamento se coloca en razón de lo que sobre ello se va a construir, aquel que se ocupa de ponerlo sin tener en cuenta la parte superior de la construcción, se fatiga en una labor insensata e inútil. En resumen, así como el constructor debe comenzar por los cimientos, en la misma forma debe proseguir con su obra hasta que la casa esté construida. El caso es semejante por lo que respecta al cristianismo; tenemos los principios rudimentarios como fundamento, mas a éste debe seguir inmediatamete la más elevada doctrina que ha de completar el edificio. Por lo tanto, los que permanecen en los primeros rudimentos actúan de la manera más irrazonable, porque no se proponen ningún fin, como si el constructor pusiera todo su esfuerzo en el fundamento, y descuidara la construcción de la casa. De modo que el Apóstol desea que nuestra fe esté fundada al principio en relación con su crecimiento hasta que por el continuo progreso finalmente quede completa.1
Del arrepentimiento de obras muertas, etc. El escritor se refiere a un catecismo empleado comúnmente. De aquí se puede inferir la probable conjetura de que esta Epístola fue escrita, no inmediatamente después de haberse escrito el evangelio, sino cuando ya tenían una cierta enseñanza establecida en las iglesias; tal como esta, de que el catecúmeno hiciera una profesión de fe antes de ser admitido en el bautismo. Y había tal vez ciertos puntos elementales sobre los cuales el pastor interrogaba al catecúmeno, tal como aparece en los diferentes testimonios de los Padres; es decir un examen que se basaba especialmente en el Credo de los Apóstoles. Esta era, como si dijéramos, la primera entrada a la Iglesia para los que eran adultos y se querían enlistar bajo el estandarte de Cristo, ya que antes se encontraban alejados de la fe. Esta costumbre la menciona el Apóstol, porque se fijaba un breve plazo a los catecúmenos, durante el cual recibían la instrucción religiosa y doctrinal; tal como el maestro enseña a sus niños el alfabeto, para que después los pudiera instruir en las cosas más avanzadas.
Pero examinemos lo que dice. El menciona el arrepentimiento y la fe, que incluyen el fundamento del evangelio, ¿pues qué otra cosa ordena Cristo a sus Apóstoles predicar sino el arrepentimiento y la fe? Por eso cuando Pablo trataba de demostrar que había cumplido con su deber, se refería a su solicitud y asiduidad en enseñar estas cosas. Parece, pues, irrazonable que el Apóstol pidiera el dejar el arrepentimiento y la fe, cuando deberíamos progresar en ambas cosas durante todo el curso de nuestra vida. Mas cuando él agrega, de obras muertas, insinúa que se refiere al primer arrepentimiento; pues aunque todo pecado es una obra de muerte, ya sea que conduzca a ella o que provenga de la muerte espiritual; sin embargo los fieles, ya nacidos de nuevo por el Espíritu de Dios, no pueden decirse propiamente que se arrepientan de las obras de muerte. La regeneración ciertamente no se hace perfecta en ellos; mas a causa de la simiente de la nueva vida que está en ellos, por pequeña que sea, puede decirse de ellos. que no están muertos delante de Dios. El Apóstol, pues, no incluye en lo absoluto el arrepentimiento en su esencia, el cual debemos practicar continuamente hasta el fin; mas se refiere únicamente al comienzo del arrepentimiento, en aquellos que recientemente y por vez primera se habían consagrado a la fe, comenzando una nueva vida. Así también la palabra fe, significa ese breve sumario de doctrina piadosa, comúnmente llamado Artículos de Fe.
A éstos se añaden, la resurrección de los muertos, y el juicio eterno. Estos son algunos de los más excelsos misterios de la sabiduría celestial, más aun, son el fin verdadero de nuestra religión, que debemos tener presente durante todo el curso de nuestra vida. Mas como la misma verdad se enseña de un modo a los ignorantes, y de otro a los que han logrado ya cierto adelanto, el Apóstol parece referirse aquí a la forma común de interrogar: “¿Crees tú en la resurrección de los muertos? ¿Crees tú en la vida eterna?” Estas cosas eran infantiles; por lo tanto, el volver a ellas nuevamente no era sino un retroceso.
2. De la doctrina de bautismos, etc. Algunos entienden separadamente las palabras “de bautismo y doctrina;” pero yo prefiero relacionarlas, aunque las explique en forma diferente; pues considero que las palabras están en aposición, como dicen los gramáticos, de acuerdo con la siguiente forma, “No echando otra vez el fundamento del arrepentimiento, de la fe en Dios, de la resurrección de los muertos, que es la doctrina de bautismos y de la imposición de manos.” Por lo tanto si estas dos cláusulas, la doctrina de bautismos y la imposición de manos, fueran incluidas en un paréntesis, el pasaje sería más claro; pues a menos que las leamos en aposición, cabría el absurdo de una redundancia, ¿Pues qué cosa es la doctrina de bautismos que el menciona aquí y la fe en Dios, y el arrepentimiento, y el juicio etcétera?
Crisóstomo opina que el autor emplea el vocablo “bautismos” en plural, porque los que se volvían a los rudimentos, suprimían su primer bautismo hasta cierto punto: pero yo no estoy de acuerdo con él, porque la doctrina no se refiere a muchos bautismos; entonces, bautismos significan aquí ritos solemnes, o los días establecidos para bautizar.
Con el bautismo el autor relaciona la imposición de manos; porque como había dos clases de catecúmenos así también dos clases de ritos. Había dos clases de catecúmenos, así también dos clases de ritos. Había paganos que no venían al bautismo hasta no hacer profesión de fe. Entonces, respecto a éstos. se acostumbraba que la catequización precedía al bautismo.2 Empero los niños de los fieles, como eran adoptados desde su nacimiento, y pertenecían al cuerpo de la Iglesia por derecho de promesa, eran bautizados en la infancia;3 mas después de esto y habiendo sido instruidos en la fe, se presentaban como catecúmenos, cosa que tenía lugar después del bautismo; a éste se añadía otro símbolo, la imposición de manos.
Este solo pasaje prueba evidentemente que tal rito tuvo su principio con los Apostoles, pero subsecuentemente se convirtió en superstición, toda vez que el mundo casi siempre degenera en corrupción, aun tratándose de las mejores instituciones. Los hombres ciertamente han inventado un embuste, convirtiendo un sacramento, por el cual se confiere el espíritu de regeneración, en un dogma, con el cual han mutilado el bautismo; porque lo que era peculiar de él, lo transfirieron a la imposición de manos. Entendamos pues, que éste fue instituido por sus primitivos fundadores, con el fin de que fuese un rito señalado para oración, como Agustín lo llama. La profesión de fe que los jóvenes hacían, transcurrido el período de la ninez, ellos ciertamente trataron de confirmarla por este símbolo, pero no hicieron más que destruir la eficacia del bautismo. Por lo tanto, la institución pura debe retenerse en la actualidad, y la superstición debe desaparecer. Este pasaje tiende a confirmar el bautismo de los niños; pues ¿por qué la misma doctrina ha de llamarse bautismo’, para unos, y para los otros imposicion de manos, excepto que en los últimos días, después de haber recibido el bautismo eran enseñados en la fe para que nada les faltase salvo la imposición de manos?
3 Y esto haremos a la veradad, si Dios lo permitiere.
4 Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron el don celestial, y fueron hechos participes del Espíritu Santo,
5 Y asimismo gustaron la buena palabra de Dios, y las virtudes del siglo venidero,
6 Y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, exponiéndole al vituperio.
3. Y esto haremos, etc. Ahora sigue una espantosa denuncia; pero el Apóstol así clamaba contra los judíos para que éstos no se abandonaran a si mismos y se burlaran del favor de Dios; como si hubiera dicho: “En este caso no debe haber ninguna demora; porque no siempre habrá oportunidad para progresar; no está dentro de la posibilidad del hombre correr cuando quiere, o cuando le plazca, ya sea desde el punto de partida o hasta la meta; porque el progreso en nuestra carrera es un don especial de Dios.”
4. Porque es imposible, etc. Este pasaje ha dado ocasión a muchos para que repudien esta Epístola, ya que los novacianos se basaron en ella para negar perdón a los caídos. De aquí que, los de la Iglesia Occidental especialmente, rechazaran la autoridad de dicha Epístola, pues la secta de Novato les molestaba; y ellos no estaban lo bastante compenetrados de la verdad como para refutarla mediante argumentos. Pero cuando se entiende el objeto del Apóstol, aparece evidente que nada hay en ella que apoye tan delirante error. Algunos de los que aceptan la autoridad canónica de esta carta, por una parte procuran disipar este absurdo, y por otra nada hacen para evitarlo. Pues muchos entienden imposible en el sentido de raro o dificultoso, lo cual difiere completamente de su significado. Otros lo limitan a ese arrepentimiento por el cual se acostumbraba preparar a los catecúmenos en la Iglesia primitiva para el bautismo; tal como los apóstoles prescribían también el ayuno y otras cosas para el bautizado. Entonces, ¿qué gran cosa pudo haber dicho el Apóstol al negar que el arrepentimiento, complemento en cierto sentido del bautismo, podía repetirse? El amenazó con la más severa venganza divina a los que despreciaban la gracia recibida; ¿qué peso pues hubiera tenido la amenaza para hacer estremecer de terror a los salvos y poco firmes, si solamente les recordaba que ya no había más oportunidad para su primer arrepentimiento? Pues esto significaría toda suerte de ofensas. ¿Qué diremos entonces? Siendo que el Señor da esperanza de misericordia a todos, sin excepción, es del todo irrazonable que alguno, por cualquier motivo o causa quedara excluido.
El problema está en la palabra, recayeron. Quienquiera que entienda su significado, puede evitar fácilmente cualquier dificultad. Pero debemos observar que hay una doble caída, una particular y otra general. Aquel que en alguna forma u otra haya ofendido a Dios, ha recaído de su estado como cristiano; por lo tanto todos los pecados son otras tantas caídas. Mas el Apóstol no habla aquí de hurto, o perjurio, o asesinato, o borrachera, o adulterio; sino de una total deserción o apostasía del evangelio; cuando un pecador no ofende a Dios en alguna cosa aislada, sino que renuncia totalmente a su gracia divina.
Y para que esto se entienda mejor, imaginémonos un contraste entre los dones divinos que el autor ha mencionado, y esta apostasía o deserción. Pues el que abandona la palabra de Dios es un desertor, que extingue su luz, se priva a si mismo del don celestial, y abandona la participación del Espíritu. Ahora bien, esto significa renunciar totalmente a Dios. Ya entendemos pues a quién excluía él de la esperanza de perdón, precisamente a los apóstatas que se apartaban del evangelio de Cristo, el cual previamente habían aceptado, y de la gracia de Dios; y esto no acontece a ninguno sino al que peca contra el Espíritu Santo. Pues quien viola la segunda tabla de la ley, o por ignorancia quebranta la primera, no es culpable de tal diserción; y ciertamente Dios jamás excluye o priva a alguno de su gracia como para dejarle sin nada, excepto a los réprobos.
Si alguien pregunta por qué el Apóstol hace mención aquí de semejante apostasía al dirigirse a creyentes que estaban tan lejos de cometer perfidia tan nefanda; al tal respondo, que el peligro fue señalado por el propio Apóstol a tiempo, para que se pusieran en guardia. Y debemos observar la señal de peligro, porque cuando nos extraviamos del camino recto, no solamente justificamos nuestros vicios delante de otros, sino que nos engañamos a nosotros mismos. Satanás, furtivamente, se desliza en nosotros, y gradualmente nos seduce por medio de artificios secretos, de manera que cuando llegamos a extraviarnos no nos damos cuenta de cómo lo hicimos. Así resbalamos gradualmente hasta que al fin nos precipitamos hacia la ruina. Diariamente podemos observar esto en muchos. Por tanto, el Apóstol, no sin razón, advierte a todos los discípulos en letargo, y a éste sigue la enajenación mental.
Mas debemos fijarnos, aunque sea de paso, en los nombres por los cuales el Apóstol denota el conocimiento del evangelio. El lo llama iluminación; de esto se concluye que los hombres están ciegos, hasta que Cristo, la luz del mundo, los alumbia. El lo llama paladeo del don celestial; insinuando que las cosas que Cristo nos da están por encima de lo natural y mundano, y no obstante, pueden saborearse por fe. El lo llama una participación del Espíritu; porque es él quien distribuye a cada uno, como le place, la luz y el conocimiento que nos es necesario; pues sin él nadie puede llamar a Jesús, Señor (1 Cor. 12:3); él nos abre los ojos de nuestro entendimiento, y nos revela las cosas secretas de Dios. El lo llama un gustar la buena palabra de Dios: con lo cual significa, que la voluntad de Dios allí está revelada, no en una forma cualquiera sino con tanta suavidad y dulzura como para deleitarnos; en resumen, por medio de este título nos señala la diferencia entre la ley y el evangelio; pues aquella no tiene otra cosa que severidad y condenación, pero éste es un dulce testimonio del amor de Dios y de su paternal generosidad para con nosotros. Finalmente, el autor lo llama: saboreo de las virtudes del siglo venidero; con lo cual insinúa que por la fe somos admitidos dentro del reino de los cielos, de suerte que vemos en espíritu, esa bendita inmortalidad que está oculta a nuestros sentidos.4
Sepamos pues, que el evangelio no puede conocerse rectamente más que por la iluminación del Espíritu; y que al ser entresacados así del mundo, somos levantados hasta el cielo; y conociendo la bondad de Dios en tal forma, confiamos más en su palabra.
Pero surge aquí un problema, ¿Cómo puede ser que alguno después de haber alcanzado semejante progreso, pueda apartarse y caer? Porque en verdad podemos afirmar, que Dios a nadie llama sino a los elegidos, y Pablo testifica que los que son guiados por el Espíritu son realmente sus hijos, (Rom. 8:14); nos dice además que es garantía segura de adopción cuando Cristo nos hace partícipes de su Espíritu. Los elegidos, por consiguiente, están fuera del peligro de apostasía o recaída final; pues el Padre que los entregó a Cristo, su Hijo, para ser preservados, mayor es que todos; y Cristo promete guardarlos a todos para que ninguno de ellos perezca. A esto respondo que Dios ciertamente no favorece a ninguno con el Espíritu de regeneración, excepto a los escogidos, y que por esto ellos se distinguen de los réprobos; ya que son renovados conforme a su imagen y reciben las arras del Espíritu, en prenda de la herencia futura, y por el mismo Espíritu, el evangelio es sellado en sus corazones. Mas no puedo admitir que en todo esto no haya alguna razón por la cual él no conceda también a los réprobos un poco de su gracia, o por qué no ilumine sus mentes con algunas chispas de su luz, o por qué no les dé también alguna percepción de su bondad, y en alguna forma especial la palabra en sus corazones. De otra manera, ¿dónde estaría la fe temporal mencionada en Marcos 4:17? Hay por lo tanto cierto conocimiento, aun en los rēprobos, el cual despues se desvanece, ya sea porque no echó raíces lo suficientemente profundas o porque se marchitó al crecer.5
Y por medio de este freno, el Señor nos mantiene en temor y humildad; y ciertamente vemos cuán inclinada es también la naturaleza humana a la seguridad y necia confianza. Entretanto nuestra solicitud debe ser tal, que al mismo tiempo, no perturbe la paz de la conciencia. Pues el Señor fortalece nuestra fe, pero también subyuga nuestra carne; y de esto se deduce que él quiere que la fe permanezca tranquila y serena como en un seguro albergue; mas él prueba la carne en diferentes conflictos, para que no se desenfrene por la ociosidad.
6. Sean otra vez renovados para arrepentimiento, etc. Aunque esto parezca duro, sin embargo no hay razón para acusar a Dios de crueldad cuando alguno sufre únicamente el castigo por causa de su deserción; esto tampoco es contrario a otras partes de la Escritura donde se ofrece la misericordia divina a los pecadores tan pronto como suspiran por ella, (Ezeq. 18:27); previo arrepentimiento por supuesto, el cual no lo siente verdaderamente el que ha apostatado completamente del evangelio; pues los tales son apartados, como lo merecen, del Espíritu de Dios, y entregados a una mente malvada, para que siendo esclavos del demonio se precipiten en la destrucción. Y así es como ellos no dejan de añadir pecado a pecado, hasta que completamente endurecidos llegan a despreciar a Dios; o, a semejanza de los desesperados, manifiestan furiosamente su odio hacia él. El fin de todos los apóstatas es que son aflijidos con indiferencia y no temen nada, o bien maldicen a Dios que es su Juez, porque no pueden escapar de él.6
En resumen, el Apóstol nos advierte que el arrepentimiento no depende de la voluntad del hombre, mas es concebido por Dios únicamente a aquellos que no han apostado de la fe. He aquí una advertencia muy necesaria para nosotros, pues no sea que con el frecuente dejarlo para mañana, nos apartemos de Dios más y más. Los impíos ciertamente se engañan a sí mismos al decir bastará con que nos arrepintamos de nuestra vida pecaminosa a la hora de la muerte; pero cuando les llegue la muerte, los horribles tormentos de su conciencia, les probarán que la conversión del hombre no es una cosa fácil. Entonces, como el Señor no promete perdón sino a los que se arrepienten de su iniquidad, no es extraño que perezcan los que por desesperación o bien por rebeldía, se precipiten tercamente en la destrucción. Mas cuando alguno se levanta de nuevo después de haber caído, podemos afirmar que el tal no había sido culpable de apostasía, por mucho o muy gravemente que haya pecado.
Crucificando de nuevo, etc. Esto también lo agrega el autor para defender la severidad divina contra las calumnias de los hombres; pues sería completamente indecoroso que Dios, al perdonar a los apóstatas, expusiera a su propio Hijo al menosprecio. Ellos, pues, son absolutamente indignos de obtener misericordía. Empero la razón por la cual él dice que de este modo Cristo sería crucificado de nuevo, es porque nosotros morimos con él precisamente para que después vivamos una nueva vida; por tanto, cuando algunos, por decirlo así, regresan a la muerte, tienen necesidad de otro sacrificio, tal como lo veremos en el capítulo diez. Crucificando para sí mismos, significa en cuanto a lo que depende de ellos. Pues este sería el caso supuesto. Cristo sería infamado como si hubiera sido vencido, al permitir a los hombres regresar a él después de haberlo negado y abandonado.
7 Porque la tierra que embebe el agua que muchas veces vino sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos de los cuales es labrada, recibe bendición de Dios;
8 Mas la que produce espinas y abrojos, es reprobada, y cercana de maldición; cuyo fin será el ser abrasada.
9 Pero de vosotros, oh amados, esperamos mejores cosas, y más cercanas a salud, aunque hablamos así.
10 Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado a su nombre, habiendo asistido y asistiendo aún a los santos.
7. Porque la tierra, etc. He aquí un símil de lo más apropiado para despertar el deseo de progresar oportunamente; porque así como la tierra no puede producir un buen rendimiento en el tiempo de la siega, a menos que haga germinar la simiente tan pronto como la reciba, así nosotros, si deseamos llevar buenos frutos, tan pronto como el Señor siembre su palabra, ésta debe echar raíces en nosotros sin demora; pues no hemos de esperar que fructifique si se pisotea o destruye. Mas así como el símil es muy apropiado, en igual forma debe aplicarse sabiamente, conforme al propósito del Apóstol.
La tierra, dice él, que al absorber la lluvia inmediatamente produce una brizna de hierba apropiada a la semilla que sembró, a la larga producirá, con las bendiciones de Dios, una sazonada cosecha; así también los que reciben la semilla del evangelio en sus corazones y producen auténticos retoños, continuarán progresando siempre hasta que rindan el maduro fruto. Por otra parte, la tierra que después del cultivo e irrigación, sólo produce abrojos, no da esperanza alguna de cosecha; y cuanto más produzca abrojos, más desesperado será el caso. De aquí que el único remedio que le queda al agricultor es quemar las nocivas e inútiles hierbas. Entonces los que destruyen la semilla del evangelio, ya sea por su indiferencia o por sus afectos corrompidos, no manifestando señal alguna de buen progreso en sus vidas, claramente demuestran, ellos mismos, ser réprobos, de los que no se puede esperar cosecha alguna.
El Apóstol, pues, no sólo habla aquí del fruto del evangelio, sino también nos exhorta a recibirlo presurosos y con gozo, diciéndonos además, que el retoño aparece tan pronto como se ha sembrado la semilla, y que el crecimiento sigue a los cuidados diarios. Algunos traducen botánen eútheton, “retoño oportuno,” otro, “un retoño adecuado;” cualquiera de los dos significados viene al caso; el primero se refiere al tiempo y el segundo a la calidad.7 He pasado por alto las interpretaciones alegóricas con las cuáles se han entretenido algunos comentadores, ya que son completamente ajenas al propósito del escritor.
9. Pero de vosotros, oh amados, esperamos, etc. Ya que las declaraciones anteriores fueron como rayos, por los cuales el lector pudo haber sido fulminado, se hacía necesario mitigar esta severidad. Por lo tanto, el autor ahora declara que no hablaba con esa severidad como si en realidad albergara tal opinión acerca de ellos. E indudablemente, todo aquel que desee hacer el bien por medio de la enseñanza, debe tratar a sus discípulos en forma de proporcionarles siempre más incentivos, en vez de quitárselos, pues no hay nada que pueda alejarnos más de prestar atención a la verdad que el ser calificados como una esperanza perdida. El Apóstol declara, pues, que así amonestaba a los judíos, porque tenía muy buenas esperanzas de ellos, y estaba ansioso de conducirlos a la salvación. De aquí llegamos a la conclusión que no únicamente a los réprobos hay que reprender severamente y con rigor sino también a los mismos elegidos, aun a los que tenemos por hijos de Dios.
10. Porque Dios no es injusto, etc. Estas palabras significan tanto como que, de un buen principio el Apóstol esperaba un buen fin.
Empero, se presenta aquí una dificultad, porque el autor parece declarar que Dios queda obligado a los servicios de los hombres: “de vosotros esperamos mejores cosas,” añade, “más cercanas a la salud, porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra.” Parece en esta forma edificar la salvación sobre las obras y hacer a Dios un deudor para quienes las hacen. Y los sofistas que oponen los méritos de las obras a la gracia de Dios, se aprovechan mucho de esta declaración, “Dios no es injusto.” Pues de aquí llegan a la conclusión de que sería injusto para él no remunerar las obras con la recompensa de la salvación eterna. A esto brevemente respondo: que el Apóstol no habla aquí directamente de la causa de nuestra salvación, y por lo tanto de aquí no se puede deducir ninguna opinión respecto a los méritos de las obras, ni tampoco se puede determinar el juicio que las obras ameriten. La Escritura demuestra, por todas partes, que no hay otra base de salvación más que la misericordia gratuita de Dios: y el que Dios dondequiera prometa recompensar las obras depende de esa promesa gratuita, por la cual él nos adopta como hijos, y nos reconcilia con él no imputándonos nuestros pecados. Hay pues una recompensa reservada a las obras, mas no a causa de sus méritos, sino sólo por la espontánea generosidad de Dios; y no obstante, aun esta espontánea recompensa de las obras no ocurre sino cuando primero seamos recibidos en su favor por la bondadosa mediación de Cristo.
De aquí deducimos que Dios no nos paga una deuda, sino que ejecuta lo que él mismo prometió por gracia, y lo hace así: él perdona nuestros pecados y nuestras obras; más aun, él no mira tanto a nuestras obras como a su propia gracia en ellas. Es por esto por lo que él no olvida nuestras obras, pues él se reconoce a sí mismo y a la obra de su Espíritu en ellas. Esto significa ser justo, como lo expresa el Apóstol, porque no se puede negar a sí mismo. Este pasaje corresponde, pues, con lo dicho por Pablo: “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). ¿Pues qué cosa puede encontrar Dios en nosotros para inducirlo a amarnos, excepto aquello que él nos entregó primero? En suma, los sofistas se equivocan al imaginarse una mutua relación entre la justicia de Dios y los méritos de nuestras obras, ya que Dios por el contrario, en tal forma se considera a si mismo y sus propios dones, que continúa hasta el fin lo que de su espontanea voluntad ha comenzado en nosotros, sin ser movido por lo que nosotros hagamos; además, Dios es justo al remunerar las obras, porque es fiel y verdadero: y él se ha convertido en deudor para con nosotros, no porque reciba algo de nuestra parte; sino, como dice Agustín, por que por amor nos prometió todas las cosas.8
Y el trabajo de amor, etc. Con esto el escritor insinúa que no debemos escatimar el servir, si deseamos cumplir nuestro deber para con nuestros semejantes; porque ellos no sólo han de ser auxiliados con dinero, sino también por medio de consejos, trabajo, y en muchas otras formas. Entonces hav que poner mucha diligencia en ello, hay que pasar por muchas dificultades, y en algunas ocasiones aun afrontar muchos peligros. Así, pues, el que quiera entregarse a los deberes del amor, prepárese para una vida de sacrificio.9
Menciona él como prueba de su amor, que ellos habían asistido y aún estaban asistiendo a los santos. Con esto nos recuerda que no hemos de descuidar el servicio y asistencia a nuestros hermanos. Al mencionar a los santos, él quiere decir que no sólo somos deudores suyos; sino que nuestro amor debe extenderse y manifestarse hacia toda la humanidad; pero como la familia de la fe se nos recomienda de manera especial, hemos de prestarle especial atención: pues como el amor, cuando se mueve para hacer el bien, tiene en parte una consideración a Dios, y en cierto modo también a nuestra naturaleza común, cuanto más cerca esté alguno de Dios, más digno es de ser auxiliado por nosotros. En resumen, cuando nosotros reconocemos a alguno como hijo de Dios, debemos acogerlo con amor fraternal.
Al decir que ellos habían asistido y aún estaban asistiendo, el Apóstol encomiaba su perseverancia; la cual sobre este particular era muy necesaria; porque no hay nada a lo cual seamos tan inclinados como a cansarnos de hacer el bien. Por lo tanto, aunque muchos se encuentren lo bastante dispuestos para socorrer a los hermanos, no obstante la virtud de la constancia es tan rara, que una gran parte de ellos pronto cede, como si su entusiasmo hubiera decaído. Empero, lo que debiera estimularnos constantemente, es la expresión empleada por el Apóstol, de que el amor mostrado a los santos es mostrado al nombre del Señor; porque él indica que Dios se considera a sí mismo deudor para con nosotros, por todo el bien que hagamos a nuestros semejantes, de acuerdo con la declaración siguiente, “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40); y también hay otra, “A Jehová presta el que da al pobre” (Prov. 19:17).
11 Mas deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el cabo, para cumplimiento de la esperanza.
12 Que no os hagáis perezosos, mas imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.
13 Porque prometiendo Dios a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo,
14 Diciendo: De cierto te bendeciré bendiciendo, y multiplicando te multiplicaré.
15 Y así, esperando con largura de ánimo, acanzó la promesa.
11. Mas deseamos, etc. Así como el autor mezcla los elogios con la exhortación, para no lastimarlos del todo, así ahora, sin reservas, les recuerda lo que aún les falta, para que su cortesía no les pareciera adulación. “Habéis dado pruebas de vuestro amor,” agrega él, “a través de muchos actos de bondad; pero, resta todavía que vuestra fe esté en conformidad con ese amor; habéis trabajado afanosamente para no faltar a vuestros deberes para con los hombres; pero, con no menos ardor debéis hacer progresos en la fe, como para manifestar ante Dios su firme y plena verdad.
Ahora bien, por medio de estas palabras el Apóstol demuestra que hay dos partes en el cristianismo que concuerdan con las dos tablas de la ley. Por lo tanto, el que separa la una de la otra, no le queda nada sino algo mutilado y trunco. Y de aquí se deduce qué clase de maestros son aquellos que no hacen mención de la fe, e imponen únicamente el deber, la honradez y la rectitud para con los hombres; más aún, es una filosofía profana aquella que sólo se ocupa de la máscara exterior de la justicia, si es que en realidad merece llamarse filosofía; porque ésta cumple con sus obligaciones de manera tan irrazonable, que defrauda a Dios, a quien pertenece la preeminencia de sus propios derechos. Recordemos, pues, que la vida del cristiano no es completa en ninguna de sus partes, a menos que preste atención a la fe tanto como al amor.
Para cumplimiento de la esperanza, o para certeza de la esperanza, etc. Como los que profesaban la fe cristiana eran perturbados por diferentes opiniones, o estaban aún confusos en muchas supersticiones, el autor los apremiaba a estar tan firmes y resueltos en la fe, que ya no titubearan ni fueran llevados de aquí para allá, como suspendidos entre los vientos cambiantes de las dudas. Sin embargo, este requerimiento es aplicable a todos; porque, como la verdad de Dios es invariablemente fija, así la fe, que descansa en él; cuando es verdadera, debe ser segura, sobreponiéndose a toda duda. Es una seguridad plena, pleroforía,10 una positiva persuasión, cuando la mente piadosa se determina a no objetar o poner en tela de duda lo que Dios, que no puede engañar o mentir, ha dicho.
El vocablo esperanza ha de entenderse aquí por fe, por su afinidad a ella. No obstante, el Apóstol parece haberla empleado intencionalmente porque estaba hablando de perseverancia. En consecuencia, de aquí podemos inferir cuán poca fe hay en ese conocimiento general que los impíos y los demonios tienen en común; porque ellos también creen que Dios es justo y verdadero, y a pesar de eso no obtienen esperanza alguna que sea buena, pues no echan mano de su favor paternal en Cristo. Sepamos, pues, que la fe verdadera siempre está relacionada con la esperanza.
Dijo él hasta el cabo, o perfección; y lo expresó, para que supieran que aún no habían llegado a la meta, y por lo tanto tenían que pensar en nuevos progresos. Mencionó solicitud, para que supieran que no habrían de descuidarse, sino luchar con denuedo. Porque no es poca cosa remontarse hacia los cielos, especialmente para aquellos que a duras penas se arrastran sobre la tierra, y más aún, cuando hay innumerables obstáculos en el camino. Ciertamente no hay nada tan difícil como mantener nuestros pensamientos fijos en las cosas del cielo cuando toda la fuerza de nuestra naturaleza se inclina hacia abajo, y cuando Satanás, por medio de un sinnúmero de engaños nos empuja hacia la tierra. De aquí que el Apóstol nos apremie a estar alerta contra la pereza o la debilidad.
12. Mas imitadores, o seguidores, etc. Contra la pereza el autor opone la imitación; como si dijera que había necesidad de una constante actividad mental; pero era de mucho más peso el recordarles, que los antepasados no fueron hechos participantes de las promesas excepto por la invencible firmeza de su fe; pues los ejemplos siempre nos comunican una idea más impresionante de las cosas. Cuando se nos presenta una verdad desnuda, no nos afecta tanto, como cuando vemos lo que se exige de nosotros viéndolo cumplido en la persona de Abrahán. Pero se alude al ejemplo de este patriarca, no porque sea el único, sino porque es mejor y más excelente que cualquier otro. Pues aunque Abrahán tenía esta fe en común con todos los hombres piadosos; sin embargo, no sin razón es llamado ei padre de los creyentes. Entonces no es de extrañar que el Apóstol lo escogiera de entre todos los demás y volviera hacia él los ojos de sus lectores como el espejo más límpido de la fe.
La fe y la paciencia, etc. Lo que se quiere significar es una fe firme, que tiene a la paciencia como su compañera. Pues la fe es lo que principalmente se requiere; pero como muchos hacen al principio una maravillosa ostentación de fe, y pronto fracasan, él demuestra que la verdadera evidencia de esa fe, la cual no es fugaz ni se desvanece, es la paciencia. Al afirmar que las promesas fueron alcanzadas por la fe, él hace a un lado la idea de los méritos; y todavía es más claro al aseverar que vienen por herencia; porque no somos hechos herederos en otra forma que por el derecho de adopción.11
13. Porque prometiendo Dios a Abrahán, etc. Su objeto era probar que la gracia de Dios se nos ofrecerá en vano, a menos que recibamos la promesa por fe y constantemente la acariciemos en lo íntimo de nuestro corazón. Y el Apóstol lo prueba mediante este argumento, que cuando Dios prometió una descendencia innumerable a Abrahán, parecía algo increíble; Sara había sido infecunda durante toda su vida; ambos habían llegado a una senectud estéril, y estaban más cerca de la tumba que de un lecho conyugal; a Abrahán no le quedaba vigor para engendrar hijos, y el vientre de Sara, infructuoso desde la primavera de la vida, había llegado a su esterilidad total. ¿Quién podría creer que una nación saldría de ellos, igualando en número a las estrellas del firmamento y la arena del mar? Tal cosa era absolutamente contraria a toda razón. Sin embargo, Abrahán esperaba y no temió ni desilusionó, porque confiaba en la palabra de Dios.12 Debemos pues fijarnos en la circunstancia en cuanto al tiempo, para que el razonamiento del Apóstol aparezca evidente; lo que él agrega se refiere a esto: que Abrahán fue hecho participante de esta bendición, después de que hubo esperado lo que nadie jamás hubiera imaginado que ocurriría. Así que la gloria le pertenece a Dios; y nosotros sólo debemos esperar tranquilamente lo que él no revela aún a nuestros sentidos, mas lo encubre aplazándolo por largo tiempo, para que nuestra paciencia sea ejercitada.
La razón por qué Dios juró por sí mismo, la entenderemos dentro de poco. La forma de jurar bendiciendo te bendeciré, ya explicamos, en el capítulo tercero, lo que significa: el nombre de Dios no aparece aquí, pero debe sobreentenderse, porque a menos que él cumpla lo que promete, él testifica que no debe ser considerado fiel y verdadero.
16 Porque los hombres ciertamente por el mayor que ellos juran: y el fin de todas sus controversias es el juramento para confirmación.
17 Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento;
18 Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos de la esperanza propuesta:
19 La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que entra hasta dentro del velo;
20 Donde entró por nosotros como precursor Jesús, hecho pontífice eternamente según el orden de Melquisedec.
16. Porque los hombres, etc. Este es un argumento de menos a más; si los hombres, que por naturaleza son falsos, merecen crédito cuando juran, ¿cuánto mayor crédito merece Dios, que es la eterna verdad, cuando jura por sí mis mo?
Ahora bien, el autor menciona varias cosas para encarecer esta declaración; primero, afirma que los hombres juran por uno mayor; con lo cual da a entender que los que carecen de la debida autoridad la toman de otro. Luego, añade que hay tanta reverencia por un juramento, que éste solo basta para cualquier ratificación y para poner fin a toda disputa donde los testimonios de los hombres y otras pruebas son deficientes. Entonces, ¿qué carácter no tendrá el juramento de Aquel a quien todos apelan como testigo, siendo un testigo suficiente por sí mismo? ¿Cómo no recibirá crédito por lo que dice Aquel por cuya autoridad se disipan todas las dudas de los demás? ¿Si el nombre de Dios pronunciado por la lengua de los hombres, posee tanta superiodidad, cuán imponderable debe ser el que Dios mismo jure por su propio nombre? Basta lo anterior en cuanto al punto principal.
De pasada, sin embargo, hemos de fijarnos en dos cosas: que podemos jurar por el nombre de Dios cuando la necesidad lo requiera, y que a los cristianos es permitido hacer juramento porque es un remedio lícito para acabar con las disputas. Dios, en términos claros, nos manda jurar por su nombre; si se mezclan otros nombres, se profana el juramento. Hay tres razones especiales para ello: cuando no hay manera de esclarecer la verdad, es lícito apelar al nombre de Dios porque él mismo es la verdad eterna; y puesto que sólo él conoce el fondo de las cosas ocultas, sobre las cuales el hombre no puede formarse una opinión exacta, usurpamos las funciones divinas cuando apelamos a cualquier otro nombre; tercero, porque al jurar, no únicamente apelamos a él como testigo, sino también lo impetramos como vengador del perjurio en caso de que hablemos con falsedad. No es de extrañar entonces que él demuestre tanto disgusto para con los que juran por otro nombre, porque en esa forma degradan su honor. Y que existan diferentes juramentos empleados frecuentemente en las Escrituras, en nada se menoscaba la verdad anterior; porque los hombres en realidad no juraban por el cielo o por la tierra, como si atribuyesen algún poder divino a ellos, sino que, mediante esas protestaciones indirectas, por decirlo así, ellos consideraban al único y verdadero Dios. Hay ciertamente diferentes clases de juramentos; pero la más importante es cuando recurrimos a Dios como Juez, y directamente apelamos a su tribunal; otra es cuando nombramos cosas que nos son queridas de manera especial, como nuestra vida o nuestra cabeza o cualquiera otra cosa de la misma naturaleza; y la tercera es cuando llamamos las criaturas como testigos delante de Dios. Mas a través de todas estas formas, rectamente juramos sólo en el nombre de Dios. Por consiguiente los que alegan que es lícito asociar a los santos ya difuntos con Dios, como para atribuirles el derecho de castigar, dejan ver su impiedad al igual que su ignorancia.
Además, este pasaje nos enseña, como ya se ha dicho, que un juramento puede ser empleado legítimamente por los cristianos; y en esto hay que poner especial atención, a causa de los fanáticos que están dispuestos a abrogar la práctica de los juramentos solemnes que Dios ha recomendado en su ley. Pues claramente el Apóstol habla aquí de la costumbre de jurar, como algo sagrado y aprobado por Dios. Además, el autor no la menciona como una costumbre que antiguamente estuvo en uso y luego pasó de moda, sino como algo que aún se practicaba. Valgámonos pues de ella para descubrir la verdad, cuando otros procedimientos no den resultado.
17. Queriendo Dios, etc. Veamos cuán bondadosamente Dios, como un Padre benigno, se acomoda a nuestra lentitud para creer; como él sabe que no nos confiamos tranquilamente a su simple palabra, le añade un juramento para que quede grabada en nuestros corazones. Por lo tanto, de aquí deducimos lo mucho que nos atañe saber que hay tal certidumbre acerca de su buena voluntad para con nosotros, y que no hay más motivo para incertidumbre o miedo. Porque cuando Dios prohibe tomar su nombre en vano, a la ligera, amenaza con la más severa venganza a los que imprudentemente abusan de él; así cuando él ordena tributar reverencia a su majestad, nos enseña que su nombre es de la más alta estima y elevado honor. La seguridad de la salvación es pues una cosa necesaria; porque él que prohibe jurar sin razón, se ha complacido en jurar para confirmar la certeza de lo hablado. Y de aquí también podemos comprender la gran importancia que él concede a nuestra salvación; porque con el fin de garantizarla, él no sólo perdona nuestra incredulidad: sino que renunciando, por decirlo así, a sus propios derechos, y condescendiendo a mucho más de lo que pudiéramos exigir, generosamente nos proporciona el remedio para ella.
A los herederos de la promesa, etc. El Apóstol parece señalar especialmente a los judíos; pues aunque el derecho hereditario llegó finalmente a los gentiles, no obstante, aquellos fueron los primeros herederos legales, y los últimos, siendo extraños, fueron hechos segundos herederos, y ello pasando por alto el derecho natural. Por lo cual Pedro, dirigiéndose a los judíos en su primer sermón, dice: “Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39). El dejó ciertamente un lugar para los herederos advenedizos, pero coloca a los judíos en primer lugar, de acuerdo con lo que dice también en el capítulo tercero, “Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto” etc., (Hechos 3:25). Asimismo en este lugar, el Apóstol, con el fin de lograr que los judíos estuvieran más dispuestos a aceptar el pacto, demuestra que por causa de ellos principalmente, éste fue confirmado por un juramento. Por consiguiente, esta declaración también es para nosotros en la actualidad, porque hemos entrado al lugar dejado por ellos a causa de su incredulidad.
Observemos que lo declarado en el evangelio, es llamado consejo de Dios, para que nadie dude de que esta verdad procede de los más profundos pensamientos de Dios. Por lo tanto, los creyentes deben quedar completamente persuadidos siempre que escuchen la voz del evangelio; porque entraña el consejo secreto de Dios, oculto en él, pero ahora proclamado a ellos; y por el cual les ha manifestado lo que él decretó respecto a nuestra salvación, desde antes de la creación del mundo.
18. Para que por dos cosas inmutables, etc. Tanto lo que Dios dice como lo que jura es inmutable (Sal. 12:6; Núm. 23:19). Puede ser que con los hombres no sea así; porque su vanidad es tal que no puede haber mucha firmeza en lo que hablan. Pero la palabra de Dios es afirmada en diferentes formas; es pura y completamente libre de escoria, como el oro siete veces purificado. Aun Balaam, siendo enemigo, fue constreñido a dar este testimonio: “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: él dijo, ¿y no hará? habló ¿y no lo ejecutará? (Núm. 23:19). La palabra de Dios, entonces, es una verdad segura y autoritativa en sí misma, (autópistos, auto-digna de confianza). Empero cuando se le añade un juramento, es como un superavit agregado a una medida llena. Tenemos pues esta poderosa consolación, que Dios, quien no puede engañar cuando habla, y no estando satisfecho con hacer una promesa, la ha confirmado por medio de un juramento.13
Los que nos acogemos a trabarnos, o los que huimos a asirnos, etc. Con estas palabras el autor insinúa que nosotros realmente no confiamos en Dios, sino hasta que abandonamos cualquiera otra protección y corremos a refugiarnos en su firme promesa, teniendo la seguridad de que ella es nuestro único y seguro asilo. Por tanto, con la palabra huír se descubre nuestra pobreza y necesidad; pues no huímos hacia Dios, excepto cuando nos vemos obligados. Pero cuando él añade, de la esperanza propuesta, sugiere que no tenemos que ir muy lejos a buscar el socorro que necesitamos, porque Dios mismo, de su libre voluntad nos encuentra y pone, como si fuera en nuestra mano, aquello que esperamos; la esperanza es propuesta ante nosotros. Mas como por esta verdad él se propuso alentar a los judíos para que recibieran el evangelio, en el cual se les ofrecía la salvación, así también él exceptúa de toda excusa a los incrédulos que rechazaron el favor ofrecido. Indudablemente, esto pudo haberse dicho con mucha más certeza después de la promulgación del evangelio que bajo la ley: “No hay razón para que digas, ¿quién subirá por nosotros al cielo? o ¿quién descenderá a lo profundo? o ¿quién pasará por nosotros a la mar? porque cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón.”14 (Deut. 30:12; Rom. 10:6).
Empero hay una metonimia en la palabra esperanza, porque el efecto se cambia por la causa; y yo entiendo que es la promesa sobre la cual descansa o se apoya nuestra esperanza, pues yo no estoy de acuerdo con los que toman esperanza, por la cosa que se espera, por ningún motivo; y también debe agregarse, que el Apóstol no habla de una promesa vacía, como si estuviera suspendida en el aire, sino de aquella que se recibe por fe; o si preferimos una expresión lacónica, la esperanza significa aquí la promesa recibida por fe. Con la palabra trabarnos, lo mismo que con el vocablo esperanza, el autor denota firmeza.
19. Como segura y firme ancla, etc. Es asombrosa la semejanza cuando el autor compara la fe, que se apoya en la palabra de Dios, con una ancora; porque sin duda, mientras permanezcamos en este mundo, no estamos en tierra firme, mas somos llevados de aquí para allá como si estuviéramos en medio del mar, y ciertamente muy turbulento; porque Satanás está incesantemente provocando innumerables tempestades, que harían zozobrar y hundir nuestra nave, si no echáramos nuestra ancla firme y profunda. Pues por ninguna parte aparece un puerto a la vista, y a dondequiera que miramos sólo se ve agua; aun más, las olas también se levantan amenazadoras; pero como él áncora ha sido arrojada por entre las aguas hacia un lugar obscuro e invisible y mientras que permanece allí escondida, mantiene a flote a la nave abatida por las olas; así debe anclarse nuestra esperanza en el Dios invisible. Existe sin embargo una diferencia: el ancla es arrojada hacia abajo, en el mar, porque tiene a la tierra como fondo; mas nuestra esperanza sube hacia arriba y se remonta a lo alto, porque en el mundo no encuentra nada en qué apoyarse, ni debe adherirse tampoco a las cosas creadas, sino descansar en Dios únicamente. Así como el cable, al cual se suspende el áncora, une la nave con la tierra a través de un largo y obscuro espacio intermedio, así también la verdad de Dios es un lazo que nos une a él, para que ninguna distancia de lugar u obscuridad nos impida allegarnos a él. Estando así unidos a Dios, aunque tengamos que luchar contra las tempestades continuas, quedaremos, no obstante, fuera de todo peligro de naufragio. De aquí que el Apóstol diga que esta áncora es firme y segura, o fija e inmovible.15 Pudiera ser que por la violencia de las aguas el ancla fuese arrancada de cuajo, o que el cable se rompiera, o que la abatida nave se hiciera añicos. Esto ciertamente ocurre en el mar; mas el poder de Dios para sostenernos es completamente diferente, y así también lo son la fortaleza de la esperanza y la firmeza de su palabra.
Y que entra hasta dentro del velo. etc. Como hemos dicho ya, excepto que la fe alcance a Dios, no puede encontrar nada sino lo inestable y efímero; de aquí la necesidad que penetre hasta el cielo. Pero como el Apóstol habla a los judíos, menciona el antiguo tabernáculo, y dice que no deben permanecer en aquellas cosas que se ven, sino penetrar hasta los lugares más secretos, que estaban ocultos detrás del velo, o como si dijera: que todos los símbolos y figuras exteriores de la antigüedad habrían de ser atravesados, con el fin de poner la fe sólo en Cristo.
Y debe observarse cuidadosamente esta forma de razonar.—que así como Cristo ha entrado al cielo, así la fe debe dirigirse al cielo también: pues con esto somos enseñados a no dirigir la fe a otra parte. Es en vano que los hombres busquen a Dios en su propia majestad, porque están muy lejos de lograrlo; pero Cristo extiende su mano hacia nosotros, para conducirnos al cielo. Esto fue representado anteriormente bajo la ley; porque el pontífice penetraba hasta el lugar santísimo, no en su propio nombre únicamente, sino también en el del pueblo, ya que en cierta forma llevaba sobre su pecho y sobre sus hombros a las doce tribus; constituyendo aquellas doce piedras incrustadas en el pectoral, un memorial para el pueblo; a éstas se añadían también las dos piedras de onix sobre las cuales se grabaron sus nombres, para que en la persona de un hombre, todos juntos entraran en el santuario. Por lo tanto, el Apóstol habla rectamente al recordarles que nuestro Sumo Sacerdote ha entrado en el cielo; y no entró para sí únicamente sino para nosotros. No hay pues razón para temer que el acceso al cielo se cierre a nuestra fe, ya que ésta jamás se separa de Cristo. Y por cuanto nos corresponde seguir a Cristo que nos procedió, así también conviene que sea llamado nuestro Precursor.16
Capítulo 7
1 Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, el cual salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo.
2 Al cual asimismo dio Abraham los diezmos de todo, primeramente él se interpreta Rey de justicia; y luego también Rey de Salem, que es, Rey de paz.
3 Sin padre, sin madre, sin linaje; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, mas hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.
1. Porque este Melquisedec, etc. El autor hasta aquí había estimulado a los judíos por medio de exhortaciones, para que considerasen atentamente la comparación entre Cristo y Melquisedec. Al final del último capítulo, y para poder volver nuevamente a su tema, cita otra vez el pasaje de los Salmos; y entra de lleno en lo que brevemente había aludido; pues anumera detalladamente todo lo relacionado con Melquisedec, que guarda alguna semejanza con Cristo. No es de extrañar ciertamente que se detenga y trate en forma tan minuciosa el asunto. Sin duda no fue cosa fácil, en un país lleno de corrupción y de tantas supersticiones, encontrar a un hombre que mantuviera puro el culto a Dios; porque de un lado estaban Sodoma y Gomorra, y por el otro los cananitas, de modo que por todas partes estaba rodeado de hombres impíos. Además, el mundo entero se encontraba tan entregado a la impiedad, que es muy probable que Dios no fuese adorado fielmente en ninguna parte, excepto en la familia de Abrahán; pues su padre y su abuelo, quienes debieron haber conservado la verdadera religión, desde hacía mucho tiempo habían caído en la idolatría. Era por tanto un hecho memorable, el que todavía se encontrase un rey que no sólo retenía la verdadera religión, sino que él mismo desempeñaba el oficio sacerdotal. Y sin duda era necesario que en él, quien iba a ser un tipo del Hijo de Dios, se encontraran todas las cosas excelentes; y que Cristo fuera simbolizado por Melquisedec, es evidente según el propio Salmo aludido; pues no sin razón David dijo: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec;” aun más, por estas palabras se presentó a la Iglesia un sublime misterio.
Consideremos ahora cada uno de estos detalles en los cuales el Apóstol hace a Cristo semejante a Melquisedec.1
La primera semejanza está en el hombre; porque no quedó exento de misterio el que fuera llamado Rey de justicia. Pues aunque este honor se atribuye a los reyes que gobiernan con moderación y equidad, no obstante, esto pertenece realmente a Cristo y sólo a él, quien no únicamente ejerce autoridad como los demás; sino también nos comunica la justicia de Dios, en parte, cuando nos hace ser tenidos por justos mediante una reconciliación gratuita, y en parte, cuando nos renueva por su Espíritu, para que podamos conducirnos de manera piadosa y santa. Así pues, él es llamado Rey de justicia, porque derrama la justicia sobre todo su pueblo.2 De aquí se concluye que aparte de su Reino nada, sino el pecado, impera entre los hombres. Cuando Zacarías lo introduce como por un solemne decreto divino en la posesión de su Reino, lo exalta en esta forma: “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalem: he aquí, tu Rey vendrá a tí, justo y salvador,” (Zac. 9:9); indicando que la justicia, que en otra forma nos faltaría, nos es otorgada con la venida de Cristo.
La segunda semejanza que el Apóstol subraya, es la que se refiere al reino de paz. Esta paz es ciertamente el fruto de esa justicia mencionada por él. De aquí se infiere que por dondequiera que se extienda el reino de Cristo, allí debe haber paz, tal como vemos en Isaías 2 y 9, y en otros lugares; pero como la paz entre los hebreos significa un estado feliz y próspero, también en esta forma puede entenderse aquí: sin embargo, yo prefiero interpretar aquí esa paz interior que tranquiliza la conciencia y la vuelve confiada delante de Dios. Y la excelencia de esta bendición no podrá ser apreciada lo suficente, a menos que consideremos, por otra parte, qué cosa tan miserable es el ser atormentados por la constante inquietud; gozamos, pues de tranquilidad cuando nuestras conciencias quedan pacificadas al ser reconciliados con Dios por Cristo.
3. Sin padre, etc. Yo prefiero esta traducción a aquella otra de “un padre desconocido;” pues el Apóstol quiso expresar algo más enfático que el que la familia de Melquisedec fuese desconocida o de origen obscuro. Tampoco me inquieta esta objeción, de que la realidad no hermana la figura o tipo de Cristo, porque Cristo tiene un padre en el cielo, y tuvo una madre aquí en la tierra; pues el Apóstol inmediatamente explica su significado, agregando sin linaje o parentela. Por consiguiente, él exime a Melquisedec de lo que es común a otros: una descendencia por nacimiento; con lo cual indica que es eterno, así que su origen humano no habrá de buscarse. Es cierto, verdaderamente, que Melquisedec descendía de sus padres: mas el Apóstol no habla aquí de él en su carácter particular; por el contrario, lo presenta como un tipo de Cristo. Por tanto, el autor sólo deja ver lo que la Escritura contiene. Pues al tratar de las cosas que se refieren a Cristo, se debe observar tal reverencia, que no hemos de conocer más que lo contenido en la palabra del Señor. Ahora bien, como el Espíritu Santo al mencionar a este rey, el más ilustre de su época, guarda completo silencio en cuanto a su nacimiento, y tampoco registra su muerte, ¿no querrá decir que debe atribuírsele eternidad? Y lo que fue representado en Melquisedec es realmente manifestado en Cristo. Nos conviene, pues, estar satisfechos con esta perspectiva moderada, pues mientras las Escrituras nos presentan a Melquisedec como uno que jamás nació y que jamás murió, nos hacen contemplar como en un espejo que Cristo no tiene principio ni fin.3
Hecho semejante, etc. Mas no tanto como requería lo tipificado; porque siempre debemos tener presente que no hay más que una analogía entre la cosa significada y el símbolo; pues se ponen en ridículo los que se imaginan que Melquisedec descendió del cielo para que hubiera una perfecta semejanza con Cristo. Es suficiente que veamos en él los rasgos de Cristo, así como la forma de un hombre vivo puede verse en su retrato, mientras que el propio hombre es muy diferente de su representación.4 Me parece que ni siquiera vale la pena refutar las ideas locas de los que sueñan que Cristo mismo, o el Espíritu Santo, o un ángel apareció en aquel tiempo; a menos que alguien pensara verdaderamente que era el deber de una persona cuerda disputar con Postilus y semejantes fanáticos como él; porque ese impostor asegura que él mismo es Melquisedec con no menos arrogante desatino que aquellos encolerizados espíritus de antaño mencionados por Jerónimo, quienes pretendían ser Cristo.
4 Mirad pues cuán grande fue éste. al cual aun Abraham el patriarca dio diezmos de los despojos.
5 Y ciertamente los que de los hijos de Leví toman el sacerdocio, tienen mandamiento de tomar del pueblo los diezmos según la ley, es a saber, de sus hermanos aunque también hayan salido de los lomos de Abraham.
6 Mas aquél cuya genealogía no es contada de ellos, tomó de Abraham los diezmos, y bendijo al que tenía las promesas.
7 Y sin contradicción alguna, lo que es menos es bendecido de lo que es más.
8 Y aquí ciertamente los hombres mortales toman los diezmos: más allí. aquel del cual está dado testimonio que vive.
9 Y, por decirlo así, en Abraham fue diezmado también Levi, que recibe los diezmos;
10 Porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro.
4. Mirad pues, etc. Esta es la cuarta comparación entre Cristo y Melquisedec: que Abraham le dio los diezmos. Empero aunque los diezmos hayan sido instituidos por varias razones, sin embargo, el Apóstol se refiere aquí únicamente a aquello que por ahora sirve a su propósito. Una razón del por qué se pagaban diezmos a los levitas era, que ellos fueron los hijos de Abrahán, a cuya simiente se prometió la tierra. Fue entonces por un derecho hereditario que se les asignó una porción de tierra pues como no les era permitido poseer tierras, se les daba una compensación en diezmos. Había también otra razón: que como estaban ocupados en el servicio de Dios y en el ministerio público de la congregación, era justo que fuesen mantenidos a costa del erario nacional. Siendo así, el resto de los israelitas les adeudaba diezmos como una remuneración por su trabajo. Mas todas estas razones no prueban nada en relación con el tema presente; por consiguiente, el Apóstol las pasa por alto. La única razón que ahora alega es, que como el pueblo ofrecía los diezmos a manera de tributo sagrado a Dios, únicamente los levitas los recibían. De esto se deduce que no fue insignificante honor, el que Dios en cierta forma les permitiera hacerlo. Por consiguiente, siendo Abrahán uno de los principales síervos de Dios y profeta; al haber ofrecido los diezmos al sacerdote Melquisedec, con ello reconoció que éste le sobrepasaba en dignidad. Entonces, si el patriarca Abrahán lo consideraba como más honorable que él, su dignidad debe haber sido muy señalada y extraordinaria. El vocablo patriarca, aplicado a Abrahán, se menciona con objeto de patentizar su dignidad; pues para él fue honorable en el más alto grado, el haber sido llamado “padre” en la congregación de Dios.
He aquí pues el argumento: Abrahán que era más que todos los demás, era sin embargo inferior a Melquisedec; por lo tanto Melquisedec ocupaba el más elevado sitio de honor, y tiene que ser considerado como superior a todos los hijos de Leví. La primera parte queda demostrada, pues lo que Abrahán debía a Dios se lo entregó a Melquisedec: luego al pagarle el diezmo se reconoció como inferior a él.
5. Y ciertamente, etc. Sería más apropiado traducir estas palabras así: “porque son los hijos de Leví”. El Apóstol ciertamente no aduce como razón que ellos recibieran diezmos por ser los hijos de Leví, pero compara a toda la tribu de Leví con Melquisedec, en esta forma. Aunque Dios concedió a los levitas el derecho de recibir los diezmos del pueblo, colocándolos así por encima de todos los israelitas, no obstante que todos ellos descendían de un solo padre; y Abrahán, el padre de todos, pagó los diezmos a un sacerdote de otra raza: entonces todos los descendientes de Abrahán son inferiores a ese sacerdote. Así, el derecho conferido a los levitas era exclusivo al tratarse de sus otros hermanos; sin embargo Melquisedec, sin excepción, ocupada el lugar más elevado, de suerte que todos son inferiores a él. Algunos piensan que el pasaje significa los diezmos de los diezmos, que los levitas pagaban a los sacerdotes superiores; pero no hay razón para limitar así una declaración general. Entonces, mi punto de vista es el más lógico.
6. Y bendijo al que, etc. Esta es la quinta comparación entre Cristo y Melquisedec. El Apóstol admite como principio, que el menor es bendecido por el mayor; y en seguida agrega que Melquisedec bendijo a Abrahán: de aquí deducimos que el menor era Abrahán. Mas con objeto de fortalecer su argumento, el autor nuevamente eleva la dignidad de Abrahán; pues cuanto más glorioso se haga aparecer a Abrahán, más gloriosa surgirá la dignidad de Melquisedec. En consecuencia, él afirma que Abrahán tenía las promesas; lo cual quiere decir que dicho patriarca fue el primero de la raza santa con quien Dios hizo pacto de vida eterna. Ciertamente un honor glorioso fue el que Dios lo escogiera de entre todos, para depositar en él el privilegio de adopción y el testimonio de su amor. Mas todo esto no fue obstáculo para que se sometiera con toda su preemencia al sacerdocio de Melquisedec. De aquí podemos darnos cuenta cuán grande fue aquél a quien Abrahán cedió su puesto en dos cosas permitiéndole que lo bendijera, y ofreciéndole los diezmos como a un representante de Dios.
7. Lo que es menos, etc.5 Entendamos primero lo que la palabra bendijo, significa aquí. Significa verdaderamente una oración solemne, mediante la cual aquel que está investido de algún elevado y público honor, presenta ante Dios a los hombres que están ocupando los puestos de confianza y bajo su ministerio. Otra manera de bendecir, es cuando oramos los unos por los otros, cosa que ocurre entre personas piadosas. Pero esta bendición mencionada por el Apóstol fue un símbolo de mayor autoridad. De este modo Isaac bendijo a Jacob su hijo y el mismo Jacob bendijo a sus nietos, Efraín y Manasés (Gen. 27:27; 48:15). Esto no se podía hacer mutuamente, porque el hijo no podía ejecutarlo como el padre; porque se requería una autoridad mayor para una bendición como ésta. Esto aparece todavía mas claro en Num. 6:23, donde se dió orden al sacerdote para que bendijera al pueblo, y luego se añade inmediatamente una promesa, que a quienes ellos bendijeran serían benditos. De aquí deducimos que la bendición del sacerdote dependía de esto: de que no era tanto la bendición del hombre como la de Dios. Pues así como el sacerdote al ofrecer los sacrificios representaba a Cristo, así también al bendecir al pueblo no era más que un ministro y legado del Dios Supremo. Con el mismo sentido ha de entenderse lo que nos dice Lucas en el Evangelio, que Cristo alzó sus manos y bendijo a los apóstoles (Lucas 24:50). La práctica de levantar las manos. sin duda, la imitó de los sacerdotes, con el fin de demostrar que él era la persona por quien Dios Padre nos bendice. De esta bendición también se habla en el Salmo 116:17; y 118:1.
Apliquemos ahora esta idea a lo que trata el Apóstol: la bendición del sacerdote, entretanto que era una labor divina, evidenciaba también un honor más elevado; entonces, Melquisedec al bendecir a Abrahán, asumió una dignidad más encumbrada. Y lo hizo no presuntuosamente sino conforme a su derecho sacerdotal: por consiguiente él fue más eminente que Abrahán. Porque siendo Abrahán aquel con quien Dios se complació en hacer el pacto de la salvación y no obstante haber sido superior a todos los demás, fue a pesar de todo inferior a Melquisedec.6
8. Del cual está dado testimonio que vive. El escritor entiende el silencio acerca de su muerte, según lo afirmé ya, como una evidencia de su vida. Esto no se puede sostener ciertamente respecto a los demás, pero acerca de Melquisedec, justamente así debe considerarse, porque él fue un tipo de Cristo Pues como se habla aquí del reino espiritual y del sacerdocio de Cristo, no queda lugar para las conjeturas de los hombres; ni tampoco es justo que nosotros procuremos saber más de lo que está en las Escrituras. Empero no hemos de sacar de aquí que el hombre quién salió al encuentro de Abrahán esté vivo todavía, como algunos puerilmente lo han imaginado, porque esto tiene que ser aplicado a la otra persona a quien él representaba, o sea al Hijo de Dios. Y por medio de estas palabras el Apóstol trataba de demostrar que la dignidad del sacerdocio de Melquisedec tenía que ser perpetua, mientras que la de los levitas era temporal.7
Pues el autor así razona: aquellos a quienes la ley asigna diezmos son hombres mortales; con lo cual indica que el sacerdocio sería abrogado alguna vez, al acercárseles la muerte; mas la Escritura no hace mención de la muerte de Melquisedec cuando relata que se le pagaron los diezmos; en esta forma, la autoridad de su sacerdocio no queda limitada por tiempo alguno, sino al contrario, el texto da una indicación de perpetuidad. Y lo hace con este fin, no sea que una ley posterior, como se acostumbra, restara autoridad a una anterior. Porque de otro modo podría haberse objetado y alegado que el derecho que Melquisedec poseía anteriormente, está anulado ahora y sin validez alguna, porque Dios introdujo otra ley por medio de Moisés, mediante la cual transfirió el derecho a los levitas. Pero el Apóstol se adelanta a esta objeción y afirma, que los diezmos fueron pagados a los levitas sólo por un tiempo, porque ellos no vivirían, mas Melquisedec siendo inmortal, retiene hasta el fin lo que Dios en forma definitiva le entregó una vez.
9. También Leví, etc. El autor se adelanta todavía más, y añade que aun el propio Leví, que entonces se encontraba en los lomos de Abrahán, no quedó exento de tal subordinación; porque Abrahán, al pagar diezmos, se sujetó a sí mismo y a su posteridad al sacerdocio de Melquisedec.8 Mas aquí también pudiéramos decir que, en la misma forma Judá, de cuya simiente habría de nacer Cristo, pagó diezmos. Sin embargo, este problema puede arreglarse muy fácilmente, cuando consideramos dos cosas establecidas ya y fuera de toda disputa entre los cristianos: primera, Cristo no ha de ser considerado simplemente como uno de los hijos de Abrahán, debiendo quedar excluido por un privilegio especial, del orden común de los hombres; he aquí lo que él mismo dijo: “Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo?” (Mateo 22:45). Segundo, puesto que Melquisedec es un tipo de Cristo, no es razonable bajo ningún concepto que uno sea puesto en oposición al otro; porque debemos recordar aquel dicho común, que lo que está sujeto no está en oposición: por consiguiente, el tipo que carece de la realidad, por ningún motivo debe ser opuesto a él, ni puede serlo; porque tal conflicto sólo se suscita entre iguales.
Estas cinco peculiaridades mencionadas por el Apóstol, completan la comparación entre Cristo y Melquisedec, y de este modo desaparece el oropel de aquellos que procuran demostrar que la semejanza principal entre ellos estriba en el ofrecimiento de pan y vino. Vemos que el Apóstol con todo cuidado y aun escrupulosamente examina cada uno de estos puntos; menciona el nombre de la persona, el lugar de su reino, la perpetuidad de su vida, su derecho a los diezmos, y su bendición.
¡Hay, entonces, en estas cosas menos importancia que en la oblación! ¿Diremos que el Espíritu de Dios, por descuido, omitió ésta, de modo que se ocupó sólo de los pequeños detalles. y dejó pasar lo principal y lo más indispensable a su propósito? Mucho me maravillo de que tantos de los antiguos doctores de la Iglesia se dejaran extraviar por esta idea, al grado de que únicamente se ocupaban del pan y del vino. Y fue así como hablaron, “Cristo es un sacerdote según el orden de Melquisedec; y Melquisedec ofreció pan y vino; entonces la oblación de pan y vino es apropiada al sacerdocio de Cristo.” El Apóstol de aquí en adelante hablará extensamente acerca de los antiguos sacrificios pero acerca de este nuevo sacrificio de pan y vino, no dirá una sola palabra. ¿De dónde sacaron, pues, esta idea los escritores eclesiásticos? Indudablemente, ya que por lo común un error conduce a otro, y habiéndose ellos imaginado un sacrificio en la Cena de Cristo, y sin mandamiento alguno de él, adulteraron así la Cena añadiéndole un sacrificio; después, se esforzaron por encontrar argumentos plausibles aquí y allá con el fin de disfrazar y cubrir su error. La ofrenda de pan y vino les agradó y echaron mano de ella inmediatamente sin ninguna prudencia. ¿Pues quién podrá pensar que estos hombres hayan sido más inteligentes que el Espíritu de Dios? No obstante, si aceptamos lo que ellos enseñan, debemos condenar al Espíritu de Dios por descuido al haber omitido un asunto tan importante, ya que de manera especial el problema se trata de manera tan franca y explícita.
Yo pienso que los antiguos inventaron un sacrificio, del cual Moisés jamás imaginó; pues Melquisedec ofreció pan y vino, no a Dios, sino a Abrahán y a sus compañeros. He aquí las palabras, “Entonces Melquisedec, rey de Salém, sacó pan y vino; el cual era sacerdote del Dios alto; y bendíjole,” (Gén. 14:18). Lo primero que se menciona fue un acto de majestad regia; quien refrescó a los fatigados después de la batalla y la jornada, con sustento; la bendición fue un acto sacerdotal. Por lo tanto si su ofrenda tenía algo de místico en sí, la consumación de ella ha de encontrarse en Cristo, cuando alimentó a los hambrientos y fatigados. Pero los romanistas son ridículos en extremo, porque aunque niegan que esencialmente haya pan y vino en la misa, sin embargo hablan mucho acerca del sacrificio de pan y vino.
11 Si pues la perfección era por el sacerdocio Levítico (porque debajo de él recibió el pueblo la ley) ¿qué necesidad había aún de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón?
12 Pues mudado el sacerdocio, necesario es que se haga también mudanza de la ley.
13 Porque aquel del cual esto se dice, de otra tribu es, de la cual nadie asistió al altar.
14 Porque notorio es que el Señor nuestro nació de la tribu de Judá, sobre cuya tribu nada habló Moisés tocante al sacerdocio.
11. Si pues la perfección, o además si la perfección, etc.9 Del propio testimonio el Apóstol llega a la conclusión que el antiguo pacto fue abrogado con la venida de Cristo. El hasta ahora había estado tratando del ministerio y la persona de Cristo; pero como Dios instituyó un sacerdocio con el propósito de ratificar la ley, quedando abolido el primero, lo último necesariamente cesa. Para que mejor se entienda esto, debemos tener presente la verdad general: que ningún pacto entre Dios y el hombre entra en vigor ni es ratificado, a menos que se apoye en un sacerdocio. De aquí que el Apóstol diga que la ley fue introducida al antiguo pueblo bajo el sacerdocio levítico; con lo cual insinúa que el sacerdocio no sólo estaba en vigor durante el período de la ley, sino que fue instituido, como ya afirmamos, con el fin de confirmar la ley.
Ahora bien, el Apóstol razona en esta forma: si el ministro de la iglesia fue perfecto bajo el orden de Aarón, ¿por qué fue necesario cambiarse a otro orden? pues cuando existe perfección nada puede cambiarse. De esto se deduce que el ministerio de la ley no era perfecto, y por tanto un nuevo orden del cual habla David10 tendría que ser introducido (Salmos 110).
Porque debajo de él recibió el pueblo la ley, etc. Este paréntesis fue insertado para que sepamos que la ley fue unida al sacerdocio. El Apóstol tenía la intención de probar que en la ley de Moisés no había un propósito final ante el cual deberíamos detenernos. Esto lo demuestra por la abrogación del sacerdocio, en esta forma: si la autoridad del antiguo sacerdocio hubiera sido del todo eficaz como para establecer plenamente la ley, Dios jamás hubiera introducido en su lugar un sacerdocio diferente. Ahora bien, como algunos pudieran objetar si la abolición de la ley seguiría a la abolición del sacerdocio, él afirma que la ley no sólo fue entregada bajo la tutela de éste, sino que también fue por él establecida.11
12. Pues mudado el sacerdocio, o transferido, etc. Como la autoridad de la ley y del sacerdocio es la misma, Cristo no sólo se convirtió en sacerdote, sino en legislador; de modo que el derecho de Aarón, lo mismo que el de Moisés, le fue transferido a él. La suma de todo es, que el ministerio de Moisés no fue menos transitorio que el de Aarón y por consiguiente, ambos fueron anulados con la venida de Cristo, porque el uno no podría permanecer sin el otro. Por la palabra ley, entendemos lo que peculiarmente pertenecía a Moisés; pues la ley contiene el canon de vida y su pacto de gracia, y en ella encontramos que por todas partes abunda en extraordinarias sentencias por las cuales somos instruidos acerca de la fe, y del temor de Dios. Ninguna de éstas fue abolida por Cristo, sólo aquella parte que se refería al antiguo sacerdocio.
Cristo es aquí comparado con Moisés; y todo lo que ambos hayan tenido en común, no ha de tomarse en consideración, sino únicamente aquello en que diferían. Ambos nos ofrecieron la misericordia de Dios, nos prescribieron las normas de una vida santa y piadosa, nos enseñaron el verdadero culto a Dios, y nos exhortaron a ejercitar la fe y la paciencia, y todos los deberes de la piedad. Pero Moisés era diferente a Cristo en este punto; que como aún no se daba a conocer el amor del evangelio en aquel tiempo, él mantuvo al pueblo detrás del velo, proclamó el conocimiento de Cristo por medio de tipos y sombras, y en suma se acomodó a la capacidad del pueblo ignorante, y no se elevó más allá de los elementos ingenuos. Debemos recordar entonces, que la ley es aquella parte del servicio que Moisés tenía como algo suyo, y diferente de Cristo. La ley, como estaba subordinada al antiguo sacerdocio, fue abolida cuando éste quedó abolido. Y Cristo, siendo hecho sacerdote; fue investido también con la autoridad de legislador, para que pudiera ser el maestro y el intérprete del nuevo pacto. Además, el vocablo ley es aplicado, aunque no en su estricto sentido, al evangelio; pero la impropiedad de lenguaje está tan lejos de tener algo severo en sí, que más bien, a causa del contraste, le añade belleza a la oración, tal como vemos en el capítulo siete de la Epístola a los Romanos.
Por otra parte, la impiedad del papa es tan arrogante, que ha incluido un artículo en sus bulas afirmando que él mismo está investido de la misma autoridad que tenía Aarón, porque la ley, lo mismo que el sacerdocio, le fueron transferidos a él. Mas veamos lo que dice el Apóstol: él sostiene que las ceremonias cesaron desde el tiempo en que Cristo apareció con la orden de proclamar el nuevo pacto. Es absurdo entonces inferir de aquí, que se haya trans ferido algo a los ministros de Cristo; porque el propio Cristo se encuentra aquí solo puesto en contraste con Aarón y Moisés. ¿Bajo qué pretexto puede entonces el anticristo arrogarse tal autoridad? Ciertamente no hablo ahora aquí con el fin de desaprobar tanta arrogancia; pero vale la pena recordar a los lectores esta audacia sacrílega, para que sepan que este conspicuo siervo de los siervos de Cristo descuida completamente el honor de su Maestro, y descaradamente mutila las Escrituras, con el fin de contar con una excusa para su tiranía.
13. Porque aquel del cual esto se dice, o habla, etc.12 Como el Apóstol se dirigía a los que habían reconocido a Jesús, el Hijo de María, como el Cristo, demuestra que el fin del antiguo sacerdocio había llegado, porque el nuevo Sacerdote, que venía a ocupar el lugar del antiguo, era de otra tribu y no de Leví; pues según la ley el honor del sacerdocio tenía que continuar, por privilegio especial, en esa tribu. Pero el escritor agrega que fue evidente que Cristo naciera de la tribu de Judá, porque fue un evento de todos conocido en aquella época. Y cómo en aquel tiempo los creyentes judíos reconocían que Jesús era el Cristo, se hacía necesario también que fuesen persuadidos de que Jesús era el Cristo, se hacía necesario también que fuesen persuadidos de que él era el Hijo de David; pues el Mesías prometido no podría descender de ningún otro.
15 Y aun más manifestó es, si a semejanza de Melquisedec se levanta otro sacerdote.
16 El cual no es hecho conforme a la ley del mandamiento carnal, sino según la virtud de la vida indisoluble;
17 Pues se da testimonio de él; Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.
18 El mandamiento precedente, cierto se abroga por su flaqueza e inutilidad;
19 Porque nada perfeccionó la ley; mas hízolo la introducción de mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.
20 Y por cuanto no fue sin juramento,
21 (Porque los otros cierto sin juramento fueron hechos sacerdotes; mas éste, con juramento por el que dijo: juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote eternamente según el orden de Melquisedec;)
22 Tanto de mejor testamento es hecho fiador Jesús.
15. Y aun más manifiesto es, etc. El demuestra mediante otro argumento, que la ley está abolida. Anteriormente se refería a la persona del sacerdote, mas ahora a la naturaleza del sacerdocio, y la razón por la cual éste fue establecido. El antiguo sacerdocio, agrega él, tenía que ver con los ritos externos; mas en el sacerdocio de Cristo no existe sino lo espiritual. De aqui se deduce que el primero fue inestable y temporal; y el último, en cambio, tenía que ser perpetuo.
16. Del mandamiento carnal, etc. Fue llamado carnal porque se refiere a las cosas del cuerpo, es decir a los ritos externos. Ya sabemos cómo Aarón y sus hijos fueron iniciados en su ministerio. Lo que en Cristo fue cumplido por el poder oculto y celestial del Espíritu Santo, bajo la ley fue simbolizado por el ungüento, vestiduras diversas, el rociamiento de sangre, y otras ceremonias terrenales. Ahora bien, esta clase de institución era apropiada a la naturaleza del sacerdocio; por consiguiente, de esto se infiere que el sacerdocio en sí era susceptible de modificación. Entretanto, como ya lo veremos de aquí en adelante, el sacerdocio no era tan carnal, pues a pesar de todo era espiritual; pero el Apóstol se refiere aquí únicamente a la diferencia entre Cristo y Aarón. No obstante, por muy espiritual que haya sido el significado de estas sombras, no eran más que sombras; y como fueron elaboradas de los elementos tomados de este mundo, se les puede llamar terrenales justamente.
Según la virtud de la vida indisoluble, o sin fin. Como Cristo es un sacerdote perpetuo, se hacía necesario que fuera diferente de Aarón en cuanto a la forma de su nombramiento; y así lo fue, porque no fue Moisés, un mortal, quien lo consagró sino el Espíritu Santo, y ello no con aceite, ni con la pompa exterior de las vestiduras, sino con el poder celestial, y así lo asegura el Apóstol en oposición a los frágiles elementos. Nos damos pues cuenta de cómo se manifiesta en Cristo la eternidad de su sacerdocio.
17. Tú eres sacerdote para siempre, etc. Es sobre una simple frase, para siempre, donde el Apóstol pone la fuerza de expresión en este pasaje; porque ahora confirma lo que dijo acerca de una vida indisoluble. Y demuestra en el acto que Cristo difiere de toda la raza de Leví porque él es hecho sacerdote para siempre.13
Empero, puede objetarse aquí, como lo hacen los judíos, que la palabra leolam, no siempre significa eternidad, sino extensión en el tiempo, un largo tiempo; y se alega, que cuando Moisés habla de los antiguos sacrificios, frecuentemente emplea esta expresión: “esto os será por estatuto perpetuo” (Exodo 12:17 y 19:9). A esto yo respondo, que siempre que los sacrificios de la ley son mencionados, lo “perpetuo” ha de ser limitado al tiempo de la vigencia de la ley; y tal cosa no debe parecer extraña; porque con la venida de Cristo se efectuó cierta renovación en el mundo. Entonces siempre que Moisés habla de su propio ministerio, lo extiende hasta el tiempo más remoto, pero no más allá de Cristo. Debe observarse también, que lo “perpetuo” se aplica a los antiguos sacrificios no con relación a la ceremonia externa sino por causa de su significado místico. Sin embargo, en la ocasión presente, esta razón debe bastar, que Moisés y sus oficios eran para siempre; es decir, hasta la venida del reino de Cristo, cuando el mundo sería renovado. Ahora bien, cuando Cristo vino, y el sacerdocio perpetuo se le confirió, no le podemos poner fin, de modo que no puede terminar después de cierto período de tiempo. Por consiguiente, cuando la palabra es aplicada a él, ha de entenderse en el sentido de eternidad; pues por el contexto hemos de determinar siempre el significado del vocablo leolam.
18. Se abroga por su flaqueza, o se anula, etc. Como el razonamiento del Apóstol depende de este punto capital: que la ley juntamente con el sacerdocio habían llegado a su fin, él explica la razón del por qué de su abolición, precisamente porque eran débiles e inútiles. Y habla así, refiriéndose a las ceremonias, que no contenían nada substancial, y que en sí no tenían nada aprovechable para la salvación; porque la promesa de favor se unía a ellas, y todo lo que Moisés declara respecto a que Dios sería apaciguado mediante sacrificios y que los pecados serían expiados, no pertenecía propiamente a los sacrificios, puesto que eran solamente accidentales en ellos. Porque así como todos los tipos se relacionaban a Cristo, así también derivaban de él toda su virtud y eficacia; más aun, en sí mismos no valían nada ni efectuaban nada; porque toda su eficacia dependía únicamente de Cristo.
Pero como los judíos tontamente colocaban estos ritos en oposición a Cristo, el Apóstol, refutando esta idea, de muestra la diferencia entre las ceremonias y Cristo. Porque tan pronto como éstas son separadas de Cristo, no les queda nada sino flaqueza, de la cual el autor habla. En resumen, no se puede encontrar provecho alguno en las antiguas ceremonias, excepto en su relación con Cristo; pues de esta forma ellas hicieron que los judíos de tal manera se familiarizaran con la gracia de Dios, que hasta cierto punto las observaban esperando algo superior. Recordemos pues que la ley es inservible cuando se separa de Cristo. Y el autor confirma esta verdad llamando a la ley, el mandamiento precedente; pues existe un adagio bien conocido y popular, que una ley vieja es abrogada por una nueva. La ley había sido promulgada mucho antes de David; pero él estaba en posesión de su reino cuando anunció esta profecía respecto al nombramiento de un nuevo sacerdote; la nueva ley, por lo tanto, anuló a la antigua.
19. Porque nada perfeccionó la ley, etc. Ya que había hablado en forma algo brusca de la ley, ahora atenúa o corrige tal brusquedad; pues el Apóstol le concede alguna utilidad, toda vez que había señalado el camino que al fin conduce a la salvación. Sin embargo, la ley era de tal naturaleza que carecía de una perfección plena. El Apóstol razona pues en esta forma: La ley fue solamente un principio; por lo tanto algo más perfecto tendría que sucederle; porque no es conveniente que los hijos de Dios permanezcan siempre en las cosas elementales. Por la frase, hízolo la introducción, el autor quiere decir cierta preparación hecha por la ley, así como los niños son enseñados en aquellos principios que facilitan el camino para algo más elevado. Pero como la preposición epí denota consecuencia, cuando una cosa sigue a la otra; debe, como yo pienso, traducirse así, “mas fue agregada una introducción hacia una mejor es peranza.” Porque el escritor menciona dos introducciones, según mi modo de pensar; la primera, con Melquisedec como tipo; y la segunda, mediante la ley, que en cuanto al tiempo fue posterior. Además, por ley él designa el sacerdocio levítico, que fue añadido al sacerdocio de Melquisedec.
Por una mejor esperanza, ha de entenderse la condición de los fieles bajo el reinado de Cristo; empero el autor pensaba en los patriarcas, quienes no podían estar satisfechos con el estado en que se encontraban, porque aspiraban a cosas más elevadas. De aquí que se diga, “Que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis” (Lucas 10:24). Ellos, pues, fueron conducidos por la mano de la ley como por un ayo, para que avanzaran hacia adelante.14
Por la cual nos acercamos, etc. Ha de entenderse aquí un contraste implícito entre nosotros y los padres; porque en honor y privilegios, nosotros les aventajamos, ya que Dios nos ha comunicado un conocimiento pleno, mas a ellos se les apareció como si estuviera lejos y obscuramente. Hay aquí una alusión hecha al tabernáculo o al templo; porque el pueblo permanecía lejos, en el atrio, y tampoco había acceso más cercano al santuario para nadie, excepto para los sacerdotes; y al santuario interior solamente el sumo sacerdote entraba; mas ahora, no existiendo el tabernáculo, Dios nos admite en un acercamiento familiar con él, cosa que no fue permitida a los padres. Por consiguiente, el que todavía se aferra a las sombras de la ley, o procura restaurarlas, no sólo obscurece la gloria de Cristo, sino también nos priva de un inmenso privilegio; porque coloca a Dios a gran distancia de nosotros, al cual, podemos acercarnos por la libertad que nos otorga el evangelio.
20. Y por cuanto no fue sin juramento, etc. He aquí otro argumento, el por qué la ley debe ceder su lugar al evangelio; pues Dios ha coiocado el sacerdocio de Cristo por encima del de Aarón ya que en honor del primero él se complació en hacer un juramento. Porque cuando nombró a los antiguos sacerdotes, no hizo juramento; mas de Cristo se dice, “juró el Señor;” lo cual, sin duda, fue hecho con el fin de honrarlo. Ya vemos ahora el objeto por el cual el autor cita nuevamente al salmista, precisamente para que sepamos, que mediante el juramento de Dios se ha conferido mayor honor a Cristo que a todos los demás. Mas debemos tener presente esta verdad, que un sacerdote se designa para que sea el fiador de un pacto. De esto deduce el Apóstol, que el pacto que Dios ha hecho por Cristo con nosotros, es mucho más excelente que el antiguo pacto, del cual Moisés fue el intérprete.
23 Y los otros cierto fueron muchos sacerdotes, en cuanto por la muerte no podían permanecer.
24 Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable;
25 Por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.
26 Porque tal pontífice nos convenía; santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos;
27 Que no tiene necesidad cada día, como los otros sacerdotes, de ofrecer sacrificos por sus pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una sola vez, ofreciéndose a sí mismo.
28 Porque la ley constituye sacerdotes a hombres flacos; mas la palabra del juramento, después de la ley, constituye al Hijo, hecho perfecto para siempre.
23. Y los otros ciertamente, etc. El autor ya se había referido a esta comparación; mas como el asunto merecía más atención; lo explica más minuciosamente, aunque el punto de discusión es diferente del anterior; porque entonces dedujo que el antiguo sacerdocio tendría que finalizar, porque los que lo practicaban eran mortales; mas ahora simplemente demuestra que Cristo permanece sacerdote eternamente. Esto lo hace mediante un argumento sacado de cosas desiguales; los sacerdotes antiguos eran muchos, porque la muerte ponía fin a su sacerdocio; pero ahora no hay muerte que impida a Cristo acabar su ministerio. Por consiguiente, sólo él es sacerdote perpetuo. Así pues, una causa diferente produce efectos diferentes.
25. Por lo cual puede también salvar, etc. He aquí el fruto de un sacerdocio eterno, precisamente, nuestra salvación; si es que nosotros en verdad cosechamos dicho fruto por fe, como debemos hacerlo. Pues donde la muerte o un cambio existen, allí sólo buscaremos la salvación en vano; por tanto, los que se adhieren al antiguo sacerdocio, jamás podrán alcanzar la salvación. Cuando dice, los que por él se allegan a Dios, o se acercan a Dios, mediante esta frase señala a los fieles quienes únicamente disfrutan de la salvación lograda por Cristo; pero también indica al mismo tiempo qué clase de fe debe relacionarse con un mediador. El sumo bien del hombre consiste en estar unido a Dios, el cual es la fuente de la vida y de todas las bendiciones; más nuestra impiedad nos aleja de él. Entonces, el oficio peculiar de un mediador es proporcionarnos este auxilio y extender su mano hacia nosotros para conducirnos al cielo. El autor siempre menciona las antiguas sombras de la ley; porque aunque el sumo sacerdote llevaba los nombres de las doce tribus sobre sus hombres y en símbolos sobre su pecho, úni camente él entraba en el santuario, mientras que el pueblo permanecía en el atrio. Mas ahora, confiando en Cristo, el Mediador, entramos por la fe hasta el cielo, porque ya no existe un velo que se interponga, sino que Dios se aparece a nosotros descubierto, y amo rosamente nos invita a una comunión familiar.15
Viviendo siempre, etc. ¡Cuán grande prueba de su buena voluntad y cuán inmenso su amor para con nosotros! Cristo vive para nosotros, no para él. El fue recibido dentro de una bendita inmortalidad para reinar en el cielo, tal como lo declara el Apóstol, por causa nuestra. Por consiguiente, la vida, y el Reino y la gloria de Cristo están destinados para nuestra salvación como su objeto. Cristo conserva todo lo que puede ser aplicado para nuestro provecho; pues él nos ha sido dado por el Padre, una vez por todas, bajo esta condición que todo él sea nuestro. Al mismo tiempo el autor nos enseña, por medio del ejemplo de Cristo, al desempeñar su ministerio como sacerdote; pues a un sacerdote le corresponde interceder por el pueblo, para que éste obtenga el favor de Dios. He aquí lo que Cristo hace continuamente, pues para esto se levantó de entre los muertos. Entonces, por derecho, a causa de su continua intercesión, él reclama para sí el ministerio sacerdotal.
26. Porque tal pontífice nos convenía, etc. El escritor razona todo lo que está necesariamente relacionado con el sujeto. Estas condiciones, o cualidades, como se dice ordinariamente, son una necesidad requerida en el sacerdote: que sea justo, inocente, y limpio de toda mancha. Este honor corresponde sólo a Cristo. Por consiguiente, lo que se requería para una verdadera autoridad en el oficio, faltaba en los sacerdotes de la ley. De esto se deduce que no había perfección en el sacerdocio levítico; ni era legítimo en sí verdaderamente, a menos que estuviese subordinado al de Cristo; y sin duda, los ornamentos exteriores del sumo pontífice señalaban este defecto; pues ¿para qué se empleaban esas espléndidas y costosas vestiduras con las cuales Dios ordenó que se ataviase al desempeñar los ritos sagrados? ¿Qué no eran sólo símbolos de una santidad y excelencia que sobrepasaba a todas las virtudes humanas? Ahora bien, estos símbolos fueron introducidos porque la realidad no existía. Entonces, es indiscutible que únicamente Cristo es el sacerdote plenamente calificado.
Apartado de los pecadores, etc. Esta cláusula incluye a todos los demás. Si bien había algo de santidad, inocencia y cierta pureza en Aarón, pero sólo en forma insignificante; pues él y sus hijos estaban contaminados de muchas impurezas; mas Cristo, exento de la suerte común de los hombres, está libre de todo pecado; por tanto, sólo en él se encuentra la verdadera santidad e inocencia. Pero no se dice que él esté apartado de nosotros para que nos rechace de su compañia, sino porque él tiene esta excelencia que le hace superior a todos nosotros, y está libre de toda impureza.16
De aquí deducimos que todas las oraciones no apoyadas en la intercesión de Cristo, son rechazadas.
Sin embargo, tal vez pudiera interrogarse si los ángeles están o no apartados de los pecadores, y si lo están, ¿qué les impide desempeñar el oficio sacerdotal, y ser nuestros mediadores delante de Dios? Para esto, existe una respuesta fácil: No, ninguno puede ser legítimo sacerdote, a menos que sea designado por un mandato de Dios y Dios en ninguna parte ha conferido este honor a los ángeles. Sería entonces una usurpación sacrílega, el que ellos, sin ser llamados, se entrometieran en este oficio; además era necesario, como ya lo veremos al principio del capítulo siguiente, que el Mediador entre Dios y los hombres fuese un hombre. Por otra parte: lo último mencionado aquí por el Apóstol es muy suficiente como respuesta a la pregunta hecha al principio; porque ninguno puede unirnos a Dios sino el que llega hasta él; y este no es el privilegio de los ángeles, porque no se dice que ellos hayan sido hechos más sublimes que los cielos. Por consiguiente, pertenece sólo a Cristo el reconciliarnos a Dios, ya que él está por encima de todos los cielos. Ahora bien, estas palabras significan lo mismo que si se dijera que Cristo ha sido puesto por encima de todos los órdenes de las cosas creadas, de suerte que él se yergue eminente sobre todos los ángeles.
27. Que no tiene necesidad, etc. El Apóstol prosigue el contraste entre Cristo y los sacerdotes levitas; y señala especialmente dos defectos, por decirlo así, en el antiguo sacerdocio, por los cuales se hace evidente que no era perfecto. Y ciertamente, él trata el tema sólo en forma breve; pero después explica cada detalle en forma más minuciosa. y muy particularmente lo que respecta a los sacrificios diarios, ya que el problema fundamental era ese. También trataré ahora brevemente de varias cosas. Uno de los defectos del antiguo sacerdocio, consistía en que el sacerdote ofrecía sacrificios por sus propios pecados; ¿cómo, pues, podía haber pacificado a Dios para con los demás uno que precisamente le había ofendido? Entonces, bajo ningún concepto eran ellos justos en su ministerio acerca de la expiación de los pecados. El otro defecto era, que ofrecían sacrificios diariamente; esto indica que no había verdadera expiación; porque al repetirse la purificación, los pecados permanecen. Con Cristo, el caso fue del todo diferente; pues él mismo no necesita de sacrificio, ya que no tenía mancha alguna de pecado; y su sacrificio fue tal, que por sí solo, fue suficiente hasta el fin del mundo, porque se ofreció a sí mismo.17
28. Porque la ley, etc. De los defectos de los hombres, el autor saca su conclusión respecto a la flaqueza del sacerdocio, como si dijera: “Puesto que la ley no hace verdaderos sacerdotes, el defecto debe remediarse en otra forma; y es remediado por la palabra del juramento; porque Cristo fue constituido sacerdote, no del orden común de los hombres, sino Hijo de Dios, no sujeto a defectos, mas adornado y dotado de la más elevada perfección.” El escritor de nuevo nos recuerda que el juramento fue posterior a la ley, con el fin de probar que Dios, no estando satisfecho con el sacerdocio de la ley, ideó constituir un sacerdocio mejor; porque en las instituciones de Dios lo que está después es siempre mejor que lo anterior, o anula lo que fue hecho para gobernar por un breve tiempo.
Capítulo 8
1 Así que, la suma de lo dicho es: Tenemos tal pontífice que se asentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos;
2 Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre.
3 Porque todo pontífice es puesto para ofrecer presentes y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tuviese algo que ofrecer.
4 Así que, si estuviese sobre la tierra, ni aun sería sacerdote, habiendo aún los sacerdotes que ofrecen los presentes según la ley;
5 Los cuales sirven de bosquejo y sombra de las cosas celestiales; como fue respondido a Moisés cuando había de acabar el tabernáculo: Mira, dice, haz todas las cosas conforme al dechado que te ha sido mostrado en el monte.
6 Mas ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, el cual ha sido formado sobre mejores promesas.
1. Así que, la suma acerca de lo dicho, etc. Para que los lectores supieran el asunto de que trataba, el Apóstol les recuerda que su objeto es probar que el sacerdocio de Cristo, por el cual se abrogó el de la ley, es espiritual. El autor emplea el mismo argumento; pero como polemiza con varios razonamientos, introdujo esta admonición, con el fin de mantener a sus lectores atentos a lo que se proponía.
Ya demostró que Cristo es el Sumo Sacerdote; y ahora insiste en que su sacerdocio es celestial. De esto se deduce que, por su venida, el sacerdocio establecido por Moisés, bajo la ley, quedaba sin vigor, por cuanto era humano. Y como Cristo sufrió en la humilde condición de hombre, tomando la forma de siervo, y humillándose a sí mismo (Fil. 2:7), el Apóstol nos recuerda su ascención, por la cual fue quitada no sólo la vergüenza de la cruz, sino también la condición abyecta y miserable que había asumido juntamente con nuestra carne; porque es por el poder del Espíritu Santo, gloriosamente manifestado en la resurrección y ascensión de Cristo, por lo que la dignidad de su sacerdocio ha de ser estimada. Por lo tanto, el autor razona así: “Ya que Cristo ha ascendido a la diestra de Dios, para reinar gloriosamente en el cielo, él no es el ministro del santuario humano sino celestial.”1
2. Del santuario, o, literalmente, de las cosas santas, etc. El vocablo ha de entenderse como si estuviera en el género neutro; y el Apóstol se explica mejor agregando, aquel verdadero tabernáculo.2
Mas pudiera alguien preguntarse si el tabernáculo erigido por Moisés fue falso, y construido presuntuosamente, ya que hay un contraste implícito en las palabras. A esto replico, que el verdadero, mencionado aquí, no es colocado en oposición al falso, sino únicamente a lo que tuvo de típico; tal como vemos en Juan 1:17, “Porque la ley por Moisés fue dada; mas la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha.” Luego el antiguo tabernáculo no fue producto de la inventiva del hombre, sino el símbolo del tabernáculo celestial. Sin embargo, como una sombra difiere de la substancia, y la señal, de lo significado, el Apóstol niega que haya sido el verdadero tabernáculo, como si afirmara que éste era sólo una sombra.
Que el Señor asentó, o fijó, etc. ¿Qué quiere decir el Apóstol al colocar el sacerdocio de Cristo en el cielo? Porque, sin duda, él sufrió en la tierra, y con su sangre expió nuestros pecados, pues él tuvo su orígen en la simiente de Abrahán; el sacrificie de su muerte fue visible; y por último, para poder ofrecerse a sí mismo al Padre, fue necesa rio que él descendiera desde el cielo a la tierra, y como hombre exponerse a los dolores de esta vida mortal, y finalmente a la misma muerte. A esto replico, que todo lo de especie humana, que a primera vista aparezca estar en Cristo, ha de mirarse espiritualmente con los ojos de la fe. Así, su carne, por cuanto procedía de la simiente de Abrahán, y puesto que era el templo de Dios, tenía un poder vivificante; y ciertamente la muerte de Cristo hizo la vida del mundo, la cual verdaderamente está por encima de la naturaleza humana. Por consiguiente, el Apóstol no se refiere a lo que pertenece peculiarmente a esta naturaleza sino al poder oculto en ella del Espíritu Santo; y por eso es, por lo que la muerte de Cristo no tiene nada de terrenal en sí. Cuando hablemos pues de Cristo aprendamos a elevar todos nuestros pensamientos al reino de Dios, para que no nos quede alguna duda.
Casi el mismo objeto tiene la palabra de Pablo en 2 Cor. 5:1; donde él llama a Dios el constructor de este tabernáculo, con el fin de declarar su es tabilidad y perpetuidad; ya que, por otra parte, todo lo que es edificado por las manos de los hombres, es inestimable, y finalmente perecedero. Pero él dice esto porque la redención fue verdaderamente una obra divina, lograda por la muerte de Cristo; y en esto el poder de Cristo se manifestó en forma admirable.
3. Porque todo pontífice, etc. El Apóstol se propone demostrar, que el sacerdocio de Cristo no puede coexistir con el sacerdocio levítico. Y lo prueba en esta forma, “La ley instituyó sacerdotes para ofrecer sacrificios a Dios; y de esto se desprende que el sacerdocio sea inútil sin sacrificio. Empero Cristo no ofrecía sacrificio, como los que se ofrecían bajo la ley; por lo cual, su sacerdocio no es terrenal sino de un carácter más excelente.”
Examinemos ahora cada una de las cláusulas. Lo primero digno de observarse, es lo que al autor nos enseña: que ningún sacerdote es designado sino para ofrecer presentes; por lo tanto es evidente que ningún favor divino puede obtenerse para los hombres salvo por medio de un sacrificio. En consecuencia, para que nuestras oraciones sean escuchadas, deben estar apoyadas en un sacrificio; por lo cual, la audacia de los que acuden presurosos a Dios pasando por alto a Cristo y olvidando su muerte, es del todo perniciosa y fatal. Ahora bien, si queremos orar de manera provechosa, debemos aprender a colocar siempre delante de nosotros la muerte de Cristo, porque es lo único que santifica nuestras oraciones. Pues Dios jamás nos oirá a menos que él esté reconciliado con nosotros; y debe ser pacificado, en primer lugar porque nuestros pecados hacen que él esté airado en contra nuestra. El sacrificio pues, debe preceder necesariamente, para que pueda haber algún provecho de la oración.
De esto podemos inferir que ninguno, ya sean los ángeles o los hombres, es idóneo para pacificar a Dios, porque todos están desprovistos de sacrificio propio que puedan ofrecer para apaciguarle. Y con esto queda expuesta claramente la desfachatez de los romanistas, quienes hacen aparecer a los apóstoles y mártires como mediadores juntamente con Cristo en la obra de intercesión; pues en vano sirven para ello, a menos que los llenen de sacrificios.3
4. Así que, si estuviese sobre la tierra etc. Queda ya establecido claramente que Cristo es el sumo sacerdote; mas como el oficio de un juez no existe sin leyes y estatutos, así el oficio de sacrificar debe ser relacionado con Cristo como sacerdote: pero como él no tiene un sacrificio terrenal o visible, no puede ser sacerdote en la tierra. Debemos retener siempre esta verdad, que cuando el Apóstol habla de la muerte de Cristo, no considera la acción externa, sino el provecho espiritual. El sufrió la muerte como todos los hombres, pero como sacerdote, hizo la expiación por los pecados del mundo en una forma divina; hubo un derramamiento externo de sangre, pero también hubo una purgación interna y espiritual; en resumen, él murió en la tierra, mas el poder y eficacia de su muerte procedían del cielo.
Lo que sigue a continuación algunos lo traducen así: “El no podía ser un sacerdote de los que ofrecían presentes conforme a la ley.” Empero las palabras del Apóstol significan otra cosa; por lo tanto yo prefiero esta interpretación: “El no podía ser un sacerdote entretanto que hubiera sacerdotes que, etc.” Pues el autor se propone demostrar una de estas dos cosas: o que Cristo no era sacerdote mientras continuara el sacerdocio de la ley, ya que él no ofrecía sacrificio, o que los sacrificios de la ley cesaron tan pronto como apareció Cristo. Lo primero está contra toda razón, porque es un acto de impiedad el despojar a Cristo de su sacerdocio. Debemos pues reconocer, que el orden levítico fue abolido ya.
5. Los cuales sirven de bosquejo, etc. El verbo latreúein, servir, entiendo que aquí significa el desempeño de los ritos sagrados; y en igual forma han de entenderse en o epí. Esto ciertamente es más apropiado que la interpretación dada por algunos: “Los cuales sirven de sombra y ejemplo de las cosas celestiales;” y la construcción en griego admite, naturalmente, el significado que yo de había dado. En suma, él nos enseña que el verdadero culto a Dios no consiste en las ceremonias de la ley, y por consiguiente los sacerdotes levitas, mientras ejecutaban sus funciones, no tenían sino un bosquejo o forma inferior al prototipo; éste es el significado del vocablo hupodeígma, ejemplar. Y en esta forma se anticipa a lo que pudiera haberse suscitado como objeción; porque demuestra que el culto a Dios, de acuerdo con los antiguos sacrificios, no era superfluo, porque señalaba a lo que estaba más elevado, o sea, a las realidades celestiales.4
Como fue respondido a Moisés, o se le advirtió, etc. este pasaje se encuentra en Exodo 25:40; y el Apóstol lo cita aquí expresamente para demostrar que todo el culto, de acuerdo con la ley, no era más que un cuadro, por decirlo así, designado para representar en forma vaga, lo que espiritualmente se encuentra en Cristo. Dios mandó que todas las partes del tabernáculo correspondieran con el modelo original, el cual había sido mostrado a Moisés en el Monte. Y si la forma del tabernáculo señalaba a algo más, entonces el caso debe haber sido el mismo tocante a los ritos y al sacerdocio; de esto se deduce que no había nada real en ellos.
Este es un pasaje extraordinario, porque contiene tres cosas que merecen atención especial.
Primero: aprendemos que los antiguos rituales no sin razón fueron instituidos, como si Dios por ellos atrajera la atención del pueblo, como se hace con las diversiones infantiles; y la forma del tabernáculo no era algo vacío o desprovisto de significado, sino planeado únicamente para llamar la atención por su magnificencia exterior; porque había un significado verdadero y espiritual en todas estas cosas, puesto que Moisés ordenó ejecutarlo todo de acuerdo con el modelo original que le fue dado en el cielo. Profana en extremo debe ser pues la opinión de aquellos que sostienen que las ceremonias fueron ordenadas únicamente como un recurso para restringir el desenfreno del pueblo, a fin de que no se volviera tras los extraños ritos de los paganos. Es posible que pueda haber algo de esto; pero está muy lejos de serlo todo. Ellos omiten algo mucho más importante, estas cosas fueron los medios utilizados para retener al pueblo en espera de un Mediador.
Sin embargo, no hay razón para que seamos aquí demasiado curiosos, al grado de buscar en cada clavo y en cada minucia algún sublime misterio, como lo hizo Hesiquio y muchos de los antiguos escritores, quienes afanosamente trabajaron en esta obra; pues mientras ellos trataban de filosofar refinadamente sobre las cosas que desconocían, cometieron disparates infantiles, y por sus tontas frivolidades, se hicieron ridículos. Debemos pues actuar con moderación sobre este respecto, y lo podremos lograr si sólo tratamos de saber lo que se nos ha revelado acerca de Cristo.
Segundo: se nos enseña que todas estas formas de culto son falsas, inventadas por los hombres sin la autorización de Dios; pues ya que Dios ordena que todo debe hacerse conforme a sus propios mandamientos, no es lícito que nosotros hagamos algo diferente de lo ordenado por él, porque estas dos formas de expresión, “Mira, haz todas las cosas conforme al modelo,” y “Mira que no hagas nada en desacuerdo con el modelo,” significan lo mismo. Entonces, al reforzar la orden entregada por Dios mismo, nos prohibe apartarnos de ella, aun en lo más insignificante. Por esta razón todas las formas de culto enseñadas por los hombres caen por tierra, y también esas cosas llamadas sacramentos que no proceden de Dios.
Tercero: aprendemos que no existen verdaderos símbolos religiosos sino únicamente aquellos que se conforman a lo requerido por Cristo. Entonces debemos tener cuidado, no sea que al tratar de conformar nuestras invenciones con Cristo, lo transfiguremos, como hacen los romanistas, de modo que él ya no sea como es en realidad; pues no nos toca a nosotros inventar algo según nos plazca, porque sólo a Dios corresponde enseñarnos lo que debemos hacer; y ello tendrá que ser de acuerdo con el modelo que nos ha sido mostrado.
6. Mas ahora tanto mejor ministerio es el suyo, etc. Como el Apóstol antes había deducido la excelencia del pacto de la dignidad sacerdotal, así también, ahora sostiene que el sacerdocio de Cristo es más excelente que el de Aarón, porque es el intérprete y Mediador de un mejor pacto. Ambas cosas eran necesarias, pues los judíos tenían que ser sacados de la obervancia supersticiosa de los ritos, por causa de los cuales no podían avanzar hacia adelante hacia la verdad pura y real del evangelio. El Apóstol dice ahora que era pues justo que Moisés y Aarón cedieran el lugar a Cristo, como a uno más excelente que ellos, porque el evangelio es un pacto más excelente que la ley, y también porque la muerte de Cristo fue un sacrificio más noble que el de las víctimas bajo la ley.
Empero lo que añade es un poco difícil: que el pacto del evangelio fue proclamado sobre mejores promesas;5 porque es evidente que los padres bajo la ley tuvieron la misma esperanza de vida eterna propuesta a ellos y a nosotros, y en igual forma tuvieron la gracia de la adopción como nosotros, entonces la fe debe haber descansado sobre las mismas promesas. Pero la comparación hecha por el Apóstol se refiere a la forma más bien que a la substancia; porque aunque Dios les prometió la misma salvación que nos promete hoy día, no obstante, ni la forma ni el carácter de la revelación es el mismo o igual al que nosotros disfrutamos. Si alguno desea saber más sobre este tema, lea el capítulo 4 y 5 de la Epístola a los Gálatas y mi Institución.
7 Porque si aquel primero fue sin falta, cierto no se hubiera procurado lugar de segundo.
8 Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, y consumaré para con la casa de Israel y para con la casa de Judá un nuevo pacto:
9 No como el pacto que hice con sus padres, el día que los tomé por la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo los menosprecié, dice el Señor.
10 Por lo cual, este es el pacto que ordenaré a la casa de Israel despues de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en el alma de ellos, y sobre el corazón de ellos las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo:
11 Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor de ellos hasta el mayor.
12 Porque seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus iniquidades no me acordaré más.
13 Diciendo, nuevo pacto, dio por viejo al primero; y lo que es dado por viejo y se envejece, cerca está de desvanecerse.
7. Porque si aquel primero, etc. El Apóstol confirma lo que ya dijo sobre la excelencia del pacto que Dios ha hecho con nosotros por Cristo; y lo confirma sobre esta base: el pacto de la ley no era válido ni permanente; pues si nada le faltaba, ¿por qué fue substituido por otro? Pero otro ha sido puesto en su lugar; y con ello se demuestra que el antiguo pacto no era perfecto en todas sus partes. Para probarlo, aduce el testimonio de Jeremías, el cual examinaremos después.
Mas a duras penas nos parece convincente afirmar, que después de haber dicho que no habría un segundo pacto, si el primero hubiera sido perfecto, dijera que la imperfección estaba en el pueblo, y que por esta razón el nuevo pacto fue introducido como un remedio; porque parece injusto, que si la culpa estaba en el pueblo, fuera transferida al pacto de Dios. Por consiguiente, el argumento no parece válido, pues aunque Dios hubiera culpado al pueblo cien veces, no obstante el pacto no podría por esta causa considerarse defectuoso. La respuesta a esta objeción puede darse fácilmente. Aunque el crimen por violación del pacto fue justamente imputado al pueblo, a causa de su propia deslealtad por haberse apartado de Dios, la imperfección del pacto también es notable por que no fue escrito en sus corazones. Por tanto, para hacerlo perfecto y válido Dios declara que necesitaba una reforma. No fue entonces sin razón que el Apóstol porfiara en que se tendría que dar lugar a un segundo pacto.6
8. He aquí vienen días, etc. (Jeremías 31:31–34). El profeta habla del tiempo futuro. Acusa al pueblo de perfidia, porque no continuaba fiel después de haber recibido la ley. La ley fue, entonces, el pacto quebrantado por el pueblo, tal como Dios lo hace saber. Para remediar este mal, Dios prometió un pacto nuevo y diferente, cuyo cumplimiento profético fue la abrogación del antiguo pacto.
Podría decirse que el Apóstol parece irrazonable al darle vueltas a esta profecía para acomodarla a su propia finalidad; pues aquí la cuestión se relaciona con las ceremonias, pero el profeta habla de toda la ley; ¿qué tiene que ver la ley con las ceremonias, si Dios escribiría en el corazón la regla de una vida santa y piadosa, entregada mediante la palabra y la enseñanza de los hom bres? A esto replico que el argumento es aplicado del todo a una parte. No hay duda que el profeta incluye toda la dispensación mosaica cuando expresa “Hice con vosotros un pacto que no habéis guardado.” Además, la ley en cierta forma estaba revestida de ceremonias; pues bien, cuando el cuerpo está muerto, ¿qué necesidad hay de vestidos? Es un adagio común que lo accesorio no es del mismo carácter que lo principal. No es de extrañar, pues, que las ceremonias, que no son sino complementos del antiguo pacto, tengan que llegar a un fin, juntamente con toda la dispensación mosaica. Tampoco es insólito entre los apóstoles, que cuando hablan de ceremonias, discuten el problema general de toda la ley. Así, pues, aunque la profecía de Jeremías abarque un campo más amplio que las ceremonias, no obstante al incluirlas también bajo el nombre del antiguo pacto, se puede aplicar con toda propiedad al tema presente.
Ahora bien, por los días que el profeta menciona, todos están de acuerdo en que significan el reino de Cristo. De esto deducimos que el antiguo pacto fue cambiado por la venida de Cristo. Y él nombra la casa de Israel y la casa de Judá, porque la posteridad de Abrahán se había dividido en dos reinos. Así que la promesa consiste en juntar otra vez a todos los elegidos en un solo cuerpo, no importando lo separado que hayan estado antes.
9. No como el pacto, etc. Aquí se expresa la diferencia entre el pacto que existía entonces y el nuevo que les hizo estar en expectación. De otro modo, el profeta únicamente hubiera dicho, “Yo renovaré el pacto que por vuestra culpa ha venido a nada;” pero él ahora declara expresamente que sería uno distinto del primero. Al aseverar que el pacto fue hecho en el día cuando él los tomó de la mano para rescatarlos de la esclavitud, el Apóstol recalcó el pecado de apostasía, recordándoles así tan grande beneficio. Además él no acusó de ingratitud sólo a una generación, pues como estos mismos hombres habiendo sido librados recayeron inmediatamente, y su posteridad siguió su ejemplo reincidiendo continuamente, de aquí que toda la nación se convirtiera en quebrantadora del pacto.
Al decir que los menospreció o que no se interesó por ellos, el autor insinúa que de nada les aprovecharía el haberlos adoptado una vez como pueblo de Dios, a menos que él los socorriera con esta nueva clase de medicina. También el profeta expresa en hebreo algo más; empero esto tiene poco que ver con el asunto actual.7
10. Por lo cual, este es el pacto que ordenaré, etc. Hay dos partes principales en este pacto; la primera concierne a la remisión gratuita de los pecados; y la otra, a la renovación interior del corazón. Hay también una tercera que depende de la segunda, y esa es la iluminación de la mente en cuanto al conocimiento de Dios. Hay aquí muchas cosas muy dignas de atención. La primera es que Dios nos llama a sí, pero vanamente mientras que sólo nos hable por la voz del hombre. El ciertamente nos enseña y manda lo recto, pero es como si hablara a un sordomudo; porque cuando aparentamos oír algo, nuestros oídos sólo reciben el golpe de un sonido vacío; y el corazón, lleno de perversidad y depravación, rechaza toda sana doctrina. En suma, la palabra de Dios nunca penetra en nuestros corazones, porque son de hierro y piedra y permanecerán así hasta que sean suavisados por él. Más aun, en ellos se encuentra una ley contraria, porque las pasiones perversas dominan por dentro, y nos conducen a la rebelión. En vano Dios proclama su ley por medio de los hombres, a menos que la escriba por su Espíritu en nuestros corazones, es decir, a menos que nos moldee y prepare para la obediencia. De esto se deduce que de nada nos sirve el libre albedrío y la justicia natural si Dios no nos regenera. Ciertamente, nosotros queremos escoger libremente y lo hacemos; mas nuestra libertad es llevada por cierta clase de impulso loco a resistir a Dios. Así pues, la ley viene a ser ruinosa y fatal para nosotros en tanto que permanezca escrita únicamente sobre tablas de piedra, como Pablo también nos enseña (2 Cor. 3:3). En resumen, sólo seremos obedientes para aceptar lo que Dios ordena, cuando por su Espíritu él cambie y corrija la depravación natural de nuestros corazones. De otro modo él no encontrará nada en nosotros, sino afectos corrompidos y un corazón completamente entregado al mal. Ciertamente lo enunciado es muy claro, un nuevo pacto se establecería, y de acuerdo con él, Dios grabaría sus leyes en nuestros corazones, porque en otra forma sería en vano y no tendría efecto.8
El segundo dato se refiere al perdón gratuito de los pecados. Aunque hayan pecado, dice el Señor, yo los perdonaré. Esta parte es también muy necesaria; pues Dios jamás nos moldea para la obediencia de su justicia, al grado de eliminar completamente todos los afectos corrompidos de la carne; más aun, es sólo en parte que la depravación de nuestra naturaleza es corregida; de modo que la lujuria se manifiesta de vez en cuando. De aquí esa contienda de la cual Pablo se queja, cuando los fieles no obedecen a Dios como debieran, sino que lo ofenden de varias maneras (Romanos 7:13). Muy a pesar de los deseos que tengamos de vivir rectamente, no obstante, somos aún culpables de muerte eterna delante de Dios, porque nuestra vida está muy lejos de la perfección que la ley requiere. Por consiguiente, no habría estabilidad en el pacto, si Dios no perdonara gratuitamente nuestros pecados. Pero es un privilegio peculiar de los fieles que se han acogido al pacto ofrecido en Cristo, para que se sientan seguros de que Dios les es propicio. Tampoco el pecado, al cual están propensos, es un estorbo para ellos, porque cuentan con la promesa de perdón.
Y debe observarse que este perdón se les ha prometido, no sólo por un día, sino hasta el fin de la vida, para que así tengan una reconciliación diaria con Dios; pues este favor es extendido a todo el reino de Cristo, como Pablo abundantemente lo prueba en el capítulo quinto de la Segunda Carta a los Corintios. Y sin duda, este es el único y verdadero asilo de nuestra fe, en el cual si no nos refugiamos, estaremos expuestos a una constante desesperación. Porque todos nosotros somos culpables y no podemos obtener la liberación en otra forma más que refugiándonos en la misericordia de Dios, quien únicamente puede perdonarnos.
Y ellos me serán a mí, etc. He aquí el fruto del pacto, Dios nos escoge para ser su pueblo, y nos asegura que será el guardián de nuestra salvación. Este es verdaderamente el significado de estas palabras. Y seré a ellos por Dios; porque Dios no es Dios de muertos, ni tampoco nos toma bajo su protección, sin que nos haga partícipes de justicia y de vida. Así, David justamente exclama: “Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmos 144:15). No hay duda alguna ya de que también esta verdad nos pertenezca, pues aunque los israelitas tuvieron el primer lugar, y son los herederos propios y legítimos del pacto, con todo, su prerrogativa no nos impide a nosotros poseer también el derecho del primer ocupante. En suma, por muy lejano y anchuroso que se extienda el reino de Cristo, este pacto de salvación tendrá el mismo alcance.
Mas podría interrogarse, si bajo la ley había una segura y firme promesa de salvación, si los padres tuvieron el don del Espíritu, o si disfrutaron del paternal favor divino mediante la remisión de los pecados. Seguro, que sí, pues es evidente que ellos adoraron a Dios con un corazón sincero y una limpia conciencia, y anduvieron en sus mandamientos, y esto no podría haber ocurrido si no hubieran sido enseñados por el Espíritu; y también es evidente que siempre que reflexionaba sobre su pecados, eran levantados por la seguridad de un perdón gratuito. Sin embar go, el Apóstol, al relacionar la profecía de Jeremías con la venida de Cristo, parece haberlos hurtado de estas bendiciones. A esto replico que el autor no niega expresamente que Dios en tiempos pasados escribió la ley en sus corazones y perdonó sus pecados, mas hace una comparación entre lo menor y lo mayor. Como el Padre ya ha extendido más plenamente el poder de su Espíritu bajo el reino de Cristo, y ha derramado más abundantemente su misericordia sobre la humanidad, esta grandeza hace insignificante a la pequeña porción de gracia que él se complació en otorgar a los padres. Vemos también que las promesas en aquel entonces eran obscuras e intrincadas, de modo que sólo brillaban como una luna y las estrellas en comparación con la clara luz del evangelio, que resplandece lúcida sobre nosotros.
Empero si se objetare y dijere que la fe y obediencia de Abrahán era tan ciega, que difícilmente podría hoy encontrarse un ejemplo igual en todo el mundo; he aquí mi respuesta: que el asunto aquí no es acerca de personas, sino que se refiere a la economía de la Iglesia. Además, sea lo que fueren los dones que obtuvieron los padres, fueron accidentales, a tono con su época; pues era necesario que ellos dirigieran su mirada a Cristo para poderlos poseer. Por ello no sin razón el Apóstol, al comparar el evangelio con la ley, quitó de ésta lo que es peculiar a aquél. Sin embargo, no hay razón por la que Dios no haya extendido aun la gracia del nuevo pacto a los padres. Esta es la verdadera solución del problema.
11. Y ninguno enseñará, etc. Habíamos dicho que el tercer punto es como si fuera una parte del segundo, incluso en estas palabras, Daré mis leyes en el alma de ellos; porque es obra del Espíritu de Dios iluminar nuestras mentes, para que así sepamos cuál es su voluntad y para que inclinemos nuestros corazones a la obediencia. Pues el verdadero conocimiento de Dios es una sabiduría que sobrepasa en extremo la comprensión del entendimiento humano; por lo cual, nadie puede alcanzarla excepto por revelación secreta del Espíritu. De aquí que Isaías, al hablar de la restauración de la Iglesia, diga que todos los hijos de Dios serían sus discípulos o alumnos (Isaías 28:16). Lo que quiere decir nuestro profeta es lo mismo que afirma cuando presenta a Dios diciendo: “Ellos me conocerán.” Porque Dios no promete lo que está a nuestro alcance, sino lo que sólo él puede hacer. En suma, estas palabras del profeta son lo mismo que si dijera que nuestras mentes están cegadas y desposeídas de todo conocimiento recto hasta que son iluminadas por el Espíritu de Dios. En esta forma, Dios es rectamente conocido sólo de aquellos a quienes se ha querido revelar por un favor muy especial.
Al afirmar: Desde el menor de ellos hasta el mayor, el autor insinúa: primero, que la gracia de Dios sería derramada sobre los hombres de toda condición, para que nadie se quedara sin ella. Segundo; nos recuerda que ni aun los hombres rudos o ignorantes son excluidos de esta sabiduría celestial, y que los grandes y nobles no la pueden alcanzar por sus propios medios ni ayudados por la ciencia. Así, Dios relaciona al más bajo y vil con el más encumbrado, de modo que la ignorancia no sea impedimento para unos, ni tampoco que otros puedan ascender por su propio valer; sino que el Espíritu Santo sea el maestro de todos.
Los fanáticos encuentran aquí ocasión para suprimir la predicación pública, como si ya no pudiera servir de nada en el reino de Cristo; pero su locura puede ser expuesta muy fácilmente. He aquí su objeción: “Después de la venida de Cristo cada uno tendrá que enseñar a su prójimo; suprimamos, pues, el ministerio externo, para que se dé lugar a la inspiración interna de Dios.” Mas ellos pasan por alto esto, que el profeta no niega completamente que enseñarán los unos a los otros, sino que sus palabras son estas, Ellos no enseñarán, diciendo, Conoce al Señor; o como si dijera, “La ignorancia no dominará como hasta ahora las mentes de los hombres para no saber quién es Dios.” Empero nosotros sabemos que el empleo de la enseñanza tiene dos aspectos; primero, para que aquellos que son completamente ignorantes puedan aprender los primeros rudimentos; y segundo, para que aquellos que se han iniciado puedan progresar. Entonces, como los cristianos entretanto que viven deben progresar, seguramente que no podrán decirse que alguno es tan sabio que ya no necesite ser enseñado; de modo que una parte, y no pequeña, de nuestra sabiduría, es un espíritu dócil. ¿Y cuál es la forma de progresar si deseamos ser discípulos de Cristo? Esto nos es demostrado por Pablo cuando dice que Cristo instituyó pastores y maestros (Efesios 4:11). De esto deducimos que en poco estimaron al profeta al atribuirle el haber despojado a la Iglesia de tal beneficio.9 Su único objeto era demostrar que Dios mismo se daría a conocer a grandes y pequeños, de acuerdo también con lo que había profetizado en Joel 2:28.10 Debemos también fijarnos, aunque sea de pasada, que esta luz del conocimiento sagrado se promete particularmente a la Iglesia; por lo cual este pasaje no pertenece a nadie sino a la familia de la fe.11
13. Diciendo, nuevo pacto, etc. Partiendo del hecho que se ha establecido un pacto, el Apóstol deduce la anulación del otro; y al llamarlo antiguo pacto, presupone su abrogación; pues lo que está viejo tiende a desaparecer.12 Además, como ya se substituyó por uno nuevo, el antiguo ha llegado a su fin; pues el segundo, como ya se ha expresado, tiene otro carácter. Empero si toda la dispensación mosaica, en tanto que se oponía a la dispensación de Cristo, terminó, entonces las ceremonias también deben haber cesado.
Capítulo 9
1 Tenía empero también el primer pacto reglamentos de culto, y santuario mundano.
2 Porque el tabernáculo fue hecho: el primero, en que estaban las lámparas, y la mesa, y los panes de la proposición; lo que llaman el santuario.
3 Tras del segundo velo estaba el tabernáculo, que llamaba el lugar santísimo;
4 El cual tenía un incensario de oro, y el arca del pacto cubierta de todas partes alrededor de oro; en la que estaba una urna de oro; que contenía el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto;
5 Y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en particular.
1. Tenía empero también el primer, etc.1 Después de haber hablado en forma general sobre la abolición del antiguo pacto, se refiere en lo particular a las ceremonias. Su objeto es demostrar que todo lo que entonces se practicaba, quedó terminado con la venida de Cristo, En efecto, primero afirma que bajo el antiguo pacto había una forma específica de culto divino, que se adaptaba perfectamente a aquella época. Por comparación, aparecerá qué clase de rituales se ordenaron bajo la ley.
En algunos ejemplares del Nuevo Testamento se lee, próte skené, el primer tabernáculo; pero sospecho que haya un error acerca del vocablo “tabernáculo;” y no dudo que algún lector inculto al no encontrar un sustantivo adecuado al adjetivo y queriendo atribuir al tabernáculo, lo que se había expresado del pacto, haya agregado imprudentemente la palabra skené, “tabernáculo.” Mucho me extraña verdaderamente que tal error haya prevalecido al grado de que se encuentre en casi todos los ejemplares griegos del Nuevo Testamento que circulan por el mundo.2 Empero la necesidad me obliga a seguir la antigua interpretación. Pues el Apóstol, como lo afirmé, había estado tratando del antiguo pacto; mas ahora alude a las ceremonias, que como ya dije, eran añadiduras de aquel. Insinúa, además, que todos los ritos de la ley mosaica eran parte del antiguo pacto y que, como tales, participaron de la misma antigüedad, y por consiguiente, estaban destinados a perecer.
Muchos interpretan la palabra latreías como un acusativo plural. Yo estoy de acuerdo con los que relacionan las dos palabras juntas, dikaiómata latreias, para significar instituciones o ritos, llamado por los hebreos juquím, y los griegos lo traducen dakaiómata, ordenanzas. El sentido es que toda la forma o modo de tributar culto a Dios fue un anexo del antiguo pacto, y consistía en sacrificios, abluciones, y otros símbolos, juntamente con el santuario. El lo denomina el santuario mundano, porque no había ninguna verdad celestial o realidad en aquellos ritos; pues aunque este era la figura del modelo original que le fue mostrado a Moisés; sin embargo, una figura o imagen es algo diferente de la realidad y especialmente cuando se comparan, como aquí, dos cosas opuestas entre sí. De aquí que el santuario en sí fue ciertamente terrenal, y está clasificado correctamente entre los elementos del mundo, sin embargo, fue celestial en cuanto a su significado.3
2. Porque el tabernáculo fue hecho, etc. Como aquí el Apóstol trata sólo ligeramente sobre la estructura del tabernáculo, para no alargar más el asunto; también yo, intencionalmente, me abstendré de dar una explicación sutil sobre el particular. Sea, pues, suficiente para nuestro propósito actual esta explicación sobre el tabernáculo en sus tres divisiones: la primera fue el atrio del pueblo; la intermedia, se llamaba comunmente el santuario; y la última, era el santuario interior, la cual fue designada con el nombre eminente de lugar santísimo.4
Con respecto al primer santuario, contiguo al atrio del pueblo, el autor afirma que allí estaba el candelero y la mesa, sobre la cual se colocaban los panes de la proposición: designa a este sitio, en el número plural, los sagrados. Después menciona el lugar más santo, santísimo, alejado todavía más de las miradas del pueblo, y al cual no se permitía entrar a los sacerdotes que oficiaban en el primer santuario; pues un velo cerraba la entrada al pueblo, y otro velo impedía que los sacerdotes llegaran al lugar santísimo. Allí, dice el Apóstol se encontraba el thimiatérion, por cuyo nombre entiendo yo el altar del incienso, más bien que el incensario;5 luego seguía el arca del pacto, con su cubierta, los dos querubines, la urna de oro llena de maná, la vara de Aarón, y las dos tablas. Hasta aquí procede el Apóstol con la descripción del tabernáculo.
El añade que la urna en que Moisés había depositado el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, estaban en el arca con las dos tablas; mas esto parece inconforme con la historia sagrada, la cual en 1 Reyes 8:9, relata que en el arca no había sino dos tablas. No obstante, es fácil reconciliar estos dos pasajes: Dios había ordenado que la urna y la vara de Aarón fueran puestas delante del testimonio; y probablemente fueron depositadas en el arca juntamente con las tablas. Pero cuando el templo se edificó, todo quedó arreglado de manera dierente, y ciertamente la historia relata como algo nuevo que el arca sólo tenía las dos tablas.6
5. De las cuales cosas no se puede ahora, etc. Como nada puede satisfacer a los curiosos, el Apóstol elude toda ocasión de polémica ajena a su tema actual, ya que una discusión prolongada sobre el particular puede obstaculizar la ilación de su argumento. Por lo tanto si alguno, despreciando el ejemplo del Apóstol, tratara minuciosamente el tema, actuaría de manera muy irrazonable. Habrá ocasión, ciertamente, para hacer tal cosa en alguna otra parte; mas por ahora, es mejor prestar atención al asunto en forma directa, ya que el filosofar más allá de los justos límites, como lo hacen algunos, no sólo es inútil, sino también peligroso. Hay cosas que no son difíciles de entender y sí apropiadas para edificación de la fe; pero habremos de guardar discreción y cordura para no ir más allá de lo que Dios ha querido revelarnos.
6 Y estas cosas así ordenadas, en el primer tabernáculo siempre entraban los sacerdotes para ofrecer los oficios del culto;
7 Mas en el segundo, sólo el pontifice una vez en el año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo.
8 Dando en esto a entender el Espíritu Santo, que aún no estaba descubierto el camino para el santuario, entretanto que el primer tabernáculo estuviese en pie.
9 Lo cual era figura de aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios que no podían hacer perfecto, cuanto a la conciencia, al que servía con ellos;
10 Consistiendo sólo en viandas y en bebidas, y en diversos lavamientos, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de la corrección.
11 Mas estando ya presente Cristo, pontífice de los bienes que habían de venir, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es a saber, no de esta creación;
12 Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, mas por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención.
6. Y estas cosas así ordenadas, etc. Omitiendo algunas cosas, el autor empieza a tratar el punto principal en disputa: afirma que los sacerdotes quienes ejecutaban los ritos sagrados tenían la costumbre de entrar diariamente al primer tabernáculo, empero el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo sólo una vez al año, con el sacrificio designado. De esto el Apóstol deduce que mientras el tabernáculo estuviese en pie bajo la ley, el santuario estaba cerrado, y que únicamente por la remoción de aquél, podría abrírsenos el camino al reino de Dios. Vemos que la propia forma del antiguo tabernáculo evocaba a los judíos que debían esperar algo mejor. Luego aquellos que aún retenían las sombras de la ley, actuaban en forma insensata al obstruir intencionalmente su propio camino.
El menciona próten skenén, el primer tabernáculo, en el versículo 2, en un sentido diferente del que tiene aquí, pues aquí significa el primer santuario, pero allá, todo el tabernáculo; porque el autor lo sitúa en oposición al santuario espiritual de Cristo, al cual alude poco después. El sostiene que éste había caído para nuestro gran provecho, ya que por causa de su caída alcanzamos nosotros un acceso más íntimo con Dios.
7. Por sí mismo, y por los pecados de ignorancia del pueblo, o por lo suyo y por las ignorancias del pueblo. Como el verbo shegag, en hebreo significa errar o equivocarse, así shegagá, derivado del verbo, propiamente denota error, o equívoco; sin embargo, generalmente se emplea para cualquier clase de pecado; y sin duda jamás pecamos excepto cuando somos engañados por las seducciones satánicas. El Apóstol no lo entiende por una simple ignorancia, como dicen, mas al contrario, él incluye también los pecados voluntarios; pero como ya afirmé, ningún pecado está exento de error o ignorancia; pues por mucho que a sabiendas o voluntariamente uno pueda pecar, a pesar de todo uno tiene que aceptar que es cegado por su lujuria, de suerte que el pecador no juzga rectamente, o más bien se olvida de sí mismo y de Dios; pues los hombres jamás se precipitan deliberadamente hacia la ruina, sino que siendo embrollados. con los engaños de Satanás, pierden la capacidad de dicernir correctamente.7
9. Lo cual era figura, etc. El vocablo parabolé, empleado aquí, significa, como yo pienso, lo mismo que antítipos, prototipo; pues quiere decir que aquel tabernáculo era un segundo modelo que correspondía al primero. Porque el retrato de un hombre debe ser tan parecido al hombre mismo que cuando lo veamos, nos evoque inmediatamente a aquél a quien representa. El agrega además, que era una figura o semejanza para aquel tiempo entonces presente, esto es, entretanto que la observancia externa estuviera en vigor; y afirma esto con el fin de limitar su uso y duración a la época de la ley; pues da a entender lo mismo con lo que agrega poco después, o sea que todas las ceremonias fueron impuestas hasta su reforma; no hay tampoco inconveniente alguno en que él utilice el tiempo presente del verbo al expresar, se ofrecían presentes; pues como tenía que ver con los judíos, se hace pasar como si fuera uno de los que sacrificaban. Los presentes y sacrificios difieren entre sí, ya que lo primero es un término general, y lo segundo es particular.
Que no podían hacer perfecto, cuanto a la conciencia, al que servía con ellos; es decir, no penetraban hasta el alma para impartirle verdadera santidad. No rechazo las palabras, hacer perfecto, y sin embargo prefiero el término santificar, por ser más apropiado al contexto. Mas para que los lectores entiendan mejor lo que quiso significar el Apóstol; hemos de notar el contraste entre la carne y la conciencia; él niega que los adoradores pudieran ser purificados espiritual e interiormente por los sacrificios de la ley. Se añade como una razón, que todos estos ritos eran de la carne o carnales. Entonces, ¿qué lugar les deja? Se supone comúnmente, que eran útiles sólo como medios de preparar a los hombres, para conducirlos a la verdad y al decoro. Pero los que así piensan no consideran lo suficiente las promesas que se añaden. Por lo tanto, esta forma de razonar, debe repudiarse completamente. Ellos también, en forma absurda e ignorante, interpretan que las ordenanzas de la carne, como tales, purificaban o santificaban únicamente el cuerpo, no obstante, el Apóstol da a entender en estas palabras, que éstos eran símbolos terrenales, pero no penetraban hasta el alma; pues aunque eran verdaderos testimonios de perfecta santidad, sin embargo, bajo ningún concepto la contenían en sí mismos, ni podían conferirla a los hombres; pues los fieles eran auxiliados y guiados en tal forma, como si fuera por la mano de Cristo, para que obtuvieran de él lo que faltaba en los símbolos.
10. Hasta el tiempo de la corrección, o reforma, etc. El alude aquí a la profecía de Jeremías (Jer 31:37). El nuevo pacto sucedió al antiguo como una reforma. El escritor menciona expresamente viandas y bebidas y otras cosas de menor importancia, porque por estas fútiles observancias se puede uno formar una opinión más exacta de cuán lejos estaba la ley de la perfección del evangelio.8
11. Mas estando ya presente Cristo, etc. El Apóstol coloca ahora delante de nosotros la realidad de las cosas bajo la ley, para que veamos a través de ellas la realidad misma; pues quien cree que las cosas entonces representadas bajo la ley, han sido verdaderamente encontradas en Cristo, ya no se apegará más a las sombras, sino que acogerá con beneplácito la substancia y la legítima realidad.
Empero los detalles de la comparación entre Cristo y el antiguo pontífice, debe observarse cuidadosamente. El autor había dicho que el sumo sacerdote entraba sólo una vez al año en el santuario, con la sangre, para expiar los pecados. Cristo es, en esta vida, como el antiguo pontífice, porque sólo él posee la dignidad y el oficio de sumo sacerdote; pero difiere del antiguo en este respecto, que trae consigo bendiciones eternas que aseguran perpetuidad a su sacerdocio. Segundo, hay una semejanza entre el antiguo pontífice y el nuestro: ambos penetraron al lugar santísimo a través del santuario; pero difieren en esto, que únicamente Cristo entró en el cielo a través del templo de su propio cuerpo. El que el lugar santísimo se abiera una vez cada año al sumo sacerdote para efectuar la expiación designada prefiguraba, veladamente, el único y verdadero sacrificio de Cristo. Entonces, el entrar una vez fue común a ambos, pero el humano era cada año, mientras que el celestial fue para siempre, aun hasta el fin del mundo. La ofrenda de sangre fue común a ambos; pero había una gran diferencia en cuanto a la sangre misma; porque Cristo ofreció, no la sangre de los animales, sino su propia sangre. La expiación fue común a ambos; pero ésta, de acuerdo con la ley, y siendo también ineficaz, se repetía cada año; pero la expiación que hizo Cristo es siempre eficaz y es la causa de salvación eterna para nosotros. Así que cada palabra tiene mucha importancia. Algunos interpretan las palabras. “Mas en presentándose Cristo” o en asistiendo; empero el significado que el Apóstol da a entender no es así; porque insinúa que cuando los sacerdotes levitas habían desempeñado su oficio por el tiempo prefijado, Cristo vino en su lugar, tal como lo encontramos explicado en el capítulo siete.
De los bienes que habían de venir, etc. Entiéndase por esto las cosas eternas; pues como la expresión, mélon kairós, tiempo por venir, se coloca en oposición al presente, tói enestekóti; así las bendiciones futuras son para el presente. El significado es: que somos introducidos por el sacerdocio de Cristo dentro del reino celestial de Dios, y que somos hechos partícipes de la justicia espiritual y de la vida eterna, de modo que no se debe desear algo mejor. Por consiguiente, sólo Cristo puede retenernos y satisfacernos por sí mismo.9
Por el más amplio y más perfecto tabernáculo, etc. Aunque este pasaje se explique en diversas formas, no dudo que se refiera al cuerpo de Cristo; pues como anteriormente había una entrada para el sumo sacerdote levita, al lugar santísimo a través del santuario, así Cristo, a través de su propio cuerpo entró en la gloria celestial; porque como se había revestido de nuestra carne y en ella había sufrido, él obtuvo para sí este privilegio, que se presentara delante de Dios como nuestro Mediador. En primer lugar, la palabra santuario se aplica de manera adecuada y apropiada al cuerpo de Cristo, porque su cuerpo es el templo donde mora la majestad de Dios. Se afirma además que él, por su cuerpo, nos abrió un camino para ascender al cielo, porque en ese cuerpo se consagró a sí mismo a Dios; en él se santificó para ser nuestra verdadera justicia; en él se preparó para ofrecer un sacrificio; en suma, en él se anonadó a sí mismo, y sufrió la muerte de cruz; por lo tanto, el Padre lo exaltó a lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que delante de él se doble toda rodilla (Fil. 2:8–10). Entonces él entró al cielo con su propio cuerpo, y por esta razón está sentado a la diestra del Padre, y por esta razón también intercede por nosotros en el cielo, pues se vistió de nuestra carne, consagrándola como templo de Dios al Padre: y en ella también se santificó a sí mismo para alcanzar justicia eterna para nosotros, después de haber expiado nuestros pecados.10
Sin embargo, pudiera parecer extraña su negación de que el cuerpo de Cristo venga de este edificio; ya que sin duda venía de la simiente de Abrahán, y estaba sujeto a sufrimientos y muerte. A esto replico que el autor no habla aquí del cuerpo material de Cristo, o de lo que pertenece al cuerpo como tal, sino de la eficacia espiritual que emana de él a nosotros. Pues como la carne de Cristo es vivificante cual manjar celestial que alimenta las almas; y como su sangre es bebida espiritual que tiene fuerza purificadora, no hemos de imaginar que contengan en sí algo terrenal o material. Y debemos recordar también que esto se dice en alusión al antiguo tabernáculo, que fue construido de madera, bronce, pieles, plata, y oro, todo lo cual eran cosas muertas; mas el poder de Dios dio forma a la carne de Cristo para ser un templo vivo y espiritual.
12. Y no por sangre de machos cabríos, etc. Todo esto tiende a demostrar que Cristo excedia sobremanera a las sombras de la ley, y realmente éstas quedaban reducidas a la nada. Pues, ¿cuál es el valor de la sangre de Cristo si no es superior al de la sangre de las bestias? ¿Qué clase de expiación se hizo por su muerte, si han de retenerse aún las purificaciones prescritas por la ley? Entonces, tan pronto como Cristo se levantó con la eficaz influencia de su muerte, todas las observancias simbólicas necesariamente deben haber cesado.
13 Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y la ceniza de la becerra, rociada a los inmundos, santifica por la purificación de la carne,
14 ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras muertas para que sirváis al Dios vivo?
15 Así que, por eso es mediador del nuevo testamento, para que interviniendo muerte para la remisión de las rebeliones que había bajo el primer testamento, los que son llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
16 Porque donde hay testamento, necesario es que intervenga la muerte del testador.
17 Porque el testamento con la muerte es confirmado; de otra manera no es válido entretanto que el testador vive.
13. Porque si la sangre de los toros, etc. Este pasaje ha dado lugar a que muchos se extravien, porque no han considerado que aquí se alude a sacramentos que tenían una importancia espiritual. La purificación de la carne, se ha explicado, de nada sirve entre los hombres, ya que los paganos tenían sus expiaciones para borrar la infamia de los crímenes. Empero esta explicación es ciertamente muy pagana; pues hace injusticia a las promesas de Dios, si las limitamos a los asuntos civiles únicamente. Con frecuencia ocurre esta declaración en los escritos de Moisés, que la iniquidad quedaba expiada cuando se ofrecía un sacrificio debidamente. Esta sin duda es la enseñanza espiritual de la fe. Además, todos los sacrificios eran destinados a este fin: llevar a los hombres a Cristo; y como la salvación eterna del alma es por Cristo, así éstos fueron verdaderos testigos de su salvación.
¿Qué quiere decir entonces el Apóstol cuando habla de la purificación de la carne? Significa aquello simbólico o sacramental, en la forma siguiente: Si la sangre de los animales era un verdadero símbolo de purificación, de modo que limpiaba en una forma sacramental, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual es la misma verdad, no sólo dará testimonio de purificación por un rito externo, sino que realmente lo efectúa por sus conciencias? El argumento, pues, se toma del signo a la cosa significada; porque el efecto, por un largo tiempo antecedía a la realidad de los signos.
14. El cual por el Espíritu eterno, etc. El autor ahora demuestra claramente cómo ha de estimarse la muerte de Cristo, no por el acto externo, sino por el poder del Espíritu. Pues Cristo sufrió como hombre; pero esa muerte se hace salvadora para nosotros por medio del poder eficaz del Espíritu; porque un sacrificio destinado a efectuar eterna expiación, fue una obra algo más que humana. Y llama al Espíritu, eterno, por esta razón, para que sepamos que la reconciliación, de la cual es él realizador o ejecutor, es eterna.11 Al decir sin mancha, o puro, alude a las víctimas bajo la ley, que no debían tener mancha o defecto, sin embargo él quiere decir que sólo Cristo fue la víctima legal y competente para apaciguar a Dios; porque, justamente hablando, siempre había en las demás víctimas algo que faltaba; y de aquí que el Apóstol antes expresara que el pacto de la ley no era amempton, irreprochable.
De las obras muertas, etc. Entiéndase por éstas, ya sean las obras que producen muerte, o bien los frutos o efectos de la muerte; pues así como la vida del alma es nuestra unión con Dios, así también los que están alejados de él por causa del pecado, pueden rectamente juzgarse como muertos.12
Para que sirváis al Dios vivo, etc. Debemos observar que este es el objeto de nuestra santificación; pues no somos limpiados por Cristo, para que de nuevo nos enlodemos, sino para que nuestra limpieza sea empleada en glorificar a Dios. Además, el Apóstol nos enseña que nada de lo que procede de nosotros puede ser agradable a Dios hasta que somos purificados por la sangre de Cristo; pues como estamos enemistados con Dios antes de nuestra reconciliación, él considera abominables todas nuestras obras; por consiguiente, el principio de un servicio aceptable es la reconciliación. Y entonces, como ninguna obra es tan pura e intachable que en sí misma pueda agradar a Dios, se hace necesario que la purificación por la sangre de Cristo intervenga, ya que sólo ella puede quitar todas las manchas. He aquí el notable contraste entre el Dios vivo y las obras muertas.
15. Así que, por eso es mediador del nuevo testamento, etc. El llega a la conclusión de que ya no hace falta otro sacerdote, porque Cristo desempeña este oficio bajo el nuevo testamento; pues el Apóstol no reclama para Cristo la honra de un Mediador para que otros juntamente con él permanezcan como tales; por el contrario, sostiene que todos los demás fueron repudiados cuan do Cristo asumió el cargo. Mas a fin de confirmar plenamente el hecho, el escritor menciona la forma en que Cristo comenzó a desempeñar su oficio como Mediador, precisamente con la intervención de su muerte. Ya que esto únicamente se encuentra en Cristo, y falta en todos los demás, se deduce justamente que sólo él puede ser considerado como Mediador.13
El autor señala además la virtud y eficacia de la muerte de Cristo al afirmar que él pagó el precio por los pecados cometidos bajo el primer pacto o testamento, los cuales no podían ser borrados por la sangre de las bestias; de este modo procuraba llevarse a los judíos de la ley a Cristo. Pues, si la ley era tan débil al grado de que todas las panaceas que aplicaba para expiar los pecados no daban resultado ni lograban efectuar lo que representaban, ¿quién entonces podría decansar en ellas como en puerto seguro? Esta sola cosa, entonces, debió haber sido suficiente para estimularlos a buscar algo mejor que la ley; ya que no podían estar, en este caso, más que en una continua ansiedad. Por otra parte, cuando venimos a Cristo, ya que por él obtenemos plena redención, no hay nada ya que pueda afligirnos. Entonces, por medio de estas palabras demuestra que la ley es débil, para que los judíos no se apoyen más en ella; y los enseña a confiar en Cristo, porque en él se encuentra todo lo que pueda desearse para tranquilizar las conciencias.
Ahora bien, si alguien interrogare, sobre si los pecados cometidos bajo la ley les fueron remitidos a los padres, debemos tener presente la solución ya presentada con anterioridad: que sí fueron remitidos, pero por Cristo. Por lo cual, a despecho de sus ceremonias externas, eran siempre considerados culpables. Por esta razón Pablo afirma que la ley era una cédula que nos era contraria (Col. 2:14). Porque cuando el pecador abiertamente confesaba su culpabilidad delante de Dios, y reconocía, al sacrificar un animal inocente, que era digno de la muerte eterna, ¿qué otra cosa obtenía mediante su víctima, sino la confirmación de su propia muerte, escribiéndola como si fuera con su puño y letra? En suma, aun entonces, ellos únicamente confiaban en la remisión de los pecados, al mirar a Cristo. Mas si solamente el mirar con fe a Cristo quitaba los pecados, jamás pudieron haber sido librados de ellos, al haber continuado con su esperanza puesta en la ley. David ciertamente declara ser bienaventurado aquel cuyos pecados no le son imputados, (Salmo 32:2); mas para que fuese hecho partícipe de esta bienaventuranza, se hizo necesario que dejara la ley y fijara sus ojos en Cristo: porque si confiaba en la ley, jamás hubiera podido ser liberado de la culpa del pecado.
Los que son llamados, etc. El objeto del pacto divino es que después de haber sido adoptados como hijos, seamos al fin hechos herederos de la vida eterna. El Apóstol nos enseña que esto lo obtenemos por Cristo. Por lo cual es evidente que en él está el cumplimiento del pacto. Empero, la promesa de la herencia ha de entenderse como la herencia prometida, como si dijera: “La promesa de la vida eterna no se nos ha entregado en otra forma para ser disfrutada, que por la muerte de Cristo.” La vida, ciertamente, fue prometida antiguamente a los padres, y esta ha sido la herencia de los hijos de Dios desde el principio, pues en ninguna otra forma entramos a tomar posesión de ella más que por la sangre de Cristo previamente derramada.
Pero el autor habla de los llamados, para influir de manera más poderosa sobre los judíos que fueron hechos partícipes de este llamamiento; porque hemos de considerar como un favor muy señalado, cuando se nos otorga el don del conocimiento de Cristo. Debemos de poner entonces más cuidado, no sea que descuidemos tan valioso tesoro, y nuestros pensamientos se desvíen hacia otras cosas. Algunos consideran que los llamados son los elegidos, pero erróneamente, a mi juicio; pues el Apóstol enseña aquí lo mismo que encontramos en Rom. 3:25, que la justicia y la salvación ha sido obtenidas por la sangre de Cristo, empero por la fe nos hacemos partícipes de ellas.
16. Porque donde hay testamento, etc. Este solo pasaje es prueba suficiente de que esta Epístola no fue escrita en hebreo; porque berit, en hebreo, significa un pacto, mas no un testamento; pero en griego, diathéke, incluye ambas ideas; y el Apóstol, aludiendo a su significado secundario, sostiene que las promesas no podrían haberse ratificado o tenido validez en alguna forma, si no hubieran sido selladas por la muerte de Cristo. Y esto lo prueba refiriéndose al caso común de lo que significaban los testamentos o última voluntad, el efecto de los cuales queda suspendido hasta que ocurre la muerte de los testadores.
Con todo, parece que aun así, el Apóstol se apoya en un argumento muy débil, de modo que lo que afirma se puede refutar muy fácilmente. Pues pudiera afirmarse que Dios no hizo testamento o última voluntad bajo la ley; sino un pacto, con su antiguo pueblo. Así pues, ni partiendo del hecho ni del nombre, puede llegarse a la conclusión de que la muerte de Cristo fuese necesaria. Porque si partiendo del hecho, el Apóstol deduce que Cristo debería haber muerto, porque un testamento no es ratificado sino por la muerte del testador, la respuesta puede ser ésta: que berit, la palabra empleada siempre por Moisés, es un pacto realizado entre los que están vivos, y no podemos pensar de otra manera en cuanto al hecho mismo. Ahora bien, respecto a la palabra utilizada, el autor simplemente aludía, como ya afirmé, a los dos significados que tiene el griego; por lo tanto se ocupa principalmente de la cosa misma en sí. Ni es una objeción el afirmar que este fue un pacto que Dios hizo con su pueblo; pues dicho pacto era semejante a un testamento, porque fue ratificado con sangre.14
Debemos siempre sostener esta verdad, que Dios jamás ha adoptado simbolos innecesarios e inadecuados. Y Dios al establecer el pacto de la ley se valió de la sangre. Entonces no era tal contrato entre los vivos, como lo afirman, pues eso no requería la muerte. Además, lo que justamente pertenece a un testamento es que comienza a tener efecto después de la muerte. Si consideramos que el Apóstol razona partiendo del hecho mismo, y no del vocablo, y si tenemos presente que abiertamente da por sentado lo que ya afirmé, que nada ha sido instituido en vano por Dios, la dificultad no será mayor.
Si alguno objetare y dijere que los paganos ratificaban pactos de acuerdo con otros significados mediante sacrifícios; lo admito como verdadero; pero Dios no pidió prestado el rito del sacrificio de las prácticas de los paganos; al contrario, todos los sacrificios paganos eran corrupciones que derivaron su origen de las instituciones divinas. Debemos, pues, regresar al mismo punto; que el pacto divino establecido con sangre, puede, adecuadamente compararse a un testamento, porque es de la misma especie y carácter.
18 De donde vino que ni aun el primero fue consagrado sin sangre.
19 Porque habiendo leído Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomando la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua y la lana de grana, e hisopo, roció al mismo libro, y también a todo el pueblo.
20 Diciendo: Esta es la sangre del testamento que Dios ha mandado.
21 Y además de esto roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio.
22 Y casi todo es purificado según la ley con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.
23 Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas con estas cosas; empero las mismas cosas celestiales con mejores sacrificios que éstos.
18. De donde vino que ni aun el primero, etc. De esto se desprende que el hecho es lo principal y no el significado acerca de una palabra. El Apóstol aplicó intencionalmente un vocablo presentado a su atención en el idioma en que escribió, entretanto que hablaba del pacto divino, que con frecuencia se le llama en griego martiría, un testimonio, a fin de recomendarlo entre otras cosas bajo este título. Y sin duda, este es un testimonio, (martiría), al cual los ángeles del cielo han atestiguado, y del cual tantos y tan ilustres testigos han existido sobre la tierra, a saber, todos los santos profetas, y apóstoles, y un vasto número de mártires, de los cuales, finalmente, el Hijo de Dios se hizo a sí mismo fiador. Nadie pensaría que en tal discurso hubiese alguna cosa irrazonable. Sin embargo, el vocablo hebreo teudá no admite el significado de pacto; mas ya que con nada se adelanta sino con aquello que va de acuerdo con el tema mismo, ninguna atención concienzuda ha de prestarse al significado de una sola palabra.
Seguidamente el Apóstol agrega que el antiguo testamento o pacto fue dedicado con sangre. De esto deduce el autor que aun con ello se recordaba a los hombres que un testamento no podía ser válido y eficaz a menos que interviniera la muerte. Pues aunque la sangre de las bestias había sido derramada, él niega que ésta sirviera para confirmar un pacto eterno. Y para que esto se entienda en forma más clara, debemos fijarnos en la costumbre de rociar con sangre en la época mosaica. El nos enseña, primero, que el pacto fue dedicado o consagrado, no porque tuviera en sí algo profano; pero como no hay nada tan sagrado que el hombre por su impureza no contamine, a menos que Dios lo impida ejecutando una renovación de todas las cosas, la dedicación se hacía necesaria por causa de los hombres, quienes únicamente la necesitaban.
El escritor después añade que el tabernáculo y todos los vasos, y también el propio libro de la ley, fueron rociados con sangre; rito por el cual se enseñó entonces al pueblo que Dios no podía ser buscado o solicitado para salvación, ni rectamente adorado, a menos que en cada caso la fe procurase una intervención de la sangre. Porque la majestad de Dios ha de causarnos pavor justamente, y el camino para llegar a él no es otra cosa para nosotros que un peligroso laberinto. Hasta que sepamos que él se ha pacificado para con nosotros por medio de la sangre de Cristo, y que ésta nos proporciona entrada libre a su presencia. Todas las formas de adoración, pues, son defectuosas e impuras hasta que Cristo las limpia por el rociamiento de su sangre.15
Porque el tabernáculo era una especie de imagen visible de Dios; y así como los vasos del ministerio estaban destinados para su servicio, así también eran símbolos del verdadero culto. Mas como ninguno de éstos era para la salvación del pueblo, de aquí deducimos que donde Cristo no aparece con su sangre, no tenemos que ver nada con Dios. Así la doctrina misma, por inmutable que sea la voluntad de Dios, no puede ser eficaz para nuestro provecho, a monos que sea dedicada por la sangre, tal como se establece claramente en este versículo.
Yo sé que otros dan una interpretación diferente; pues piensan que el tabernáculo es el cuerpo de la Iglesia, los vasos, los fieles, cuyo ministerio Dios utiliza; empero lo que yo afirmé es mucho más apropiado. Pues siempre que se trataba de invocar a Dios, el pueblo se volvía al santuario; y fue una forma común de expresarse el afirmar que estaban en la presencia del Señor cuando se presentaban en el templo.
20. Diciendo: Esta es la sangre del testamento, etc.16 Si esa fue la sangre del testamento, luego el testamento fue ratificado con sangre, ni la sangre sin el testamento fue asequible para la expiación. De aquí se hace necesario que ambos han de quedar ligados; y vemos que antes de que se diera la explicación de la ley, no se agregó ningún símbolo, ¿pues cómo sería un sacramento a menos que le precediera la palabra? Por lo cual un símbolo es una especie de complemento de la palabra. Y nótese, que esta palabra no fue pronunciada como un conjuro mágico, sino pronunciada con voz clara, como si fuera destinada para el pueblo, conforme a lo que expresan las palabras del pacto, que Dios os ha mandado.17 Entonces, los sacramentos se pervierten y se comete inicuo abuso cuando no se ofrece explicación al mandamiento dado, la cual es alma del sacramento. Por consiguiente, los romanistas, que entresacan de los símbolos su verdadero significado, retienen únicamente los elementos muertos.
Este pasaje nos recuerda que las promesas de Dios sólo nos aprovechan cuando son confirmadas por la sangre de Cristo. Pues lo que Pablo testifica en 2 Cor. 1:20, de que todas las promesas de Dios son sí y amén en Cristo, sólo ocurre cuando la sangre de Cristo es estampada como un sello sobre nuestros corazones, y cuando escuchamos a Dios que nos habla, y también cuando vemos a Cristo ofreciéndose a sí mismo como una prenda de lo hablado. Si ese único pensamiento viniera a nuestras mentes, que lo que leemos no sólo está escrito con tinta sino con la sangre de Cristo, y que cuando el evangelio es predicado, su sacratísima sangre destila juntamente con su voz, habría una mayor atención y reverencia de nuestra parte. Un símbolo de todo esto, fue el rociamiento mencionado por Moisés.
Se afirma aquí mucho más de lo expresado por Moisés; porque él no menciona que el libro y el pueblo fueran rociados, y tampoco menciona los machos cabríos, ni la lana de grana, ni el hisopo. Tocante a que el libro fuera rociado, no se puede demostrar claramente; sin embargo, hay la probabilidad de que lo fuera, pues se dice que Moisés lo hizo después de haber sacrificado; y esto cuando hubo ligado al pueblo con Dios por medio de un pacto solemne. Acerca del resto, el Apóstol parece haber mezclado en una sola las diferentes clases de expiaciones, aduciendo la misma razón. Ni había verdaderamente algo impropio en esto, puesto que el Apóstol hablaba del tema general de la purificación bajo el antiguo testamento el cual se efectuaba por medio de la sangre. Ahora bien, respecto al rociamiento efectuado con hisopo y lana escarlata, es evidente que representaba el rociamiento místico hecho por el Espíritu. Nosotros sabemos que el hisopo tiene un poder singular para limpiar y purificar; así Cristo se vale de su Espíritu para rociarnos y lavarnos con su propia sangre cuando nos conduce al verdadero arrepentimiento, cuando nos purifica de las depravaciones y lujurias de nuestra carne, cuando nos infunde el precioso don de su justicia. Pues no fue en vano el que Dios estableciera este rito. También David aludió a él cuando dijo: “Purifícame con hisopo, y seré limpio” (Salmo 51:7). Estas observaciones serán suficientes para los que quieran ser desapasionados en sus especulaciones.
22. Y casi todo, etc. Al decir casi, el Apóstol parece denotar que algunas cosas fueron purificadas en otra forma. Y sin duda ellos frecuentemente se lavaban a sí mismos con agua, y lavaban también otras cosas sucias con agua. Pero aun el agua misma derivaba su virtud limpiadora de los sacrificios; de modo que el Apóstol, al fin, verdaderamente declara que sin sangre no hay remisión.18 Entonces, la impureza se imputaba hasta no ser expiada por un sacrificio. Y así como sin Cristo no hay pureza ni salvación, así también sin la sangre nada puede ser puro ni salvador; porque Cristo jamás ha de separarse del sacrificio de su muerte. El Apóstol únicamente quiso decir que casi siempre se hacía uso de este símbolo. Mas si alguna vez la purificación no se efectuaba así, a pesar de todo se lograba por la sangre, ya que todos los ritos en alguna forma derivaban su eficacia de la expiación general. Porque no era rociado cada uno personalmente, (pues ¿en qué forma podía tan pequeña porción de sangre ser suficiente para tan grande multitud?) sin embargo, la purificación se extendía a todos. De aquí que la partícula, casí, signifique lo mismo que si se dijera que el empleo de este rito era tan común, que raramente lo omitían en las purificaciones. Pues lo que afirma Crisóstomo, diciendo que de esta manera se denota ineptitud, porque éstas fueron sólo figuras bajo la ley no reafirma el propósito del Apóstol.
No se hace remisión, etc. De este modo los hombres no pueden comparecer delante de Dios; porque como él justamente está airado con todos, no hay seguridad de ningún favor suyo hasta que sea pacificado. Mas sólo hay una forma de pacificación que consiste en la expiación hecha con sangre; por lo cual no hemos de esperar el perdón de los pecados a menos que traigamos la sangre de Cristo, y esto se realiza cuando por la fe acudimos a su muerte.
23. Las figuras, o ejemplares, etc. Para que ninguno objete y diga que la sangre por la cual el viejo testamento fue dedicado era diferente de la de un testador, el Apóstol refuta está objeción, y dice que no es extraño que el tabernáculo siendo terrenal fuera consagrado por el sacrificio de animales; porque había un parecido o semejanza entre la purificación y las cosas purificadas. Mas el modelo o ejemplar celestial, al cual se refiere ahora, tenía que ser consagrado de un modo diferente; así no había necesidad de machos cabríos o becerros. Esto viene a confirmar que la muerte del testador era necesaria.
El significado en tal caso es este: como en la época de la ley había solamente imágenes terrenales de lo espiritual, así como también el rito de la expiación era, por decirlo así, humano y figurado; mas como el modelo celestial no admite nada terrenal, entonces requería otra sangre diferente de la de los animales, una sangre en correspondencia con su excelencia. Luego la muerte del testador es necesaria, para que el testamento pueda ser realmente consagrado.
El llama al reino de Cristo, reino de las cosas celestiales,19 porque es espiritual y posee una plena revelación de la verdad. El menciona mejores sacrificios en vez de “un mejor sacrificio,” porque fue solamente uno; pero se vale del plural por razón de la antítesis o contraste.
24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios.
25 Y no para ofrecerse muchas veces a sí mismo, como entra el pontífice en el santuario cada año con sangre ajena;
26 De otra manera fuera necesario que hubiera padecido muchas veces desde el principio del mundo: mas ahora una vez en la consumación de los siglos, para deshacimiento del pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo.
27 Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una vez, y después el juicio;
28 Así también Cristo fue ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos; y la segunda vez, sin pecado será visto de los que le esperan para salud.
24. Porque no entró Cristo, etc. Esta es una confirmación del versículo anterior. El autor había hablado del verdadero santuario, es decir, del celestial; y ahora añade que Cristo entró allí. Esto requiere la necesidad de una confirmación adecuada. Por lugares sagrados, el Apóstol entiende el santuario; afirma que no es hecho de mano, porque no debe clasificarse entre las cosas creadas que están sujetas a deterioro; pues no alude aquí al cielo que nosotros vemos, donde resplandecen las estrellas, sino al glorioso reino de Dios que está más arriba de todos los cielos. El llama al viejo santuario, el antítipon, o prototipo del verdadero, es decir, del espiritual; porque todas las figuras externas reflejaban como en un espejo, lo que en otra forma nuestros sentidos corporales no hubieran podido entender. Los escritores griegos algunas veces empleaban la misma palabra al hablar de nuestros sacramentos, y ello de manera sabia y apropiada, porque todo sacramento es un símbolo visible de lo invisible.
Para presentarse ahora, etc. Así, antiguamente, el sacerdote-levita se presentaba ante Dios en nombre del pueblo, pero en forma simbólica; porque en Cristo se encuentra la realidad y la plena consumación de lo simbolizado. El arca era ciertamente un símbolo de la presencia divina; pero es Cristo quien realmente se presenta delante de Dios, y permanece allí para alcanzar gracia para nosotros, de modo que ya no hay razón para que huyamos del tribunal de Dios, puesto que tenemos a tan generoso Abogado, por cuya fidelidad y protección quedamos asegurados y perdonados. Cristo fue verdaderamente nuestro abogado cuando estuvo en la tierra; empero fue una concesión adicional otorgada a nuestra fragilidad el que él haya ascendido al cielo para tener allí el oficio de Abogado. De modo que cada vez que se mencione su ascención al cielo, debemos siempre recordar este beneficio, que él se presenta delante de Dios para defendernos como nuestro Abogado. Tonta y desrazonable por cierto, es la pregunta que hacen algunos. ¿Qué él no se ha estado allí siempre? porque el Apóstol habla aquí únicamente de su intercesión, por cuya causa él entró al santuario celestial.
25. Y no para ofrecerse muchas veces a sí mismo, etc. Cabe entonces preguntar, ¿cómo es él sacerdote si no ofrece sacrificios? A esto respondo, que no hay necesidad de que un sacerdote esté sacrificando continuamente; pues aun en la época de la ley había días designados para los sacrificios mayores del año; también tenían su horario, tanto matutino como vespertino. Mas como ese único y verdadero sacrificio que Cristo ofreció una vez por todas, es siempre eficaz, y asimismo perpetuo en sus efectos, no es de extrañar que sobre su poder, que jamás mengua, el eterno sacerdocio de Cristo esté apoyado. Y nuevamente aquí el autor demuestra cómo y en qué difiere Cristo del sacerdote levita. Del santuario ya habló antes; pero advierte una diferencia en cuanto a la especie de sacrificio, pues Cristo se ofreció a sí mismo; y agrega una cosa, que él no repitió su sacrificio, como en la época de la ley, pues la repetición entonces era frecuente y aun incesante.
26. De otra manera fuera necesario que hubiera padecido, etc. El Apóstol demuestra cuán grande absurdo puede resultar si no valoramos lo suficiente la expiación hecha por el único sacrificio de Cristo. Porque de esto puede deducirse que hubiera necesitado morir varias veces; ya que la muerte está relacionada con los sacrificios. Ahora bien esta última suposición es irrazonable, y por consiguiente, se deduce que la virtud de ese único sacrificio es eterna y se extiende a todos los siglos. Y afirma, desde el principio del mundo, o desde la fundación del mundo;20 porque en todos los siglos, desde el principio, había pecados que necesitaban expiación. A menos, pues, que el sacrificio de Cristo fuera eficaz, ninguno de los padres hubiera alcanzado la salvación; pues como ellos estaban expuestos a la ira de Dios, cualquier remedio para salvarlos hubiera resultado inútil, si Cristo, al sufrir una ver, no hubiera sufrido tanto como se hacía necesario para reconciliar a los hombres con Dios, desde el principio del mundo y aun hasta el fin. Entonces excepto que esperemos muchas muertes, debemos estar satisfechos con este único y verdadero sacrificio.
De esto se hace evidente la distinción tan baladí, en cuya sutileza los romanistas se deleitan sobremanera; pues ellos afirman que el sacrificio de Cristo en la cruz fue cruento, pero que el sacrificio de la misa que ellos pretenden ofrecer diariamente a Dios, es incruento. Si se adoptara esta ingeniosa evasiva, entonces el Espíritu de Dios sería acusado de inadvertencia, por no haber pensado en tal cosa; ya que el Apóstol asume, como una verdad admitida, que sin muerte no hay sacrificio. No me interesa que los antiguos escritores lo hayan expresado así; pues no está dentro del poder de los hombres inventar sacrificios como les plazca. He aquí una verdad declarada por el Espíritu Santo: que los pecados no son expiados por un sacrificio, a menos que la sangre sea derramada. Por consiguiente, esa idea de que Cristo es sacrificado muchas veces es un invento del diablo.
Mas ahora una vez en la consumación de los siglos, etc. El llama el fin del siglo o la consumación de los siglos, a lo que Pablo llama “el cumplimiento del tiempo” (Gal. 4:4); porque fue la madurez de aquel tiempo determinado por Dios en su propósito eterno; y así en esta forma queda eliminada toda ocasión para satisfacer la curiosidad de los hombres, para que no se atreven a preguntar por qué no fue antes, o por qué ocurrió en esa época y no en otra. Pues a nosotros sólo nos corresponde asentir al propósito secreto de Dios, cuya razón aparece clara, aunque para nosotros no nos parezca tan evidente. En suma, el Apóstol insinúa que la muerte de Cristo ocurrió a su debido tiempo, cuando él fue enviado al mundo para este objeto por el Padre, en cuyo poder está el derecho de gobernar todas las cosas, lo mismo que todos los tiempos, y quien ordena la sucesión de todo con sabiduría perfecta, aunque frecuentemente ésta aparezca velada para nosotros.
Dicha consumación se nos presenta también en contraste con la imperfección del tiempo pasado; porque Dios así mantuvo a su antiguo pueblo en suspenso, para que pudiera deducirse fácilmente que las cosas no habían alcanzado su estado fijo. Por lo cual, Pablo de clara que los fines de los siglos han venido a nosotros (1 Cor. 10:11); y con ello da a entender que el reino de Cristo contenía la realización de todas las cosas. Mas como fue en el cumplimiento de los tiempos cuando Cristo apareció para expiar los pecados, los que procuran renovar su sacrificio, merecen ser culpados, porque es como si afirmaran que Cristo no completó todo con su muerte. Entonces, él apareció una vez por todas; ya que si lo hubiera hecho otra, o más veces, se hubiera dado por hecho que algo defectuoso había en la primera oblación; empero esto no está de acuerdo con el cumplimiento.
Para deshacimiento del pecado, o destrucción del pecado, etc.21 Esto concuerda con la profecía de Daniel, donde se nos promete sellar la visión y abolir el pecado, y donde también se declara que los sacrificios terminarían (Dan. 9:24–27). ¿Pues qué objeto tendrían las expiaciones una vez destruidos los pecados? Empero esta destrucción se efectúa únicamente cuando los pecados se imputan a los que se refugian en el sacrificio de Cristo; pues, aun cuando el perdón haya de solicitarse diariamente porque a diario provocamos la ira de Dios: a pesar de eso somos reconciliados por el único sacrificio de Cristo, y así puede decirse que el pecado es abolido o destruido.
27. Y de la manera que está establecido, etc. He aquí el significado de este versículo: ya que pacientemente aguardamos después de la muerte el día del juicio, siendo tal el destino común de la naturaleza que no podemos oponernos o luchar contra éste; ¿por qué entonces debemos tener menos paciencia al esperar la segunda venida de Cristo? Porque si un largo intervalo de tiempo no disminuye, en relación a los hombres, la esperanza de una dichosa resurrección ¡cuán irrazonable sería concederle a Cristo menos honor! Peor sería aun, si le suplicáramos que soportara una segunda muerte, cuando ya murió una vez. Si alguno objetarse y dijere, que algunos han muerto dos veces, y no una, como Lázaro, la respuesta sería que el Apóstol habla aquí del destino ordinario de los hombres; empero han de exceptuarse de esta condición los que por un cambio instantáneo sean despojados de la corrupción (1 Cor. 15:51); pues el autor no incluye a otros, sino sólo a los que han estado un largo tiempo muertos, y aguardan la redención de sus cuerpos.
28. Y la segunda vez, sin pecado, etc. El Apóstol recomienda con ahinco una sola cosa, que no debemos inquietarnos por los vanos e impuros anhelos de nuevas clases de expiaciones, porque la muerte de Cristo es abundante y suficiente para nosotros. Por lo cual agrega, que él apareció una vez, ofreciendo el sacrificio para abolir nuestros pecados, y que en su segunda venida, abiertamente manifestará la eficacia de su muerte, de modo que el pecado ya no tendrá más poder para perjudicarnos.22
Agotar o quitar los pecados, es liberar de la culpa mediante la satisfacción de Cristo, a los que han pecado. El dice, los pecados de muchos, esto es, de todos, como en Romanos 5:15. Sin embargo está seguro de que no todos reciben provecho de la muerte de Cristo; mas esto acontece porque su incredulidad les impide. Asimismo este problema no tiene que discutirse aquí, porque el Apóstol no habla de los pocos o los muchos para quienes la muerte de Cristo puede ser asequible: pues simplemente afirma que Cristo murió por otros y no por sí mismo; y por consiguiente el Apóstol opone “muchos” ante “uno.”23
Mas ¿qué quiere decir al afirmar que el Salvador será visto sin pecado? Algunos dicen que sin propiciación o sacrificio por el pecado, tal como se entiende la palabra pecado en Rom. 8:3; 2 Cor. 5:21; y en muchos lugares de los escritos de Moisés; pero, a mi juicio, el Apóstol trató de expresar algo más adecuado a su tema, es decir, que Cristo, en su segunda venida dará a conocer cuán verdadera y realmente ha quitado los pecados, de modo que ya no habrá necesidad de otro sacrificio para satisfacer a Dios; o como si dijera, “Cuando vayamos al tribunal de Cristo, descubriremos que todo fue perfecto en su muerte.”24
Y para el mismo efecto el autor inmediatamente añade, “de los que le esperan, para salud.” Otros interpretan la frase de manera diferente, “A los que le esperan para salvación;” pero la otra interpretación es la más apropiada; pues significa que los que confían completamente en la muerte de Cristo, encontrarán salvación completa; porque esta espera o este anhelo se refiere al tema que se viene discutiendo. La Escritura, ciertamente, en todas partes, aplica esto en común a los creyentes, para que esperen la venida del Señor, a fin de distinguirlos de los impíos, quienes temen su venida (1 Tes. 1:10); mas como ahora el Apóstol porfía en que nosotros debemos conformarnos con el único y verdadero sacrificio de Cristo, lo llama “la espera de Cristo,” cuando estamos satisfechos sólo con su redención, sin buscar otros remedios o auxilios.25
Capítulo 10
1 Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se allegan.
2 De otra manera cesarían de ofrecerse; porque los que tributan este culto, limpios de una vez, no tendrían más conciencia de pecado.
3 Empero en estos sacrificios cada año se hace conmemoración de los pecados.
4 Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
1. Porque la ley, teniendo la sombra, etc. El autor tomó esta figura del arte pictórico; pues una sombra aquí es diferente en cierto sentido de lo que es en Col. 2:17; donde el Apóstol llama sombras a los antiguos ritos y ceremonias, porque no poseían la substancia real de lo que representaban. Mas afirma que tales ceremonias eran semejantes a toscos lineamientos, que difusamente proyectaban aquel cuadro perfecto; porque los pintores, antes de introducir los colores con el pincel, acostumbran a marcar los bosquejos de lo que intentan representar. Esta indistinta representación es llamada por los griegos skiagrafía, que en latin pudiéramos llamar umbratilem, “sombra.” Los griegos también tenian el eikon, la plena semejanza. Por lo cual también eikonia se traduce imágenes en latín, que representan la vida, la forma de hombres o de animales o de lugares.
La diferencia que el Apóstol establece entre la ley y el evangelio es, que durante la ley se simbolizó vagamente y con líneas toscas e imperfectas lo que en el evangelio se nos presenta con vivos colores y gráficamente visible. De este modo él confirma de nuevo lo aseverado previamente, que la ley no fue inservible, ni sus ceremonias infructuosas. Pues aunque la imagen de las cosas celestiales no estaba terminada en ellas, con el toque final del artista, sin embargo, la representación fue de gran provecho para los patriarcas; empero nuestra condición es mucho más favorable. Pero debemos observar que lo que a ellos fue mostrado en la lejanía a nosotros se nos presenta ahora en primer término: el mismo Cristo, la misma justicia, la misma santificación y la misma salvación. La diferencia sólo estriba en la forma de pintarlo o manifestarlo.
De los bienes venideros, etc. Estos, a mi juicio, son las cosas eternas. Concedo que el reino de Cristo, ahora está presente con nosotros, pero anteriormente fue proclamado como futuro. Las palabras del Apóstol significan que nosotros tenemos una imagen de la futuras bendiciones. El entiende pues ese modelo espiritual, cuyo pleno goce queda postergado hasta la resurrección y la vida futura. Al mismo tiempo, declaro nuevamente que estas cosas buenas comenzaron a ser reveladas al principio del reino de Cristo; mas lo que el escritor ahora pretende es esto: que éstas no sólo son bendiciones futuras respecto al Antiguo Testamento, sino también respecto a nosotros, que aún las esperamos.
Que ofrecen continuamente cada año, etc. El autor habla especialmente del sacrificio anual mencionado en Levítico 17, aunque todos los sacrificios se incluyen aquí bajo una sola especie. Razona así: Cuando ya no exista más conciencia de pecado, no habrá necesidad entonces de sacrificio; pero en la época de la ley la ofrenda del propio sacrificio se repetía con frecuencia; luego no se daba una verdadera satisfacción a Dios, ni se quitaba la culpa ni se tranquilizaba la conciencia; de lo contrario, se hubiera dado fin a los sacrificios. Además, debemos observar cuidadosamente, que el Apóstol designa a los sacrificios como los mismos que fueron establecidos para un fin semejante; porque se puede formar una mejor idea de ellos considerando el propósito para el cual Dios los instituyó, y no estableciendo únicamente la diferencia entre las clases de animales que se ofrecían.
Y esta razón sola es suficiente para refutar y exponer la astucia de los romanistas, por la cual ellos parecen evadir ingeniosamente un absurdo al defender el sacrificio de la misa; porque cuando se les objeta que la repetición del sacrificio es inútil, puesto que la virtud del sacrificio que Cristo ofreció es perpetua, inmediatamente replican que el sacrificio ofrecido en la misa no es diferente sino igual. Esta es su respuesta. Mas ¿qué dice en cambio el Apóstol? El niega enfáticamente que un sacrificio que repetidamente se ofrece, aunque sea el mismo, pueda ser eficaz, o capaz de hacer expiación. Ahora bien, aunque los romanistas vociferan una y mil veces que el sacrificio ofrecido una vez por Cristo es el mismo y no diferente del que ellos ofrecen diariamente, siempre porfiaré, de acuerdo con las categóricas declaraciones del Apóstol, que toda vez que la ofrenda de Cristo fue eficaz para satisfacer a Dios, no sólo se terminaron los sacrificios anteriores, sino que su repetición es impía. Por lo cual es evidente que el ofrecimiento de Cristo en la misa es sacrilegio.1
Se hace conmemoración, etc. Aunque el evangelio es un mensaje de reconciliación con Dios, es necesario, sin embargo, que todos los días recordemos nuestros pecados; porque lo que el Apóstol quiere decir es esto, que los pecados se recordaban para que la culpa fuese quitada mediante el sacrificio entonces ofrecido. No es entonces una común recordación lo que aquí significa, sino una que pudiera conducir a tal confesión de culpa delante de Dios, que suministrara un sacrificio necesario para su perdón.
Tal es el sacrificio de la misa con los romanistas; pues ellos pretenden que por él la gracia de Dios nos es aplicada con el fin de que los pecados sean borrados. Mas ya que el Apóstol concluye que los sacrificios de la ley eran débiles, por ser repetidos cada año a fin de alcanzar el perdón, por la mismísima razón puede afirmarse que el sacrificio de Cristo fue débil, si hay necesidad de ofrecerlo diariamente, para que su virtud nos sea aplicada. Entonces no importa con qué máscaras puedan cubrir su misa, jamás podrán evitar el que se les acuse de atroz blasfemia contra Cristo.
4. Porque la sangre de los toros, etc. El Apóstol confirma el concepto anterior con la misma razón antes aducida: que la sangre de las bestias jamás pudo limpiar a las almas de pecado. Los judíos, ciertamente, tenían en esto un símbolo y una prenda de la verdadera purificación; pero ello se refería a otra cosa, precisamente a que la sangre del becerro representaba la sangre de Cristo. Mas el Apóstol habla aquí de la eficacia de la sangre de los animales en sí, y por lo tanto, justamente le quita todo poder de purificación. Ha de entenderse también aquí un contraste que no se expresa, como si dijera: “No es extraño que los antiguos sacrificios fueran insuficientes de modo que había que ofrecerlos continuamente, porque no contenían otra cosa que la sangre de bestias; la cual no podía penetrar en la conciencia; en cambio, el poder de la sangre de Cristo es completamente diferente: No es correcto pues estimar la ofrenda que él hizo juzgando por los sacrificios anteriores.”
5 Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y presente no quisiste mas me apropiaste cuerpo:
6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces dije: Heme aquí (En la cabecera del libro está escrito de mí) para que haga, oh Dios, tu voluntad.
8 Diciendo arriba: Sacrificio y presente, y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron, (las cuales cosas se ofrecen según la ley.)
9 Entonces dijo: Heme aquí para que haga, oh Dios, tu voluntad. Quita lo primero, para establecer lo postrero.
10 En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez.
5. Por lo cual, entrando, etc. Esta entrada en el mundo fue la manifestación de Cristo en la carne; porque cuando se vistió de la naturaleza humana para ser el Redentor del mundo y cuando apareció a los hombres, se dice que entró en el mundo, como también en otra parte se afirma que descendió del cielo (Juan 6:41). Sin embargo, el Salmo 40, que el autor cita, parece aplicarse a Cristo de manera impropia, pues lo que allí se describe, por ningún motivo se adapta a su carácter; como “Hanme comprendido mis maldades,” a menos que consideremos que Cristo voluntariamente tomó sobre sí los pecados de sus miembros. La suma de todo lo dicho, sin duda está de acuerdo con David pero como es bien sabido que David fue un tipo de Cristo, no hay nada irrazonable en transferir a Cristo lo que David declaró respecto a sí mismo, especialmente cuando se menciona la abolición de las ceremonias de la ley, y este es el caso en este pasaje. Sin embargo, no todos consideran que las palabras tengan este significado, porque piensan que los sacrificios no se repudian aquí abiertamente, sino que la idea supersticiosa que generalmente prevalecía, de todo el culto divino se componía de ellos, es lo que se condena; y si así fuera, podría decirse que este testimonio tiene poco valor para nuestro asunto. Entonces, nos corresponde a nosotros examinar este pasaje de manera más minuciosa, para que sepamos si el Apóstol lo citó de manera apropiada.
Por todas partes en los Profetas se encuentran declaraciones de esta naturaleza: que los sacrificios no agradan a Dios, que no son requeridos por él, que los considera sin ningún valor; y aun más, que le son abominación. Sin emembargo, la falta no estaba en los sacrificios mismos, sino en lo que tenían de accidental; pues como los hipócritas obstinados en su impiedad procuraban no obstante pacificar a Dios con sacrificios, eran reprobados a pesar de todo. Los profetas pues, rechazaron los sacrificios, no en la forma que fueron instituidos por Dios, sino en su perversión y profanación. Mas aquí la razón es diferente, pues no está condenando los sacrificios ofrecidos con hipocresía, ni tampoco los que no se ofrecían rectamente a causa de la depravación y maldad de los hombres; sino que niega que éstos sean demandados por los fieles y sinceros adoradores de Dios. Incluso él habla de sí mismo y dice haberlos ofrecido, con corazón puro y manos limpias, y, sin embargo, afirma que no agradaron a Dios.
Si alguno objetare y dijere que los sacrificios no fueron aceptados por su propia importancia o por lo que valían en sí, sino por causa de algo más, yo afirmaría que un argumento de tal naturaleza no es apropiado en este caso; porque entonces se pediría a los hombres que regresaran al culto espiritual, al atribuirle tal poder a las ceremonias externas; y se consideraría que el Espíritu Santo declaraba que las ceremonias no valen nada ante Dios, cuando por el error de los hombres son tan grandemente valoradas.
David, que vivió en la época de la ley, seguramente no debió haber descuidado el rito de sacrificar. Concedo también que él debe haber adorado a Dios con sinceridad de corazón pero no le era lícito omitir lo que Dios había ordenado, y tenía la orden de sacrificar en común con los demás. De esto inferimos que él miraba hacia algo que trascendía más allá de su época, porque exclamó: “Holocausto por el pecado no quisiste.” Admito como cierto que en algunos casos también en la época de David, Dios no se agradó de los sacrificios; mas como todo esto se celebraba aún bajo el yugo de la ley, David no podía ejecutar el culto divino en forma completa, a menos que el culto fuera vestido, por decirlo así, de una forma apropiada. Por consiguiente, debemos necesariamente acercarnos al reino de Cristo, con el fin de descubrir la plena verdad tocante a la repugnancia divina acerca de los sacrificios. Hay un pasaje similar en el Salmo 16:10, “No permitirás que tu santo vea corrupción;” pues aunque Dios por un tiempo liberó a David de corrupción, sin embargo, esto sólo se realizó plenamente en Cristo.
Y no es poca la importancia de semejante declaración, porque cuando él afirma que hará la voluntad de Dios, no deja lugar para los sacrificios; pues de esto deducimos que sin ellos puede haber una perfecta obediencia a Dios, la cual no sería posible sin la anulación de la ley. Sin embargo, no niego que David, tanto aquí como en el Salmo 51:16, atenuara en tal forma el poder de los sacrificios externos al grado de preferir lo principal; pero no hay duda que ambos casos su mirada se dirigía hacia el reino de Cristo. Así, el Apóstol es testigo de que Cristo es debidamente presentado como el que habla en este Salmo, en el cual ni siquiera el lugar más bajo, entre los mandamientos, de Dios se conoce a los sacrificios, no obstante que Dios en la época de la ley los requería estrictamente.
Mas me apropiaste cuerpo, etc. Las palabras de David son diferentes, “Has horadado mis oídos,” frase que según piensan algunos ha sido tomada de un antiguo rito o costumbre de la ley, (Ex 21:6); porque si alguno no estimaba el precio de la libertad concedida en el jubileo, y deseaba continuar en la esclavitud perpetua, se le horadaba su oreja con una lezna. El significado, como algunos piensan, es éste: “Tú me tendrás como tu siervo para siempre, oh Señor.” Sin embargo, yo opino de otro modo, yo creo que insinúa docilidad y obediencia; porque estamos sordos hasta que Dios abre nuestros oídos, es decir, hasta que él corrige nuestra sordera. Hay asimismo un contraste implícito entre el pueblo (para quien los sacrificios eran como espectros sin poder alguno). Y David, a quien Dios había descubierto su uso legítimo y espiritual, lo mismo que su aplicación.
Empero el Apóstol siguió a los traductores griegos cuando expresó: “Me apropiaste cuerpo;” porque al citar estas palabras los Apóstoles no fueron muy escrupulosos, con tal que no pervertiría el sentido de la Escritura para provecho propio. Debemos siempre considerar con qué fin citaban ellos estos pasajes bíblicos, porque fueron muy cuidadosos en cuanto al objeto principal, como para no desviar el sentido de la Escritura hacia otro significado; mas por lo que respecta a las palabras y a otras cosas que no guardan relación directa con el tema que trataban, se tomaban cierta libertad.2
7. En la cabecera del libro, o volumen, etc. Volumen es exactamente el significado del vocablo hebreo; pues sabemos que los libros antiguamente se enrollaban en forma de cilindro. No hay nada irrazonable al pensar que el libro significa la ley, en la cual se dicta a todos los hijos de Dios la regla de una vida santa; aunque a mí me parece más apropiado creer que él se preciaba de estar catalogado entre los que prestan obediencia a Dios. La ley, ciertamente nos impele a todos a obedecer a Dios; mas David dice que él fue contado entre los que son llamados a obedecer a Dios; y luego testifica que obedeció su llamamiento, añadiendo, “Heme aquí para que haga tu voluntad;” y esto pertenece a Cristo en forma peculiar. Pues aunque todos los santos aspiren a la justicia de Dios, sin embargo, es sólo Cristo quien se encuentra plenamente capacitado para hacer la voluntad de Dios.
Este pasaje, sin embargo, debería estimularnos a todos a rendir pronta obediencia a Dios; pues Cristo es el modelo de perfecta obediencia para que todos los que son de él se esfuercen unos a otros en imitarlo, y que juntos respondan al llamado de Dios, y que sus vidas puedan ejemplificar esta declaración: “Heme aquí para hacer tu voluntad.” Y lo que sigue lleva el mismo fin, “está escrito,” esto es, que debemos hacer la voluntad de Dios, de acuerdo con lo que se expresa en todas partes, pues el objeto de nuestra elección es que seamos santos y sin tacha ante sus ojos. (Col. 1:22).
9. Quita, etc. Vemos ahora por qué y para qué fue citado este pasaje: precisamente para que sepamos que la justicia plena y perfecta dentro del reino de Cristo no ha menester de los sacrificios de la ley; porque cuando son quitados, se establece la voluntad de Dios como la autoridad perfecta. De aquí deducimos que los sacrificios de animales tenían que ser quitados por el sacerdocio de Cristo, ya que no tenían nada en común con éste. Pues no había razón, como ya expresamos, para que él rechazara los sacrificios a causa de alguna falta accidental; pues él no está tratando con los hipócritas, ni condena tampoco la superstición de un culto degenerado; pero niega que los sacrificios usuales sean demandados de un hombre piadoso correctamente enseñado, y da testimonio al propio tiempo de que sin sacrificios se puede obedecer a Dios de manera plena y perfecta.
10. En la cual voluntad, etc. Después de haber acomodado a su tema el testimonio de David, aprovecha la ocasión para aplicar algunas de las palabras a su propio fin, y más bien lo hace a manera de adorno que de explicación. David declaró, no tanto de sí mismo como personificando a Cristo, que estaba listo para hacer la voluntad de Dios. Y esto tiene que extenderse a todos los que son de Cristo; porque la doctrina de Pablo es de carácter general cuando exclama: “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación” (1 Tes. 4:3). Pero como hubo un extraordinario ejemplo de obediencia en Cristo al ofrecerse a sí mismo hasta la muerte de cruz, y como para ello tomó especialmente la forma de siervo, el Apóstol dice que Cristo, por la ofrenda de sí mismo, cumplió el mandamiento de su Padre, y que nosotros fuimos así santificados3. Al añadir, por la ofrenda del cuerpo, etc., él se refiere a esa parte del Salmo, donde dice, “Cuerpo me preparaste,” al menos así se encuentra en el original griego. Con esto insinúa que Cristo encontró en sí mismo lo que podía satisfacer a Dios, de modo que no tuvo necesidad de auxilios externos. Porque si los sacerdotes levitas hubieran tenido un cuerpo apropiado, los sacrificios de animales hubieran sido superfluos. Empero Cristo solo fue suficiente, y también capaz por sí mismo de ejecutar todo lo que Dios requería.
11 Así que, todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 Pero éste, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios,
13 Esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.
14 Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo; que después dijo:
16 Y este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré;
17 Añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades.
18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
11. Así que, todo sacerdote, etc. He aquí la conclusión de todo el argumento: que la práctica de sacrificar diariamente es completamente extraña y opuesta al sacrificio de Cristo; y por consiguiente, después de su venida, los sacerdotes levitas cuya costumbre y hábito establecido era sacrificar diariamente, quedaban fuera de su cargo; porque el carácter de las cosas que son contrarias entre sí requiere que cuando una se establece la otra caiga. Hasta aquí él se ha esforzado bastante, y más de lo suficiente, al defender el sacrificio de Cristo; entonces llega a la conclusión de que el antiguo sacerdocio, siendo opuesto al nuevo, ha cesado; porque todos los santos encuentran una completa consagración en la única y sola ofrenda de Cristo. Además, la palabra teteleíoken, que yo interpreto: “ha consagrado,” puede, no obstante, traducirse “ha perfeccionado;” mas prefiero el primer significado, porque se refiere a las cosas sagradas.4
Al decir, a los santificados, el Apóstol incluye a todos los hijos de Dios; y nos recuerda que será inútil buscar la gracia de santificación en cualquiera otra parte.
Mas para que los hombres no piensen que Cristo está ahora ocioso en el cielo, repite de nuevo que se sentó a la diestra de Dios; con cuya frase se indica, como ya lo hemos visto en otra parte, su dominio y poder. No hay pues razón para que temamos que él permita que la eficacia de su muerte sea destruida o quede sepultada; porque él vive para que su poder llene los cielos y la tierra. Seguidamente el autor nos recuerda, en las palabras del salmo, cuánto tiempo ha de durar tal estado de cosas: precisamente hasta que Cristo subyugue a todos sus enemigos. Entonces, si nuestra fe busca a Cristo sentado a la diestra de Dios, y reposa quietamente en él, allí sentado, gustaremos al fin del fruto de su victoria; sí, ciertamente cuando nuestros ene migos, Satanás, el pecado, la muerte y el mundo sean vencidos, y cuando la corrupción de nuestra carne sea quitada, triunfaremos para siempre, juntos con nuestra Cabeza.
15. Y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo, etc5. Este testimonio de Jeremías no se aduce por segunda vez sin razón. Lo citó antes con un propósito diferente, es decir, para demostrar que era necesario que el antiguo pacto fuese abrogado, porque otro, a saber, uno nuevo había sido prometido, y ello con un fin: corregir las flaquezas del antiguo.6 Mas ahora el autor tiene otra cosa en perspectiva; porque se aferra únicamente a estas palabras; Nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades; y de esto saca la consecuencia que ya no hay necesidad de más sacrificios, puesto que los pecados son borrados.7
Esta inferencia puede parecer ciertamente infundada; pues aunque con anterioridad existieron innumerables promesas acerca de la remisión de los pecados en la época de la ley y los profetas, con todo la Iglesia no cesó de ofrecer sacrificios; en consecuencia la remisión de los pecados no excluye los sacrificios. Mas si consideramos cada detalle cuidadosamente, descubriremos que los padres también tuvieron las mismas promesas respecto a la remisión de los pecados, bajo la ley, tal como nosotros las tenemos actualmente; contando con ellas, ellos clamaban a Dios y se regocijaban por el perdón alcanzado. Y no obstante, el profeta, como si hubiera encontrado algo nuevo y jamás escuchado, promete que no habrá más memoria de los pecados delante de Dios bajo el nuevo pacto. De esto deducimos que los pecados son remitidos ahora en una forma diferente; mas esta diferencia no está en la promesa, ni en la fe, sino en el precio mismo por el cual la remisión se alcanzó. Pues Dios no recuerda más los pecados, porque se hizo expiación de ellos una vez por todas; de otro modo lo expresado por el profeta no tendría objeto, ya que la merced del Nuevo Testamento, es, que Dios no se acordaría más de los pecados.
Ahora bien, puesto que hemos llegado al fin de la discusión respecto al sacerdocio de Cristo, habrá que recordar brevemente a los lectores, que como no se puede ya aportar otra prueba más contundente acerca de la abolición de los sacrificios bajo la ley, tampoco se podrá probar que el sacrificio de la misa practicado por los romanistas sea una realidad.
Ellos sostienen que su misa es un sacrificio para expiar los pecados de los vivos y de los muertos; pero el Apóstol niega que haya ahora lugar para algún sacrificio, y ello desde el tiempo en que la profecía de Jeremías se cumplió.
Tratan asimismo de encontrar una evasiva, afirmando que la misa no es un nuevo sacrificio o diferente del de Cristo, sino el mismo; el Apóstol, en cambio, sostiene que el mismo sacrificio no debe repetirse, y declara que el sacrificio de Cristo es uno solo, y que fue ofrecido por todos; además, él frecuentemente reclama para Cristo el honor único del sacerdocio, de modo que nadie fue capaz de ofrecerlo sino él mismo, solo.
Los romanistas presentan otra evasiva, llamando incruento a su sacrificio; pero el Apóstol afirma, como vendad sin excepción, que es necesaria la muerte a fin de ofrecer un sacrificio.
Los romanistas pretenden evadirse nuevamente agregando que la misa es la aplicación del único sacrificio hecho por Cristo; pero el Apóstol nos enseña lo contrario, señalando que los sacrificios de la ley quedaron abolidos con la muerte de Cristo porque con ellos sí se recordaban los pecados; y con esto se prueba que la clase de aplicación que ellos han inventado ha desaparecido.
En suma, dejemos que los romanistas se embrollen en lo que les plazca, pues jamás podrán escapar a los sencillos argumentos del Apóstol; por los cuales aparecen claro que su misa abunda en irreverencias; primero, porque de acuerdo con el testimonio del Apóstol, únicamente Cristo fue capaz de ofrecerse a sí mismo; en la misa él es ofrecido por otras manos; segundo, el Apóstol afirma que el sacrificio de Cristo no sólo fue uno, sino que también fue ofrecido una sola vez, de modo que es irreverente repetirlo; en cambio en la misa, por mucho que vociferen acerca de que es un sacrificio, es evidente que lo repiten cada día, y ellos mismos así lo confiesan; tercero, el Apóstol desconoce todo sacríficio incruento y sin intervención de muerte; por consiguiente, en vano pleitean de que el sacrificio que ofrecen es incruento; cuarto, el Apóstol al hablar de la obtención del perdón de los pecados, nos apremia a que vayamos a ese único sacrificio que Cristo ofreció en la cruz, haciendo al mismo tiempo la distinción entre nosotros y los padres de que el rito de la oblación continua fue anulado con la venida de Cristo; empero los romanistas, a fin de hacer eficaz la muerte de Cristo, exigen aplicaciones diarias por medio de un sacrificio; de modo que al llamarse cristianos, en realidad no difieren de los judíos, salvo en el símbolo externo.
19 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo,
20 Por el camino que él nos consagró, nuevo y vivo por el velo, esto es, por su carne;
21 Y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios.
22 Lleguémonos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia,
23 Mantengamos firme la profesión de nuestra fe sin fluctuar; que fiel es el que prometió.
19. Así que, hermanos, etc. El autor expone la conclusión o suma de su doctrina anterior, a la cual acertadamente añade una seria exhortación, y predice una severa amenaza contra aquenos que habían renunciado a la gracia de Cristo. He aquí pues la suma de lo dicho por el Apóstol: que todas las ceremonias por las cuales se obtenía, bajo la ley, entrada al santuario, tienen su cumplimiento verdadero en Cristo, de modo que para el cristiano el empleo de ellas es superfluo e inútil. Para explicar esto en forma más completa, describe alegóricamente la entrada que Cristo ha abierto para nosotros; compara el cielo con el viejo santuario, y declara lo que ha sido realizado espiritualmente en Cristo, valiéndose de expresiones simbólicas. Las alegorías, ciertamente, en ocasiones, obscurecen el tema en vez de aclararlo; pero cuando el Apóstol transfiere a Cristo las antiguas figuras de la ley, no deja de haber elegancia en lo que dice al mismo tiempo que arroja no poca luz sobre la materia; y lo expresa así para que podamos reconocer cómo se manifiesta ahora en forma real, lo que en la ley se representaba obscuramente. Mas como casi toda palabra es de gran importancia, debemos por tanto recordar que ha de verse aquí un contraste entre la verdad o realidad como se haya en Cristo, y la abolición de los antiguos tipos.
Afirma el Apóstol primero: que tenemos libertad para entrar en el santuario. Tal privilegio jamás fue concedido a los padres en la época de la ley, porque al pueblo le estaba prohibido franquear el santuario visible, si bien el sumo sacerdote llevaba los nombres de las tribus sobre sus hombros, y doce piedras como un memorial de ellos sobre su pecho. Mas ahora el caso es muy diferente, porque no sólo en sentido simbólico, sino en realidad se nos ha abierto el cielo por el favor de Cristo, porque él nos ha constituido un sacerdocio real.8
Agrega, por la sangre de Jesús, porque la puerta del santuario no estaba abierta para el sumo sacerdote más que por la intervención de la sangre. Pero el autor, poco después, advierte la diferencia entre esta sangre y la de los animales; pues la sangre de los animales, como pronto se corrompe, no puede retener su eficacia por mucho tiempo; pero la sangre de Cristo, como no está sujeta a corrupción y fluye siempre como corriente purísima, es suficiente para nosotros, aun hasta el fin del mundo. No es de extrañar que las bestias inmoladas en sacrificio, no tuviesen poder vivificante, porque estaban muertas. Empero Cristo, quien se levantó de entre los muertos para darnos vida, nos comunica la suya propia. En él tenemos una perpetua consagración del camino; porque su sangre, en cierta forma, siempre está fluyendo ante la presencia del Padre, a fin de irrigar el cielo y la tierra.
20. Por el velo, etc. Así como el velo cubría los lugares más recónditos del santuario y al mismo tiempo servía de entrada a éste así la divinidad, oculta en la sangre de Cristo, nos conduce, sin embargo, hasta el cielo; ni tampoco puede alguno encontrar a Dios excepto aquel para quien el hombre, Cristo Jesús, llegue a ser la puerta y el camino. En esta forma se nos recuerda que la gloria de Cristo no ha de ser estimada de acuerdo con la apariencia exterior de su carne; ni ésta ha de ser despreciada, porque cubre como con un velo la majestad de Dios, al mismo tiempo que nos conduce al disfrute de todas las cosas buenas del cielo.
21. Y teniendo un gran sacerdote, etc. Todo lo que el autor afirmó previamente acerca de la abrogación del antiguo sacerdocio, nos conviene tenerlo presente, porque Cristo no podía ser sacerdote sin haber antes despojado a los antiguos sacerdotes de su cargo, por ser de otro orden. El autor entonces insinúa que todas aquellas cosas que Cristo cambió con su venida han de abandonarse; pues Dios lo ha colocado sobre toda su casa con este objeto, para que todo aquel que busque un lugar dentro de la Iglesia, se someta a Cristo y lo escoja a él, y no a otro, como su caudillo y Rey.9
22. Lleguémonos con corazón verdadero, etc. Como el Apóstol demuestra que en Cristo y su sacrificio no existe sino lo espiritual o celestial, así él desea que nosotros por nuestra parte hagamos lo que nos corresponde. Los judíos antiguamente se purificaban a sí mismos por medio de diferentes lavamientos, a fin de prepararse para el servicio divino. No es de extrañar que los ritos purificadores fuesen carnales, puesto que el propio culto divino, cubierto de sombras, participaba en cierta forma de lo carnal. Porque el sacerdote, siendo mortal, era escogido de entre los hombres para desempeñar por cierto tiempo oficios sagrados; era ataviado de preciosas vestiduras, aunque mundanas, para que pudiese presentarse a la presencia de Dios; solo se acercaba al arca del pacto; y para santificar su entrada, tomaba para inmolar en sacrificio una bestia del rebaño o del ganado. Pero en Cristo todo es muy superior; él mismo no sólo es puro e inocente, sino también la misma fuente de toda santidad y justicia, y fue designado sacerdote por decreto celestial, no para un breve período de vida mortal, sino a perpetuidad. Para ratificar su designación fue interpuesto un juramento. El se manifestó adornado con todos los dones del Espíritu Santo en la más elevada perfección; hizo la propiciación, ante Dios, con su propia sangre, reconciliándolo con los hombres; y ascendió a lo alto, sobre todos los cielos, para presentarse delante de Dios como nuestro Mediador.
Ahora bien, de nuestra parte, nada podemos hacer, excepto lo que esté de acuerdo con todo esto, ya que debe haber acuerdo mutuo o armonía entre el sacerdote y el pueblo. Quitemos pues todos los lavamientos externos de la carne, y que cese el aparato externo de las ceremonias; porque el Apóstol coloca un corazón verdadero, y la plena certidumbre de fe, y la purificación del pecado en oposición a estos ritos externos. Y de esto obtenemos ejemplo a fin de que podamos disfrutar de los beneficios conferidos por Cristo, porque no puede haber acceso a Cristo sin un corazón recto o verdadero, una fe firme, y una conciencia pura.
Entonces, un corazón verdadero o sincero, es lo contrario de un corazón hipócrita o engañoso.10 Con el término plena certidumbre, pleroforía, el Apóstol señala la naturaleza de la fe y al mismo tiempo nos recuerda que la gracia de Cristo sólo puede ser recibida por aquellos que poseen una convicción firme y resuelta. La purificación de los corazones de mala conciencia acontece cuando somos considerados puros delante de Dios al obtener el perdón, o cuando el corazón, purificado de todos los afectos corrompidos, no se deja llevar por los impulsos de la carne, Yo estoy dispuesto a incluir ambas cosas.11 Lo que sigue, levantamiento de los cuerpos con agua limpia, generalmente se aplica al bautismo; pero a mí me parece más probable que el Apóstol se refiera a las antiguas ceremonias de la ley; y así, con el agua, designa al Espíritu de Dios, de acuerdo con lo dicho por Ezequiel, “Rociaré sobre vosotros agua limpia” (Ezeq. 36:25). Esto significa que somos hechos participantes de Cristo, si vamos a él, santificados en cuerpo y alma. Esta santificación no consiste en un desfile visible de ceremonias, mas proviene de la fe, de la conciencia pura, y de esa limpieza de alma y cuerpo que fluye de Dios, y es efectuada por su Espíritu. Por esto Pablo exhorta a los fieles a purificarse a sí mismos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, puesto que han sido adoptados por Dios como sus hijos12 (2 Cor. 7:1).
23. Mantengamos firme, etc. Como el Apóstol exhorta aquí a los judíos a la perseverancia, menciona la esperanza en vez de la fe; porque como la esperanza nace de la fe, así también es alimentada y sostenida por ella hasta el fin. El exige también la profesión o confesión, porque no puede ser verdadera la fe a menos que la manifestemos delante de los hombres. Aquí parece tocar indirectamente el disimulo de aquellos que habían prestado demasiada atención a las ceremonias de la ley, con el fin de agradar a su propia nación. Por tanto, no sólo los invita a creer con el corazón, sino a manifestar y profesar lo mucho que ellos amaban a Cristo.
Mas debemos observar cuidadosamente la razón que aduce, fiel es el que prometió. Porque de aquí aprendemos: primero, que nuestra fe descansa en este fundamento, que Dios es verdadero, esto es, fiel a su promesa, contenida en su palabra; pues para que podamos creer, la voz de la palabra de Dios debe precedernos; porque no es cualquier clase de palabra lo que puede producir fe; la fe debe descansar segura sobre una promesa. Y así de este pasaje podemos deducir la relación mutua entre la fe de los hombres y la promesa de Dios; pues excepto que Dios prometa, nadie puede creer.13
24 Y considerémos los unos a los otros para provocarnos al amor y a las buenas obras;
25 No dejando nuestra congregación como algunos tienen por costumbre, más, cuanto veis que aquel día se acerca.
26 Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado,
27 Sino una horrenda esperanza de juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.
24. Y considerémonos los unos a los otros, etc. No dudo de que el Apóstol se dirija especialmente a los judíos en esta exhortación. Es bien conocida la gran arrogancia de esa nación; que siendo posteridad de Abrahán, se jactaba de que solamente los judíos habían sido escogidos por el Señor para heredar el pacto de la vida eterna. Ensoberbecidos por semejante privilegio despreciaban a las demás naciones, y deseaban ser considerados como los únicos en la Iglesia de Dios, además, altamente usurpaban para sí el privilegio de ser ellos mismos la Iglesia. Fue necesario que los apóstoles trabajasen mucho a fin de eliminar este orgullo; y esto, en mi opinión, es lo que el Apóstol hace aquí, para que los judíos no se indispusieran con la presencia de los gentiles que estaban asociados a ellos y unidos, como un cuerpo, en la Iglesia.
Y ciertamente, en primer lugar agrega, considerémonos los unos a los otros; porque Dios estaba entonces haciendo una iglesia de entre ambos, judíos y gentiles, entre los cuales siempre había existido una gran discordia, de modo que la unión de ambos era como la combinación de fuego y agua. De aquí que los judíos protestaran por esto, pues consideraban como muy indigno el que los gentiles fuesen igualados con ellos. En contraste con este acicate de molesta emulación que los aguijoneaba, el Apóstol presenta otro, a saber, el del amor; pues la palabra paroxismós, que él emplea, significa el ardor de la contienda. Luego para que los judíos no se llenaran de envidia y creasen dificultades, el Apóstol los exhorta a una piadosa emulación, a estimularse los unos a los otros en el amor.14
25. No dejando nuestra congregación, etc. Esto confirma la opinión que se ha expresado. La composición del vocablo griego debe ser observada; porque epí significa una adición; entonces, episinagogué, acción de congregarse, significa una congregación aumentada por adiciones. Una vez derribado el muro de separación, Dios comenzó a recoger como a sus hijos a los que eran extraños a la Iglesia; de manera que los gentiles eran una adición nueva y no común, a la Iglesia. Esto, los judíos lo consideraban como un reproche para ellos, y por ello muchos se separaron de la Iglesia, pensando que tal mezcolanza les brindaba una buena excusa para separarse; tampoco podían ser inducidos fácilmente a ceder sus propios derechos; además, ellos consideraban el privilegio de adopción como peculiar, y como que les pertenecía exclusivamente a ellos. Por tanto, el Apóstol los amonesta, para que esta nueva igualdad no les indujera a abandonar la Iglesia; y para que no pensaran que los amonestaba sin razón, menciona que tal descuido fue mal común de muchos.15
Ya entendemos ahora el propósito del Apóstol, y la necesidad que le obligó a dar esta exhortación. Al mismo tiempo podemos sacar de este pasaje una doctrina general:
He aquí un mal que prevalece por todas partes en la humanidad, pues cada uno quiere colocarse sobre los demás; y especialmente los que parecen ser más que otros, en alguna forma no pueden soportar que sus inferiores estén en el mismo plano de igualdad que ellos. Y hay tanto egoísmo casi en todos, que muchos individuos gustosamente harían iglesias para ellos mismos, si pudieran; porque encuentran muy difícil acomodarse a las costumbres y hábitos de los demás. Los ricos se tienen envidia entre sí; y entre ellos, difícilmente se encuentra uno entre cien que les conceda a los pobres la categoría y distinción de hermanos. A menos que haya semejanza en nuestros hábitos o algunas atracciones personales o ventajas que nos unan, es muy difícil mantener la continua armonía entre nosotros. Nos es muy necesaria, pues, la amonestación a estimularnos al amor y a no tener envidia, y a no separarnos de aquellos a quienes Dios ha unido a recibirlos con cariño fraternal. Y ciertamente, a nosotros nos corresponde cultivar la unidad en forma más seria, porque Satanás está muy alerta, ya sea para arrebatarnos de la Iglesia, o para sacarnos de ella furtivamente o medianamente seducciones. Y esta unidad podríamos obtenerla, si ninguno tratara de agradarse a sí mismo en demasía, y si todos nosotros mantuviéramos firme este propósito, de provocarnos mutuamente al amor, no permitiendo rivalidad alguna, excepto en la de hacer buenas obras. Porque, sin duda, el menosprecio de los hermanos, el mal genio, la envidia, el inmoderado amor propio, y otros impulsos pecaminosos, claramente demuestran que nuestro amor es muy pasivo, o que sinceramente no existe.
Despues de precisar: “No abandonando el congregaros,” añade, mas exhortándonos; con lo cual insinúa que todos los fieles piadosos, deben por todos los medios posibles, esforzarse en la obra de congregar y reunir la Iglesia por todas partes; pues somos llamados por el Señor bajo condición de que cada creyente se esfuerce después en conducir a otros a la verdad, lleve a los extraviados por el camino recto, extienda una mano auxiliadora a los caídos, y gane también a los que están fuera. Mas si hemos de poner tanto esfuerzo en aquellos que no son todavía del rebaño de Cristo, ¿cuánto más debemos ponerlo en exhortar a los hermanos con quienes Dios ya nos unió?
Como algunos tienen por costumbre, etc. Por todo esto podemos ver que despreciando a otros, se agradaron a sí en demasía. Mas cuando escuchamos que aun en la misma Iglesia apostólica existieron hombres incrédulos que se apartaron de la Iglesia, no debemos sentirnos molestos u horrorizados por los casos de deserción que podamos presenciar en la actualidad. Verdaderamente tiene importancia el hecho de que los hombres que han dado testimonio de piedad y profesado la misma fe que nosotros, se aparten del Dios viviente; pero como no es algo nuevo, según lo expresé, no debemos inquietarnos demasiado. Mas el Apóstol introdujo esta cláusula para demostrar que no hablaba sin razón, sino con objeto de aplicar la medicina a una enfermedad en pleno desarrollo.
Y tanto más, etc. Algunos piensan que este pasaje tiene la misma significación que aquel de Pablo: “Conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora nos está más cerca nuestra salud que cuando creímos” (Rom. 13:11). Pero me inclino a creer que aquí se alude a la segunda venida de Cristo, cuya espera debe incitarnos a practicar una vida santa lo mismo que a concentrar nuestros esfuerzos en la obra de reunir la Iglesia. ¿Pues con qué fin vino Cristo sino con el de juntar en un solo cuerpo a los dispersos que aún se encuentran errantes? Por consiguiente, cuanto más cerca esté su venida, más debemos laborar para que los dispersos sean juntados y reunidos, y que haya un solo rebaño y un solo pastor. (Juan 10:16).
Si alguno interrogare: ¿cómo pudo el Apóstol afirmar que los que aún se encontraban lejos de la segunda venida de Cristo, vieron cercano y próximo el día? Yo replicaría, que desde el comienzo del reino de Cristo la Iglesia fue constituida en tal forma que los fieles pudiesen considerar como pronta la venida de su Juez; y ciertamente no se veían defraudados por una falsa idea, al estar preparados para la venida de Cristo en casi cualquier momento; porque así fue la condición de la Iglesia desde el tiempo en que fue promulgado el evangelio, para que todo ese lapso pudiera justa y verdaderamente ser designado como el último tiempo. Entonces, los que han estado muertos desde hace muchos siglos, vivieron, no menos que nosotros, en los últimos días. Nuestra sencillez parecerá ridícula ante los sabios según el mundo y los burladores, que juzgan como fabuloso todo lo que nosotros creemos acerca de la resurrección del cuerpo y del juicio final; mas para que nuestra fe no se debilite con sus burlas, el Espíritu Santo nos recuerda que mil años delante de Dios son como un día, (2 Ped. 3:8); de manera que, cada vez que pensemos acerca de la eternidad del reino celestial ningún tiempo deberá parecernos largo. Además, ya que Cristo, después de haber completado todas las cosas necesarias para nuestra salvación, ascendió al cielo, no parece sino lógico que los que continuamente estamos en espera de su segunda venida consideramos cada día como si fuera el último.16
26. Porque si pecáremos voluntariamente, etc. El demuestra cuán severa es la venganza divina reservada para todos los que se apartan de la gracia de Cristo; porque careciendo de esa verdadera salvación, Novato y su secta, trataron de arrebatar toda esperanza de perdón, sin discriminación alguna, a todos los que habían pecado después del bautismo. Los que no pudieron refutar sus falsedades optaron más bien por negar la autoridad de esta Epístola, que consentir en semejante absurdo Mas el verdadero significado del pasaje está contenido en el propio texto y es suficiente de por sí para exponer la desfachatez de Novato, sin que tengamos que recurrir a otras partes de la Escritura.
Los que pecan, mencionados por el Apóstol, no son los que en alguna forma ofenden, sino los que abandonan la Iglesia, y completamente se alejan de Cristo. Pues él no habla aquí de este o de aquel pecado, sino que condena por nombre a los que deliberadamente han renunciado al compañerismmo de la Iglesia. Empero hay una enorme diferencia entre las caídas particulares y una completa deserción de la fe, por la cual enteramente nos apartamos de la gracia de Cristo. Y como este no puede ser el caso con alguno, excepto que ya haya sido iluminado, él añade, Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad; que es como si dijera: “Si a sabiendas y voluntariamente renunciamos a la gracia que hemos alcanzado.” Es evidente, ahora, cuán lejos está del error de Novato esta doctrina.
Y que el Apóstol aluda aquí únicamente a los apóstoles, está claramente indicado en todo el pasaje; pues el asunto que trata es este, que los que una vez han sido aceptados en la Iglesia, no deben abandonarla, como algunos acostumbran hacerlo. Ahora declara que para los tales no quedaban ningún sacrificio por el pecado, porque voluntariamente habían pecado después de haber recibido el conocimiento de la verdad. Mas en cuanto a los pecadores que en una u otra forma caen, Cristo se ofrece diariamente a ellos, de modo que no tienen por qué buscar otro sacrificio para expiar sus pecados. El Apóstol niega pues, que quede algún sacrificio para los que han renunciado a la muerte de Cristo, la cual no se nulifica por ningún pecado u ofensa, excepto por una total renunciación de la fe.
Esta severidad de Dios es verdaderamente espantosa, y es manifestada con el fin de inspirar terror. Sin embargo, él no puede ser acusado de crueldad; porque como la muerte de Cristo es el único remedio por el cual podemos ser librados de la muerte eterna, entonces los que tratan de destruir su virtud y eficacia, ¿que no merecen ser abandonados a la desesperación? Dios invita a una reconciliación constante a los que están en Cristo; y ellos son purificados diariamente por la sangre de Cristo, y sus pecados son expiados día a día mediante su eterno sacrificio. Pero como la salvación ha de buscarse sólo en él, no hemos de extrañarnos que todos los que deliberadamente lo abandonan, sean excluidos de toda esperanza de perdón: ésta pues, es la significación del adverbio éti, más. Por otra parte, el sacrificio de Cristo es eficaz para los fieles, aun hasta la muerte, aunque ellos frecuentemente pequen; más aun, éste retiene siempre su eficacia, precisamente por la razón de que ellos no pueden estar libres de pecado entretanto que moren en la carne. El Apóstol se refiere, pues, únicamente a los que en forma perversa abandonan a Cristo, y de este modo se privan a sí mismos del beneficio de su muerte.
La cláusula, después de haber recibido el conocimiento de la verdad, fue añadida con el propósito de agravar su ingratitud; pues el que voluntariamente y con impiedad deliberada extingue la luz de Dios encendida dentro de su corazón, no le queda excusa que presentar delante de Dios. Aprendamos, pues, no únicamente a recibir con reverencia y pronta sumisión la verdad que se nos ofrece, sino también a perseverar firmemente en su conocimiento, para que no suframos el terrible castigo de aquellos que la desprecian.17
27. Sino una horrenda esperanza, etc. Hace resaltar el tormento de una mala conciencia que los malvados sienten, los cuales no sólo carecen de gracia, sino que saben que después de haber probado la gracia la han perdido para siempre por su propia culpa; los tales, no sólo deben ser aguijoneados y punzados sino también atormentados en una forma horrorosa. De aquí que ellos luchen y se rebelen contra Dios, porque no pueden soportar a un Juez tan riguroso. Tratan ciertamente en diferentes formas de esquivar la ira de Dios, pero todo en vano; porque cuando Dios les concede una breve tregua, pronto los hace comparecer ante su tribunal, y los acosa con los tormentos que ellos rehuyen.
El Apóstol agrega, hervor de fuego, o calor de fuego; con lo cual da a entender, a mi juicio, un vehemente impulso o un violento ardor. La palabra fuego es una metáfora común; porque como los impíos están ahora en un ardor por el miedo de la ira divina, así también arderán entonces sintiendo este mismo ardor. Ni me es desconocido tampoco, el que los sofistas hayan especulado sutilmente acerca de este fuego; pero yo no doy importancia a sus comentarios, puesto que es evidente que la Escritura emplea aquí el mismo modo de hablar que cuando relaciona el fuego con el gusano (Isaías 5:24). Empero nadie duda de que el gusano se utilice como metáfora para designar ese horrible tormento de la conciencia con el que los impíos son carcomidos.18
Que ha de devorar a los adversarios. Los devorará como para destruirlos, mas no los consumirá; porque será inextinguible. Y así nos recuerda que todos los que han rehusado conservar el lugar que les fue concedido entre los fieles, serán contados como enemigos de Cristo; porque no existe estado intermedio, y cuando ellos se apartan de la Iglesia, se entregan a sí mismos en manos de Satanás.
28 El que menospreciare la ley de Moisés, por el testimonio de dos o tres testigos muere sin ninguna misericordia;
29 ¿Cuánto pensáis que será de mayor castigo, el que hollare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del testamento, en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?
30 Sabemos quién es el que dijo Mia es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará su pueblo.
31 Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo.
28. El que menospreciare, etc. Este es un argumento de menos a más; porque si violar la ley de Moisés fue delito máximo, ¿cómo no ha de merecer un castigo más riguroso y severo el que rechaza el evangelio, siendo que semejante pecado involucra impiedades tan horrorosas y nefandas? Esta manera de razonar era verdaderamente muy apropiada para los judíos; porque ese castigo tan severo aplicado a los apóstatas bajo la ley no era nuevo ni desconocido para ellos, ni podía parecerles injustamente riguroso. Entonces debieron haber reconocido esa venganza justa, aunque muy severa, con la cual Dios sanciona ahora la majestad del evangelio.19
Esto confirma también lo que antes había expresado yo, que el Apóstol no habla de pecados particulares, sino de la total negación de Cristo; porque la ley no castigaba toda clase de transgresiones totalmente a la religión; pues el Apóstol se refería a un pasaje en Deuteronomio 17:2–7,20 donde se nos dice que si alguno violaba el pacto divino adorando dioses ajenos, debería ser llevado fuera de la ciudad y apedreado hasta matarlo.
Ahora bien, aunque la ley procedía de Dios, y siendo Moisés no su autor sino su ministro, el Apóstol la llama la ley de Moisés, porque fue dada por medio de él: esto fue dicho con el fin de elevar todavía más la dignidad del evangelio, el cual nos due entregado por el propio Hijo de Dios.
Por el testimonio de dos o tres testigos, etc. Esto no tiene nada que ver con el tema presente; pero así fue requisito de la ley civil mosaica exigir que dos o tres testigos probaran la culpabilidad del acusado. Sin embargo, de aquí deducimos la clase de crimen que el Apóstol señaló: porque de no haberse hecho esta explicación, se habría dejado lugar para muchas falsas conjeturas. Pero ahora queda probado de manera indiscutible que se trataba de apostasia. Además, dicho requisito legal adoptado ya por algunos estadistas, debe ser observado siempre, para que ninguno sea condenado sin haberse probado su culpabilidad por el testimonio de dos o tres testigos.21
29. El que hollare al Hijo de Dios, etc. Hay una semejanza entre los apóstatas bajo la ley y los apóstatas bajo el evangelio: ambos tienen que perecer sin misericordia; pero la clase de muerte es diferente; pues el Apóstol denuncia contra los que desprecian a Cristo, no sólo la muerte física, sino la eterna perdición. Y por lo tanto, afirma que les espera un castigo más grave. El recalca tres puntos en la diserción del cristianismo; afirma que asi el Hijo de Dios es hollado bajo los pies, que su sangre es considerada como inmunda, y que así se desprecia también al Espíritu de gracia. Ahora bien, es una cosa más horrenda hollar bajo los pies que despreciar o rechazar; y la dignidad de Cristo es mucho mayor que la de Moisés; además, el autor no coloca simplemente el evangelio en oposición a la ley, sino que a la persona de Cristo y al Espíritu Santo contrapone a la persona de Moisés.
La sangre del testamento, etc. El realza la ingratitud comparándola con los beneficios. El mayor ultraje que se puede hacer a la sangre de Cristo es considerarla como inmunda, ya que por ella se efectúa nuestra santificación; y precisamente esto es lo que hacen los que se apartan de la fe. Porque nuestra fe no descansa en la pura doctrina, sino en la sangre, por la cual nuestra salvación fue ratificada. El la llama la sangre del testamento, porque únicamente allí nos fueron confirmadas las promesas de Dios. Empero señala la forma de esta confirmacion diciendo que somos santificados por ella; pues la sangre derramada no nos serviría de nada si no fuéramos rociados con ella por el Espíritu Santo; y de esto proviene nuestra expiación y santificación. El Apóstol alude, asimismo, al antiguo rito del rociamiento, el cual no serviría para una verdadera santificación, sino únicamente como su sombra o imagen.22
El Espíritu de gracia. El Apóstol lo llama Espíritu de gracia por los efectos que produce, porque es por el Espíritu Santo y por su influencia por lo que recibimos la gracia ofrecida a nosotros en Cristo. Pues él es quien ilumina nuestras mentes por la fe, sella la adopción divina en nuestros corazones, nos regenera para novedad de vida, y nos injerta en el cuerpo de Cristo, para que él viva en nosotros y nosotros en él. Por lo cual, correctamente es llamado el Espíritu de gracia, por quien Cristo se hace nuestro con todas sus bendiciones. Mas el despreciar o vejar a Aquel por quien somos enriquecidos con tantos beneficios, es una impiedad perversa en extremo. En resumen: todos los que voluntariamente desprecian aquella gracia por la cual han sido favorecidos, actúan con desdén para con el Espíritu de Dios.
Por tanto, no es de extrañar que Dios castigue en forma tan severa esta clase de blasfemias; no es de extrañar tampoco que él se muestre inexorable para con los que pisotean a Cristo, el Mediador, el único que nos reconcilia con Dios; no es de extrañar finalmente que él cierre la puerta de salvación para los que se vuelven contra el Espíritu Santo, él único Guía verdadero.23
30. Sabemos quién es el que dijo, etc. Ambos pasajes están tomados de Deut. 32:35, 36. Pero como Moisés promete allí que Dios vengará las cosas malas hechas a su pueblo, parece que las palabras son aplicadas de manera impropia y forzada a la venganza aquí aludida; pues ¿de qué habla el Apóstol? Precisamente de que la impiedad de los que despreciaron a Dios no quedaría impune. También Pablo, en Romanos 12:19, conociendo el verdadero sentido del pasaje, lo aplica de otro modo; porque abrigando el intento de exhortarnos a la paciencia, él nos pide que dejemos a Dios la venganza, porque este trabajo le pertenece a él; v lo prueba por el testimonio de Moisés. Mas no hay razón por qué no hagamos virar una declaración especial hacia una verdad universal. Por lo tanto, aunque el propósito de Moisés era consolar a los fieles, ya que tendrían a Dios como el vengador del mal a ellos perpetrado; sin embargo, podemos siempre llegar a la conclusión, apoyados en su palabra, que es privativo de Dios tomar la venganza contra los impíos. Ni pervierte su testimonio el que prueba con esto que el menosprecio de Dios no quedará sin castígo; porque él es un Juez justo que reclama para sí el derecho de vengarse.
Además, el Apóstol pudiera argumentar aquí de lo menos a lo más, en esta forma: “Dios dice que no permitirá que su pueblo sea maltratado impunemente y declara con toda certeza que Dios será su vengador: si él no permite que los agravios hechos a los hombres queden impunes, ¿cómo no vengará lo suyo? ¿Qué le interesa muy poco o nada su propia gloria, para que pase por alto las vejaciones hechas a él?” La opinión anterior es más sencilla y natural: en ella vemos que el Apóstol sólo demuestra que Dios no quedará burlado impunemente, porque es atribución peculiar de él pagar a los malvados lo que se merecen.24
El Señor juzgará a su pueblo. Se presenta aquí otro gran problema; porque lo dicho por Moisés no parece estar de acuerdo con lo que aquí se trata. El Apóstol parece haber citado este pasaje como si Moisés hubiera empleado la palabra castigar y no juzgar; pero como inmediatamente agrega, a manera de explicación: “El será misericordioso para su santos,” aparece evidente que juzgar, aquí, es actuar como gobernador, de acuerdo con el significado frecuente del hebreo; empero esto parece tener poca relación con el tema actual. No obstante, el que examine bien todo, encontrará que este pasaje es citado aquí en forma apropiada y conveniente; porque Dios no puede gobernar la Iglesia sin purificarla, y sin ordenarla. Por consiguiente, esta regencia debe justamente ser temida por los hipócritas, quienes serán castigados por usurpar un lugar entre los fieles, y por emplear pérfidamente el santo nombre de Dios; esto se efectuará cuando el jefe de familia se disponga a poner en orden su casa. En tal sentido se afirma que Dios se levantará a juzgar a su pueblo, es decir, cuando él separe a los fieles de los hipócritas. (Sal. 1:4); y en el Salmo 125:3, donde el profeta habla de exterminar a los hipócritas, para que ya no se atrevan a ufanarse da su propia gloria, para que pase por hecho de haberlos soportado Dios; él promete paz a Israel después de haber ejecutado su juicio.
No fue pues irrazonable que el Apóstol les recordara que Dios vigiliba sobre su Iglesia y que no escatimaba nada ni omitía nada necesario para su justo gobierno, a fin de que todos pudiesen aprender cuidadosamente a someterse a su poder, y recordar que tenían que rendir cuentas a su Juez.25
De esto el Apóstol deduce que es cosa horrenda caer en las manos del Dios vivo. Un hombre mortal, por muy encolerizado que esté, no puede llevar su venganza más allá de la muerte; pero el poder de Dios no está limitado por fronteras tan estrechas; además, nosotros con frecuencia escapamos de los hombres, pero no podemos escapar del juicio divino. Por consiguiente, quien crea que tiene que habérselas con Dios, debe (a menos que sea muy estúpido) temblar verdaderamente y estremecerse; más aun tal aprehensión de Dios debe necesariamente absorber el todo del hombre, de modo que ni dolores ni tormentos pueden ser comparados con ella. En resumen, siempre que nuestra carne nos seduzca o que de algún modo nos regalemos en nuestros pecados, esta sola amonestación debe ser suficiente para despertarnos a la realidad de que “es una cosa horrenda caer en las manos del Dios vivo,” porque su ira está preparada con espantosos castigos que durarán para siempre.
No obstante, la aseveración de David, cuando exclamó que era mejor caer en las manos de Dios que en las de los hombres, (2 Sam. 24:14), parece estar en desacuerdo con lo expresado aquí. Empero esta aparente contradición se desvanece cuando consideramos que David, fiándose completamente en la misericordia de Dios, lo escogió como su Juez en vez de los hombres; pues aunque sabía que Dios no se agradaba con él, con todo, tuvo confianza en que sería reconciliado con él; en sí mismo, y ciertamente, se postró en tierra, pero fue levantado y restaurado por la promesa de gracia. Como entonces no creía que Dios era inexorable, no es de extrañar que su ira le causara menos pavor que la de los hombres; mas el Apóstol habla aquí de la ira divina temible para los réprobos, que estando destituidos de la esperanza del perdón, no esperan otra cosa que severidad, ya que ellos mismos han cerrado tras sí las puertas de la gracia. Ya sabemos que Dios se manifiesta en diferentes formas, de acuerdo con el carácter de aquellos a quienes se dirije: y esto es lo que David quiere decir cuando afirma: “Con el misericordioso te mostrarás misericordioso, y recto para con el hombre íntegro.” (Sal. 18:25).
32 Empero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sufristeis gran combate de aflicciones;
33 Por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra parte, hechos compañeros de los que estaban en tal estado.
34 Porque de mis prisiones también os resentisteis comigo, y el robo de vuestros bienes padecisteis con gozo, conociendo que tenéis en vosotros una mejor sustancia en los cielos, y que permanece.
35 No perdáis pues vuestra confianza, que tiene grande remuneración de galardón:
32. Empero traed a la memoria, etc. Con objeto de estimularlos, y despertar su fervor para seguir adelante, el autor trae a su memoria las evidencias de piedad que previamente habían manifestado; porque es algo vergonzoso comenzar bien, y luego desmayar a mitad del camino, y más vergonzoso aun retroceder después de haber alcanzado grandes progresos. El recuerdo, pues, del combate pasado si se ha lidiado fiel y denodadamente bajo el estandarte de Cristo, es al fin útil para nosotros, no como un pretexto para la pereza, como si ya hubiéramos cumplido con nuestro servvicio, sino para hacernos más activos y terminar la parte que nos resta de nuestra carrera. Porque Cristo no nos ha reclutado bajo la condición de que después de unos cuantos años pidamos que nos licencie, como los soldados que han cumplido su servicio, sino para que continuemos el combate hasta el fin.
Además, el Apóstol corrobora su exhortación añadiendo, que ellos habían realizado grandes proezas siendo aún reclutas: por lo cual ahora les sería vergonzoso desmayar, después de haber sido probados por un largo tiempo; pues la palabra iluminados tiene que ser limitada al tiempo en que ellos por vez primera se alistaron bajo el estandarte de Cristo, como si dijera: “Tan pronto como fuisteis iniciados en la fe de Cristo, librasteis contiendas arduas y difíciles; ahora bien, la práctica os debe haber hecho más fuertes, y más valientes.” Sin embargo, les recuerda que sólo por el favor divino y no por su esfuerzo propio llegaron a creer; y fueron asimismo iluminados cuando aún se encontraban er tinieblas, y sin ojos para ver, y si la luz de arriba no les hubiera resplandecido, estarian en la misma condición. Por consiguiente, siempre que vengan a nuestra memoria las cosas que hemos hecho por Cristo o lo que hemos sufrido por él, considerémoslas como otros tantos incentivos que nos estimulen a mayores proezas.26
33. Por una parte, ciertamente, etc. Vemos ya a quiénes se dirigía al Apóstol, precisamente a aquellos cuya fe había sido probada por no pocas tribulaciones, y sin embargo no se abstiene de exhortarlos a proezas mayores. Por lo tanto, nadie debe vanagloriarse de haber alcanzado ya la meta, o de no tener necesidad del incentivo de los demás.
El afirma ahora que con vituperios y tribulaciones fueron hechos espectáculo, o fueron expuestos a la vergüenza pública por medio de reproches y aflicciones, como si hubieran sido presentados en un circo público.27 De aquí inferimos que las persecuciones por las que pasaron fueron severas en extremo. Mas debemos fijarnos especialmente en la última clásula, cuando afirma que fueron hechos compañeros, o asociados de los piadosos en sus persecuciones; porque como es por causa de Cristo por la que todos los piadosos luchan, y como todos ellos luchan en común por lo mismo, lo que uno de ellos sufre, todos los demás, válgasenos la expresión, deben sufrirlo también; y esto nos corresponde hacerlo por todos conceptos, salvo que nos separemos de Cristo mismo.28
34. Padecisteis con gozo, etc,29 Y sin duda como ellos fueron hombres de profundos sentimientos, la pérdida de sus bienes debe haberles causado mucha aflicción; sin embargo su pena fue de tal naturaleza que no impidió el gozo de que habla el Apóstol. Toda vez que la pobreza es considerada como un mal, el robo de sus bienes, considerado en sí mismo, les causó angustia; pero cuando miraron hacia lo alto encontraron razón para el gozo, el cual alivió toda congoja que pudieran haber sentido. Es necesario, ciertamente, que nuestros pensamientos sean arrancados así del mundo, para ponerlos en lo alto y mirar hacia la recompensa celestial; no afirmo otra cosa sino casos reales que los piadosos han experimentado. Y sin duda nosotros recibiremos con beneplácito todo aquello, de lo cual estamos convencidos que nos ayudará finalmente a nuestra salvación; y este convencimiento, los hijos de Dios indudablemente que lo abrigan respecto a los conflictos que sostienen por la gloria de Cristo. Por lo cual, los sentimientos carnales jamás prevalecen al grado de vencernos por la angustia; pero con los pensamientos fijos en el cielo, surgirán transformados por el gozo espiritual.
Y esto lo prueba por lo que añade en seguida, conociendo que tenéis en vosotros una mejor sustancia en los cielos. Gozosamente, pues, soportaron la pérdida de sus bienes, no porque se alegraran de haber sido despojados; sino porque con sus pensamientos enfocados sobre la recompensa, olvidaron fácilmente la pena ocasionada por la calamidad presente. Y verdaderamente, donde existe una viva percepción de las cosas celestiales, el mundo, con todas sus seducciones, no es tan atractivo como para que la pobreza o la vergüenza puedan abrumar nuestras mentes con la angustia. Si deseamos, pues, padecer algo por amor a Cristo con paciencia y resignación, acostumbrémonos a la frecuente meditación de aquella fecilidad, en comparación de la cual, todos los bienes del mundo no son sino basura. Ni debemos pasar por alto estas palabras, conociendo que tenéis,30 porque a menos que estemos completamente persuadidos de que la herencia que Dios ha prometido a sus hijos, nos pertenece, todos los conocimientos que tengamos serán vanos e inútiles.
35. No perdáis pues vuestra confianza, etc. El demuestra aquello que en forma especial nos hace fuertes en la perseverancia, precisamente el guardar la confianza; porque cuando esto se pierde, perdemos la recompensa que se nos ha reservado. De aquí deducimos que la confianza es el fundamento de una vida piadosa y santa. Al mencionar recompensa, no le quita nada a la promesa gratuita de salvación porque los fieles saben que su trabajo en el Señor no es en vano, en forma tal que aún descansan en la sola misericordia de Dios. Por otra parte, frecuentemente se ha explicado que la recompensa no es incompatible con la gratuita imputación de la justicia.
36 Porque la paciencia os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.
37 Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará.
38 Ahora el justo vivirá por la fe; más si se retirare, no agradará a mi alma.
39 Pero nosotros no somos tales que nos retiremos para perdición; sino fieles para ganancia del alma.
36. Porque la paciencia, etc. El escritor afirma que la paciencia es necesaria, no sólo porque tenemos que soportar hasta el fin, sino porque Satanás tiene innumerables ardides con los cuales nos acosa; y de aquí que si no tenemos una paciencia extraordinaria, nos derrotará una y mil veces antes de que podamos llegar siquiera a la mitad de nuestra jornada. La herencia de la vida eterna está segura, mas como la vida es una carrera, debemos seguir adelante hacia el blanco. Pero en nuestro camino hay muchos obstáculos y dificultades, que no únicamente nos detienen, sino que también pararían nuestros pasos, si no tuviéramos gran firmeza mental para sortearlos. Satanás mañosamente sugiere toda clase de dificultades para desanimarnos. En suma, los cristianos jamás avanzarán dos pasos sin desmayar, a no ser que les sostenga la paciencia.31 Esta, pues, es la única forma por la cual podemos avanzar con firmeza y constancia; pues no podremos obedecer a Dios de otra manera, ni disfrutar de la herencia prometida, la cual es llamada aquí metonímicamente, la promesa.
37. Porque aún un poquito, o todavía un poquito de tiempo, etc. Para que no se nos haga penoso soportar tanto, nos recuerda el autor que el tiempo no será largo. Nada hay verdaderamente que sirva tanto para fortalecer nuestra mente, si acaso desfallecemos alguna vez, como la esperanza de un rápido y cercano fin. Así como un general recalca con insistencia ante sus soldados la esperanza de que la guerra terminará pronto, a condición de que aguanten un poquito más; así el Apóstol nos hace recordar que el Señor vendrá pronto a librarnos de todos los males, a condición de que nuestras mentes no desmayen por falta de firmeza.
Y para que esta consolación pudiera tener más certeza y autoridad, el Apóstol aduce el testimonio del profeta Habacuc (Hab. 2:4). Pero como sigue la versión griega, se aparta un poco de las palabras del profeta. Explicaré brevemente lo que el profeta dice, y después lo compararé con lo que el Apóstol afirma.
Cuando el profeta habló del espantoso derrocamiento de su nación, quedó horrorizado de su profecía, y no le quedó otra cosa qué hacer más que salirse del mundo, como si dijéramos, y refugiarse en su torre; y su torre era la palabra de Dios, en la cual quedó como transportado hasta el cielo. Colocado así en su puesto, se le ordenó escribir una nueva profecía; la cual trajo a los piadosos una esperanza de salvación. Sin embargo, como los hombres son por naturaleza desrazonables y apresurados en sus deseos, hasta el extremo de que siempre piensan que Dios se tarda, aunque actúe rápido; el profeta les anunció que la promesa vendría sin dilación; y al mismo tiempo añadió: “Si se tarda, espéralo.” Con lo cual hizo decir que lo que Dios promete jamás vendrá tan apresurado, sino que nos parecerá como que se tarda, de acuerdo con el viejo proverbio, “aun la prontitud es lenta al deseo.” En seguida vienen estas palabras: “He aquí se enorgullece aquel cuya alma no es derecha; mas el justo en su fe vivirá.” Con estas palabras el profeta insinúa que los impíos, por muy fortificados que estén no podrán sostenerse, porque no hay vida de seguridad aparte de la fe. Que los incrédulos, pues, se fortifiquen como quieran, ya que en todo el mundo sólo encontrarán lo que se esfuma y desvanece, por lo cual siempre serán presa de pánico; mas los justos nunca se decepcionarán de su fe, porque ésta descansa en Dios. Esto es lo que el profeta dice.
Ahora bien, el Apóstol aplica a Dios lo que Habacuc dijo acerca de la promesa; pero como Dios al cumplir sus promesas manifiesta en cierta forma lo que es, con relación al sujeto mismo no hay mucha diferencia; pues el Señor viene todas las veces que extiende su mano para ayudarnos. Aquí el Apóstol sigue al profeta al afirmar, que será pronto; porque Dios no retarda su ayuda más de lo conveniente; porque al prolongar el tiempo no nos engaña como los hombres acostumbran pero él conoce su tiempo, y no lo dejará pasar sin venir a nuestro auxilio en el momento necesario. Pues bien, dice que vendrá y no se tardará: en lo primero, se nos enseña que Dios vendrá a nuestro socorro, porque él lo ha prometido; en lo segundo, que lo hará a su debido tiempo, no más tarde ni más temprano de lo que debe.32
38. Mas el justo, etc. El nos quiere decir que la paciencia nace de la fe; y esto es cierto, porque jamás podremos continuar en pie en nuestras batallas excepto que seamos sostenidos por la fe, y así nos los confirma San Juan al declarar, que nuestra victoria sobre el mundo es por fe (1 Juan 5:4). Es por la fe que nos elevamos a lo alto; que saltamos sobre los peligros de esta vida presente, con todas sus miserias y turbaciones; y es por la fe que alcanzamos la serenidad en medio de tormentas y tempestades. El Apóstol anunció esta verdad, para que todos los que son reputados como justos delante de Dios no vivan en otra forma más que por la fe. Y el tiempo futuro del verbo vivir representa la perpetuidad de esta vida. Que los lectores consulten acerca de este tópico en Rom. 1:7, y Gal. 3:11, donde se cita este pasaje.
Mas si se retirare, etc. Esta es la interpretación de uplá, orgullo, tal como es utilizada por el profeta, porque sus palabras son! “Pues donde hay exaltación u orgullo, el alma del hombre no continuará recta en él.” El Apóstol cita aquí la versión griega que, en parte está de acuerdo con las palabras del profeta, y en parte difiere de ellas. Porque esta recesión se diferencia muy poco o nada, de la exaltación u orgullo que caracteriza a los impíos, ya que su egoísta oposición hacia Dios parte de la falsa confianza con la cual están ensoberbecidos; y por ello rechazaran la autoridad divina y se prometen a sí mismos un estado de tranquilidad libre de todo mal. Puede decirse, entonces, que retroceden, cuando levantan baluartes de esta naturaleza, como los cuales eliminan todo temor de Dios y toda reverencia para su nombre. Y así, por medio de esta expresión se insinúa el poder de la fe no menos que el carácter de la impiedad; pues el orgullo es impiedad, porque no tributa a Dios el honor que se merece, toda vez que no vuelve al hombre sumiso a su Creador. De su propia seguridad, insolencia y rebeldía resulta que entre tanto los perversos se sienten bien y estén bien, se atreven hasta insultar a las nubes, como alguien ha expresado. Mas nada es tan contrario a la fe como la apostasía porque el verdadero carácter de la fe lleva al hombre a una sumisión a Dios, cuando éste ha sido arrastrado al mal por su propia naturaleza pecaminosa.
La otra cláusula: “No agradará a mi alma o tal como la traduje, con sentido más amplio: “Mi alma no se deleitará en él,” ha de entenderse como la expresión del sentimiento del Apóstol; porque no fue su propósito citar exactamente las palabras del profeta, sino únicamente referirse al pasaje con el fin de estimular a los lectores a un estudio más profundo de su contenido.33
39. Pero nosotros no somos tales que nos retiremos, etc. El Apóstol utilizó libremente la versión griega, por ser más apropiada al tema en discusión; ahora la aplica sabiamente. Antes los amonestó advirtiéndoles que al separarse de la Iglesia podrían alejarse de la fe y de la gracia de Cristo; ahora les demuestra que fueron llamados con este propósito, que no retrocedieren. Y nuevamente coloca la fe y la apostasía en oposición la una con la otra, y también la preservación del alma y su perdición.
Notemos ahora que esta verdad también es para nosotros, porque también nosotros hemos sido favorecidos con la luz del evangelio, y debemos reconocer que hemos sido llamados a fin de que progresemos más y más en nuestra obediencia a Dios, ya que luchemos constantemente por acercarnos a él. Esta es la verdadera preservación del alma y obrando así escaparemos de la eterna perdición.
Capítulo 11
1 Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven.
1. Es pues la fe, etc. Cualquiera que haya comenzado así este capítulo, imprudentemente lo desligó del contexto: porque el objeto del Apóstol era probar lo que había dicho, que la paciencia es necesaria.1 Citó el testimonio de Habacuc, el cual afirma que el justo vive por fe; y ahora demuestra lo que faltaba por probar: que la fe no puede separarse de la paciencia más de lo que pudiera separarse de sí misma. He aquí pues el orden de lo que afirma: “No alcanzaremos la meta de salvación sin paciencia, pues el profeta declara que el justo vive por fe; empero la fe nos dirije a las cosas que están lejos y que aún no disfrutamos; entonces ésta necesariamente incluye paciencia.” Por lo tanto, la proposición secundaria del argumento es ésta: fe es la substancia de las cosas que se esperan, etc. De esto resulta evidente el gran error de los que piensan que aquí se da una definición exacta de la fe; pues el Apóstol no trata aquí de explicar la fe íntegramente, sino que selecciona de ella esa parte que se acomoda a su propósito, esto es, que la paciencia siempre está relacionada con ella.2 Consideremos ahora el texto.
El llama a la fe hipostasis, la substancia de las cosas que se esperan. Nosotros sabemos verdaderamente que lo que esperamos no es lo que tenemos a mano, como pudiera decirse, sino lo que aún está escondido, o al menos su disfrute está lejano. El Apóstol nos enseña aquí lo mismo que encontramos en Romanos 8:24; donde afirma que lo que se espera no se ve, y de aquí se deduce que ha de ser esperado con paciencia. Así, pues, el Apóstol nos recuerda, que la fe no tiene en cuenta las cosas presentes, sino las que se esperan. Hay en esta especie de contradicción cierto poder y belleza: la fe, asevera él, es la hipostasis, el apoyo, o fundamento donde plantamos nuestro pie: ¿el apoyo de qué? de las cosas ausentes, que se hallan tan lejos de ser nuestras verdaderamente, que casi están fuera del alcance de nuestra comprensión.
La misma consideración deberá hacerse sobre la segunda cláusula, cuando él llama a la fe “la demostración o evidencia de las cosas que no se ven;” porque una demostración hace aparecer o ver las cosas; y ordinariamente se aplica a lo que está sujeto a nuestros sentidos.3
Luego, estas dos cosas, aunque aparentemente contradictorias, armonizan perfectamente cuando hablamos de fe; porque el Espíritu de Dios nos muestra las cosas ocultas, cuyo conocimiento nuestros sentidos no pueden alcanzar: se nos promete la vida eterna, pero dicha promesa se hace a los muertos; se nos asegura una radiante resurrección, pero todavía estamos envueltos en podredumbre; somos declarados justos y sin embargo el pecado mora en nosotros; se nos dice que somos dichosos, y no obstante, estamos aún entre muchas aflicciones: se nos promete abundancia de todas las cosas buenas, y a pesar de ello padecemos hambre y sed; Dios declara que vendrá pronto, y no obstante parece sordo cuando clamamos a él. ¿Qué sería de nosotros si no fuéramos sustentados por la esperanza? ¿Y cuántos de nuestros pensamientos no se elevan a través de la obscuridad y vuelan sobre el mundo auxiliados por la luz de la palabra de Dios y de su Espíritu? Entonces, con justicia se llama a la fe subsistencia o substancia de cosas que todavía son objeto de esperanza y evidencia de cosas que no se ven. Agustín algunas veces interpreta evidencia como “convicción,” lo cual no desapruebo, porque fielmente expresa lo que el Apóstol quiso decir: sin embargo prefiero “demostración,” por ser más literal.
2 Porque por ella alcanzaron testimonio los antiguos.
3 Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos por la palabra de Dios, siendo hecho lo que se ve, de lo que no se veía.
4 Por la fe Abel ofreció a Dios mayor sacrificio que Caín, por la cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio a sus presentes; y difunto, aún habla por ella.
2. Porque por ella alcanzaron, etc.4 El trata este asunto desde el principio hasta el fin del capítulo. Los padres obtuvieron la salvación y fueron aceptados por Dios sólo por la fe.
Los judíos ciertamente tenían algunas razones para tributar gran veneración a los padres; pero una tonta admiración hacia los antepasados prevalecía a tal grado entre ellos, que más bien era un gran estorbo para una completa rendición de sus vidas a Cristo y a su Reino. La causa fue su ambición o superstición, o ambas cosas. Porque cuando oían que los padres eran la progenie santa y bendita de Abrahán, envanecidos por esta distinción ponían sus ojos en los hombres más bien que en Dios. Además, existía también una falsa imitación; pues ellos no consideraban principalmente lo que era digno de imitación en sus antecesores y fue así como se apegaron a las viejas ceremonias, como si el todo de la religión y la perfecta santidad consistiera en ellas. Este error, el Apóstol lo desenmascara y condena; y demuestra, en cambio, en qué consistió la mayor excelencia de los padres, a fin de que su posteridad pudiera conocer el secreto para ser verdaderamente como ellos.
Tengamos presente que el punto principal y el eje sobre el cual gira el argumento del Apóstol es éste: que todos los padres, desde el principio del mundo, fueron aprobados por Dios y unidos a él sólo por la fe, y no por ninguna otra causa; y esto lo manifiesta para que los judíos se pudieran dar cuenta que sólo por la fe quedarían ligados a los padres en santa unidad, y que tan pronto como renunciaban a ella, quedaban fuera de la Iglesia, no siendo ya hijos legítimos de Abrahán, sino una raza degenerada de bastardos.5
3. Por la fe entendemos, etc.6 Esta es la evidencia más clara del último versículo; porque en nada nos diferenciamos de la creación animal, si no entendemos que el mundo ha sido creado por Dios. ¿Para qué fin fueron los hombres dotados de entendimiento y razón sino para que reconozcan a su Creador? Pero sólo por la fe sabemos que Dios fue el Hacedor del Universo. No es de extrañar que la fe resplandeciera en los padres sobre todas las demás virtudes.
Mas cabría preguntarse aquí, ¿por qué el Apóstol afirma que sólo por la fe puede entenderse lo que aun los incrédulos sin tener fe reconocen? pues la misma apariencia del cielo y la tierra obliga a los impíos a reconocer un Hacedor; y de aquí, que Pablo condene a todos por ingratitud, porque después de haber conocido a Dios, no le tributaron el honor merecido (Rom. 1:25). Y sin duda la religión no hubiera tenido un lugar tan importante entre las naciones, si en la mente del hombre no se hubiera grabado la convicción de que Dios es el Creador del mundo. Así se manifiesta, pues, que este conocimiento que el Apóstol atribuye a la fe, existe sin fe.
A esto replico, que aunque ha existido una opinión de esta naturaleza entre los paganos, acerca de que el mundo fue creado por Dios, ésta fue muy pasajera, porque tan pronto como concebían la idea de un solo Dios, inmediatamente se envanecían en sus imaginaciones, de suerte que andaban a tientas en la obscuridad imaginando en sus pensamentos una mera sombra de alguna incierta deidad, y no el conocimiento del verdadero Dios. Además; como era sólo una opinión momentánea que pasaba fugaz por sus mentes, estaba lejos de ser conocimiento. Podemos todavía agregar, que ellos atribuian a la fortuna o al azar la supremacía en el dominio del mundo, pero no reconocían la providencia de Dios que todo lo rige. El entendimiento de los hombres está pues cegado completamente, de modo que no ven la luz de la naturaleza resplandeciendo en las cosas creadas y hasta que son iluminados por el Espíritu de Dios no comienzan a entender por fe lo que en otra forma no pueden comprender. Por lo cual el Apóstol, rectamente atribuye tal entendimiento a la fe; pues los que tienen fe no abrigan una leve sospecha de que Dios es el Hacedor dei mundo, sino que tienen una profunda convicción arraigada y contemplan al verdadero Dios. Además, ellos entienden el poder de su palabra, no sólo al manifestarse en la creación instantánea del mundo, sino también al aparecer continuamente en su preservación. Ni es únicamente su poder lo que ellos entienden, sino también su bondad, sabiduría y justicia. Y de aquí que sean movidos a adorarlo, amarlo y honrarlo.
Siendo hecho lo que se ve, de lo que no se veía. En cuanto a esta frase, todos los comentadores parecen haberse equivocado; y el equívoco ha resultado de separar la preposición del participio fainoménon. Ellos le dan esta interpretación, “De modo que las cosas visibles fueron hechas de las cosas invisibles,” Mas de tales palabras difícilmente puede sacarse algún sentido razonable ni siquiera el más mínimo; además, el texto no admite tal significado, porque en tal caso las palabras deberían haber sido, ek mé fainoménon: empero el orden adoptado por el Apóstol es diferente. Entonces si las palabras se tradujeran literalmente, el significado sería como sigue: “De suerte que las visibles se hicieron de cosas no visibles,” o no aparentes. En esta forma la preposición quedaría unida al participio a que pertenece. Otrosí, las palabras contendrían ciertamente una verdad muy importante: que tenemos en este mundo visible, una imagen clara de Dios: y en este caso se enseña aquí la misma verdad que en Romanos 1:20 donde se dice que las cosas invisibles de Dios nos son reveladas en la creación del mundo, y mostradas en sus obras. Dios nos ha dado, a través de toda la estructura de este mundo, claras evidencias de su eterna sabiduría, bondad y poder; y aunque él en sí es invisible, en cierta forma se hace visible a nosotros por sus obras.7
Justamente, pues, se ha llamado a este mundo el espejo de la divinidad; y no es que exista allí la suficiente claridad para que el hombre alcance un perfecto conocimiento de Dios, con sólo contemplar al mundo, como si dijéramos, sino que él se ha revelado en tal forma que la ignorancia de los incrédulos no tiene excusa. Ahora bien, los fieles, a quienes él ha dado ojos, ven las chispas de su gloria, rutilando por decirlo así, en todo lo creado. El mundo indudablemente fue creado para que sirviera de teatro a la gloria divina.
4. Por la fe Abel ofreció, etc. El objeto del Apóstol en este capítulo es demostrar, que muy excelente que hayan sido las obras de los santos, todo su valor, todo su mérito y toda su excelencia lo derivaron de la fe; y de aquí se deduce lo que el Apóstol ya insinuó, que los padres agradaron a Dios sólo por la fe.
Ahora bien, el autor recomienda aquí la fe por dos razones: ella presta obediencia a Dios, porque no intenta ni pretende nada que no esté de acuerdo con la palabra de Dios; y confía en las promesas divinas, y así logra el valor y mérito que pertenece a las obras de su gracia únicamente. Por tanto, dondequiera que se encuentre la palabra fe en este capitulo, debemos tener presente que el Apóstol habla de ella, a fin de que los judíos no consideren otra autoridad más que la palabra de Dios, y para que asimismo dependan únicamente de sus promesas.
Afirma en primer lugar, que el sacrificio de Abel no fue preferido al de ru hermano por otra razón excepto la de que fue santificado por la fe:8 pues indudablemente la grasa de los animales no olía tan bien que pudiera, con su olor, pacificar a Dios. La Escritura demuestra claramente, por qué Dios aceptó su sacrificio. He aquí las palabras de Moisés: “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda.” En resumen, la conclusión es obvia: su sacrificio fue aceptado, porque él mismo fue aceptado por gracia. ¿Mas cómo pudo obtener este favor, sino porque su corazón fue purificado por la fe?
Dando Dios testimonio, etc. El autor confirma lo que ya he afirmado, que ninguna obra nuestra puede agradar a Dios, hasta que nosotros mismos seamos recibidos en su favor, o hablando con más exactitud, ninguna obra es considerada justa delante de Dios, salvo las del hombre justo. El autor razona así: Dios dio testimonio a los presentes de Abel; porque Abel había alcanzado el honor de ser considerado justo delante de Dios.9
Esta doctrina es útil, y debe ser señalada en forma especial, ya que no es fácil convencernos de su verdad; porque cuando en alguna obra aparece algo espléndido, inmediatamente quedamos extasiados de admiración, y pensa mos que posiblemente no puede ser desaprobada por Dios; empero él, que ve únicamente la pureza interior del corazón, no presta atención a las máscaras exteriores de las obras. Aprendamos pues, que ninguna obra buena o recta puede proceder de nosotros, hasta que seamos justificados delante de Dios.
Y difunto, etc. El también atribuye esto a la fe: Dios testificó que Abel no fue menos objeto de su amor después de su muerte, que durante su vida: porque cuando dice, y difunto, aún habla, significa, como lo dice Moisés, que Dios fue movido por su violenta muerte a tomar represalia. Por lo tanto, cuando se dice que Abel o su sangre, hablan, ello ha de entenderse en sentido figurado. Con todo, fue una demostración singular del amor de Dios para con Abel, el que se haya interesado por él después de su muerte; y esto es evidente, pues fue uno de los santos de Dios, cuya muerte fue preciosa ante sus ojos.10
5 Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios. Y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.
6 Empero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.
5. Por la fe Enoc, etc. El autor escogió unos cuantos ejemplos de los más antiguos, para poder efectuar una transición a Abrahán y su posteridad. El nos dice que por la fe Enoc fue traspuesto.
Mas debemos considerar especialmente la razón por la que Dios, de una manera tan desacostumbrada, lo quitó de la tierra. El acontecimiento fue extraordinario y demuestra cuán querido de Dios fue. La impiedad y toda clase de corrupciones prevalecían entonces por todas partes. Si hubiera muerto como cualquier otro, a nadie se le habría ocurrido que en esa forma sería preservado del virus prevaleciente, por la providencia de Dios; mas como fue traspuesto sin morir, la mano de Dios desde el cielo arrebatándolo como del fuego, se manifestó públicamente. No fue pues tal cosa un insignificante honor para Enoc. Moisés ciertamente nos dice que Enoc era un hombre justo, y que caminó con Dios, pero como la justicia comienza con la fe, rectamente puede atribuirse a su fe, el haber agradado a Dios.11
Acerca de las cuestiones sutiles que los curiosos ordinariamente discuten es mejor pasarlas por alto, sin fijarnos mucho en ellas. Preguntan, qué sucedió con estos dos hombres, Enoc y Elías. Y luego, para no aparecer muy preguntones, imaginan que estos siervos de Dios están reservados para los últimos días de la Iglesia, para que se manifiesten en el mundo; y con este fin citan el Apocalipsis de Sn. Juan. Dejemos esta filosofía trivial para aquellas mentes frívolas y vanas, que no pueden ser satisfechas con lo que tiene solidez. Bás tenos saber que su transportación fue una especie de muerte extraordinaria; ni dudemos que ellos hayan sido despojados de su cuerpo mortal y corruptible, para que pudiesen, juntamente con otros miembros de Cristo, ser renovados a una bendita inmortalidad.12
6. Empero sin fe, etc. Lo dicho aquí pertenece a todos los ejemplos que el Apóstol menciona en este capítulo; pero como hay en el pasaje cierto grado de obscuridad, es necesario examinar su significado muy cuidadosamente.
No hay mejor intérprete que el mismo Apóstol. La evidencia, pues, que él añade inmediatamente, puede servirnos de explicación. La razón señalada por él, es que nadie puede agradar a Dios sin fe; porque nadie jamás podrá acercarse a Dios, a menos que crea que le hay, y que esté convencido también de que es galardonador de todos los que le buscan. Entonces si el acceso a Dios no se alcanza sino por la fe, afirmamos que todos los que están sin ella son objetos del desagrado divino. De aquí que el Apóstol demuestre cómo la fe obtiene el favor de Dios para nosotros, precisamente porque ella es nuestro maestro en lo que concierne al verdadero culto y nos hace firmes en cuanto a su buena voluntad a fin de que no pensemos que lo estamos buscando en vano. Estas dos cláusulas no deben ser pasadas por alto: debemos creer que hay Dios, y debemos sentirnos seguros de que no le buscamos en vano.13
No parece gran cosa, ciertamente, que el Apóstol exija que creamos que hay Dios; pero cuando consideramos esto atentamente, hallaremos que hay aquí una verdad valiosa, profunda y sublime; pues aunque casi todos admitan sin discusión que Dios existe, sin embargo es evidente que a menos que el Señor nos retenga en su conocimiento verdadero y cierto, diversas dudas nos asaltarán, y extinguirán todo pensamiento acerca de un Ser divino. La disposición del ser humano, indudablemente se inclina a esta vanidad, de suerte que el olvidar a Dios as una cosa fácil. Además, el Apóstol no quiere decir que los hombres deben sentirse seguros de que hay un cierto Dios, porque él habla únicamente del verdadero Dios; más aun, no será suficiente que nos formemos una idea cualquiera de Dios como nos plazca; sino que debemos entender qué clase de Ser es el verdadero Dios; pues, ¿de qué nos aprovecha el inventar o forjar cualquier ídolo, y atribuirle la gloria propia del verdadero Dios?
Ahora entendemos ya lo que el Apóstol quiere expresar en la primera cláusula; niega él que podamos tener acceso a Dios, excepto que abriguemos la certeza de que él está profundamente arraigado en nuestros corazones, como para dejarnos llevar de acá para allá por diferentes opiniones.
Por lo tanto, es evidente que los hombres en vano tratan de servir a Dios, a menos que lo hagan de un modo correcto, v que todas las religiones con las cuales el verdadero y cierto conocimiento de Dios no esté relacionado, no sólo son vanas sino también perniciosas; porque a todas las que no saben distinguir y separar a Dios de los ídolos, se les veda cualquier acceso a Dios; en suma, no puede haber religión, excepto donde impera y reina esta verdad. Pero si el verdadero conocimiento de Dios tiene su asiento en nuestros corazones, jamás dejará de conducirnos a honrarlo y temerlo; porque Dios, sin su majestad, no es verdaderamente conocido. De aquí nace también el deseo de servirlo, y de que la vida entera sea ordenada en tal forma, que él sea considerado como fin de todas las cosas.
La segunda cláusula es: que debemos estar completamente persuadidos de que a Dios no se le busca en vano; y esta persuasión incluye la esperanza de salvación y vida eterna, pues nadie tendrá su corazón preparado para buscar a Dios a menos que perciba profundamente una manifestación de la divina bondad, como para esperar de él la salvación. Nosotros verdaderamente huimos de Dios, o lo despreciamos en absoluto, cuando no tenemos esperanza de salvación. Mas tengamos presente, que verdaderamente debemos creer esto y no únicamente sostenerlo como una mera opinión; porque aun los impíos abrigan a veces tales ideas, y sin embargo no se allegan a Dios; porque no tienen fe firme y establecida.14 Esta es, por consiguiente, la otra parte de la fe por la cual obtenemos el favor divino: cuando nos sentimos seguros de que la salvación está guardada para nosotros en él.
Empero muchos de manera infamante pervierten esta cláusula; pues de aquí sacan los méritos de las obras, y la doctrina de la salvación por éstas. Y razonan así: “Nosotros agradamos a Dios por la fe, porque creemos que él es remunerador; luego la fe tiene aceptación por los méritos de las obras.” Este error no puede ser desenmascarado de mejor manera, que considerando la forma en que Dios ha de ser buscado; mientras que alguno en su búsqueda de Dios, ande equivocado en cuanto a la forma correcta de buscarlo,15 no puede afirmarse que esté ocupado verdaderamente en esa búsqueda. Ahora bien, la Escritura nos señala claramente la forma de buscarlo: un hombre postrado, abatido bajo la convicción de que merece la muerte eterna, y en completa desesperación, tiene que refugiarse en Cristo como el único asilo de salvación. En ninguna parte, ciertamente, podemos encontrar que tenemos que traer a Dios algunos méritos de obras buenas para que él nos salve. Entonces, el que entiende que este es el único camino recto para buscar a Dios, se verá libre de toda dificultad; porque la recompensa no se refiere a la dignidad o valor de las obras sino a la fe.
De este modo, los destemplados razonamientos de los sofistas, tales como, “por la fe agradamos a Dios, porque merecemos cuando pretendemos agradar,” caen por tierra completamente. El objeto de el Apóstol era conducirlos mucho más hacia arriba, para que la conciencia pudiera sentirse segura, de que no es en vano buscar a Dios; y esta certeza o seguridad sobrepasa a todo lo que nosotros podamos alcanzar, especialmente cuando nos consideramos a nosotros mismos. Pues no hay que desechar como un principio abstracto, el que Dios sea un remunerador de los que le buscan; empero, cada uno de nosotros, individualmente, debe aplicarse esta doctrina para sí, de suerte que sepamos que somos remunerados por Dios, y que él tiene tal cuidado de nuestra salvación como para jamás dejarnos ayunos o sedientos, y como para que nuestras oraciones sean escuchadas por él, y como para que él sea nuestro continuo libertador. Pero como ninguna de estas cosas nos viene sino por medio de Cristo, nuestra fe debe siempre considerarle a él y apegarse a él únicamente.
De estas dos cláusulas podemos aprender cómo y por qué es imposible para el hombre agradar a Dios sin fe. Rectamente Dios nos considera como merecedores de su desagrado, ya que por naturaleza todos estamos bajo su maldición; y no hay salvación en nuestra propia fuerza. Por lo cual se hizo necesario que Dios se anticipara a nosotros en su gracia; y por ella somos llevados a conocer que hay Dios, en tal forma que ninguna superstición corrupta pueda seducirnos, y del mismo modo, de parte de él somos asegurados con la certeza de salvación.
Si alguno quisiera una consideración más completa sobre este asunto, debería comenzar por esto: que en vano nos aventuramos a experimentar alguna cosa, a menos que busquemos a Dios; pues el único y verdadero fin de la vida es promover su gloria; empero esto jamás podrá lograrse, a menos que primero exista un verdadero conocimiento de él. Sin embargo, esta es sólo una parte de la fe, y no nos aprovechará gran cosa, excepto que tengamos también confianza. De aquí que la fe sólo será completa y nos asegurará el favor divino, cuando sintamos la confianza de que no lo buscamos a él en vano, y así abrigamos la certeza de obtener su salvación. Pero nadie, a menos que esté cegado por la presunción y fascinado por el amor propio, puede estar seguro de que Dios será galardonador de sus méritos. Por lo cual, esta confianza de que hablamos, no se apoya en las obras, ni en la propia dignidad del hombre, sino únicamente en la gracia de Dios; y como la gracia no puede encontrarse más que en Cristo, sólo a él debe mirar nuestra fe.
7 Por la fe Noé, habiendo recibido respuesta de cosas que aún no se veían, con temor aparejó el arca en que su casa se salvase: por la cual fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que es por la fe.
7. Por la fe Noé, etc. Fue un maravilloso ejemplo de magnanimidad, que cuando el mundo entero se creía impune y los hombres con toda tranquilidad se entregaban desenfrenadamente a los placeres pecaminosos, sólo Noé prestó atención a la venganza divina, aunque aplazada por un tiempo considerable, al grado que se afanó durante ciento veinte años en construir el arca; permaneció firme en medio de las burlas de tantos hombres impíos; no dudó en lo absoluto de que estaría indemne en medio de un mundo en ruina, y se sintió seguro de la vida dentro de aquella especie de sepulcro: el arca. Brevemente, pues, me ocuparé de este tema y dejaré que cada uno de por sí considere todas las circunstancias.
El Apóstol atribuye a la fe tan extraordinaria firmeza. Hasta aquí él había hablado de los padres que vivieron en la primera época del mundo; mas se efectuó una especie de renacimiento cuando Noé y su familia se salvaron del diluvio. De aquí se deduce que en todas las épocas los hombres no han sido aprobados por Dios ni han ejecutado algo de alabanza en otra forma que por la fe.
Veamos, pues, cuáles son los asuntos que él presenta a nuestra consideración en el caso de Noé. Helos aquí: que habiendo sido advertido de cosas futuras no manifestadas visiblemente, él tuvo temor, de modo que construyó el arca; al construirla condenó al mundo; y se hizo heredero de la justicia que es por fe.16
Lo que acabé de mencionar es precisamente lo que de manera especial demuestra el poder de la fe; pues el Apóstol continuamente nos recuerda esta verdad, que la fe es la evidencia de las cosas que no se ven; y sin duda, su obra peculiar es contemplar en la palabra de Dios lo que está escondido, y muy alejado de nuestros sentidos corporales. Cuando le fue declarado a Noé que vendría un diluvio al cabo de ciento veinte años; en primer lugar, la duración del tiempo pudo haber eliminado todo temor; segundo, la cosa en sí parecía increíble; tercero, él vio a los impíos entregarse a los placeres pecaminosos sin ninguna preocupación; y por último, la terrible noticia del diluvio pudo haberle parecido como algo destinado a espantar a los hombres. Pero Noé prestó tanta atención a la palabra de Dios, que volviendo sus ojos de la apariencia de las cosas en aquel tiempo, temió la destrucción anunciada por Dios como si estuviera presente ya. Por consiguiente, la fe que él tuvo en la palabra de Dios le preparó para prestar obediencia a Dios y de esto él dio pruebas poco después, construyendo el arca.
Empero, cabe aquí interrogar: ¿por qué el Apóstol hace que la fe sea causa de temor, siendo que toma en cuenta las promesas de la gracia más bien que las amenazas? pues Pablo por esta razón llama al evangelio la palabra de fe, porque en él la justicia de Dios se nos ofrece para salvación. Parece, pues, haberse afirmado de manera impropia que Noé por fe haya sido inducido a temer. A esto yo replico que la fe ciertamente emana de las promesas; se basa en ellas y descansa en ellas. Por lo cual decimos que Cristo es el verdadero objeto de la fe, pues por medio de él nuestro Padre celestial se reconcilia con nosotros, y por él todas las promesas de salvación son selladas y confirmadas. Sin embargo, no hay razón de por qué la fe no deba estar atenta a Dios y reverente para acatar todo lo que él diga: o en otras palabras, corresponde justamente a la fe escuchar a Dios siempre que hable y aceptar sin vacilación todo lo que proceda de sus sagrados labios. Hasta este punto la fe rinde acatamiento a mandatos y amenazas, así como también a las promesas de la gracia. Pero como nadie es impulsado tanto como debe y como es necesario, a obedecer los mandamientos de Dios, ni se conmueve lo suficiente para lamentar su ira, salvo que ya haya echado mano de las promesas de la gracia, así como para reconocerlo cual Padre bondadoso, y autor de la salvación,—de aquí que el evangelio sea llamado la palabra de fe siendo afirmada la parte principal por el todo; y en esta forma se manifiesta la relación mutua que hay entre ambos. La fe, pues, aunque en su consideración más directa se enfoque hacia las promesas divinas, sin embargo, también toma en cuenta sus amenazas hasta donde se hace necesario para ser enseñada a temer y obedecer a Dios.
Aparejó el arca, etc. Aquí se subraya esa obediencia que fluye de la fe como el agua de un manantial. La tarea de construir el arca fue larga y penosa. Pudo haber sido estorbada por las burlas de los malvados, y así quedar suspendida una y mil veces; ni se duda tampoco de que se hayan mofado y ridiculizado a aquel santo varón, por todas partes. Que él aguantara, pues, sus protervos insultos con firmeza de espíritu, fue una prueba de que su resolución a obedecer fue algo muy extraordinario. Mas ¿cómo fue que él obedeció a Dios de manera tan perseverante sino porque previamente haya confiado en una promesa que le diera esperanza de liberación? Y en esta confianza perseveró hasta el fin; pues no hubiera tenido valor para soportar voluntariamente tantos trabajos, ni tampoco hubiera podido vencer tantos obstáculos, ni permanecer firme en su propósito por tan largo tiempo, si no hubiera poseído de antemano esta confianza.
De aquí se hace manifiesto que la fe únicamente, es la maestra de la obediencia; y en cambio podemos llegar a la conclusión de que la incredulidad es lo que nos impide obedecer a Dios. Aun hoy día la incredulidad del mundo se manifiesta en esta forma, porque hay muy pocos que obedecen a Dios.
Por la cual fe condenó al mundo, etc. Parecerá extraño afirmar que la liberación de Noé condenó al mundo, y el contexto a duras penas significaría que fue la fe; debemos pues entender que se refiere al arca. Por dos cosas se puede decir que por el arca condenó al mundo; porque con estar ocupado tanto tiempo en construirla, despojó a los malvados de toda excusa; y el cataclismo que siguió después demostró cuán justa fue la destrucción del mundo; ¿pues para qué se convirtió al arca en instrumento de liberación de una familia sino para que en esa forma el Señor salvara a un justo y que no pereciera juntamente con los impíos? Luego si él no hubiera sido preservado, la condenación del mundo no podría haber sido tan manifiesta. Noé pues, al obedecer el mandato de Dios, condenó mediante su ejemplo la obstinada desobediencia del mundo: su maravillosa salvación de en medio de la muerte, fue una evidencia de que el mundo justamente pereció; porque Dios, sin duda, lo hubiera salvado, al no haber sido indigno de la salvación.
De la justicia que es por la fe. Este es el último detalle en el carácter de Noé que el Apóstol nos recuerda para que lo observemos. Moisés hace constar que Noé era un hombre justo: la historia no afirma expresamente que la causa y origen de su justicia haya sido la fe; pero el Apóstol así lo declara partiendo de los hechos referidos. Y esto no sólo es verdadero puesto que ninguno jamás se consagra real y sinceramente al servicio de Dios, sino aquel que descansa en las promesas de su paternal bondad, y se siente seguro de que su vida está aprobada por él; y también por esta razón: que ninguna vida, por muy santa que sea, cuando es probada de acuerdo con las normas de la ley de Dios, puede agradarle a él sin que se le otorgue perdón. Entonces la justicia debe necesariamente apoyarse en la fe.
8 Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad; y salió sin saber dónde iba.
9 Por fe habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en cabañas con Isaac y Jacob, herederos juntamente de la misma promesa:
10 Porque esperaba ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios.
11 Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para conrebir simiente; y parió aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó ser fiel el que lo había prometido.
12 Por lo tanto también, de uno, y ése ya amortecido, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla de la mar.
8. Por la fe Abraham, etc. El autor nombra ahora a Abrahán, quien es el padre principal de la Iglesia de Dios sobre la tierra, y en cuyo nombre los judíos se complacían, como si por la distinción de ser ellos solos la raza santa de Abrahán, fuesen separados del orden común de los hombres. Pero el Apóstol les recuerda lo que ellos deben poseer ahora como objeto principal, para que puedan ser contados entre los hijos de Dios. Por lo tanto el autor llama su atención a la fe, porque el mismo Abrahán no tuvo virtud alguna que no procediera de la fe.
Primeramente nos enseña: que en la fe estribó la causa de su inmediata obediencia a Dios cuando se le ordenó salir de su propia tierra; y luego por la misma fe siguió adelante sin titubeos, de acuerdo con lo que fue llamado a ejecutar, hasta el fin. Por estas dos cosas, su prontitud en obedecer, y su perseverancia, la fe de Abrahán fue evidentemente muy probada.
Siendo llamado, etc. El traductor del latín antiguo y Erasmo aplican esto a su nombre, lo cual es extremadamente insubstancial y frío. En cambio yo lo relaciono con su vocación por la cual fue llamado de su propio país. El verdaderamente en esta forma se sometió a un auxilio voluntario, no haciendo entretanto cosa alguna sino por mandato de Dios; y sin duda una de las cosas principales que corresponden a la fe, es no dar un paso a no ser que la palabra de Dios nos enseñe el camino, y como lámpara nos dé luz, de acuerdo con lo que afirma David (Salmo 119; 105). Esto es algo que debemos observar durante toda nuestra vida, y debemos aprender a no comprometernos en nada sin que Dios nos llame.
Para salir al lugar, etc.17 A la orden fue agregada una promesa de que Dios le daría una tierra por heredad. Inmediatamente aceptó la promesa y se apresuró a salir como si fuera enviado a tomar posesión de aquella tierra. No es una prueba cualquiera para la fe el abandonar lo que tenemos, a fin de buscar lo lejano y desconocido. Porque cuando Dios le ordenó abandonar su país, no le señaló el lugar donde se proponía hacerlo vivir, sino que le dejó en incertidumbre y perplejidad: “vete,” le dijo, “a la tierra que yo te mostraré” (Gen. 12:1). ¿Para qué se demoró en señalarle el lugar, excepto para dejarlo ejercitar su fe más y más? Por otra parte, el amor a su tierra natal no sólo pudo haber retardado la presteza de Abrahán, sino también pudo haberle mantenido fuertemente ligado a ella, como para no abandonar su hogar. Su fe entonces no fue una fe común sino extraordinaria, de suerte que le ayudó a vencer todos los obstáculos y le condujo a donde el Señor lo llamó.
9. Por la fe habitó, o peregrinó, etc. El segundo detalle es que después de haber entrado en la tierra prometida, a duras penas fue recibido como extraño y peregrino. ¿Dónde estaba la herencia que esperaba? En aquel instante verdaderamente pudo haberle ocurrido el pensamiento de que Dios lo había engañado y mayor aun fue su desengaño, no mencionado por el Apóstol, cuando poco después de haber llegado, el hambre le obligó a salir del país, y le forzó a huír a la tierra de Gerar; pero el Apóstol consideró suficiente decir, como recomendación de su fe, que habitó en la tierra prometida como en tierra ajena; porque el ser un peregrino parecía contrario al carácter de la promesa. Que Abrahán, pues, haya soportado valientemente esta prueba, fue un ejemplo de gran fortaleza; mas todo procedía de la fe únicamente.
Con Isaac y Jacob, etc. El autor no quiere decir que ellos acamparan bajo las mismas tiendas de campaña, o que vivieran al mismo tiempo sino convierte al hijo y al nieto de Abrahán en sus compañeros, porque peregrinaron del mismo modo, buscando la herencia prometida, y sin embargo, no flaquearon en su fe, por mucho que Dios retarda el tiempo, pues cuanto más prolongada era la demora, mayor era la prueba; empero alzando ellos el escudo de la fe repelían todos los ataques de la duda y la incredulidad.18
10. Porque esperaba, etc. El da una razón de por qué atribuye la paciencia de ellos a la fe, precisamente porque miraban hacia el cielo. Esto, ciertamente, era contemplar las cosas invisibles. Indudablemente fue algo grande poder acariciar dentro de sus corazones la certeza dada por Dios respecto a la posesión de la tierra hasta que se convirtiera en realidad, después de muchos siglos; sin embargo, como ellos no limitaban sus pensamientos a aquella tierra, sino que penetraban hasta el cielo, la evidencia de su fe es todavía más clara.
El autor llama al cielo ciudad con fundamentos, por su perpetuidad; por que en el mundo no existe más que lo transitorio y efímero. Puede parecer extraño ciertamente que él convierta a Dios en el Hacedor del cielo, como si no hubiera creado también la tierra; a esto yo respondo, que como en las construcciones terrenales, las manos de los hombres hacen uso de los materiales, la hechura de Dios no se coloca de manera impropia en oposición a la de ellos. Ahora bien, todo lo que está construido por los hombres es como sus autores, en cuanto a inestabilidad; así también es la perpetuidad de la vida celestial, que va de acuerdo con la naturaleza de Dios, su fundador.19 Además el Apóstol nos enseña que todo el cansancio se alivia con la esperanza, de modo que jamás debemos enfadarnos al seguir a Dios.
11. Por la fe también la misma Sara, etc. Para que las mujeres sepan que esta verdad pertenece a ellas tanto como a los hombres, aduce el autor el ejemplo de Sara; el cual menciona con preferencia a otros, porque ella fue la madre de todas las fieles.
Mas pudiera parecer extraño que su fe sea encomiada, ya que manifiestamente fue acusada de incredulidad; porque se rio al escuchar la palabra del ángel considerándola como fábula; y no fue risa de asombro o admiración, pues de otra manera no hubiera sido severamente reprendida por el ángel. Se hace necesario confesar, ciertamente, que su fe estaba mezclada con incredulidad;20 pero en cuanto ella desechó la incredulidad, siendo reprendida, su fe fue reconocida y elogiada por Dios. Lo que ella, pues, rechazó al principio como increíble, poco después al escuchar que venía de Dios, lo aceptó obedientemente.
Y de aquí sacamos una enseñanza provechosa: que cuando nuestra fe vacila o hace alto en algunas cosas, no por ello deja de ser aprobada por Dios, con tal que no demos rienda suelta al espíritu de incredulidad. Entonces la conclusión es esta: que el milagro obrado por Dios cuando nació Isaac, fue el fruto de la fe de Abrahán y de su esposa, por cuya fe ellos echaron mano del poder de Dios.
Porque creyó ser fiel, etc. Estas razones, por las cuales se manifiestan el poder y carácter de la fe, han de observarse cuidadosamente. Si alguno solamente supiera que Sara dio a luz un niño por fe, no captaría todo su significado, pero la explicación que el Apóstol añade disipa la obscuridad; pues declara que la fe de Sara fue así: ella creyó a Dios como fiel a su palabra, es decir, a lo que había prometido.
Hay dos cosas sobre esta declaración; pues aquí aprendemos, primero, que no existe fe sin palabra de Dios, porque no podemos convencernos de su fidelidad hasta que él haya hablado. Esto en sí es muy suficiente para refutar el embuste de los sofistas acerca de la fe implícita; pues debemos siempre sostener que hay una relación mutua entre la palabra de Dios y nuestra fe. Pero como la fe, de acuerdo con lo ya afirmado, se basa en la benevolencia o generosidad de Dios, no es suficiente cualquier palabra, aunque venga de sus labios; mas se hace necesaria una promesa como evidencia de su valor. De aquí se deduce que Sara haya considerado fiel a Dios, quien le prometió. Entonces la fe verdadera es la que oye la palabra de Dios y descansa en su promesa.
12. Por lo cual también, de uno, y ése ya amortecido, salieron, etc. El ahora advierte también a los judíos, que debido a la fe, ellos fueron los descendientes de Abrahán; porque Abrahán estaba como medio muerto.21 y Sara su esposa, que había sido infecunda en la flor de su edad, ahora era estéril, estando ya avanzada en años. Hubiera sido más fácil esperar que el aceite fluyera de una roca, que una nación emanara de ellos: y sin embargo, salieron de ellos innumerables multitudes. Ahora bien, si los judíos están orgullosos de su origen, que consideren cuál fue. Y sea el que fuere, todo debe, sin duda, atribuirse a la fe de Abrahán y Sara. De esto se deduce, que ellos no pueden retener y defender la posición que han adquirido, de ningún otro modo más que por la fe.
13 Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas,22 y saludándolas, y confesando que eran peregrinos y advenedizos sobre la tierra.
14 Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria.
15 Que si se acordaran de aquella de donde salieron, cierto tenían tiempo para volverse;
16 Empero deseaban la mejor, es a saber, la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les había aparejado ciudad.
13. Conforme a la fe murieron todos estos, o en la fe, etc. El Apóstol realza, mediante una comparación, la fe de los patriarcas: pues aun cuando ellos sólo habían saboreado las promesas, como si estuvieran plenamente satisfechos con su dulzura despreciaron todo lo que había en el mundo; y jamás olvidaron el sabor de ellas, por muy escaso que fuera, ya en vida o en muerte.23
Asimismo la expresión en la fe, se explica de diferente manera. Algunos entienden que ellos murieron en la fe, porque en esta vida jamás disfrutaron de las bendiciones prometidas, así como hoy día la salvación nos está encubierta, y la esperamos. Pero yo convengo más bien con los que opinan que aquí se expresa una diferencia entre nosotros y los padres; y doy esta explicación: “Aunque Dios concedió a los padres solamente un paladeo de esa gracia que abundantemente ha sido derramada sobre nosotros; aunque él les mostró, sólo a distancia, una obscura representación de Cristo, el cual ahora nos ha sido manifestado claramente, con todo, ellos quedaron satisfechos y jamás se apartaron de su fe: ¡cuánto mayor y más poderosa razón tenemos nosotros ahora para perseverar! Si desmayamos seremos doblemente culpables.” Es pues un caso privilegiado que mientras los padres sólo tenían una perspectiva lejana del reino espiritual de Cristo, nosotros tenemos una visión muy cercana de él, y que mientras ellos saludaban a las promesas de lejos, nosotros en cambio las tenemos muy cercanas; pues si ellos a pesar de eso, perseveraron aun hasta la muerte, ¡qué pereza imperdonable será la nuestra si nos fatigamos en la fe, cuando el Señor nos sostiene por medio de tantos auxilios! Empero si alguno objetare, que ellos no hubieran podido creer sin haber recibido las promesas sobre las cuales necesariamente se basa la fe: a esto respondo, que la expresión tiene que entenderse comparativamente; porque ellos se encontraban lejos de esa elevada posición a la cual Dios nos ha levantado. Por lo cual, aunque tuvieran la misma salvación en promesa, sin embargo, las promesas no les fueron reveladas con la misma claridad que a nosotros son manifestadas en el reino de Cristo; pero ellos sentían satisfacción al contemplarlas desde lejos.24
Y confesando que eran peregrinos, etc. Esta confesión fue hecha por Jacob cuando contestó a Faraón, que el tiempo de su peregrinación era breve comparado con el de sus padres, y lleno de muchos males (Gen. 47:9). Puesto que Jacob mismo confesó que era peregrino en la tierra prometida por heredad perpetua, es del todo evidente que sus pensamientos por ningún motivo estaban puestos en este mundo, sino elevados allá, arriba, sobre los cielos. Por lo cual, el Apóstol concluye, que los padres al expresarse así, abiertamente demostraron que tenían una patria mejor en el cielo; pues como eran peregrinos aquí, dondequiera tenían su país al igual que su morada.
Mas si ellos en espíritu, rodeados por densas nubes, hicieron un vuelo al país celestial, ¿qué haremos nosotros ahora cuando Cristo extiende su mano hacia nosotros, desde el cielo para llevarnos a él? Si la tierra de Canaán no los embelesó, ¡cuánto más apartados de las cosas mundanas debemos ser nosotros, ya que no tenemos prometido un domicilio fijo en este mundo!
15. Que si se acordaran de aquella, etc. El se anticipa a una objeción que hubiera podido hacerse: que fueron peregrinos porque abandonaron su propia tierra. El Apóstol responde a esta objeción y dice, que aunque ellos mismos se decían peregrinos, sin embargo, no pensaron en Mesopotamia; porque si tenían el deseo de regresar, lo hubieran podido hacer: empero ellos voluntariamente lo repudiaron, como si no les perteneciera. Por otra patria, pues, significaron la que está más allá de este mundo.25
16. Por lo cual Dios no se avergüenza, etc. El escritor se refiere a este pasaje, “Yo soy el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Exodo 3:6). Es un honor señalado cuando Dios hace ilustres a los hombres, ligando su nombre a ellos; designando también en esta forma que se le distinga de los ídolos. Este privilegio, como lo declara el Apóstol, depende también de la fe; porque cuando los santos padres aspiraban a una patria celestial, Dios, en cambio, los consideraba ya como ciudadanos. De esto habremos de concluir, que no hay lugar para nosotros entre los hijos de Dios, si no renunciamos al mundo, y que no habrá herencia en el cielo para nosotros, excepto que seamos peregrinos en la tierra. Además, el Apóstol correctamente deduce de estas palabras: “Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, y de Jacob,” que ellos fueron herederos del cielo, porque, quien así habla no es un Dios de muertos, sino de vivos.
17 Por fe ofreció Abraham a Isaac cuando fue probado, y ofrecía al unigénito el que había recibido las promesas,
18 Habiéndole sido dicho: En Isaac te será llamada simiente:
19 Pensando que aun de los muertos es Dios poderoso para levantar; de donde también le volvió a recibir por figura.
20 Por fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas que habían de ser.
21 Por fe Jacob, muriéndose, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró estribando sobre la punta de su bordón.
22 Por fe José, muriéndose, se acordó de la partida de los hijos de Israel; y dio mandamiento acerca de sus huesos.
17. Por fe ofreció Abraham, etc. El autor prosigue con la historia de Abrahán, y relata el sacrificio de su hijo: el cual fue un ejemplo extraordinario de firmeza tal, que difícilmente se encontrará otro semejante. Por tanto, con el objeto de realizarlo, añade cuando fue probado, o tentado. Abrahán ciertamente ya había demostrado lo que era, mediante muchas pruebas; pero como esta última sobrepasa a todas las demás, el Apóstol deseaba que se considerase como la mayor de todas, como si hubiera dicho: “La suprema excelencia de Abrahán fue el haber ofrecido a su hijo en holocausto;” porque se dice que Dios lo probó entonces de manera especial. Y, sin embargo, este acto fue originado por la fe; luego Abrahán no tuvo otra cosa más excelente que la fe, la cual dio tan extraordinario fruto.
La palabra probado o tentado, no significa otra cosa que “puesto a prueba.” Lo que el Apóstol Santiago dice acerca de que no somos tentados por Dios, ha de entenderse de manera diferente, (Sant. 1:13); significa que Dios no nos inclina a hacer el mal; pues esto se lleva a cabo mediante la concupicencia de cada uno. Además, el autor no afirma que Dios no ponga a prueba nuestra integridad y obediencia, aunque él no nos escudriña así, como si no supiera también lo oculto de nuestros corazones; no, Dios no necesita probarnos para conocer lo que hay en nosotros; pero cuando él nos trae a luz, para que por nuestras obras mostremos lo escondido, se dice que nos pone a prueba; y entonces lo que sale manifiestamente, se dice que es conocido de Dios. Porque es una forma de hablar muy común y frecuentemente empleada en la Biblia, que aquello que es peculiar a los hombres se atribuye a Dios.
El sacrificio de Isaac tiene que ser estimado de acuerdo con la intención del corazón: pues no se debió a Abrahán, que realmente no ejecutara lo que se le ordenó hacer. Su resolución a obedecer fue, pues, lo mismo que si de hecho hubiera sacrificado a su hijo.
Y ofrecía al unigénito, etc. A través de circunstancias diferentes, el Apóstol se proponía demostrar cuán grande y cuán severa fue la prueba de Abrahán; y todavía hay otras cosas narradas por Moisés que llevan la misma tendencia. A Abrahán se le ordenó tomar a su propio hijo, su único y amado Isaac, conducirlo al lugar que después le sería mostrado, y sacrificarlo allí. Dios parece haber acumulado esas sensibles palabras que le dirigió, para que pudieran herir, hasta lo profundo, el corazón de aquel santo hombre, como con muchas heridas; y entonces, a fin de probarlo más severamente, le mandó que caminara una jornada de tres días. ¡Cuán punzante debe haber sido su angustia al tener continuamente frente a sus ojos a su propio hijo, a quien ya había resuelto dar una muerte cruenta! En cuanto se acercaban al lugar, Isaac traspasó su pecho todavía con una nueva herida, al preguntarle. “¿Dónde está la víctima?” La muerte de un hijo bajo cualquier circunstancia debe haber sido muy dolorosa y una muerte sangrienta debe haber causado mayor dolor aun; pero cuando se le ordenó matar a su propio hijo; aquello ciertamente debió haber sido demasiado horroroso de soportar para un corazón de padre; y mil veces debió haber desmayado, de no haberle elevado su fe el corazón por encima del mundo. Entonces, no sin razón, el Apóstol afirma que fue probado.
Sin embargo, cabe aquí preguntar por qué Isaac es llamado el unigénito pues Ismael nació antes que él y aún vivía. He aquí la respuesta, que por mandato expreso de Dios salió de la familia, como si hubiera muerto, y al menos, no hubo lugar para él entre los hijos de Abrahán.
El que había recibido las promesas, etc. Todas las cosas que hasta aquí hemos narrado, por muy hondo que deben haber herido el corazón de Abrahán, con todo, no fueron más que heridas leves comparadas con esta prueba; cuando se le dio la orden de matar a su hijo Isaac, después de haber recibido las promesas; porque éstas se basaban en la siguiente declaración: “En Isaac te será llamada simiente” (Gen. 21:12),26 y cuando este fundamento fue derribado, ya no quedaba esperanza de bendición o de gracia. Aquí el problema no era cuestión terrenal, sino la salvación eterna de Abrahán y ciertamente, la de todo el mundo. ¡Cuánta amargura debió sentir aquel santo varón cuando pensó que la esperanza de vida eterna se extinguiría en la persona de su hijo! Y sin embargo, por la fe se irguió por encima de todos estos pensamientos para ejecutar lo que se le había mandado. Puesto que fue una maravilla de fortaleza el haberse sobrepuesto a tantos y tan grandes obstáculos justamente fue éste el más elevado elogio concedido a la fe, porque fue por la fe únicamente que Abrahán continuó invencible.
Mas surge aquí una dificultad no pequeña: ¿Cómo se explica que la fe de Abrahán haya sido encomiada cuando se apartó de la promesa? pues como la obediencia proviene de la fe, así la fe emana de la promesa; entonces, cuando Abrahán estuvo sin la promesa, su fe necesariamente debe haberse desplomado. Empero la muerte de Isaac, como ya se ha dicho, debe haberle parecido la muerte de todas las promesas. pues Isaac no ha de considerarse como un hombre ordinario, sino como uno que llevaba dentro de sí a Cristo. Este problema, que de otra manera hubiera sido difícil de resolver, el Apóstol lo explica añadiendo a continuación, que Abrahán atribuyó este honor a Dios, pensando en que era poderoso para levantar a su hijo de entre los muertos. El, pues, no renunció a la promesa que se le hizo, sino que amplió su poder y su verdad más allá de la vida de su hijo. Así Abrahán retuvo la promesa, porque no redujo el poder de Dios a la vida de Isaac, toda vez que se sintió seguro de que sería eficaz aun en sus cenizas, ya muerto, lo mismo que si estuviera vivo.
19. De donde también, etc. O como si dijera, “Ni la esperanza defraudó a Abrahán, porque fue una especie de resurrección, el que su hijo fuera librado tan repentinamente de la muerte.” La palabra figura, empleada aquí, se explica de diferentes maneras. Yo entiendo que sencillamente significa semejanza; porque aunque Isaac realmente no resucitó de entre los muertos, sin embargo, en cierta forma sí parece haber resucitado, cuando repentina y maravillosamente fue rescatado mediante el inesperado favor de Dios.27 Con todo, no me disgusta lo que algunos piensan, cuando dicen que nuestra carne, que está sujeta a muerte, es representada en el carnero que tomó el lugar de Isaac. También admito, como verdad, lo que algunos han enseñado, que este sacrificio fue una representación del sacrificio de Cristo. Pero ahora tengo que explicar lo que el Apóstol quiso decir, no lo que en verdad pudiera declararse; y el verdadero significado aquí, pienso que es que Abrahán recibió a su hijo como si hubiera sido restaurado de muerte a vida, y no en otra forma.
20. Por fe bendijo a Isaac, etc. Fue también empresa de fe el bendecir mirando hacia el futuro; porque cuando la cosa en sí no existe y sólo aparece la palabra, la fe necesariamente tiene que ser quien dirija. Mas primero debemos observar para qué sirve la bendición de que él habla. Porque bendecir frecuentemente significa implorar al cielo una bendición. Pero la bendición de Isaac fue diferente; porque era una especie de introducción a la posesión de la tierra, que Dios le había prometido a su posteridad. Sin embargo, en aquella tierra no tenia más que derecho a una sepultura. Entonces parecerán extraños estos elevados títulos: “Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a tí” (Gen. 27:29); ¿pues qué clase de señorío pudo haberle dado cuando él mismo, a duras penas, era un hombre libre? De aquí inferimos que esta bendición dependía de la fe; pues Isaac no tenía otra cosa que regalar a sus hijos más que la palabra de Dios.
Podría, no obstante, dudarse si había alguna fe en la bendición otorgada a Esaú, ya que fue reprobado y rechazado por Dios. La respuesta es fácil, porque la fe descolló, principalmente, cuando él distinguió entre los dos mellizos que le nacieron, de suerte que dio el primer lugar al más joven; pues siguiendo el oráculo divino, él quitó al primogénito el derecho ordinario de la naturaleza. Y de esto precisamente dependía el destino de la nación entera, que Jacob fuese elegido por Dios, y dicha elección fue ratificada por la bendición del padre.
21. Por fe Jacob, etc. El objeto del Apóstol fue atribuir a la fe todo lo que era digno de recordarse en la historia del pueblo; no obstante, como hubiera resultado tedioso hacer un recuento de todo, seleccionó unas cuantas cosas de entre muchas. Porque la tribu de Efraín era tan superior a las demás, que las otras en cierta forma vivían bajo su sombra; pues la Escritura frecuentemente incluye a las diez tribus bajo este nombre. Sin embargo, Efraín era el más joven de los dos hijos de José; y cuando Jacob lo bendijo a él y a su hermano, ambos eran jóvenes. ¿Qué observó Jacob en el más joven para preferirlo al primogénito? Nada, ciertamente, porque cuando esto ocurrió sus ojos estaban ofuscados por la edad, de modo que no podía ver. Ni tampoco por casualidad colocó su mano derecha sobre la cabeza de Efraín, sino que cruzó sus manos, y movió su mano derecha hacia el lado izquierdo. Además, les señaló dos porciones, como si él fuese el amo de aquella tierra, de la cual el hambre lo había expulsado. No había nada aquí razonable, porque la fe lo dominaba todo. Entonces, si los judíos quieren ser algo, no deben gloriarse en otra cosa que en la fe.
Y adoró estribando sobre la punta, etc. Este es uno de aquellos pasajes de donde podemos deducir que los puntos-vocales no fueron empleados anteriormente por los hebreos; porque los traductores del griego no hubieran podido cometer el error de poner aquí bordón en vez de cama, si la forma de escribir de entonces era la misma que en la actualidad. Indudablemente Moisés hablaba de la cabecera de la cama, cuando dijo, al rosh hamitá; pero los traductores griegos interpretaron las palabras, “sobre la punta del su bordón”, como si la última palabra estuviese escrita maté. El Apóstol no vaciló en aplicar a su propósito lo que ordinariamente era aceptado: él escribía para los judíos; y los que de entre ellos se encontraban dispersos en varios países, habían cambiado su propia lengua por el griego. Y nosotros sabemos que los apóstoles no eran tan escrupulosos a este respecto, como para no acomodarse a los iletrados, que aún tenían necesidad de leche; y en ello no existe peligro alguno, a condición de que los lectores sean siempre llevados al texto puro y original de la Escritura. Mas en realidad, la diferencia es pequeña; porque lo importante es que Jacob adoró, lo cual fue una evidencia de su gratitud. El, por lo tanto, fue impulsado por la fe a someterse a su hijo.28
22. Por fe José, etc. Esto es lo último que Moisés relata acerca de los patriarcas, y merece ser considerado con atención especial: porque la riqueza, el lujo y los honores no hicieron que aquel santo varón se olvidara de la promesa, ni lo detuvieron tampoco en Egipto; lo cual fue evidencia de una fe no insignificante. ¿Pues de dónde adquirió él tanta grandeza de entendimiento como para despreciar todo lo elevado del mundo, y estimar como nada todo lo valioso que había en él, excepto el haber ascendido al cielo? Al ordenar que su cadaver saliera de Egipto, él no se consideró a sí mismo, como si su tumba en la tierra de Canaán fuese mejor que en Egipto; pero su objeto principal era excitar el deseo de su propia nación, para que con más seriedad aspiraran a la redención; él deseaba también fortalecer la fe de ellos, para que con toda confianza alentaran la esperanza de que al fin serían liberados.
23 Por fe Moisés, nacido, fue escondido de sus padres por tres meses, porque le vieron hermoso niño; y no temieron el mandamiento del rey.
24 Por fe Moisés, hecho ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón;
25 Escogiendo antes ser afligido con el pueblo de Dios, que gozar de comodidades temporales de pecado.
26 Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los Egipcios; porque miraba a la remuneración.
27 Por fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey: porque se sostuvo como viendo al Invisible.
23. Por fe Moisés etc. Ha habido otros, y de entre los paganos, que no por temor de Dios, sino únicamente impulsados por el deseo de propagar la especie, conservaron a sus propios niños a costa de perder la vida, empero el Apóstol demuestra que los padres de Moisés fueron movidos a salvarlo por otra razón, a saber, que como Dios les había prometido durante su opresión, que alguna vez vendría un libertador, ellos descansaron confiadamente en esa promesa, y prefirieron la seguridad del pequeño a la de ellos mismos.
Mas el autor parece afirmar lo contrario al carácter de la fe, al declararnos que esto lo hicieron por la belleza del niño; pues sabemos que Isaías fue reprobado cuando trajo a sus hijos delante de Samuel, si bien ellos sobresalían en apariencia personal; porque sin duda, Dios no desea que consideremos solamente el atractivo externo de la personalidad. A esto respondo, que los padres de Moisés no se encantaron con la belleza del niño como para inclinarse a salvarlo por lástima, como acontece ordinariamente entre los hombres; sino que veían como una especie de señal de grandeza futura, impresa sobre el niño, la cual prometía algo extraordinario. No hay duda pues de que, por su misma apariencia, ellos se inspiraran con la esperanza de una liberación cercana: porque consideraban que el niño estaba destinado para ejecutar grandes cosas.
Además, debió haber sido de mucha importancia para los judíos, escuchar que Moisés, el autor de su redención, había sido rescatado de la muerte en forma extraordinaria, por la fe. Debemos advertir, sin embargo, que la fe aquí ensalzada era muy débil, porque después de haber despreciado el temor a la muerte, debieron haber criado a Moisés; pero en lugar de obrar así, lo expusieron al peligro. Por lo cual es evidente que su fe, por un tiempo breve, no sólo titubeó, sino que faltó por completo; o por lo menos ellos descuidaron su deber de padres, arrojando al niño sobre las márgenes del Nilo. Pero a nosotros nos corresponde animarnos más cuando escuchamos que la fe de ellos, aunque débil, fue con todo aprobada por Dios, para asegurar la vida de Moisés de la cual dependía la liberación de la Iglesia.
24. Por fe Moisés, hecho ya grande, etc. El ejemplo de Moisés debe haber sido recordado por los judíos, más que cualquier otro; porque mediante su instrumentalidad, ellos fueron librados de la esclavitud, y el pacto de Dios fue renovado a su favor, y la constitución de la Iglesia establecida mediante la promulgación de la ley. Empero si la fe ha de considerarse como lo principal en Moisés, sería muy extraño e irrazonable que él los empujara hacia otra parte. De aquí se deduce que todos los que hacen adelantos raquíticos en la ley, no son guiados en ella por la fe
Veamos ahora por qué razones se recomienda la fe de Moisés. La primera particularidad que el autor menciona es, que siendo ya crecido despreció la adopción de la hija de Faraón. El se refiere a su edad, porque si hubiera hecho tal cosa de muchacho, posiblemente se le hubiera atribuido a su veleidad o a su ignorancia; porque como el entendimiento y la razón no son fuertes en los niños, éstos se precipitan incautamente y sin temor hacia cualquier rumbo de la vida; los jóvenes frecuentemente son llevados de acá para allá por alguna emoción irreflexiva. Para que sepamos pues, que nada se hizo descuidadamente y sin una premeditada deliberación, el Apóstol dice que Moisés había alcanzado la madurez, lo cual también se comprueba por la historia.29
Pero se dice que despreció su adopción; porque cuando visitó a sus hermanos, y trató de ayudarlos, vengando sus agravios, demostró completamente que prefería regresar a su propia nación, que permanecer en la corte del rey; aquello, pues, fue lo mismo que un repudio voluntario de su adopción. Y esto el Apóstol lo atribuye a la fe; pues hubiera sido mucho mejor para él permanecer en Egipto, al no haber estado persuadido de la bendición prometida a la raza de Abrahán; y de tal bendición, el único testigo fue la promesa divina; porque Moisés no podía ver nada de semejante naturaleza con los ojos. De aquí se hace evidente que él contempló por fe lo que estaba muy distante de su vista.
26. Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo, etc. Esta cláusula debe observarse cuidadosamente; porque de aquí aprendemos que tenemos que rehuir como veneno mortal todo aquello que no podamos disfrutar sin ofender a Dios; porque él cataloga dentro de las comodidades temporales de pecado, todas las atracciones mundanas que nos apartan de Dios y de nuestro llamamiento. Empero las comodidades de nuestra vida terrenal, que nos son permitidas disfrutar mediante una limpia conciencia, y con la aprobación divina, no están incluidas aquí. Tengamos presente pues, que en todo tiempo debemos conocer y entender cuáles son las cosas que Dios nos permite. Entre ellas hay ciertamente algunas que en sí son lícitas, mas su uso nos está vedado, debido a las circunstancias de tiempo, lugar, y otras cosas. Por consiguiente, lo que ha de considerarse siempre acerca de todas las bendiciones relacionadas con la vida presente, es que deben servirnos de ayuda y apoyo para servir a Dios, pero no de obstáculo. El llama temporales a estas comodidades o placeres de pecado, porque pronto se desvanecen junto con la vida misma.30
En oposición a éstas, él coloca el vituperio de Cristo, el cual voluntariamente deben sufrir todos los piadosos. Pues a los que Dios ha escogido, también ha predestinado para ser conformados a la imagen de su propio Hijo; y tal cosa no significa que él los ejercite a todos en la misma clase de vituperios o mediante la misma cruz, sino, que todos deben estar dispuestos en tal forma como para no rehusarse a llevar la cruz juntamente con Cristo. Sepa, pues, cada uno, que en cuanto sea llamado a este compañerismo, tendrá que deshacerse de todos los obstáculos. Tampoco debemos pasar por alto, que el autor enumere entre los vituperios de Cristo todas las pruebas ignominiosas que los fieles han tenido que aguantar desde el principio del mundo; porque como ellos eran miembros del mismo cuerpo, no tuvieron nada diferente de lo que nosotros tenemos. Como todos los dolores son ciertamente el premio del pecado, así también lo son los frutos de la maldición pronunciada sobre el primer hombre: mas cualesquiera que sean las injurias que soportemos de los impíos por causa de Cristo, éstas, él las considera como suyas.31 De aquí que Pablo se ufanara porque podía completar lo que faltaba con respecto a los sufrimientos de Cristo. Si pensáramos en esto justamente, no nos sería tan penoso ni desagradable el sufrir por Cristo.
Además, el Apóstol explica en forma más detallada, lo que significa el vituperio de Cristo, cuando agrega en su declaración anterior, que Moisés escogió ser afligido con el pueblo de Dios. El mismo no podía haberse considerado en otra forma que como uno del pueblo de Dios, haciéndose compañero de su propia nación en sus miserias. Por lo tanto, ya que este es el fin, no nos separemos del cuerpo de la Iglesia; cualquier cosa que suframos, recordemos que ese sufrimiento es consagrado por causa de Cristo. Por otra parte, él designa todo aquello como los tesoros de Egipto, porque nadie puede poseerlo de otro modo más que renunciando y olvidando a la Iglesia.
Porque miraba a la remuneración.32 El escritor demuestra en la descripción que da, que la grandeza del entendimiento en Moisés se debía a la fe; porque tenía sus ojos fijos en la promesa de Dios. Pues no podía haber abrigado la esperanza de que para él era mejor quedarse con el pueblo de Israel, que con los egipcios, si no hubiera confiado en la promesa.
Mas si alguno de aquí concluye que su fe no descansaba solamente en la misericordia de Dios, porque miraba a la remuneración; a esto respondo, que el problema aquí no es acerca de la justicia o la causa de la salvación, sino de lo que atañe a la fe en general. Entonces la fe, por lo que toca a la justicia delante de Dios, no mira a la remuneración, sino a la gratuita benevolencia divina, y no por nuestras obras sino por Cristo únicamente. Empero la fe, aparte de la justificación y puesto que abarca generalmente a toda palabra de Dios, aguarda la remuneración que se le promete; pues por la fe, ciertamente, recibimos todo lo que Dios promete: y como él también promete remunerar las obras; entonces la fe se aprovecha de esto igualmente.
27. Por la fe dejó a Egipto, etc. Este pasaje puede aplicarse tanto a su primera como a su segunda salida, es decir, cuando salió juntamente con el pueblo. Ciertamente él abandonó a Egipto cuando huyó de la casa de Faraón. Añádase a esto que también su salida es relatada por el Apóstol antes de mencionar la celebración de la pascua. El autor parece, pues, hablar de la huida de Moisés; y lo que agrega acerca de que no temió a la ira del rey, no es una contradicción, aunque el mismo Moisés nos diga que fue obligado a obrar así por temor. Porque si observamos desde el principio de su carrera, él no temió, ya que abiertamente se decidió a convertirse en el vengador de su pueblo. No obstante, cuando considero todas las circunstancias, me inclino a creer que esta fue su segunda salida; porque fue entonces que él valientemente despreció la violenta ira del rev, estando armado por el Espíritu de Dios de tal poder, que frecuentemente y por propio impulso desafió la furia de esa bestia salvaje. Indudablemente, el que él sacara a una multitud, impreparada para la guerra y cargada con muchos estorbos, fue un ejemplo maravilloso de la fortaleza de su fe, y no obstante, esperaba que un camino se le abriera por la mano de Dios, a través de muchas dificultades. El vio al más poderoso rey encolerizado sobremanera, y supo que no cejaría hasta el fin. Mas como sabía que Dios le había dado la orden de marcha, confió en él y no dudó tampoco de que a su debido tiempo refrenaría todos los ataques de los egipcios.
Como viendo al Invisible. Y no sólo esto, sino que había visto a Dios en medio de la zarza ardiente: esto, pues, parece haberse afirmado impropiamente, y en desacuerdo con el tema. Concedo ciertamente, que Moisés fue fortalecido en su fe por aquella visión, antes de emprender la gloriosa obra de la liberación de su pueblo; pero yo no admito que fuera tal la visión de Dios, como para dejarle fuera de sentido, y transportado más allá de las aflicciones de este mundo. Dios, en aquel tiempo, únicamente le mostró cierto símbolo de su presencia; empero Moisés estaba muy distante de ver a Dios tal como es él. Ahora bien, el Apóstol quiere decir que Moisés se sostuvo así como si hubiera sido arrebatado al cielo, y tuviera únicamente a Dios ante sus ojos; y como si no tuviera nada que ver con los hombres, y como si no estuviera expuesto a los peligros de este mundo, y como si no hubiera tenido luchas con Faraón. Es cierto, no obstante, que en algunas ocasiones estuvo rodeado de tantas dificultades, que no podía menos que pensar que Dios estaba muy lejos de él, o al menos, que la obstinación del rey, contando con tantos medios de resistencia, a la larga, lo vencería.
En suma, Dios apareció a Moisés en tal forma, como para dejar todavía lugar para la fe; y Moisés, siendo acosado por el terror que por todos lades le acechaba, volvía todos sus pensamientos a Dios. Ciertamente fue auxiliado en esto por la visión que hemos mencionado; mas, sin embargo, él vio más en Dios que lo que aquel símbolo insinuaba: pues comprendió su poder, y eso disipó todos sus temores y peligros. Y al descansar en la promesa de Dios, es sintió asegurado de que el pueblo, aunque entonces oprimido por la tiranía de los egipcios, era ya, por decirlo así, el amo de la tierra prometida.33
De esto aprendemos, primero, que el verdadero carácter de la fe nos conduce a poner siempre al Señor ante nuestros ojos; segundo, que la fe contempla cosas más elevadas y escondidas en Dios que lo que nuestros sentidos pueden percibir; y tercero, que sólo una visión de Dios es suficiente para fortalecer nuestra debilidad, para que tengamos la firmeza de la roca y podamos resistir los ataques de Satanás. Por esto sabemos que mientras más débiles seamos y menos resueltos estemos, menos fe tendremos.
28 Por fe celebró la pascua y el derramamiento de la sangre, para que el que mataba a los primogénitos no los tocase.
29 Por fe pasaron el mar Bermejo como por tierra seca: lo cual probando los Egipcios, fueron sumergidos.
30 Por fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días.
31 Por fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los incrédulos, habiendo recibido a los espías con paz.
28. Por fe celebró la pascua, etc. Esto debió haber servido de mucho para recomendar la fe a los judíos; porque ellos tenían este primer sacrificio de la Pascua en la más alta estimación. Pero agrega que fue observada por fe, y no por razón de que el cordero pascual fuese un tipo de Cristo, sino porque su provecho no se pudo ver cuando él roció los postes con sangre: por tanto, cuando el efecto aún no se veía, fue necesariamente contemplado por fe. Más aun, pudiera haber parecido extraño que Moisés derramara unas cuantas gotas de sangre, como remedio, para detener la venganza divina; pero convencido por la palabra de Dios de que el pueblo quedaría libre del azote que se apromixaba sobre los egipcios, no titubeo. Por lo cual el Apóstol recomienda su fe en este punto.
Los que explican que Moisés celebró la pascua por fe y porque también tenía en perpectiva a Cristo, dicen la verdad ciertamente: pero el Apóstol aquí simplemente menciona su fe, porque confió sólo en la palabra de Dios, cuando el significado no se manifestaba aún; por lo tanto, los refinamientos filosóficos son aquí extemporáneos. Y la razón por la cual menciona sólo a Moisés como celebrante de la pascua, parece ser ésta, que Dios por medio de él instituyó dicha celebración.34
29. Por fe pasaron, etc. Es cierto que muchos entre aquella multitud fueron incrédulos; mas el Señor concedió a la fe de unos cuantos el que toda la muchedumbre pasara el Mar Rojo en seco; pero hubo una gran diferencia entre los israelitas y los egipcios; pues mientras los primeros pasaron a salvo, los últimos, persiguiendo a los israelitas, se ahogaron. La diferencia estribó pues en que los israelitas tenían la palabra de Dios y los egipcios no. Entonces el argumento toma su fuerza de lo que aconteció a los contrarios; y de aquí que él diga, que los egipcios fueron sumergidos. Ese desastroso evento fue el castigo de su temeridad, ya que por otra parte, los israelitas resultaron ilesos, porque confiaron en la palabra de Dios, y no se resistieron a marchar atravesando el mar.
30. Por fe cayeron los muros de Jericó, etc. Como ya nos demostró antes que el yugo de la esclavitud fue que brantado por la fe, ahora nos dice que por la misma fe el pueblo ganó la posesión de la tierra prometida. Porque al primer intento de penetrar se les cerró el paso a Jericó; pues estando la ciudad fortificada y casi inexpugnable, les impidió cualquier adelanto, y ellos no tenían medios con qué atacarla. El Señor ordenó a todos los hombres de guerra marchar al rededor de la ciudad una vez al día, y siete veces en el séptimo día. Aquella maniobra parecía infantil y ridícula; y sin embargo, ellos obedecieron el mandato divino; y no lo hicieron en vano, porque el éxito fue alcanzado de acuerdo con la promesa. Es evidente que los muros no cayeron por los gritos de los hombres, o por el sonido de las trompetas; sino porque el pueblo creyó que el Señor cumpliría lo que prometió.
Podemos también aplicar este acontecimiento para nuestro provecho e instrucción; porque no es en otra forma sino por la fe, como podemos ser librados de la tiranía del diablo; y por la propia fe es como logramos también poner en desbandada a nuestros enemigos, y hacer que sean derribadas todas las fortalezas del infierno.
31. Por fe Rahab la ramera, etc. Aunque a primera vista este ejemplo por razón de la bajeza de la persona, pueda parecer impropio y aun indigno de mencionarse, sin embargo, no fue presentado de manera inapropiada ni sin razón por el Apóstol. Hasta aquí él ha demostrado que los patriarcas, a quienes los judíos honraban y veneraban sobremanera, nada hicieron digno de encomio, que no fuera por la fe; y que todos los beneficios otorgados a nosotros por Dios, incluyendo los más extraordinarios, han sido el fruto de la misma fe: mas ahora nos enseña que una mujer extraña no sólo de condición humilde entre su propio pueblo, sino también de manifiesta inmoralidad, ha sido admitida dentro del cuerpo de la Iglesia por la fe.
De esto se infiere, que los que están más encumbrados, no cuentan delante de Dios, si no tienen fe; y por otra parte, aquellos a quienes difícilmente se les da lugar entre los profanos y réprobos, por la fe son admitidos en las compañías de los ángeles.
Además, Santiago también testifica de la fe de Rahab, (Sant. 2:25), y fácilmente puede saberse por la historia sagrada, que aquella mujer fue dotada de una fe verdadera; porque tuvo la plena convicción y certeza de lo que Dios había prometido a los israelitas; y de aquellos a quienes el temor impidió entrar en la tierra, ella solicitó indulgencia para sí y para sus amigos, como si ya fueran conquistadores; y en todo esto, ella no consideró a los hombres sino a Dios mismo. La evidencia de su fe quedó demostrada cuando recibió a los espías arriesgando su propia vida: luego, por la fe, ella salió ilesa en la destrucción de su propia ciudad. Se le menciona como ramera con el fin de amplificar la gracia de Dios.
Algunos, ciertamente, interpretan zoná como huéspeda, como si ella cuidara una casa pública o un mesón; pero como la palabra significa ramera en la Escritura, no hay razón para que la tengamos que explicar aquí en otra forma. Los rabinos, considerando extraño y vergonzoso para su nación, que los espías entraron en casa de una prostituta, han forzado la interpretación.35 Pero tal cosa no tiene fundamento; porque en la historia de Josué, la palabra ramera se agrega expresamente, con el objeto de que sepamos que los espías entraron a la ciudad de Jericó clandestinamente, y se escondieron en la casa de una ramera. Además, esto debe entenderse en cuanto a su vida pasada; porque la fe es una evidencia de arrepentimiento.
32 ¿Y qué más digo? porque el tiempo me faltará contando de Gedeón, de Barac, de Samsón, de Jefté, de David, de Samuel, y de los profetas.
33 Que por fe ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon las bocas de leones.
34 Apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas, trastornaron campos de extraños.
32. ¿Y qué más digo? etc. Como era de temerse que al referir sólo unos cuantos ejemplos, el autor apareciera como limitando las maravillas de la fe a unos pocos hombres, él se adelanta y dice que no terminaría si quisiera detenerse en cada ejemplo; pero lo que había expresado de unos pocos, abarcaba a toda la Iglesia de Dios.
En primer lugar el escritor alude al tiempo que transcurrió entre Josué y David, cuando el Señor suscitó Jueces para que gobernasen al pueblo; éstos fueron los cuatro que ahora menciona, Gedeón, Barac, Samsón y Jefté.
¿No fue maravilloso ciertamente que Gedeón con trescientos hombres atacara a una inmensa hueste de enemigos? ¿Y que el hecho de romper unos cántaros pareciera como una alarma simulada? Barac fue muy inferior a sus enemigos, y fue guiado únicamente por el consejo de una mujer. Samsón sólo fue un campesino, y jamás había utilizado otras armas que los implementos agrícolas: ¿cómo podría hacer frente a conquistadores tan experimentados, por cuyo poder el pueblo entero había sido subyugado? ¿Quién al principio no hubiera condenado la temeridad de Jefté, el cual se declaró vengador de un pueblo cuya esperanza estaba ya perdida? Pero como todos ellos siguieron la dirección de Dios, siendo animados por su promesa, ejecutaron lo que les ordenó, y fueron honrados con el testimonio del Espíritu Santo.36
Por tanto, el Apóstol atribuye a la fe todo lo que fue digno de elogio en ellos: aunque no hubo ninguno cuya fe no flaqueara. Gedeón fue lento en tomar las armas más de lo que debió haber sido; y no se aventuró sin alguna vacilación a confiarse en las manos de Dios. Barac al principio tembló, de modo que casi fue forzado por los reproches de Débora. Samsón, subyugado por los requiebros de una concubina, inconsideradamente traicionó la seguridad de todo el pueblo. Jefté, apresurándose en hacer un voto disparatado, y demasiado obstinado en ejecutarlo, estropeó la más grande victoria con la muerte cruel de su propia hija. Así, en todos los santos, siempre se encontrará algo reprochable; sin embargo, su fe aunque débil e imperfecta, es aprobada por Dios. No hay razón, por tanto, para que los errores bajo los cuales trabajamos nos derroten, o descorazonen, con tal de que por la fe sigamos adelante en la carrera de nuestro llamamiento.
De David, etc. Con el nombre de David el autor incluye a todos los reyes piadosos, y a ellos añade los nombres de Samuel y los profetas. En resumen, nos demuestra que el reino de Judá fue establecido por fe; y que se mantuvo hasta lo último por fe. Las abundantes victorias de David, sobre sus enemigos, fueron de sobra conocidas. Conocida también fue la integridad de Samuel, y su gran sabiduría en gobernar al pueblo. Conocidos también fueron los grandes favores otorgados por Dios a los santos profetas y reyes. El Apóstol declara que no hay cosa alguna en todos estos, que no deba atribuirse a la fe.
Empero él refiere sólo unos pocos de los innumerables beneficios de Dios, a fin de que los judíos puedan por un ejemplo sacar una conclusión general: que como la Iglesia siempre ha sido preservada por la mano de Dios y mediante la fe, así hoy no existe otro medio por el cual podamos conocer su bondad para con nosotros.
Fue por le que David tantas veces regresó a su patria como conquistador; que Ezequías sanó de su enfermedad; que Daniel volvió ileso de la cueva de los leones, y que sus amigos estuvieron dentro del horno ardiendo tan gozosos como si estuvieran en una verde pradera. Puesto que todas estas cosas fueron logradas por fe, debemos sentir la convicción, de que sólo por fe, y no por otra causa, se nos concede la bondad y la generosidad de Dios. Y debemos fijarnos muy especialmente en esa cláusula donde dice que ellos alcanzaron las promesas por fe;37 pues aunque Dios permanezca fiel, si nosotros no creemos, nuestra incredulidad vuelve ineficaces las promesas.
34. Fueron confortados de la flaqueza, etc., (griego). Crisóstomo relaciona esto con la restauración de los judíos del exilio, en donde estuvieron como hombres sin esperanza. Yo no desapruebo su aplicación al tratarse de Ezequiera que fueron abatidos: y los autenderla un poco más: que el Señor por su mano, levantó a sus santos dondequiera que fueron abatidos: y los auxilió en sus flaquezas, como para que tuvieran la suficiente fortaleza.
35 Las mujeres recibieron sus muertos por resurrección; unos fueron estirados, no aceptando el rescate, para ganar mejor resurrección;
36 Otros experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto prisiones y cárceles;
37 Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a cuchillo; anduvieron ron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;
38 De los cuales el mundo no era digno; perdidos por los desiertos, por los montes, por los cuevas y por las cavernas de la tierra.
39 Y todos éstos, aprobados por testimonio de la fe, no recibieron la promesa;
40 Proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados sin nosotros.
35. Las mujeres recibieron, etc. El ya mencionó casos en los cuales Dios premió la fe de sus siervos, ahora se refiere a ejemplos de otra naturaleza: que los santos, reducidos a extremas miserias, lucharon por fe como para mantenerse invencibles hasta la muerte. A primera vista, estos ejemplos difieren mucho: algunos triunfaron gloriosamente sobre sus enemigos, siendo salvados por el Señor a través de varios milagros, y rescatados mediante nuevos y extraños recursos, de la muerte; mientras que otros fueron tratados vergonzosamente, despreciados por casi todo el mundo, consumidos por la necesidad, tan odiados por todos que se vieron obligados a refugiarse en las guaridas de las fieras, y finalmente los hicieron salir para cometerlos a salvajes y crueles torturas: estos últimos parecían completamente abandonados del auxilio de Dios, que los expuso al orgullo y a la crueldad de los impíos. Estos parecen haber sido tratados de manera diferente de los primeros; y sin embargo, la fe dominó y fue igualmente poderosa para todos; aun más, en los últimos su poder resplandecía; porque la victoria de la fe aparece más espléndida ante el menosprecio de la muerte que si la vida se prolongara hasta la quinta generación. Es evidencia de una fe más gloriosa y digna de mayor encomio, cuando los reproches, la necesidad, y las extremas angustias se sobrellevan con resignación y firmeza, que cuando el restablecimiento de las enfermedades se obtiene milagrosamente, o que cuando se recibe cualquier otro beneficio divino.
En síntesis: la fortaleza de los santos, que ha sobresalido en todos las épocas, fue obra de la fe; porque nuestra debilidad es tal que no somos capacos de sobreponernos a los males, a no ser que la fe nos sostenga. Mas de aquí aprendemos, que todos los que verdaderamente confían en Dios son dotados del poder suficiente para resistir a Satanás en cualquier cosa que él pueda atacarlos, y especialmente para que la paciencia en sobrellevar los males jamás nos falte, si predomina la fe; por tanto, si desmayamos ante las persecuciones y la afrenta de la cruz, somos culpables de incredulidad. Pues la naturaleza de la fe es la misma ahora que en los días de los santos padres mencionados por el Apóstol. Entonces, si imitamos su fe, jamás seremos abatidos por la pereza o la indiferencia.
Unos fueron estirados, o torturados, etc. Por lo que se refiere a este verbo, etumpanisthesan, he seguido el ejemplo de Erasmo, aunque otros lo interpretan “encarcelados.” Empero el significado más sencillo, según mi opinión, es que ellos fueron estirados sobre un bastidor, como la piel de un tambor cuando se restira.38 Al decir que fueron tentados, parece que él hablaba de lo superfluo; y no dudo que la semejanza en las palabras epristhesan y epeirásthesan, haya sido la razón de que la palabra fuera añadida por algún copista inexperto, y así se deslizó dentro del texto; así lo ha pensado Erasmo también.39 Por pieles de ovejas y de cabras, no pienso que signifique tiendas de campaña fabricadas de estos materiales, sino el vil y tosco vestido de los santos que usaron al peregrinar en los desiertos.
Ahora bien, aunque algunos dicen que Jeremías fue apedreado, que Isaías fue aserrado y partido por la mitad, y aunque la historia sagrada relate que Elías, Eliseo y otros profetas, peregrinaron por las montañas y las cuevas; sin embargo, yo no dudo que él se refiere aquí a esas persecuciones que Antíoco llevó a cabo contra el pueblo de Dios, y otras que siguieron después.
No aceptando el rescate, etc. El habla aquí de manera apropiada: pues si ellos hubieran negado a Dios habrían conservado la vida; pero a un precio sumamente vergonzoso. Para que ellos, pues, pudieran vivir para siempre en el cielo, despreciaron la vida en la tierra. De no haber obrado así, habrían negado a Dios, y repudiado también su llamamiento. Mas nosotros debemos escuchar lo que Cristo dice, que si queremos salvar nuestras vidas en este mundo, las perderemos para siempre. Por lo tanto, si el verdadero amor de una resurrección futura mora en nuestros corazones, fácilmente nos conducirá al menosprecio de la muerte. Y sin duda, debemos vivir únicamente como si viviéramos para Dios: tan pronto como se nos impida vivir para Dios, debemos voluntariamente y sin vacilación alguna afrontar la muerte. Además, mediante este versículo, el Apóstol confirma lo que ya expresó, que los santos se sobreponen a todos los sufrimientos por fe; porque si sus pensamientos no hubieran sido confortados con la esperanza de una bendita resurrección, habrían fracasado inmediatamente.40
De aquí también podemos sacar un incentivo muy necesario, por el cual po demos fortalecernos en las adversidades. Pues no debemos rechazar el favor divino de relacionarnos con hombres tan santos, de quienes sabemos fueron ejercitados y probados en muchos sufrimientos. Aquí ciertamente se narran, no los sufrimientos de unos cuantos individuos, sino las persecuciones ordinarias de la Iglesia, y éstas, no por uno o dos años, sino de las que duraban por generaciones. No es de extrañar, entonces, si a Dios le place poner hoy a prueba nuestra fe mediante los mismos sufrimientos; ni debemos pensar que somos abandonados por él, porque sabemos bien que él tuvo cuidado de los santos padres, quienes sufrieron lo mismo antes que nosotros.41
38. De los cuales el mundo no era digno, etc. Entretanto que los santos profetas anduvieron errantes como fugitivos entre bestias salvajes, pudieron haber parecido indignos de ser sustentados sobre la tierra; pues ¿cómo fue que ellos no pudieron encontrar lugar entre los hombres? Sin embargo, el Apóstol invierte este sentimiento, y dice que el mundo no fue digno de ellos; porque a dondequiera que llegan los siervos de Dios, traen consigo su bendición, como la fragancia de un olor agradable. Así la casa de Potifar fue bendita por causa de José (Gen. 39:5), y Sodoma hubiera sido salvada al haberse encontrado en ella diez hombres justos (Gen. 18:32). Por consiguiente, aunque el mundo pueda desechar a los siervos de Dios como basura, ha de considerarse como un juicio divino el que no los pueda soportar; porque siempre los acompaña una bendición de Dios. Cuando los justos sean arrebatados de entre nosotros, sepamos que tales cosas son presagios de males para nosotros; porque somos indignos de tenerlos con nosotros, para que no perezcan juntamente con nosotros.
Al mismo tiempo los justos tienen abundantes razones para consolarse, aunque el mundo los desprecie; porque ellos se dan cuenta que lo mismo aconteció a los profetas, quienes encontraron más clemencia entre los animales salvajes que entre los hombres. Fue con este pensamiento que Hilario se confortó al ver que la Iglesia era atacada y destrozada por los crueles tiranos, que entonces utilizaron al emperador romano como verdugo; sí, ciertamente aquel santo hombre recordó lo que el Apóstol dice aquí de los profetas: “Montes y bosques,” dijo él, “y calabozos y prisiones, son para mí más seguros que los espléndidos templos; porque los profetas entretanto que permanecieron o fueron sepultados en aquellos, todavía profetizaban por el Espíritu de Dios.” Nosotros también debemos tomar valor en esta forma, para que podamos despreciar abiertamente al mundo; y si éste nos desechara, sepamos que hemos salvado un abismo fatal, y que Dios vela por nuestra seguridad, para que no sucumbamos en la misma destrucción.
39. Y todos estos, etc. Aquí tenemos un argumento de menos a más porque si aquellos sobre quienes la luz de la gracia no resplandecía aún con tan intenso fulgor, demostraron una constancia tan grande al sobrellevar los males, ¿qué no debería producir en nosotros la luz meridiana del evangelio? Si una pequeña chispa de luz los condujo a ellos hasta el cielo; ahora que el sol de justicia brilla sobre nosotros, ¿con qué pretexto podemos disculparnos si todavía nos apegamos a la tierar? He aquí el verdadero significado de lo que quiso decirnos el Apóstol.42
Yo sé que Crisóstomo y otros han dado una explicación diferente, pero el contexto demuestra claramente que lo que aquí se pretende es poner de manifiesto la diferencia en la gracia que Dios concedió a los fieles durante la ley, y la que nos da a nosotros ahora. Pues ya que una gracia más abundante es derramada sobre nosotros, parecería extraño que tuviéramos menos fe. El Apóstol afirma, pues, que aquellos padres que estuvieron dotados de fe tan extraordinaria, no tenían, sin embargo, tan poderosas razones para creer como nosotros las tenemos. Inmediatamente después expone la razón de por qué Dios se propuso unirnos a todos en un cuerpo, y por qué también repartió a ellos una pequeña porción de su gracia, precisamente con el objeto de aplazar hasta su plena perfección en nuestro tiempo, la venida de Cristo.
Y ciertamente es una singular evidencia de la generosidad de Dios para con nosotros, que aunque él se haya mostrado bondadoso para con sus hijos desde el principio del mundo, no obstante ha repartido su gracia en tal forma como para asegurar el bienestar de todo el cuerpo. ¿Qué más pudiera desear alguno de nosotros, si en todas las bendiciones que regaló a Abrahán, a Moisés, a David, y a todos los patriarcas, profetas y reyes piadosos él nos tomó en cuenta, para que fuésemos unidos a ellos en el cuerpo de Cristo? Sepamos, pues, que doble y triplemente seremos ingratos para con Dios, si se manifiesta menos fe en nosotros durante el reino de Cristo que la que tuvieron los padres durante la ley, al ser probados por tan extraordinarios ejemplos de paciencia. Por las palabras, no recibieron la promesa, ha de entenderse su cumplimiento final, que se realizó en Cristo, sobre lo cual ya hemos hablado anteriormente.
Capítulo 12
1 Por tanto nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos rodea, corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta,
2 Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús; el cual habiéndote sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y sentóse a la diestra del trono de Dios.
3 Reducid pues a vuestro pensamiento a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, porque no os fatiguéis en vuestros ánimos desmayando.
1. Por tanto nosotros también, etc. Esta conclusión es como un epílogo al capítulo anterior, donde el autor indica el por qué nos ofreció un catálogo de los santos que destacaron en su fe durante el período de la ley, para que todos nos dispongamos a imitarlos; y llama metafóricamente nube a una gran multitud, porque coloca la gran masa de creyentes en oposición a lo que está en menor proporción.1 Si ellos hubieran sido pocos numericamente, nos hubieran animado con su ejemplo; mas como son una enorme muchedumbre, deben estimularnos sobremanera.
Afirma el Apóstol que estamos rodeados por este numeroso séquito, de modo que a donde quiera que volvamos nuestros ojos inmediatamente nos topamos con muchos ejemplos de fe. La palabra testigos yo no la tomo en el sentido general, como si los llamara mártires de Dios, yo la aplicó al caso que nos presenta, como si hubiera dicho que la fe queda suficientemente probada por el testimonio de ellos, de modo que no deje lugar a dudas; pues las virtudes de los santos son otros tantos testimonios que nos fortalecen para que, contando con ellos como nuestros guías y compañeros, sigamos adelante, hacia Dios, con más presteza.
Dejando todo el peso, o toda la carga, etc. Como el autor se refiere a una “carrera,” nos pide que vayamos ligeramente equipados; pues no hay cosa peor para impedirnos acelerar el paso como el ir sobrecargados. Ahora bien, hay diferentes cargas que retrasan y estorban nuestra marcha espiritual, tales como el apego a esta vida presente, los placeres del mundo, los apetitos carnales, los cuidados del mundo, también las riquezas y los honores, y otras cosas semejantes. Quienquiera, pues, que que desee participar en la carrera cristiana, debe primero desembarazarse de todos estos impedimentos, porque ya de por sí somos más lentos de lo que debiéramos ser, de suerte que no debemos añadir otros motivos de dilación.
Sin embargo, no se nos pide que desechemos las riquezas u otras bendiciones de esta vida, a menos que retarden nuestra marcha, pues Satanás, por medio de éstas, como también por los amanes del mundo nos demora y obstaculiza.
Ahora bien, la metáfora de una carrera con frecuencia se emplea en las Escrituras; mas aquí no significa cualquier clase de carreras, sino una competencia que exige los más grandes esfuerzos. La significación de lo que se ha dicho, es que estamos comprometidos en un torneo, en una carrera, y precisamente la más famosa de todas, ya que muchos espectadores nos rodean y el Hijo de Dios es el árbitro quien nos invita y exhorta a ganar el premio; por tanto, sería muy vergonzoso para nosotros el desmayar, o detenernos, o quedar inactivos en la mitad del camino. Y al mismo tiempo, los santos hombres que hemos mencionado, no únicamente son espectadores, sino que son también competidores en la misma carrera, habiéndonos precedido para señalarnos el rumbo; sin embargo, el autor prefirió llamarlos testigos en vez de corredores, a fin de insinuar que no son rivales que tratan de arrebatarnos el premio, sino partidarios nuestros que aplauden y celebran nuestra victoria; y Cristo, además de ser el árbitro, extiende también su mano hacia nosotros, y nos provee de energía y fortaleza, en suma, él nos prepara y entrena para ingresar en la carrera, y mediante su poder nos lleva hasta la meta final.
El peso del pecado que nos rodea, etc. He aquí la carga más pesada que dificulta la carrera. Y afirma que estamos impedidos, para que sepamos que nadie es apto para correr a no ser que se despoje de todos los estorbos e impedimentos. El Apóstol no se refiere a lo exterior y visible o al pecado actual, como afirman algunos, sino al origen mismo, o sea la concupicencia o lujuria, que en tal forma domina cada parte de nuestro ser, que a veces nos sentimos como atrapados en ella.2
Corramos con paciencia, etc. Por medio de esta palabra paciencia se nos recuerda lo que el Apóstol dijo que se tuviera siempre en cuenta al tratarse de la fe, o sea, que hemos de buscar en espíritu el reino de Dios, invisible a la carne, y que rebasa todo lo que nuestras mentes pueden entender; pues los que están ocupados en la contemplación de este Reino, fácilmente pueden despreciar todas las cosas terrenales. El no podía, pues, en forma más efectiva, arrancar a los judíos de sus ceremonias, que llamando su atención al verdadero ejercicio de la fe, por lo cual podrían aprender que el reino de Cristo es espiritual, e infinitamente superior a los elementos del mundo.
2. Quien, habiéndole sido propuesto gozo, etc. Aunque la expresión en latín es algo ambigua, no obstante y de acuerdo con el texto griego, la explicación del Apóstol es muy clara; pues él insinúa que aun cuando Cristo quedó en libertad de librarse de toda aflicción y llevar una vida feliz con abundancia de todas las cosas, sin embargo, él sufrió una muerte cruel, y por todos conceptos ignominiosa. Porque la expresión le fue propuesto gozo, es lo mismo que habiéndole ofrecido gozo; y gozo incluye toda suerte de disfrutes o placeres. Y el Apóstol dice habiéndole ofrecido, porque la facultad de aprovecharse de este gozo estaba en Cristo mismo, si así le placía. Además, si alguno piensa que la preposición antí denota la causa final, no me opongo completamente; en tal caso el significado sería que Cristo no rechazó la muerte de cruz, porque vio sus benditos resultados. Con todo, prefiero la primera explicación.3
Pero el autor nos recomienda la paciencia de Cristo por dos razones, porque soportó la muerte más cruel, y porque menospreció la vergüenza. Después menciona el glorioso fin de su muerte, para que los fieles sepan que todos los males que tengan que sobrellevar redundarán en beneficio de su salvación y gloria, con tal que sigan a Cristo. Así también lo afirma Santiago: “Habéis oído la paciencia de Job, y habéis visto su fin” (Sant. 5:11). Por consiguiente, el Apóstol da a entender que el fin de nuestros sufrimientos será el mismo de los de Cristo, de acuerdo con lo que dice Pablo, “Si sufrimos con él, también con él reinaremos” (Rom. 8:17).
3. Reducid pues a vuestro pensamiento, etc. El vigoriza su exortación comparando a Cristo con nosotros; porque si el Hijo de Dios, a quien todos debemos adorar, soportó voluntariamente tales conflictos, ¿quién de nosotros desdeñaría someterse juntamente con él al yugo de los mismos? Este solo pensamiento debería ser suficiente para vencer todas las tentaciones, esto es, cuando sabemos que somos compañeros del Hijo de Dios y que él, estando mucho más elevado que nosotros, voluntariamente descendió a nuestra condición, a fin de animarnos con su propio ejemplo; ciertamente es así como cobramos ánimo, que de otro modo se desvanecería, y tal vez se tornaría en desesperación.
4 Que aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.
5 Y estáis ya olvidados de la exhortación que como con hijos habla con vosotros, diciendo: Hijo mió, no menosprecies el castigo del Señor, ni desmayes cuando eres de él reprendido.
6 Porque el Señor al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo.
7 Si sufrís el castigo, Dios se os presenta como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no castiga?
8 Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos.
4. Que aún no habéis resistido hasta la sangre, etc. El Apóstol se adentra más en el asunto, porque nos recuerda que también cuando los impíos nos persiguen por causa de Cristo, luchamos contra el pecado En esta contienda Cristo no podía entrar, porque él era puro y libre de todo pecado; a este respecto, sin embargo, diferimos de él, porque el pecado siempre mora en nosotros, y las aflicciones sirven para dominarlo y hacerlo huir.
En primer lugar, sabemos que todos los males que existen en el mundo, y especialmente la muerte, emanan del pecado; empero de esto no trata ahora el Apóstol; él únicamente nos demuestra que las persecuciones que sufrimos por causa del evangelio son, por otra parte, provechosas para nosotros, pues nos ayudan a destruir el pecado; porque de este modo Dios nos mantiene bajo el yugo de su disciplina, para que nuestra carne no se desenfrene; algunas veces él así reprime a los impetuosos, y castiga nuestros pecados, para que en el futuro seamos más precavidos. Si es que él aplique así el remedio de nuestros pecados, o que se anticipe a nuestro pecar, en cualquier forma él nos ejercita en el conflicto contra el pecado, a que alude el Apóstol. Con este honor verdaderamente el Hijo de Dios nos favorece, pues por ningún motivo considera él lo que sufrimos, por su evangelio, como un castigo por el pecado. Nos corresponde aún reconocer lo que el Apóstol nos dice en este lugar, para que así aboguemos y defendamos la causa de Cristo contra los impíos, y al mismo tiempo sigamos la lucha contra el pecado, nuestro enemigo interno. Así, la gracia de Dios para con nosotros es doble pues los remedios que aplican para sanar nuestros vicios, los emplea con objeto de defender su evangelio.4
Mas tengamos presente a quién se dirige el Apóstol, precisamente a aquellos que con gozo habían sufrido la pérdida de sus bienes, y soportando muchos vituperios; y sin embargo, los acusa de perezosos, porque desmayaban a medio camino en la carrera, y no continuaban valerosamente hasta el fin. Por tanto, no hay razón para que pidamos del Señor un descanso, sea cual fuere el servicio que hayamos rendido; pues Cristo no licenciará a sus soldados, hasta que hayan conquistado la misma muerte.
5. Y estáis ya olvidados, etc. Yo leo estas palabras en forma interrogativa; porque él pregunta, si habían olvidado ya, insinuando que todavía no lo habían hecho. Mas ahora introduce aquí la enseñanza de que es provechoso y necesario para nosotros el ser disciplinados por la cruz y alude al testimonio de Salomón, el cual incluye dos partes; la primera es, que no debemos rechazar la corrección del Señor; y en la segunda se expone la razón de ello: porque el Señor ama a quienes castiga.5 Mas como Salomón comienza así, hijo mío, el Apóstol nos recuerda que debemos ser atraídos por tan dulce y tierna expresión, y que esta exhortación debería penetrar hasta lo profundo de nuestros corazones.6
Ahora bien, he aquí el argumento de Salomón: si los castigos de Dios son prueba de su amor para con nosotros, es una vergüenza que sean vistos con repulsión y odio. Pues los que no soportan el castigo de Dios para su propia salvación, rechazan, ciertamente, una prueba de su bondad paternal, y deben ser muy ingratos.
6. Porque el Señor al que ama, etc. Esta no parece ser una razón bien fundada; porque Dios visita a los elegidos así como a los réprobos indistintamente, y sus castigos manifiestan su ira con más frecuencia que su amor; así lo dice la Escritura, y la experiencia también lo confirma. Sin embargo, no es de extrañar que sólo cuando se dirige a los fieles, el efecto del castigo que ellos sienten, es mencionado. Porque como quiera que Dios se presente cual severo y airado juez para con los réprobos, siempre que los castiga; con todo él no tiene otro fin, en perspectiva, en cuanto a los elegidos, que el de promover su salvación; y el castigo, en tal caso, es una demostración de su amor paternal. Además, como los réprobos no saben que son gobernados por la mano de Dios, siempre piensan que las aflicciones les vienen por casualidad. Así como cuando un joven perverso abandona la casa de su padre y vaga muy lejos y se agota, padece hambre, frío, y otras calamidades, ciertamente sufre el justo castigo de su locura, y aprende mediante sus sufrimientos la ventaja de ser obediente y sumiso a su padre; pero todavía no reconoce esto como un castigo paternal. Así sucede con los impíos, quienes, en cierta forma, se han alejado del Padre celestial y su familia, pero no entienden que la mano de Dios los alcanza.
Recordemos, pues, que la prueba del amor de Dios no puede ser una realidad para nosotros en medio de castigos, a no ser que estemos convencidos de que son castigos paternales con los cuales él castiga nuestros pecados. Tal cosa no puede pasar por la mente de los réprobos, porque ellos son como fugitivos. Puede añadirse además, que el juicio debe comenzar por la casa de Dios; aunque a veces biera a extraños y familiares igualmente, él, con todo, extiende su mano hacia los últimos para demostrarles que son objeto de su cuidado divino. Pero la verdadera solución al problema es la anterior, es decir, que todo aquel que sepa y esté cierto de que es castigado por Dios, inmediatamente debe ser guiado por el pensamiento de que es castigado, porque es amado de Dios. Porque cuando los fieles saben de que Dios interviene en su castigo, ellos se dan cuenta de que es una prueba segura de su amor, pues de no amarlos no estaría preocupado por su salvación. Por lo cual el Apóstol afirma que Dios se ofrece como Padre a todos los que sufren la corrección. Pues todos los que dan coces, cual caballos ingobernables, o que testarudamente resisten, no pertenecen a esta clase de hombres. En una palabra, el Apóstol nos demuestra que las correcciones de Dios sólo son paternales cuando obedientemente nos sometemos a él.7
7. Porque, ¿qué hijo es aquel? etc. El razona tomando como punto de partida lo que sucede en la vida de los hombres; concluyendo que, por ningún motivo es justo o conveniente que los hijos de Dios queden exentos de la disciplina de la cruz: porque si entre nosotros no hay uno, al menos un hombre prudente y con sano juicio, que descuide la corrección de sus hijos, porque sin la disciplina jamás podrán ser guiados a observar buena conducta, Dios, como Padre más sabio y mejor, mucho menos descuidará al aplicarnos remedio tan necesario.
Mas si alguno objetare y dijere que las correcciones de esta naturaleza cesan entre los humanos tan pronto como los hijos llegan a ser hombres; a esto respondo, que entre tanto que vivamos, no somos más que niños con respecto a Dios, y esta es la razón por qué la vara de Dios debe siempre ser aplicada a nuestras espaldas. Por consiguiente, el Apóstol justamente deduce que todos los que procuran quedar exentos de la disciplina de la cruz, actúan como si ellos mismos se excluyeran del número de sus hijos.
De aquí se saca que el beneficio de la adopción no es valorizado por nosotros como debiera ser, y que la gracia de Dios es totalmente rechazada cuando procuramos evadirnos de sus castigos; y esto es lo que hacen todos los que no soportan sus aflicciones con paciencia. ¿Pero por qué llama “bastardos” a los que desprecian la corrección y no “extraños?” Precisamente porque el Apóstol se dirigía a los que pertenecían a la Iglesia. y eran, por esta razón, hijos de Dios. Por tanto, insinúa que el ser cristiano sería falso e ilusorio si se excluían a sí mismos de la disciplina del Padre, y que en esta forma se convertirían en “bastardos,” y dejarían de ser “hijos.”8
9 Por otra parte, tuvimos por castigadores a los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos, ¿por qué no obederemos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?
10 Y aquéllos, a la verdad, por pocos días nos castigaban como a ellos les parecía, mas éste para lo que no es provechoso, para que recibamos su santificación.
11 Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia a los que en él son ejercitados.
9. Por otra parte, tuvimos por castigadores, etc. Esta comparación tiene diferentes partes: siendo la primera, que si mostrábamos tanto respeto hacia los padres de quienes descendimos físicamente, como para someternos a su disciplina, entonces para con Dios, que es nuestro Padre espiritual, estamos obligados a tributarle mucho más honor; la otra es, que la disciplina aplicada por los padres a sus hijos, es útil sólo para la vida presente, mas aquella que Dios se propone, tiene como objetivo el prepararnos para la vida eterna; y la tercera es, que los hombres castigan a sus hijos como a bien lo tienen, empero Dios regula su disciplina en la mejor forma, y con perfecta sabiduría, de suerte que no existe en ella sino lo que se ha ordenado debidamente. El pues, en primer lugar, establece la diferencia entre Dios y los hombres, afirmando que ellos son padres de la materia, mas él es el Padre del espíritu; y en esta diferencia el Apóstol se explaya comparando la carne con el espíritu.
Mas pudiera interrogarse, ¿qué no es Dios también nuestro Padre en cuanto a la materia? pues no sin razón Job menciona la creación del hombre como uno de los principales milagros de la divinidad: de aquí que por este motivo también él justamente merece el nombre de Padre. Si afirmáramos que Dios es el Padre de los espíritus, por ser él únicamente el Creador y Regenerador de nuestras almas, excluyendo toda intervención humana, podría afirmarse además, que Pablo se gloriaba en ser el Padre espiritual de los que había engendrado en Cristo por el evangelio. A esto yo replico, que Dios es el Padre del cuerpo así como del alma, y propiamente hablando, él es el único y verdadero Padre; mas este nombre sólo a manera de concesión se aplica a los hombres, tanto en relación al cuerpo como al alma. Sin embargo, al crear las almas, él se vale de la instrumentalidad de los hombres, y en cuanto las renueva en forma maravillosa por el poder de su Espíritu, es llamado por antonomasia el Padre de los espíritus.9
Cuando el autor afirma que los reverenciábamos, se refiere a un sentimiento implantado en nosotros por naturaleza, de modo que nosotros respetemos a nuestros padres aun cuando ellos nos traten con severidad. Al expresar, ¿qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus? el autor insinúa que no es sino justo el conceder a Dios la autoridad que tiene sobre nosotros por derecho de paternidad. Al afirmar, y viviremos, él señala la causa o el fin, pues la conjunción y ha de interpretarse para, “para que vivamos.” Ahora bien, por esta palabra vivamos también se nos advierte que nada hay tan desastroso para nosotros como el negarse a rendir obediencia y sumisión a Dios.
10. Y aquellos, a la verdad, por pocos días, etc. La segunda ampliación del asunto, como ya expresé, consiste en que los castigos de Dios están destinados a subyugar y mortificar nuestra carne, a fin de que seamos renovados para una vida celestial. De esto podemos deducir, que su utilidad o beneficio ha de ser perpetuo; pero tal beneficio no puede esperarse de los hombres, porque su adiestramiento tiene que ver con la vida civil, y por lo tanto pertenece propiamente al mundo actual. Por consiguiente, estos castigos rinden una utilidad mucho mayor, así como la santidad espiritual otorgada por Dios excede sobremanera a las comodidades relacionadas con el cuerpo.
Pero si alguno objetare y dijere, que es obligación de los padres educar a sus hijos en el temor y adoración de Dios, y que por lo tanto su disciplina no ha de limitarse a un breve período de tiempo; a esto replico que ciertamente es verdad, mas el Apóstol habla aquí de la vida doméstica, así como nosotros estamos acostumbrados a hablar del gobierno civil; pues, aunque corresponde a los magistrados defender la religión, sin embargo afirmamos que su ministerio está confinado dentro de las fronteras de esta vida, porque de otra manera el gobierno civil y terrenal no podría distinguirse del reino espiritual de Cristo.
Además, al afirmar que los castigos de Dios son útiles para hacer a los hombres partícipes de su santidad, esto no ha de tomarse al pie de la letra como si ellos realmente nos hicieran santos, sino más bien que ayudan a nuestra santificación, pues por medio de ellos el Señor nos ejercita en la obra de la mortificación de la carne.
11. Es verdad que ningún castigo, etc. Agrega esto para que no apreciemos los castigos de Dios a través de nuestros sentimientos actuales; porque nos demuestra que somos semejantes a los niños que temen el castigo, esquivándolo lo más que pueden, pues debido a su edad no pueden juzgar aún cuán provechoso puede serles. Entonces, el objeto de esta amonestación es hacernos entender que los castigos no pueden ser estimados rectamente si se juzgan por lo que la carne siente al recibirlos, y por consiguiente debemos fijar nuestra vista en el objetivo final: así recibiremos el fruto apacible de justicia. Por el fruto de justicia el autor quiere decir el temor del Señor y una vida piadosa y santa, de la cual la cruz es el maestro. La llama apacible, porque en las adversidades somos dados a alarmarnos e inquietarnos, siendo tentados por la impaciencia, aceptamos resignadamente que el castigo nos fue muy provechoso, y no severo y cruel como antes lo pensábamos.10
12 Por lo cual alzad las manos caídas y las rodillas paralizadas;
13 Y haced derechos pasos a vuestros pies, porque lo que es cojo no salga fuera de camino, antes sea sanado.
14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor;
15 Mirando bien que ninguno se aparte de la gracia de Dios, que ninguna raíz de amargura brotando os impida, y por ella muchos sean contaminados;
16 Que ninguno sea fornicario, o profano, como Esaú, que por una vianda vendió su primogenitura.
17 Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue reprobado (que no halló lugar de arrepentimiento,) aunque la procuró con lágrimas.
12. Por lo cual alzad, etc. Después de enseñarnos que Dios considera nuestra salvación cuando nos castiga, en seguida nos exhorta a que nos esforcemos valerosamente; pues nada nos debilitará y desanimará tanto como la influencia de una falsa idea que nos haga creer que carecemos de una prueba de la gracia de Dios en medio de las adversidades. Por lo tanto, no existe cosa más eficaz para levantarnos el ánimo como la insinuación de que Dios está presente a nuestro lado, y es solícito acerca de nuestro bienestar, aun cuando nos aflija. Pero en estas palabras el Apóstol no sólo nos exhorta a sobrellevar las aflicciones con valor, sino también nos recuerda que no existe razón para que seamos negligentes y perezosos en el cumplimiento de nuestro deber; pues por experiencia sabemos muy bien que el temor a sufrir la cruz nos impide servir a Dios como conviene. Muchos estarían dispuestos a profesar su fe, mas como temen la persecución, las manos y los pies no actúan de acuerdo con los impulsos piadosos del pensamiento. Muchos estarían dispuestos a contender por la gloria de Dios, a defender lo que es bueno y justo en privado y en público, y a cumplir sus deberes para con Dios y para con sus hermanos; mas como el peligro surge del odio de los malvados, en cuanto ven las muchas dificultades que les esperan, se quedan sin hacer nada, con los brazos cruzados.
Si desapareciera este gran temor a la cruz, y si estuviéramos preparados para el sufrimiento, no habría nada en nosotros que no fuese idóneo y adaptado para hacer la voluntad de Dios. Esto es, entonces, lo que el Apóstol asegura aquí: “Vosotros,” agrega, habéis estado con los brazos caídos y las rodillas debilitadas, porque ignorábais la verdadera consolación que hay en la adversidad; por esto sois perezosos en el cumplimiento del deber: mas como ahora os he demostrado cuán útil es la disciplina de la cruz, esta doctrina debería infundir nuevo vigor a todos vuestros miembros, para que podáis estar listos y prontos, con manos y pies, a seguir el llamado de Dios.” Además, parece aludir a un pasaje en Isaías (35:3), donde el profeta ordena a los maestros piadosos fortalecer las vacilantes rodillas y manos débiles, ofreciéndoles la esperanza de la gracia; empero el Apóstol manda a todos los fieles que hagan esto; porque siendo este el beneficio de la consolación que Dios nos ofrece, y como es deber del maestro corroborar a toda la Iglesia, también cada uno tiene el deber de fortalecerse a sí mismo, aplicando a su caso la doctrina que necesita.11
13. Y haced derechos pasos, etc. El autor hasta aquí nos ha enseñado a apoyarnos en las consolaciones divinas, para que seamos atrevidos y enérgicos en la conducta recta, ya que su ayuda es nuestro único sostén; ahora añade otra cosa más, que debemos caminar con prudencia y seguir un camino recto; porque el fervor indiscreto no es menos malo que la inactividad y la tibieza. A un tiempo, este modo de caminar que él recomienda, se mantiene cuando los pensamientos del hombre dominan todo temor, y consideran únicamente lo que Dios aprueba; pues el temor es siempre muy ingenioso para descubrir otros caminos. Como siempre buscamos senderos tortuosos, cuando nos encontramos embrollados por el temor pecaminoso; así también por otra parte, el que se ha preparado para soportar los males, sigue adelante la senda recta por donde el Señor lo llame, y no se vuelve a derecha ni a izquierda. En resumen, él nos prescribe esta regla para nuestra conducta, a fin de que nuestros pasos sean guiados de acuerdo con la voluntad de Dios, de suerte que ni el temor ni las atracciones del mundo, ni otras cosas, puedan apartarnos de ella.12
De aquí que añade: Porque lo que es cojo no se salga fuera del camino, o, no sea que cojeando se extravíe; es decir no sea que por cojear, a la larga, se queden lejos del camino. El llama cojear, cuando las mentes de los hombres fluctúan, y no se consagran sinceramente a Dios. Así habló Elías a quienes mezclaron sus propias supersticiones con el culto divino: “¿Hasta cuándo claudicaréis (hebreo, cojear) entre dos opiniones?” (1 Reyes 18:21.) Y es una forma digna de hablar, porque es peor extraviarse que cojear. Ahora bien, los que comienzan a renquear no se salen del camino recto inmediatamente, sino que poco a poco se apartan de él, hasta que después de haber sido llevados por un sendero diferente se quedan embrollados en medio del laberinto satánico. De aquí que el Apóstol nos amoneste a que luchemos por suprimir a tiempo este renqueo; porque si cejamos, a la larga nos apartará de Dios.
Las palabras ciertamente pueden interpretarse: “No sea que el cojear se empeore,” o se desvíe; con todo, el significado permanecería igual; pues lo que el Apóstol insinúa es que los que no se mantienen rectos en su marcha, sino que gradual y descuidadamente se vuelven aquí y allá, eventualmente quedarán por completo alejados de Dios.13
14. Seguid la paz, etc. Los hombres nacen ya con una tendencia que parece rehuir la paz; pues todos consideran sus propios intereses, siguen sus propios caminos, y no se preocupan por adaptarse a la línea de conducta de los demás. A menos que con energía trabajemos para seguir la paz, jamás la retendremos; pues diariamente pasarán muchas cosas que nos darán ocasión para discordias. He aquí la razón por la cual el Apóstol inmediatamente agrega que ello equivale a decir que no sólo debemos cultivarla porque nos convenga, sino que debemos esforzarnos con toda solicitud por conservarla entre nosotros. Y esto no podrá lograrse excepto que olvidemos muchas ofensas y practiquemos la mutua indulgencia.14
Sin embargo, como la paz no puede ser mantenida con los impíos, a no ser que aprobemos sus vicios y maldades, el Apóstol inmediatamente agrega que la santidad tiene que seguirse juntamente con la paz; como si nos recomendara la paz con esta excepción, que no debemos permitir que la amistad de los malos nos corrompa o contamine; porque la santidad tiene una consideración especial para Dios. Por consiguiente aunque el mundo entero se levantara en una guerra fulminante, la santidad, con todo, no ha de abandonarse, porque es el vínculo de nuestra unión con Dios. En suma, fomentemos la concordia entre los hombres, pero únicamente, de acuerdo con el probervio, “hasta donde la conciencia lo permita.”
El declara que sin la santidad nadie verá al Señor; porque no veremos a Dios más que con los ojos del espíritu renovados conforme a su imagen.
15. Mirando bien, o cuidando, o precaviendo cuidadosamente, etc.15 Por estas palabras insinúa el Apóstol que es muy fácil apostatar de la gracia de Dios; pues no sin razón exige la vigilancia, porque tan pronto como Satanás nos ve confiados o descuidados, instantáneamente nos embauca. En resumen, tenemos necesidad de esforzarnos y vigilar, si hemos de perseverar en la gracia de Dios.
Además, en la palabra gracia, incluye toda nuestra vocación. Si alguno deduce de aquí que la gracia de Dios no es eficaz, excepto que nosotros mismos espontáneamente cooperemos con ella, tal argumento es trivial. Bien sabemos cuán grande es la pereza de nuestra carne que necesita, por tanto, de continuos incentivos; mas cuando el Señor nos estimula por medio de advertencias y exhortaciones, al propio tiempo él mueve y excita nuestros corazones, para que sus exhortaciones no sean en vano, o se pasen por alto sin efecto alguno. Por consiguiente, de los preceptos y exhortaciones no hemos de deducir lo que el hombre puede hacer de sí mismo, o cuál sea el límite del libro albedrío; porque, sin duda la atención o asiduidad que el Apóstol exige aquí, es un don de Dios.
Que ninguna raíz, etc. No dudo que el autor de la Epístola se refiera aquí a un pasaje escrito por Moisés en Deuteronomio 19:18; porque después de haber promulgado la ley, Moisés exhortó al pueblo a estar alerta contra alguna raíz que al germinar produjera hiel y ajenjo entre ellos. Poco después explica lo que quiso decir: que nadie dejándose llevar por el pecado, a semejanza de los borrachos que están acostumbrados a provocarse el deseo, estimulando los apetitos pecaminosos, acarreara el menosprecio de Dios por medio de la seductora esperanza de la impunidad. De esto mismo habla ahora el Apóstol; pues predice lo que pasará si permitimos que dicha raíz crezca; corromperá y contaminará a muchos. El Apóstol no sólo pide a cada uno que arranque esa peste de su corazón, sino también les prohibe que la dejen crecer entre ellos. No puede evitarse, ciertamente, que estas raíces se encuentran siempre en la Iglesia porque los hipócritas y los impíos siempre, se mezclan con los buenos; mas cuando éstas broten deberán ser cortadas, no sea que al crecer ahoguen la buena semilla.
El llama amargura a lo que Moisés designa como hiel y ajenjo; pero ambos se refieren a una raíz venenosa y mortal. Puesto que es tan fatal y tan mala, nos corresponde eliminarla con esfuerzos denodados, para que no brote y se extienda más.16
16. Que ninguno sea fornicario, o profano, etc. Así como antes les había exhortado a la santidad, así ahora, para reivindicarlos de las contaminaciones opuestas a ella, menciona una clase particular de contaminación y dice, “Que ninguno sea fornicario.” Empero él inmediatamente emplea una expresión general y añade, “o profano;” porque es el término estrictamente contrario a la santidad. El Señor nos llama, precisamente, con el fin de hacernos santos caminando en la obediencia. Esto se logra cuando renunciamos al mundo; mas quien en tal forma se deleite en su propia inmundicia, de suerte que continuamente se revuelca en ella, se profana a sí mismo. Podemos. a un tiempo, con siderar lo profano como significando generalmente a todos aquellos que no valúan la gracia de Dios tanto como para buscarla y despreciar el mundo. Mas como los hombres se hacen profanos de diferentes modos debemos luchar con más fervor para no permitir que Satanás se cuele por alguna abertura y nos manche con sus corrupciones. Y como no puede haber una verdadera religión sin santidad, debemos progresar continuamente en el temor de Dios, en la mortificación de la carne, y en el ejercicio de la piedad; pues en tanto no nos apartemos del mundo, y volvamos a chapotear en su inmundicia, renunciamos a la santidad.
Como Esaú, etc. Este ejemplo puede considerarse como una explicación de la palabra profano; porque cuando Esaú dio más valor a una comida que a su primogenitura, perdió su bendición. Profanos, pues, son todos aquellos en quienes el amor al mundo predomina e impera en tal forma que se olvidan del cielo: tal como sucede con los que son llevados por la ambición, o que aman el dinero o las riquezas, o que se entregan a la glotonería, o que se embrollan en muchos otros placeres; y en sus pensamientos y deseos no dan lugar, o si lo dan, quizá sea el último, al reino espiritual de Cristo.
El ejemplo es en tal caso muy apropiado; porque cuando el Señor se propone manifestar la fuerza de aquel amor que tiene para su pueblo, designa a quie nes ha llamado a la esperanza de la vida eterna, con el nombre de primogénitos. Inmenso, ciertamente, es este honor con el cual Dios nos favorece; y toda la riqueza, todas las comodidades, los honores y placeres del mundo, y todo lo que comúnmente se juzga necesario para la felicidad, cuando se comparan con este honor, no son de más valor que un bocado de carne. Ciertamente, el que nosotros pongamos un alto precio a las cosas que casi no valen nada proviene de los deseos depravados que nos deslumbran y ciegan. Por tanto, si queremos ocupar un lugar en el santuario de Dios, debemos aprender a despreciar los bocados de esta clase de carne, con los cuales Satanás acostumbra a atrapar a los réprobos.17
17. Deseando heredar la bendición, etc. Al principio Esaú consideraba como un deporte, o como un juego de niños, el haber vendido su primogenitura, pero al fin, demasiado tarde, se dio cuenta del tesoro que había perdido, cuando la bendición, dada por su padre a Jacob, le fue rehusada. Entonces los que se dejan llevar por las tentaciones del mundo, se apartan ellos mismos de Dios, y venden su propia salvación, para alimentarse con los bocados de este mundo, pensando que no vale la pena; más aun, se lisonjean y aplauden a sí mismos como si fuesen extremadamente felices. Cuando abren sus ojos es demasiado tarde, de suerte que advertidos por el espectáculo de su propia maldad, resienten la pérdida de la cual no se habían percatado.
Mientras Esaú tenía hambre, no le importó nada sino llenar su estómago; cuando se hartó se rio de su hermano, y lo consideró como un tonto por haberse privado voluntariamente de un platillo. Más aun, tanto como esta es la estupidez de los impíos, en tanto que arden en deseos depravados o cuando inmoderadamente se entregan a los placeres pecaminosos; después de un tiempo ellos entienden cuán fatal les resultó todo aquello que tan ansiosamente deseaban. La palabra reprobado significa que fue rechazado, o que su petición le fue negada.
Que no halló lugar de arrepentimiento, etc., es decir, no aprovechó nada, ni ganó nada con su arrepentimiento tardío, aunque procuró con lágrimas la bendición que, por su propia culpa, había perdido.18
Ahora bien, como el autor advierte el mismo peligro para todos los que desprecian la gracia de Dios, cabría preguntar, ¿no queda esperanza de perdón cuando la gracia se ha menospreciado y su Reino se ha tenido en menos estima que el mundo? A esto respondo, que el perdón no se niega a los tales expresamente, sino que se les amonesta para que tengan cuidado, no sea que a ellos también les suceda lo mismo. Y sin duda, podemos ver diariamente muchos ejemplos de la severidad divina, los cuales prueban que él se venga de las burlas y mofas de los profanos: porque cuando ellos cuentan con el mañana, súbitamente los arrebata por medio de la muerte en una forma inaudita e inesperada; cuando juzgan como mera fantasía lo que oyen acerca del juicio divino. Dios los caza en forma tal que se ven obligados a reconocerlo como su Juez; y los que tienen sus conciencias del todo muertas, poco después sentirán las horrorosas agonías como castigo a su estupidez. Mas aunque esto no acontezca a todos, sin embargo como el peligro existe, el Apóstol justamente amonesta a todos a mantenerse alerta.
Surge también otro problema, ¿qué, el pecador dotado de arrepentimiento no logra nada con ello? porque el Apóstol parece significar esto al decirnos que el arrepentimiento de Esaú no le aprovechó. Mi respuesta es, que el arrepentimiento no ha de entenderse aquí como la sincera conversión a Dios; sino como ese terror con el cual Dios aflige a los impíos, después de que se han entregado por mucho tiempo a sus iniquidades. Ni es de extrañar que este pavor se afirme que es inútil e ineficaz, porque ellos, mientras tanto, ni se arrepienten ni odian sus vicios, sino únicamente son atormentados por una sensación de sus propio castigo. Lo mismo puede afirmarse de las lágrimas; siempre que un pecador gima a causa de sus pecados, el Señor se encuentra dispuesto a perdonarlo, y la misericordia de Dios jamás es buscada en vano, pues al que llama se le abrirá (Mat. 7:8,) pero con las lágrimas de Esaú eran las de un desesperanzado, no fueron derramadas por haber ofendido a Dios; así los impíos, por mucho que puedan deplorar su suerte, quejarse y dar alaridos, con todo, ellos no llaman a la puerta de Dios para pedir misericordia, porque esto no puede hacerse más que por fe. Y cuanto más penosamente los atormente la conciencia, más lucharán contra Dios y más se enfurecerán contra él. Ellos desearían ciertamente que se les concediera acceso a Dios; mas como no esperan otra cosa que su ira, rehuyen su presencia. Así frecuentemente observamos que los que de ordinario dicen, como bromeando, que bastará arrepentirse cuando se les acerque la hora de morir, lloran entonces amargamente, en medio de horrorosas agonías, porque el tiempo de alcanzar el arrepentimiento ha pasado; pues ya están condenados a la destrucción, porque no buscaron a Dios sino hasta que fue demasiado tarde. En algunas ocasiones, ciertamente, ellos lanzan expresiones como estas, “¡Oh, si yo!” pero poco después la desesperación interrumpe sus oraciones y ahoga su voz, de suerte que no siguen adelante.
18 Porque no os habéis llegado al monte que se podía tocar, y al fuego encendido, y al turbión, y a la oscuridad, y a la tempestad,
19 Y al sonido de la trompeta, y a la voz de las palabras, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más;
20 Porque no podían tolerar lo que se mandaba: Si bestia tocare al monte, será apedreada, o pasada con dardo.
21 Y tan terrible cosa era lo que se veía, que Moisés dijos Estoy asombrado y temblando.
22 Mas os habéis llegado al monte de Sión, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles.
23 Y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos,
24 Y a jesús el Mediador del nuevo testamento, y a la sangre del esparcimiento que habla mejor que la de Abel.
18. Combate el Apóstol ahora con un argumento nuevo, porque proclama la magnificencia de la gracia dada a conocer por el evangelio, para que la recibamos con reverencia; después nos recomienda su carácter benigno, para que nos seduzca a amarla y a desearla. Añade importancia a estas dos cosas mediante una comparación entre la ley y el evangelio; pes cuanto más elevada esté la excelencia del reino de Cristo sobre la dispensación mosaica, y cuanto más glorioso sea nuestro llamamiento que el del antiguo pueblo, más vergonzosa y menos excusable es nuestra ingratitud, excepto que recibamos de manera conveniente el gran favor que se nos ofrece, y que humildemente adoremos la majestad de Cristo aquí manifestada; y en seguida, como Dios no se presenta a nosotros ataviado de espanto como lo hizo antiguamente a los judíos, sino que amorosa y tiernamente nos invita a venir a él, así el pecado de ingratitud será doble, a no ser que voluntariamente y de todo corazón respondamos a su graciosa invitación.19
Recordemos pues, en primer lugar, que el evangelio es comparado aquí con la ley; segundo, que hay dos partes en esta comparación: que la gloria de Dios brilla más esplendorosa en el evangelio que en la ley, y que su invitación rebosa ahora de amor, siendo que antiguamente solo se manifestaron los más grandes terrores.
Al monte que se podía tomar, etc.20 Esta oración se explica de diferentes maneras; mas yo opino que un monte terrenal es colocado en oposición al espiritual; y las palabras que siguen me demuestran la misma cosa, y al fuego encendido, turbión, tempestad, oscuridad, etc., porque éstas fueron señales que Dios manifestó para respaldar la autoridad y reverencia a su ley.21 Al considerarlas en sí mismas fueron magnificas y verdaderamente celestiales; mas cuando llegamos al reino de Cristo, las cosas que Dios nos presenta están más encumbradas que todos los cielos. De aquí entendemos que toda la dignidad de la ley parece ahora terrenal: así el monte Sinaí podía tocarse con las manos; mas el monte de Sión no se conoce sino por el espíritu. Todas las cosas narradas en el capítulo diecinueve del Exodo fueron cosas visibles; empero las que tenemos en el reino de Cristo son invisibles.22
Si alguno objetare y dijere que el significado de todas estas cosas era espiritual, y que hoy día, existen prácticas externas de la religión por las cuales somos conducidos al cielo: a esto replico, que el Apóstol habla comparativamente; y nadie puede dudar de que el evangelio, en contraste con la ley, excede en espiritualidad, mas la ley abunda en símbolos terrenales.
19. Los que la oyeron rogaron, etc. Esta es la segunda frase, en la cual demuestra el autor que la ley era muy diferente del evangelio; porque cuando fue promulgada no había mas que terror por todos lados. Pues todo lo que leemos en el capítulo 19 del Génesis se refiere a cosas de esta naturaleza, y tenía por objeto demostrar al pueblo que Dios había ascendido a su tribunal manifestándose como un Juez estricto. Si por casualidad se aproximaba una bestia inocente, él ordenaba que se la matase: ¿cuánto mayor castigo esperaba a los pecadores, que estaban conscientes de su culpa, y más aun, cuando sabían que estaban condenados a la muerte eterna por la ley? Pero el evangelio no contiene más que amor, a condición de que sea recibido por fe. Lo que resta por afirmarse, podréis leerlo en el capítulo tercero de la Segunda Epístola a los Corintios.
Mas por las palabras rogaron etc., no debe entenderse que ellos rehusasen escuchar a Dios, sino que suplicaron no ser obligados a oír a Dios mismo cuando hablaba; pues por la mediación de Moisés su miedo fue un tanto mitigado.23 Sin embargo los comentadores se encuentran perplejos y no saben cómo explicarse porque el Apóstol atribuyó estas palabras a Moisés: Estoy asombrado y temblando; pues en ninguna parte leemos que hayan sido expresadas por Moisés. Empero la dificultad puede desaparecer fácilmente. Consideramos que Moisés habló en nombre del pueblo, cuyas peticiones como su intermediario presentó dealnte de Dios. Fue, pues, la querella común de todo el pueblo; empero Moisés quedó incluido, como quiera que él fue el portavoz de todos.24
22. Al monte de Sión, etc. El autor alude a aquellas profecías en las que Dios antiguamente prometió que su evangelio de ellas saldría, como en Isaías 2:1–4, y en otros lugares. En seguida el Apóstol contrasta el monte de Sión con el monte Sinaí; y añade, además, la Jerusalén celestial, y expresamente la llama celestial, para que los judíos no se apegaran a la terrenal, la cual había florecido durante la ley; porque cuando ellos perversamente insistían en continuar bajo el yugo servil de la ley, el monte de Sión se tornaba el monte Sinaí, tal como Pablo nos enseña en el capítulo cuarto de la Epístola a los Gálatas. Entonces, por la nueva Jerusalén, él entendía aquella que seria edificada por todo el mundo, así como el ángel mencionado por Zacarías, extendía su línea desde oriente hasta occidente.
Y a la compañía de muchos millares de ángeles, etc. El quiere decir que nosotros estamos asociados con los ángeles, clasificados entre los patriarcas, y colocados en el cielo entre todos los espíritus de los bienaventurados, cuando Cristo por su evangelio nos llama hacia sí. Pero, es un honor incalculable el que nos confiere el Padre celestial, cuando nos cataloga entre ángeles y santos patriarcas. La expresión millares de ángeles, está tomada del libro de Daniel, aunque yo he seguido a Erasmo, y he interpretado, “innumerable compañía de ángeles.”25
23. De los primogénitos, etc. El autor no llama primogénitos a los hijos de Dios en forma indistinta, porque en la Escritura se designa a muchos con el nombre de hijos que no están incluidos entre los primogénitos; mas por una honrosa consideración adorna de este modo a los patriarcas y a otros santos renombrados de la antigua Iglesia. Añade asimismo, que están alistados en los cielos, porque se afirma que Dios tiene a los elegidos empadronados en su libro secreto, tal como lo dice Ezequiel.26
El Juez de todos, etc. Esto parece haberse escrito con el objeto de inspirar temor, como indicando que la gracia se nos ofrece en forma tal, que aún debemos considerar que tratamos con un Juez, a quien debemos rendir cuentas, si presuntuosamente franqueamos su santuario, estando corrompidos y contaminados.
A los espíritus de los justos, etc. Añade esto el escritor para insinuar que estamos unidos a las almas santas, las cuales se han despojado de sus cuerpos, y han dejado tras sí toda la inmundicia de este mundo; por lo cual afirma que están consagrados o hechos perfectos, pues ya no están sujetos a las flaquezas de la carne, habiéndose apartado de ella. Y de esto podemos deducir con toda certeza, que las almas piadosas separadas de sus cuerpos, no obstante viven con Dios, porque de otra manera no nos sería posible estar unidos a ellos como compañeros.
24. Y a Jesús el Mediador, etc. El autor agrega esto en último lugar, porque es El solamente por quien el Padre se reconcilia con nosotros, y quien hace tornar su rostro sereno y amable para con nosotros, de suerte que nos podamos acercar a él sin temor. Al propio tiempo demuestra la forma en que Cristo se hace Mediador nuestro, a saber, por su propia sangre, que según el modo de hablar de los hebreos, el Apóstol llama la sangre del esparcimiento, la cual significa sangre rociada; porque como fue derramada una vez por todas, para hacer expiación por nosotros, así nuestras almas deben ser ahora limpiadas por ella, por medio de la fe. Asimismo alude el autor al antiguo rito de la ley, el cual ya fue mencionado con anterioridad.
Que habla mejor, etc. No existe razón por la cual mejor no pueda ser interpretado en sentido adverbial; en la forma siguiente: “La sangre de Cristo clama más eficazmente, y es mejor escuchada por Dios que la sangre de Abel.” Sin embargo, es preferible tomar las palabras literalmente: se afirma que la sangre de Cristo habla mejor, porque sirve para obtener el perdón de nuestros pecados. La sangre de Abel propiamente no clamó; porque fue su asesinato lo que pidió venganza delante de Dios. Empero la sangre de Cristo sí clama, y la expiación efectuada por ella es escuchada diariamente.27
25 Mirad que no desechéis al que habla, Porque si aquellos no escaparon que desecharon al que hablaba de la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que habla de los cielos.
26 La voz del cual entonces conmovió la tierra; mas ahora ha denunciado diciendo: Aún una vez, y yo conmoveré no solamente la tierra, mas aun el cielo.
27 Y esta palabra. Aún una vez declara la mudanza de las cosas movibles, como de cosas hechas, para que queden tas cosas que son firmes.
28 Así que, tomando el reino inmóvil, retengamos la gracia por la cual sirvamos a Dios agtadándole con temor y reverencia;
29 Porque nuestro Dios es fuego consumidor.
25. Mirad que no desechéis al que etc. El autor utiliza el mismo verbo que antes, cuando dijo que el pueblo rogaba que Dios no hablara con ellos; empero dice otra cosa, como pienso; a saber, que no debemos rechazar la palabra destinada a nosotros. Demuestra, además lo que teníamos en perspectiva en la última comparación; o sea que el más severo castigo aguarda a los desprecia-dores del evangelio, ya que los antiguos durante la ley no quedaron impunes al despreciarla. Y prosigue el argumento de menos a más, añadiendo, que Dios o Moisés hablaron entonces en la tierra, mas ahora el mismo Dios o Cristo habla desde el cielo.
A un tiempo yo prefiero considerar a Dios en ambos casos como el que habla. Afírmase haber hablado en la tierra, porque habló en un tono más bajo. Tengamos presente siempre que se refiere al ministerio externo de la ley, el cual, comparada con el evangelio, participó de lo terrenal, y no dirigió los pensamientos de los hombres arriba, a los cielos, hacia la perfecta sabiduría pues aunque la ley contenía dentro de sí la misma verdad, sin embargo, como sólo fue una escuela de preparación, no podía ser perfecta.28
26. La voz del cual entonces conmovió la tierra, etc. Aunque Dios conmovió la tierra cuando promulgó su ley, con todo, nos demuestra el autor que ahora habla más gloriosamente, porque conmueve a tierra y cielo. Sobre el particular, cita el testimonio del profeta Haggeo, aunque no literalmente; mas como el profeta augura una futura conmoción de la tierra y del cielo, el Apóstol toma la idea con el fin de enseñarnos que la voz del evangelio no sólo repercute por toda la tierra, sino también penetra hasta los mismos cielos. Y que el profeta hable del reino de Cristo, no hay duda alguna, porque inmediatamente predice lo siguiente en el mismo pasaje: “Y haré temblar a todas las gentes, y vendrá el Deseado de todas las gentes; y henchirá esta casa de gloria.” Es cierto, sin embargo; que ni todas las naciones han sido reunidas en un “cuerpo” excepto bajo la bandera de Cristo, ni ha habido un Deseado en el cual debamos unirnos sino sólo Cristo, ni el templo de Salomón fue excedido en gloria hasta que la magnificencia de Cristo se extendió a todo el mundo. El profeta, pues, sin duda, se refiere a los tiempos de Cristo. Mas si al comienzo del reino de Cristo, no sólo las partes más bajas del mundo fueron conmovidas, sino también su poder llegó hasta el cielo, el Apóstol justamente deduce que la doctrina del evangelio es más sublime que la de la ley, y debe ser escuchada con más claridad por todas las criaturas.29
27. Y esta palabra, Aún una vez, etc. Las palabras del profeta son estas: “Todavía, un poquito;” y quiere decir que la calamidad del pueblo no habría de ser perpetua, porque el Señor los socorrería. Pero el Apóstol no recalca esta expresión, únicamente piensa que la conmoción del cielo y de la tierra y la condición del mundo tendría que ser cambiada a la venida de Cristo; porque las cosas creadas están sujetas a decadencia, mas el reino de Cristo es eterno; luego todas las escrituras deben necesariamente ser cambiadas a un estado mejor.30
Aquí el Apóstol pasa de una transición a una exhortación, para que echemos mano de ese Reino que no puede ser conmovido; porque el Señor nos sacude a fin de que él pueda verdaderamente y para siempre establecernos en sí mismo. Prefiero, yo también, una interpretación diferente, que nos viene de la antigua versión latina: “Al recibir un Reino, tenemos gracia,” etc. Cuando leemos afirmativamente, el pasaje tiene mejor sentido: “Nosotros, al recibir el evangelio, tenemos el don del Espíritu de Cristo, para que podamos devota y reverentemente adorar a Dios.” Si lo leemos como una exhortación: “Recibamos,” resulta una forma vaga y forzada de hablar. El Apóstol significa, en suma, según opino, que a condición de que entremos por la fe, dentro del reino de Cristo, disfrutaremos de gracia constante, que de hecho nos retendrá en el servicio de Dios, porque, como el reino de Cristo está sobre el mundo, así también el don de la regeneración.31
Al afirmar que debemos servir a Dios agraciándole (euaréstos) con temor y reverencia, insinúa que aunque demanda que le sirvamos con prontitud y deleite, no hay, sin embargo, ningún servicio que sea aprobado por él, sino a aquel que se caracterice por su humildad y reverencia. En esta forma el autor desaprueba la insolente confianza de la carne, así como la pereza que también emana de ella.32
29. Porque nuestro Dios. etc. Así como antes nos ofreció bondadosamente la gracia de Dios, ahora también nos da a conocer su severidad; y parece haber tomado esta oración del capitulo cuarto de Deuteronomio. De este modo vemos que Dios no omite nada para atraernos hacia él; comienza ciertamente con amor y bondad, para que le sigamos más gustosamente; mas cuando por halagos logra únicamente poco, entonces nos atemoriza.
Y sin duda conviene que la gracia de Dios jamás se nos prometa sin estar acompañada de amenazas; pues somos tan extremadamente inclinados a ceder a la voluntad de los caprichos, que sin la aplicación de estos estimulantes, una doctrina más suave no daría el resultado apetecido. Entonces, el Señor, como es propicio y misericordioso para con los que le temen hasta la milésima generación; así también en un Dios celoso y vengador justo, cuando se le desprecia, hasta la tercera y cuarta generación.33
Capítulo 13
1 Permanezca el amor fraternal.
2 No olvidéis la hospitalidad, porque por ésta algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.
3 Acordaos de los presos, como presos juntamente con ellos; y de los afligidos, como que también vosotros mismos sois del cuerpo.
4 Honroso es en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla; mas a los fornicarios y a los adúlteros juzgará a Dios.
5 Sean las costumbres vuestras sin avaricia; contentos de lo presente; porque él dijo; No te desampararé, ni te dejaré.
6 De tal manera que digamos confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me hará el hombre.
1. Permanezca el amor, etc. Probablemente el Apóstol dio este mandato respecto al amor fraternal, porque un odio secreto originado por la arrogancia de los judios amenazaba desgarrar las iglesias. Sin embargo, este precepto generalmente es muy necesario, porque nada se entibia tan fácilmente como el amor; cuando cada uno piensa de sí mismo más de lo que debe, concederá a otros menos de lo que debe; y entonces pueden sobrevivir diariamente muchas ofensas, que causarán separaciones.1
El llama fraternal al amor no sólo para enseñarnos que debemos estar mutuamente unidos de continuo por un sentimiento peculiar e interno de amor, sino también para que recordemos que no podemos ser cristianos sin ser “hermanos;” porque habla del amor que la familia de la fe debe cultivar entre sí por cuanto el Señor los ha ligado con el lazo común de la adopción. Fue, por tanto, una buena costumbre de la Iglesia primitiva el que los cristianos se llamaran entre sí “hermanos;” mas ahora el nombre, así como el título en si casi se ha olvidado, excepción hecha de los monjes que se han apropiado la costumbre por otros civiles, mientras que al mismo tiempo, demuestran con sus discordias y sediciones internas que son hijos del maligno.
2 No olvidéis la hospitalidad, etc. Este ministerio de humanidad casi ha dejado de observarse entre los hombres; pues la antigua hospitalidad festejada en las historias, es desconocida para nosotros y las hospederías se encargan ahora de alojar a los forasteros. Empero el autor no se refiere tantc a la práctica de la hospitalidad como se observaba entonces por los ricos; sino recomienda, más bien, que se hospede a los miserables y necesitados, ya que en aquel tiempo muchos eran fugitivos que habían abandonado sus hogares por causa del nombre de Critso.
Y a fin de recomendar con insistecia este deber, añade que algunas veces los ángeles fueron hospedados por aquellos que pensaron haber alojado a hombres únicamente. No dudo que esto se refiera a Abrahán y a Lot; quienes teniendo la costumbre de practicar la hospitalidad, sin saberlo ni imaginarlo, hospedaron ángeles; así sus casas se vieron honradas en forma extraordinaria. Y ciertamente Dios demostró que la hospitalidad le era especialmente aceptable, cuando otorgó semejante honor a Abrahán y a Lot. Si alguno objetare y dijere que esto rara vez aconteció, he aquí mi respuesta: Que no sólo a los ángeles, sino a Cristo mismo recibimos cuando acogemos a los pobres en su nombre. En las palabras del original griego hay una hermosa alteración que no puede traducirse al latín.
3. Acordaos de los presos, o cuidad de los presos, etc. No hay nada que nos pueda proporcionar un sentimiento más genuino de compasión que el colocarnos en el lugar de los que se encuentran en desgracia; por lo cual el Apóstol afirma que debemos pensar en los presos como si estuviéramos presos juntamente con ellos. Lo que sigue a la primera cláusula, como que también vosotros sois del mismo cuerpo, se explica de diferentes maneras. Algunos adoptan un punto de vista general así: “Vosotros también estáis expuestos a los mismos males, conforme al destino común de la humanidad; empero otros le dan un sentido más estrecho; “Como si estuviérais en su cuerpo.” Ninguno de los dos puedo aprobar, porque yo aplico las palabras al cuerpo de la Iglesia, de modo que el significado sería este: “Puesto que sois miembros del mismo cuerpo, os corresponde sentir en común por los males del otro, para que no haya nada desunido entre vosotros.”2
4. Honroso es en todos el matrimonio etc. Algunos opinan que esta es una exhortación a los casados para que se comporten modestamente, y en forma decorosa, para que el marido viva con su mujer sobria y castamente, y que no mancillen el lecho conyugal con desenfrenos inconvenientes. En este caso ha de entenderse un verbo con sentido de exhortación: “Que el matrimonio sea honroso.” Sin embargo, el indicativo es no sería impropio; porque cuando escuchamos que el matrimonio es honroso, debemos pensar inmediatamente que tenemos que conducirnos dentro del tal en forma decorosa y decente. Otros entienden el razonamiento a manera de concesión en esta forma: “Aunque el matrimonio es honroso, es ilícito no obstante cometer fornicación;” empero este sentido, como todos deben entenderlo, es rígido. Yo me inclino a pensar que el Apóstol pone aquí el matrimonio en contraste con la fornicación y como un remedio para ese mal; el contexto claramente demuestra que esto fue su significado; porque antes de advertir que el Señor castigará a los fornicarios, él anuncia cuál es la verdadera vía de escape: vivir honrosamente en el estado matrimonial.
He aquí pues el punto principal, que la fornicación no quedará impune, porque Dios se aprestará a castigarla. E indudablemente, como Dios ha bendecido la unión del hombre y la mujer, decretada por él mismo, indica que cualquier otra unión diferente a ésta, es condenada y maldecida por él. Por consiguiente el autor advierte el castigo, no sólo para los adúlteros, sino también para los fornicarios pues ambos se apartan de la santa institución establecida por Dios; más aun, ellos la violan y destruyen mediante las relaciones sexuales ilegítimas, ya que sólo existe una unión legítima, ratificada por la autoridad y aprobación divina. Pero como no es posible restringir las concupiscencias sexuales, sin el auxilio del matrimonio, lo recomienda llamándolo “honroso.”
Lo que añade en seguida, y el lecho sin mancilla, lo dice según pienso, con objeto de que los casados sepan que no todas las cosas les son lícitas, y que el uso del matrimonio debe ser moderado, para no dar lugar a algo contrario a la modestia y la castidad.3
Al decir en todos, entiendo que desea significar, que no hay razón por qué prohibir el matrimonio a cierta clase de personas, pues lo que Dios ha permitido a la humanidad universalmente, es correcto para todos, sin excepción: quiero decir, para todos los que son idóneos para el matrimonio y sienten la necesidad de él.
Se hacía necesario ciertamente que este asunto se presentara en forma expresa y llana, a fin de evitar una superstición, cuya simiente Satanás probablemente había estado sembrando secretamente desde entonces, a saber, que el matrimonio es una cosa profana, o al menos muy alejada de la perfección cristiana; porque aquellos espíritus seductores, que prohibían casarse, y que fue ron profetizados por Pablo, muy prontc aparecieron. Para que ninguno, pues, se imagine tontamente que el matrimonio sólo se permite al pueblo y no a los que tienen algún puesto elevado en la Iglesia, el Apóstol elimina toda excepción; además, él no nos enseña que se conoce como una indulgencia, como sofísticamente lo afirma Jerónimo, sino como una cosa “honrosa”. Es extraño, verdaderamente, que quienes introdujeron la prohibición del matrimonio en el mundo, no se hayan espantado con esta declaración tan expresa; mas fue necesario entonces dar rienda suelta a Satanás, a fin de castigar la ingratitud de quienes rehusaron a escuchar a Dios.
5. Sean las costumbres vuestras sin avaricias, etc. Mientras que por una parte procura el autor corregir la avaricia, por otra nos pide de manera justa y sabía que estemos contentos con lo presente porque en el verdadero menosprecio al dinero, o al menos en una verdadera grandeza de entendimiento en su uso correcto y moderado, cuando estamos contentos con lo que el Señor nos ha dado sea poco o mucho; pues es muy raro que un avaro se satisfaga con nada: mas al contrario; los que no están satisfechos con una porción moderada, siempre buscarán más, aún cuando disfruten de la mayor opulencia … Fue una doctrina que Pablo declaró, y que también aprendió, porque él supo cómo vivir holgadamente y también cómo aguantar la necesidad. Entonces, aquel que ha puesto límites a sus deseos, como para aceptar su parte resignadamente, ha logrado expulsar de su corazón el amor al dinero.4
Porque él dijo, etc. El cita aquí dos testimonios: el primero está tomado, como algunos opinan, del primer capítulo de Josué, pero yo me inclino a creer que es una declaración tomada de la doctrina común de la Escritura, expresando: “El Señor, por todas partes, promete que jamás nos faltará.” El deduce de esta promesa lo que se encuentra en el Salmo 118; que tenemos la fortaleza para vencer el temor cuando nos sentimos asegurados de la ayuda divina.5
El aquí ciertamente arranca el mal de raíz, como es necesario hacerlo cuando tratamos de liberar las mentes de los hombres. Es cierto que el origen de la avaricia es la desconfianza; porque todo aquel que tiene dentro de su corazón la seguridad de que jamás será desamparado por el Señor, no se preocupará demasiado acerca de lo presente, porque dependerá de la providencia de Dios. Por lo tanto, cuando el Apóstol trata de curarnos el mal de la avaricia, sabiamente llama nuestra atención a las promesas de Dios, en las que testifica que él siempre estará presente a nuestro lado. A esto añade que entretanto que tengamos tal Ayudador no hay razón para temer. Porque en esta forma jamás nos importunarán los deseos depravados; porque sólo la fe es lo único que puede apaciguar las mentes de los hombres, cuyo desasosiego sin ella es demasiado bien conocido.
7 Acordaos de vuestros pastores, que os hablaran la palabra de Dios; la fe de los cuales imitad, considerando cuál haya sido el éxito de su conducta.
8 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy. y por los siglos.
9 No seáis llevados de acá para allá por doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón en la gracia, no en viandas, que nunca aprovecharon a los que anduvieron en ellas.
7. Acordaos, etc. Lo que sigue no se refiere tanto a la moral como a la doctrina. El Apóstol primero pone ante los judíos el ejemplo de aquellos por quienes ellos habían sido enseñados; y especialmente parece hablar de los que habían sellado con su propia sangre la doctrina que recibieron; porque indica algo memorable cuando dice: considerando cuál haya sido el éxito de su conducta; aunque no veo razón por qué no debiéramos entender esto refiriéndose a aquellos que habían perseverado en la verdadera fe hasta el fin, tributando así un fiel testimonio a la sana doctrina a través de su vida entera como también en su muerte. Pero no fue asunto de poca importancia, el que el Apóstol pusiera ante ellos a sus maestros para emularlos; pues los que nos han engendrado en Cristo deben ocupar como si fueran nuestros padres. Entonces, puesto que ellos los habían visto continuar firmes y serenos en medio de tantas persecuciones y tan variados conflictos, debieron, con sobrada razón, haberse conmovido y afectado profundamente.6
8. Jesucristo es el mismo, etc. El único modo por el cual podemos perseverar en la fe verdadera es asirnos al fundamento, y no apartarnos ni un ápice de él; pues quien no se agarra a Cristo no conoce más que la vanidad, aunque pretenda comprender el cielo y la tierra; porque en Cristo están incluidos todos los tesoros de la sabiduría celestial. Este, pues, es un pasaje extraordinario, del cual aprendemos que no hay otro modo de ser verdaderamente sabios más que fijando todos nuestros pensamientos en Cristo.
Ahora bien, como el autor habla a los judíos, les demuestra que Cristo siempre ha poseído la misma soberanía que actualmente tiene; es el mismo, dice él, ayer, hoy y por los siglos. Por cuyas palabras insinúa que Cristo, quien entonces que fue proclamado en el mundo, ha reinado desde el principio del universo, y que no es posible avanzar más allá cuando acudimos a él. El ayer comprende, pues, todi la época del Antiguo Testamento y para que ninguno pudiera esperar un cambio súbito después de un tiempo breve, como quiera que la promulgación del evangelio era entonces reciente, declara que Cristo había sido revelado últimamente para este objeto, que su conocimiento continuará el mismo para siempre.
De esto se deduce que el Apóstol no hablaba de la sempiterna existencia de Cristo, sino de aquel conocimiento suyo poseído por los piadosos en todos los siglos, que fue el fundamento perpetuo de la Iglesia. Es verdaderamente cierto que Cristo existió antes de haber manifestado su poder; empero el asunto es, ¿cuál es el tema del Apóstol? El, afirmo yo, se refiere a la cualidad, por decirlo, y no a la esencia; porque el problema no consiste en si Cristo existió desde la eternidad con el Padre, sino en cuál fue el conocimiento que los hombres tuvieron de él. Empero la manifestación de Cristo en cuanto a su forma externa y apariencia, fue en verdad, diferente durante la ley. Sin embargo, no hay razón por la cual el Apóstol no pudiera afirmar verdadera y correctamente que Cristo en cuanto a los fieles, es siempre el mismo,7
9. Doctrinas diversas, etc. El deduce que no debemos fluctuar, puesto que la verdad de Cristo, en la cual debemos estar firmes, permanece fija e inmutable. E indudablemente, la variedad de opiniones y supersticiones, todos los errores monstruosos, y en una palabra todas las corrupciones religiosas, provienen de esto: que los hombres no permanecen sólo en Cristo; pues no en vano Pablo nos enseña, que Cristo nos es dado por Dios para ser nuestra sabiduría.
La significación pues de este pasaje es, que a fin de que la verdad de Dios permanezca firme en nosotros, debemos confiar únicamente en Cristo. De esto concluimos que todos los que ignoran a Cristo están expuestos a todos los engaños de Satanás; pues fuera de él no puede haber estabilidad en la fe, sino cambios aquí y después allá. Maravillosa ciertamente es la astucia de los romanistas, quienes han inventado un remedio completamente contrario para acabar con los errores, queriendo extinguir o sepultar el conocimiento de Cristo. Ojalá que esta amonestación del Espíritu Santo se grabe en nuestros corazones, para que jamás estemos dentro del alcance del peligro, y que nos apeguemos siempre a Cristo.
Ahora bien, las doctrinas que nos desvían de Cristo, añade el Apóstol, son diversas o varias, pues no hay verdad más sencilla y pura más que el conocimiento de Cristo; y las llama también extrañas o ajenas, porque todo lo que se aparte de Cristo no es considerado por Dios como suyo; y esto también se nos recuerda cómo hemos de proceder, si deseamos alcanzar un verdadero progreso en el conocimiento de la Escritura, pues el que no sigue por el recto sendero de Cristo, se va tras doctrinas extrañas. El Apóstol insinúa además que la Iglesia de Dios siempre tendrá que contender contra las doctrinas extrañas, y que no hay otros medios de resguardarse contra ellas más que el ser fortalecidos con el puro conocimiento de Cristo.8
Porque buena cosa es, etc. El ahora parte de un principio general a un caso particular. Los judíos, por ejemplo, como es bien conocido, eran supersticiosos en cuanto a las distinciones de las viandas; y a causa de esto surgieron muchas disputas, y discordias; y esta fue una de las doctrinas extrañas que resultó por ignorar a Cristo. Habiendo, pues arraigado previamente nuestra fe en Cristo, agrega el Apóstol que la dieta de carnes no conduce a nuestra salvación y verdadera santidad. Y pone la gracia en oposición a la carne, y no dudo que por gracia signifique la adoración espiritual de Dios y la regeneración. Al decir buena cosa es afirmar el corazón, él se refiere a la Palabra, llevada de un lado a otro, o como si afirmara: “Es la gracia espiritual de Dios, y no la observancia del comer carne, lo que realmente nos justificará.9
Que nunca aprovecharon a los que anduvieron en ellas. Es incierto a quienes se refiere el Apóstol aquí; porque los padres que vivieron durante la ley sin duda tuvieron un entrenamiento práctico, y parte de él consistía en las leyes dietéticas sobre la carne. Parece entonces que esto alude a los supersticiosos, quienes, después que se les reveló el evangelio, persistían aún, con obstinación, en las viejas ceremonias. Al mismo tiempo si juiciosamente tuviéramos que explicar las palabras atribuídas a los padres, no habría inconsistencia; porque fue ciertamente provechoso para ellos soportar el yugo puesto sobre ellos por el Señor, y continuar obedientes bajo la disciplina común de los piadosos y de toda la Iglesia; el Apóstol quiere decir que la abstinencia de carnes, en sí misma, no servía de nada. E indudablemente ha de considerarse como de ningún valor salvo que fue una especie de construcción elemental en el tiempo en que el pueblo de Dios era como niño respecto a su disciplina externa, El ocuparse en viandas ha de entenderse entonces como tomarlas en consideración, al grado de hacer distingos entre limpio e inmundo. Mas lo que él dice de las viandas puede extenderse a otros ritos de la ley.
10 Tenemos un altar, del cual no tienen facultad de comer los que sirven al tabernáculo.
11 Porque los cuerpos de aquellos animales, la sangre de los cuates es metida por el pecado en el santuario por el pontífice, son quemados fuera del real.
12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta.
13 Salgamos pues a él fuera del real, llevando su vituperio.
14 Porque no tenemos aquí ciudad permanente, mas buscamos la por venir.
15 Así, que. ofrezcamos por medio de él, a Dios siempre sacrificio de alabanza, es a saber, fruto de labios que confiesen a su nombre.
10. Tenemos un altar, etc. Esta es una hermosa adaptación de un viejo rito de la época de la ley, al estado presente de la Iglesia. Había cierta clase de sacrificio señalado que se menciona en el capítulo dieciséis del Levítico, del cual ninguna parte regresaba a los sacerdotes y levitas. Esto, como el autor lo demuestra mediante una alusión adecuada, fue consumado en Cristo; porque fue sacrificado bajo condición de que los que sirven al tabernáculo no se alimenten de él. Por ministros de tabernáculo él quiere decir todos aquellos que ejecutaban las ceremonias. Entonces, para que participemos de Cristo, insinúa que tenemos que renunciar al tabernáculo; porque como la palabra altar incluye la inmolación y la víctima; así el tabernáculo incluye todos los tipos externos relacionados con él.
Entonces, he aquí el significado: “No es de extrañar que los ritos de la ley hayan cesado ahora, porque esto fue lo que se tipificó con el sacrificio que los levitas traían fuera del campo para ser quemado allí; porque como los ministros del tabernáculo no comían nada de ello, así pues, sí servimos nosotros al tabernáculo, esto es, reteniendo sus ceremonias, no seremos participantes de aquel sacrificio que Cristo ofreció una vez, ni de la expiación que él hizo también una vez por su propia sangre; porque él metió su propia sangre dentro del santuario celestial, para hacer expiación por los pecados del mundo.”10
13. Salgamos pues, etc. Para que la alegoría anterior no fuere fría y sin vida, el autor la relaciona con un deber importante requerido de todos los cristianos. Y este modo de enseñar, es el que Pablo también adopta comúnmente, a fin de señalar a los fieles aquellas cosas en las que Dios deseaba que se ocuparan, mientras él trataba de alejarlos de las vanas ceremonias. Como si les dijera: “Esto es lo que Dios demanda de vosotros, pero no esa labor en la cual inútilmente os afanáis.” Así también habla ahora nuestro Apóstol; porque en tanto que él nos invita a abandonar el tabernáculo y a seguir a Cristo, nos recuerda que una cosa muy diferente del servir a Dios en la sombra, bajo el magnífico esplendor del templo, es requerida de nosotros; porque debemos seguirle a través de exilios, huidas, reproches y toda suerte de aficciones. Esta guerra, en la cual debemos combatir aun hasta la sangre, la coloca en oposición a aquellas sombras prácticas de las cuales sólo los maestros de ceremonias se ufanaban.
14 Porque no tenemos aquí ciudad permanente, etc. El alarga todavía más la marcha que había mencionado, o sea que como extranjeros y peregrinos en este mundo debiéramos considerar que no tenemos residencia permanante aquí sino en el cielo. Por tanto siempre que seamos arrojados de un lugar a otro, o siempre que nos acontezca algún cambio, pensemos en lo que el Apóstol nos enseña aquí: que no tenemos una morada segura en la tierra, porque el cielo es nuestra herencia; y al ser probados más y más, preparémonos siempre para nuestra meta final; pues los que disfrutan de una vida quieta ordinariamente se imaginan que tienen descanso en este mundo: por lo tanto es provechoso para nosotros, que somos inclinados a esta clase de holgura, ser llevados frecuentemente primero de aquí para allá, para que los que somos demasiado apegados a mirar las cosas de abajo, aprendamos a volver nuestros ojos hacia el cielo.
15. Así que, ofrezcamos por medio de él a Dios siempre sacrificio de alabanza, etc. El retorna a esa doctrina particular a la cual había aludido, respecto a la abrogación de las antiguas ceremonias y se anticipa a una objeción que pudiera hacerse; porque como los sacrificios fueron añadidos como complementos del tabernáculo, cuando éste fue abolido, deducimos que también los sacrificios debieron haber cesado. Mas el Apóstol nos había enseñado que como Cristo sufrió fuera del real, nosotros también somos llamados a lo mismo, y por consiguiente, el tabernáculo debe ser olvidado por aquellos que han de seguirle.
Surge aquí la pregunta de si quedan o no sacrificios para los cristianos; porque esto hubiera sido inconsistente, ya que los tales fueron instituidos con el propósito de celebrar el culto a Dios. El Apóstol, pues, oportunamente refuta esta objeción, y añade que para nosotros queda otra clase de sacrificios, la cual agrada a Dios no menos que los otros, y ésta consiste en el sacrificio de alabanza como lo afirma el profeta Oseas,11 (Oseas 14:2). Ahora bien, que el sacrificio de alabanza no sólo es igualmente agradable a Dios, sino de más importancia que todos aquellos sacrificios externos de la ley, aparece manifiesto en el Salmo cincuenta; porque Dios allí considera todas estas cosas como nada, y nos manda que le ofrezcamos sacrificios de alabanza. Por consiguiente, de aquí podemos entender que la más elevada forma de adoración a Dios, justamente se refiere a las otras prácticas; y ésta se expresa cuando reconocemos la bondad de Dios por medio de acciones de gracias; sí, ciertamente esta es la ceremonia de sacrificio que Dios ahora nos recomienda. No hay duda, sin embargo, de que en esta parte se incluya el todo de la oración; porque no podemos darle gracias a Dios excepto cuando somos escuchados por él; y nadie obtiene cosa alguna sino aquel que ora. El afirma en una palabra que sin el sacrificio de los animales tenemos lo que Dios demanda que se le ofrezca, y que en esta forma él es adorado recta y verdaderamente por nosotros.
Mas como fue el propósito del Apóstol enseñarnos cuál es el modo legítimo de adorar a Dios en el Nuevo Testamento, así nos recuerda que Dios no puede ser verdaderamente invocado por nosotros ni su nombre glorificado, excepto por Cristo el Mediador; porque es él quien únicamente santifica nuestros labios, que de otra manera estarían impuros, para entonar alabanzas a Dios; y es él quien abre el camino para nuestras oraciones, y quien, en suma ejecuta el oficio de sacerdote, presentándose delante de Dios a nombre nuestro.
16 Y de hacer bien y de la comunicación no os olvidéis: porque de tales sacrificios se agrada Dios.
17 Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como aquellos que han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no gimiendo; porque esto no os es útil.
18 Orad por nosotros porque confiamos que tenemos buena conciencia, deseando conversar bien en todo.
19 Y más os ruego que lo hagáis así para que yo os sea más presto restituido.
16. Y de hacer bien, etc. El Apóstol indica aquí otra manera de ofrecer un sacrificio constante y aceptable, porque todos los actos y servicios de amor son otros tantos sacrificios; y en esto insinúa lo disparatado y absurdo de los deseos de quienes pensaron que algo faltaba si no ofrecían animales a Dios conforme a la ley como que Dios les concedió muchas y abundantes oportunidades para sacrificar. Pues aunque Dios no obtenga ningún beneficio de nosotros, sin embargo, él considera la oración como sacrificio, tanto como el principal, que sólo éste puede tomar el lugar de todo lo demás; y luego, cuanto beneficio hagamos a los hombres. Dios lo considera como hecho a él y lo honra con el nombre de sacrificio. Resulta así que los elementos de la ley no sólo son superfluos ahora, sino que perjudican, porque nos desvían de la forma correcta de sacrificar.
El sentido es, que si deseamos sacrificar a Dios, debemos invocarlo y reconocer su generosidad con acciones de gracias, y además que debemos hacer bien a nuestros hermanos; estos son los verdaderos sacrificios que los cristianos deben ofrecer; y en cuanto a otros sacrificios, no hay tiempo ni lugar para ellos.
Porque de tales sacrificios se agrada Dios. Ha de entenderse aquí un contraste implícito: que él ya no demanda aquellos sacrificios antiguos que había ordenado hasta la abrogación de la ley.
Pero con esta doctrina está relacionada una exhortación que debe estimularnos poderosamente a ejercitar la bondad para con nuestros semejantes; porque no es un honor trivial el que Dios considere el bien que hacemos a los hombres como sacrificio ofrecido a él mismo, y que considere así nuestras obras, que no valen nada, a tal grado de llamarlas santas y agradables. Por tanto, cuando el amor no prevalece entre nosotros, no sólo despojamos a los hombres de sus derechos, sino a Dios mismo, quien mediante solemne declaración ha consagrado para sí lo que ha ordenado sea hecho con los hombres.
La palabra comunicar tiene un significado más extenso que hacer el bien, porque abarca todos los deberes por los cuales pueden los hombres ayudarse mutuamente unos a otros; y es un verdadero distintivo o prueba del amor, cuando están unidos por el Espíritu Santo, y se ayudan los unos a los otros.12
17. Obedeced, etc. Reconozco que el Apóstol habla aquí de pastores y otros gobernantes de la Iglesia, porque entonces no había magistrados cristianos; y lo que sigue, porque ellos velan por nuestras almas, pertenece propiamente al gobierno espiritual. El ordena prestarles obediencia primeramente y luego tributarles honor.13 Estas dos cosas son necesariamente requeridas, a fin de que el pueblo pueda tener confianza en sus pastores, y también respeto hacia ellos. Pero al mismo tiempo debe observarse que el Apóstol habla sólo de aquellos que fielmente ejecutaban su ministerio; porque quienes no tienen otra cosa que el título, más aun, quienes usan el título de pastores con el propósito de destruir la Iglesia, merecen poco respeto y menos confianza aun. Y esto es lo que el Apóstol claramente establece cuando añade, que velaban por sus almas, un deber que no puede ser cumplido sino por aquello que son fieles gobernantes y que realmente hacen honor a su ministerio.
Doblemente atrevidos, pues, son los papistas, quienes por medio de estas palabras confirman la tiranía de su propio ídolo: “El Espíritu nos manda recibir obedientemente la enseñanza de los fieles y piadosos obispos, y obedecer sus saludables consejos; nos manda también reverenciarlos.” ¿Pero cómo puede favorecer esto a sólo imitadores de obispos? Y sin embargo, todos los que son obispos dentro del papado no únicamente son esto, sino también lobos rapaces. Mas a fin de dar una breve descripción de ellos, sólo diré esto por el momento, que cuando se nos manda obedecer a nuestros pastores, debemos descubrir cuidadosa y sabiamente quiénes son los verdaderos y fieles gobernantes; en primer lugar, porque si tributamos este honor a todos indistintamente, haremos injusticia a los buenos; segundo, la razón aquí expuesta, de honrarlos porque velan por nuestras almas, no tendrá validez alguna. Por lo tanto, a fin de que el papa y los suyos puedan contar con el apoyo de este pasaje, deben ante todo demostrar: primeramente, que están dentro de los que velan por nuestra salvación. Si esto pudiera demostrarse, no habría la menor duda de que ellos deberían ser tratados reverentemente por todos los fieles.14
Porque ellos velan, etc. El significado es, que cuanto más pesada sea la carga que llevan ellos, más honor merecen; porque cuanto más trabajo se echa a cuestas alguno por causa nuestra, y cuanta más sea la dificultad y el peligro en que incurre por nosotros, mayores son nuestras obligaciones para con él. Y tal es el trabajo de los obispos, que encierra el mayor esfuerzo y el mayor peligro; si deseamos pues ser agradecidos, difícilmente podemos darles lo que se merecen; y especialmente, porque ellos han de dar cuenta a Dios de nosotros, sería vergonzoso que nosotros no los tomáramos en cuenta.15
Además el Apóstol nos recuerda cuán grande consecuencia puede ser para nosotros su labor; porque si la salvación de nuestras almas es preciosa para nosotros, los que velan por ella no deben por ningún motivo considerarla sin valor. El también nos manda que seamos dóciles y que estemos dispuestos a obedecer, para que aquello que los pastores hagan en cumplimiento de su ministerio, lo hagan voluntariamente y con gozo; porque si ellos se ven oprimidos por la aflicción y el cansancio, aunque sean sinceros y fieles, sin embargo se desanimarán y se volverán indiferentes, pues el vigor en actuar se desvanecerá a un tiempo que su alegría. Por consiguiente, el Apóstol declara que no es pertinente que el pueblo ocasione dolor y lágrimas a sus pastores por razón de ingratitud; y agregó esto para insinuar que no podemos ser gravosos o desobedientes para con nuestros pastores, sin poner en peligro nuestra salvación.
Como difícilmente uno de cada diez tiene en cuenta esto, se hace evidente pues, lo grave que es el descuido de la salvación; ni es de extrañar también cuán pocos se encuentran hoy día que celosamente velen por la Iglesia de Dios. Porque, además, hay muy pocos como Pablo, que abran sus labios cuando los oídos del pueblo están cerrados, y que ensanchan su corazón cuando el corazón del pueblo está achicado. El Señor también castiga la ingratitud que por dondequiera prevalece. Tengamos presente pues que todas las veces que los pastores desmayen en el cumplimiento de su deber, o que sean menos diligentes de lo que debieran ser, nosotros sufrimos el castigo de nuestra propia maldad.
18. Porque confiamos, etc. Después de haberse encomendado el Apóstol mismo a sus oraciones a fin de excitarlos a orar, declara que tenía una buena conciencia. Aunque nuestras oraciones ciertamente deben abarcar el mundo entero, como lo hace el amor, del cual emanan; es justo sin embargo que particularmente nos interesemos por los hombres piadosos y santos, cuya probidad y otros distintivos de excelencia son bien conocidos de nosotros. Con este objeto pues él menciona la integridad de su propia conciencia; es decir, al moverlos en forma más eficaz e interesarse por él mismo. Al decir, estoy cierto, o confío, demuestra en parte su modestia y en parte su conciencia. En todo, puede aplicarse a las cosas así como a los hombres; y lo dejó así, sin decidirlo.16
19. Y más os ruego, etc. Añade ahora otro argumento: que las oraciones que hicieran por él, serían provechosas tanto para ellos como para él, como si les dijera: “Yo no me preocupo tanto por mi propio bien como por el bien de todos ustedes; porque siendo restaurado a vosotros, el bien será para todos en general.”
Una probable conjetura pudiera, tal vez, deducirse de aquí: que el autor de esta Epístola estaba acosado por muchas dificultades o que fue impedido por temor a la persecución, como para no aparecer entre aquellos a quienes escribía. No obstante, pudiera ser que así se expresara, como si estuviera libre, porque consideraba que los pasos del hombre dependen de la mano de Dios; y esto aparece probablemente del final de la Epístola.
20 Y el Dios de paz que sacó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del testamento eterno,
21 Os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo: al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.
22 Empero os ruego, hermanos, que soportéis la palabra de exhortación; porque os he escrito en breve.
23 Sabed que nuestro hermano Timoteo está suelto; con el cual, si viniere más presto, os iré a ver.
24 Saludad a todos vuestros pastores, y a todos los santos. Los de Italia os saludan.
25 La gracia sea con todos vosotros. Amén.
Escrita a los Hebreos desde Italia con Timoteo.17
20. Y el Dios de paz, etc. Para hacer recíproco el anhelo que tenía acerca de ellos, finaliza su Epístola con oración; y ruega a Dios que confirme, o haga aptos, o los perfeccione en toda buena obra; porque tal es el significado de katartísai. La consecuencia de esto es que por ningún motivo somos aptos para hacer el bien hasta que seamos conformados para ello por Dios, y que no continuaremos por largo tiempo haciendo bien a no ser que él nos fortalezca; porque la perseverancia es su don peculiar. Ni hay duda de que como todavía no aparecía en ellos ninguno de los dones del Espíritu, no es por la primera experiencia con la cual comenzaron, por lo que aboga, sino por el mejoramiento con el cual ellos tendrían que ser perfeccionados.
Que sacó de los muertos, etc. Esta cláusula fue agregada por causa de la confirmación; pues el Apóstol insinúa que Dios es rectamente invocado por nosotros, para que nos conduzca a la perfección, cuando reconocemos su poder en la resurrección de Cristo, y cuando reconocemos a Cristo mismo como nuestro Pastor. En suma, él desearía que mirásemos a Cristo a fin de que confiemos rectamente en Dios y esperemos su ayuda; pues Cristo fue levantado de los muertos con este objeto, que seamos renovados para vida eterna por el mismo poder de Dios; y que él sea el gran Pastor de todos para que proteja las ovejas encomendadas a él por el Padre.
Por la sangre, etc. Yo traduje: “En la sangre;” porque como beth “en” frecuentemente se entiende en el sentido de con, así prefiero considerarlo aquí. Pues me parece que el Apóstol quiere decir que Cristo (de un modo semejante) se levantó de los muertos, que su muerte no quedó abolida todavía, sino que retiene su eficacia para siempre, como si hubiera dicho: “Dios levantó a su propio Hijo pero en forma tal que la sangre que derramó una vez por todas en su muerte es eficaz después de su resurrección para la ratificación del pacto eterno, y produce fruto lo mismo que si estuviera fluyendo siempre.18
21. Para que hagáis su voluntad, etc. El ahora nos da una definición de lo que es obrar bien, fijando la voluntad de Dios como regla; pues así dice él, que ninguna obra ha de juzgarse como buena, sino que sea agradable a la voluntad de Dios, como Pablo lo demuestra en Rom. 12:2, y en muchos otros pasajes. Recordemos pues, que en esto consiste la perfección de una vida buena y santa, cuando vivimos en obediencia a su voluntad. La cláusula que sigue es explicativa, hacienda él en vosotros lo que es agradable delante de él. Había hablado acerca de aquella voluntad que fue dada a conocer por la ley; y ahora demuestra, que en vano se impone a Dios lo que él no ha ordenado; porque él valúa los decretos de su propia voluntad mucho más que todas las invenciones del mundo.
Por Jesucristo, etc. Esto puede explicarse en dos formas: “obrando por Jesucristo,” o “agradando por Jesucristo.” Ambos sentidos son correctos. Pues nosotros sabemos que el Espíritu de regeneración y también todas las gracias nos son otorgadas por Jesucristo, y también es cierto, que como nada puede proceder de nosotros absolutamente perfecto, nada puede ser aceptable a Dios sin ese perdón que obtenemos por Cristo. Resulta que nuestras obras, ejecutadas en el aroma de la gracia de Cristo, emiten una agradable fragancia en presencia de Dios, mientras que de otro modo tendrían un olor fétido. Yo estoy dispuesto a incluír ambos significados.
Al cual sea gloria, etc. Esto lo aplico a Cristo. Y como el Apóstol atribuye aquí a Cristo lo que particularmente pertenece sólo a Dios, así presenta un claro testimonio de su divinidad; mas si alguno prefiere, a pesar de todo atribuir esto al Padre, no me opongo: aunque me inclino más al otro sentido, por ser más claro.
22. Empero os ruego, etc. Algunos entienden esto como si les estuviera pidiendo que lo oyesen; empero yo opino de otro modo: porque el autor menciona, como yo creo, que había escrito en pocas palabras, o brevemente, con el fin de no aparecer como si deseara menoscabar en lo más mínimo la práctica común de la enseñanza. Aprendemos pues de aquí, que la Escritura no fue puesta en nuestras manos para silenciar la voz de los pastores, y que tampoco hemos de fastidiarnos cuando lleguen a nuestros oídos las mismas exhortaciones una y otra vez; porque el Espíritu Santo ha regulado en tal forma los escritos que ha dictado a los profetas y a los apóstoles, que nada substrae del orden establecido por él mismo; y dentro del orden se incluye, que las constantes exhortaciones deben ser escuchadas en la Iglesia de boca de los pastores. Y probablemente recomienda la palabra de exhortación por esta causa, que aunque los hombres por naturaleza estén ansiosos por aprender, prefieren oir algo nuevo y no las fre cuentes recordaciones que se les hacen de las mismas cosas sabidas ya de antemano. Además, como se vuelven perezosos, de mala gana admiten ser aguijoneados y reprendidos.
23. Sabed que nuestro hermano, etc. Puesto que la terminación del verbo griego ginóskete. admite ambas interpretaciones, podemos leer: “Vosotros sabéis,” o, “sabed;” mas yo prefiero éste último, aunque no rechazo el primero.19
La probabilidad es que él estuviese informando a los judíos de ultramar lo que no sabían. Ahora bien, si este Timoteo fue el bien conocido compañero de Pablo, como me inclino a pensar, es muy probable que cualquiera de los dos, Lucas o Clemente, fuese el autor de esta Epístola. Pablo, ciertamente, acostumbraba llamarlo su “hijo;” y lo que sigue inmediatamente no puede ser atribuido a Pablo, pues parece que el autor gozaba de plena libertad, y podría obrar como quisiera; y además, que él estuviese entonces en alguna otra parte más bien que en Roma, es del todo probable, y tal vez se encontraba en gira por diferentes ciudades, también preparándose para atravesar el mar. Ahora bien, todos estos detalles pudieron haber sido apropiados a las circunstancias de Lucas o Clemente, después de la muerte de Pablo.20
24. Salud, etc. Como el Apóstol escribe su Epístola en sentido general a los hebreos, es extraño que mande saludar a alguien, aparte de los demás; mas yo pienso que él envía esta salutación particularmente a los gobernantes, como una señal de honor, para que pudiese conciliarios, y gentilmente guiarlos a asentir a su doctrina. Luego añade:
Y a todos los santos. El alude a cualquiera de los dos: ya sea los fieles de entre los gentiles, refiriéndose a ellos para que ambos, judíos y gentiles, aprendieran a cultivar la unidad; o bien, su propósito fue insinuar que los que primero recibieran la Epístola, tendrían que comunicarla a los demás.
Apéndices
Apéndice A
Cap. 1:3. El cual siendo el resplandor, etc. Las palabras son traducidas por Beza, “la efulgencia de su gloria, y el sello de su persona;” por Doddridge, “el rayo esplendente de su gloria, y la expresa delincación de su persona;” por Macknight, “un esplendor de su gloria, y una imagen exacta de su substancia;” y por Stuart, “el brillo de su gloria, y la imagen exacta de su substancia.” La palabra “resplandor,” no expresa adecuadamente el significado de la primera palabra, apaúgasma, la cual significa una luz emitida, un esplendor que procede de un objeto. La palabra más adecuada sería, refulgencia o esplendor, “la refulgencia de su gloria.” La “imagen misma” de nuestra versión significa la imagen impronta, o la forma impresa, derivada del prototipo.” Y “grabada” como lo traduce Beza, expresa plenamente su significado.
Las palabras indudablemente son metafóricas, empero la idea es esta, que Cristo, como Mediador, como Hijo de Dios en la naturaleza humana, refleja exactamente lo que Dios es, siendo la misma imagen de aquel que es invisible. “Substancia,” o esencia, es la naturaleza divina en todas sus gloriosas e incomprensibles atributos de poder, sabiduría, santidad, justicia, y bondad. Estas y otras perfecciones son exhibidas en Cristo perfectamente, y en tal forma que podemos contemplarlas, y hasta cierto punto entenderlas, De aquí que él dijera: “Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre”, Juan 14:9.
La palabra hipóstasis no significa una “persona” ni en las Escrituras ni en los clásicos griegos. Es un significado inventado por los Padres durante la controversia arriana. Tal como se emplea en la Septuaginta, y en el Nuevo Testamento, significa un fundamento o base, Ezequiel 43:11, substancia, Sal. 139:15, expectación, Sal. 38:11, y confianza en 2 Cor. 9:4, Su significado clásico de acuerdo con Stuart es fundamento, inmutabilidad, valor, propósito, resolución, determinación, substancia, esencia, ser. En Col. 1:15 hay una frase de similar importancia a “la imagen impresa de su substancia,” donde se dice que Cristo es “la imagen (eikon, la semejanza) del Dios invisible,” La substancia o esencia es “el Dios invisible,” y “la impresión” es “la imagen.”
“En la opinión,” dice Stuart “de que el versículo ahora en discusión se relacione con el Mesías encarnado, y con el Logos en su divina naturaleza considerando sencillamente, me doy cuenta que Scott y Beza se hallan de acuerdo en no mencionar a otros de los más respetables comentadores.”
Fue la perspectiva equivocada del pasaje la que tomaron los Padres y la que les llevó a inventar un nuevo significado para la palabra hipóstasis y muchos los han imitado.
Apéndice B
Cap. 1:5. Mi hijo eres tu, etc. Debe observarse que Cristo es llamado Hijo, cuando se alude a su oficio profético, vers. 2, cuando se refiere a él como Rey, vers. 8, cuando se menciona su sacerdocio, cap. 5:5, y cuando se establece una comparación entre él y Moisés, cap. 3:6. Mas como Rey sobre su pueblo es representado aquí como superior a los ángeles; y David como su tipo fue también llamado hijo, porque también era rey. Se afirma aquí que Cristo obtuvo su nombre por “herencia” ¿de quién? El Apóstol alude por todas partes al Antiguo Testamento; ¿mas qué dice Pedro? Que David, siendo profeta, sabía que Dios “levantaría al Cristo que se sentaría sobre su trono,” Hech. 2:30. Entonces la herencia en este caso procedía de David. Cristo es el Hijo unigénito de Dios en cuanto a su naturaleza divina; pero también es Hijo de una forma peculiar, superior a todos los demás, esto es, como Profeta, Sacerdote y Rey. Habían tipos de él en estos oficios; pero únicamente fueron tipos, y por tanto muy inferiores a él aun al tratarse de estos cargos. Los ángeles jamás tuvieron semejante ministerio.
Apéndice C
Cap. 1:6. Y otra vez, cuando introduce, etc. Los críticos han encontrado alguna dificultad en cuanto al orden en que Jas partículas están colocadas aquí, y propusieron una transposición, que es del todo innecesaria. La palabra “unigénito,” o “primogénito,” parece haberse empleado por razón al contenido del versículo anterior. Las palabras: “Yo te he engendrado hoy,” se refieren claramente a la resurrección; y se afirma que Cristo fue “el primogénito de entre los muertos.” Col. 1:18. Después de referirse a la resurrección de Cristo, hace como si regresara a su nacimiento, o al anuncio profético de su venida al mundo, y parece decirnos, que no sólo cuando llegó a ser el primogénito de entre los muertos alcanzó una manifiesta superioridad sobre los ángeles, sino aun desde su aparición en el mundo, porque les fue ordenado tributarle adoración. “Y otra vez,” o también, o además, “él introduce,” etc; como si les dijera: “Dios lo reconoció como su Hijo al levantarle de entre los muertos; y otra vez, o en adición a esto, cuando lo introdujo en el mundo, él ordenó a los ángeles que lo adorasen.” De modo que la subordinación de los ángeles fue evidente antes de su resurrección, y aun desde su nacimiento.
Stuart considera que su introducción es su nacimiento, y considera las palabras “y adorénle todos los ángeles de Dios” como tomadas, aunque no literalmente, del Salmo 97:7, para expresar lo que se insinúa en el relato de su nacimiento, Lucas 2:10–14. Los hebreos, a quienes se dirigía, se supone, estaban familiarizados con aquel acontecimiento.
Este es el punto de vista asumido por algunos de los padres, como Crisóstomo y otros. Mas algunos, como Mede, pensando que la cita era profética, considera que se trata de su segunda venida, ya que el contenido del Salmo se juzga como una descripción del día del juicio. Un tercero, el Dr. Owen supone que la introducción es el nacimiento de Cristo, y juzga que el Salmo da una descripción alegórica del progreso del evangelio en el mundo; y esta parece ser la opinión de Calvino la cual en apariencia es la más consistente.
La diferencia apenas tiene importancia. Las palabras en el Salmo son: “Adórenle todos los dioses,” o más bien ángeles; porque algunas veces así se traduce la palabra. La versión de la Septuaginta es, “Adórenle todos sus ángeles;” y aquí se colocó a “Dios” en vez de au.”
Apéndice D
Cap. 1:10. Tú, oh Señor, etc. La cita es literalmente de la Septuaginta, sólo el orden de las palabras en la primera oración está cambiado; y está tomado a la letra del hebreo, excepto que se añade sú kúrie. El hebreo es, “Tú fundaste la tierra desde la antigüedad, y obra de tus manos son los cielos.”
Nada puede probar la naturaleza divina de Cristo con más claridad que esta cita; y establece, a un mismo tiempo, el significado de aiónas en el segundo versículo, mientras que confirma la verdad de que Cristo, el Mesías, siendo no únicamente el Hijo de Dios sino también el Unigénito de Dios, es el Creador del mundo de la tierra y de los cielos como se afirma aquí. La palabra no puede tener otro significado en el cap. 9:26, y 11:3.
Generalmente se admite que este Salmo se refiere a Cristo; y el Dr. Owen menciona tres particularidades en prueba de esto: la redención de la Iglesia, versículos 13 y 16; el llamamiento de los gentiles, versículos 15, 21 y 22; y la creación de un pueblo nuevo, versículo 18, y agrega que los mismos judíos relacionan lo último con el tiempo del Mesías.
Refiriéndose a las palabras, “como un vestido,” el propio autor bellamente hace notar, que la creación entera es como el vestido de Dios, por la cual él se muestra a los hombres en su poder y sabiduría, por lo cual también se dice, que él “se viste de luz cual una vestidura,” Salmo 104:2.
Apéndice E
Cap. 1:14 ¿No son todos espíritus administradores? etc. Se afirma también de Cristo que él fue un ministro, o siervo: pero entretanto que fue siervo, también fue al mismo tiempo Señor de todos, cosa que no puede afirmarse de los ángeles. Sin embargo como siervo fue superior a ellos; llegó a serlo en una obra que ellos no eran capaces de ejecutar. De suerte que, como siervo, también le corresponde superioridad. Empero su oficio como siervo no es considerado aquí. Ciertamente todos los nombres dados a él, ya sea en común con los hombres en la tierra o con los ángeles en el cielo, significan muchas cosas diferentes cuando se aplican a él; nombres como Hijo, Siervo, Sacerdote, Rey, Salvador, etc.
Debe tenerse presente que en todo este capítulo se habla de Cristo en su carácter de Mediador, y no en cuanto a su divina naturaleza considerada sencillamente, y la referencia acerca de su superioridad sobre los ángeles se hace relacionándola con los testimonios del Antiguo Testamento. En este capítulo, él es representado como superior a los ángeles.
1. Porque en forma peculiar es llamado Hijo.
2. Porque se ordenó a los ángeles que lo adorasen.
3. Porque se le dirije la palabra como si tuviera un trono eterno, y se le honra más que a todos sus colaboradores como Rey.
4. Porque él es el Creador del mundo.
5. Y en último lugar, porque se le hace una promesa de que todos sus enemigos serán finalmente subyugados, mientras que los ángeles sólo son empleados en el servicio de su pueblo.
¿Quién, después de considerar debidamente todas estas cosas, podría llegar a otra conclusión diferente y no aceptar que el Mesías es divino y también humano? A los ángeles se les manda adorarlo, su trono es eterno, él creó este mundo, y todos sus enemigos serán puestos como estrado de sus pies. Y que se aluda a él algunas veces como que tiene poder delegado, como en el versículo 2, “por el cual asimismo (Dios) hizo el universo,” y algunas veces como que actúa independientemente, como en el versículo 10, “Tú, oh Señor, fundaste la tierra;” todo esto, sólo prueba que así como él es inferior al Padre en su oficio de Mediador, así también es uno con él porque es su Hijo unigénito. La creación es lo que el Padre reclama como obra peculiarmente suya; y si no hubiera sido el Hijo, uno en esencia, con el Padre, ésta no podría habérsele atribuido.
Apéndice F
Cap. 2:1. Porque acaso no escurramos. Mucho se ha escrito en cuanto al significado del verbo empleado aquí. Dice Schleusner que significa dos cosas, “colarse” como las aguas a través de un cedazo o una vasija rota, y “fluir” como un río. Se emplea más en el sentido último. Crisóstomo y otros, tanto modernos como antiguos, le dan el sentido de caer o perecer; empero, de acuerdo con Stuart, no hay base ni en las Escrituras ni en los clásicos que favorezcan tal significado. Como era frecuente el caso, y aquí también, los padres enseñaban lo que en su opinión les parecía el sentido general, sin prestar atención al significado preciso de la palabra empleada; y así sus explicaciones carecen frecuentemente de sentido. Además, la mayoría desconocía el lenguaje del Antiguo Testamento.
Fluir, en el sentido de escaparse, es el significado de los autores clásicos; Stuart dice que todos los ejemplos citados, ordinariamente se aplican sólo a las cosas y no a las personas. El vocable sólo se encuentra aquí en el Nuevo Testamento, y una vez en la Septuaginta; y allí también se refiere a una persona, y se usa claramente en forma transitiva. El pasaje se encuentra en Prov 3:21, “Hijo mío, no pases por alto, (o no menosprecies, me parahrrués, no te escurras,) mas guarda o retén, téreson) mi consejo y pensamiento.” La forma de la sentencia en hebreo es diferente pero la idea se conserve como sigue: “Hijo mío, no permitas que se aparten de tus ojos, retén la sana sabiduría y la discreción.” No dejarlas que se aparten de los ojos, es lo mismo que no dejar que se pasen por alto o que se menosprecien. No existe otra idea compatible con el contexto; y esto es exactamente lo que se acomoda al pasaje. Entonces la oración sería, “No sea que alguna vez las menospreciemos o descuidemos.”
Correctamente ha observado Stuart, que todo el pasaje favorece este significado: es lo opuesto de “tener cuidado” y frecuentemente se da el caso en las Escrituras que la idea negativa es afirmada tan bien como la positiva, y vice versa. Además, el versículo 3 contiene la misma idea sobre el mismo tema, “Si descuidamos,” etc. Ciertamente el menospreciar o descuidar puede considerarse como la consecuencia de no tener cuidado o no atender a una cosa. La desatención, a la verdad, es seguida por el descuido de lo que se enseña e inculca. A menos que seriamente prestemos atención a lo que escuchamos, inevitablemente descuidaremos lo que se requiere de nosotros.
Apéndice G
Cap. 2:7. Tú le hiciste, etc. Esta es una referencia al Salmo 8, y se ha explicado de diferentes maneras. Hay especialmente tres opiniones sobre el tema: Algunos, como Calvino y Doddridge, consideran que el caso del “hombre” tal como se describe en el Salmo, hace alusión o se acomoda a Cristo. Otros, como Grocio, sostienen que el “hombre” en el Salmo, ha de entenderse en sentido histórico y místico. Un tercer grupo, como la mayoría de los padres, y algunos teólogos posteriores, como Beza, el Dr. Owen y Stuart sostienen que el Salmo es estrictamente profético. Lo que hace difícil considerarlo en este aspecto es la exclamación, “¿Qué es el hombre?” y también el dominio sobre la creación animal, única cosa mencionada en el Salmo que constituye la gloria y honor del hombre.
Todos los críticos opinan que esto se refiere a la concesión hecha a Adán en Gen. 1:28. Empero dicha concesión, invalidada seguramente por el pecado de Adán, fue después renovada a Noé y sus hijos, cuando salieron del arca, y fue ampliada, ya que se les concedió permiso para alimentarse de carne, Gen. 9:1–3. Fue esta concesión, sin duda, lo que el salmista tenía en perspectiva. Noé y sus hijos fueron hombres de fe; de Noé se dice categóricamente que fue un hombre justo. Fue a ellos como portadores de este carácter a quienes se hizo la concesión. Lo que Adán invalidó se restauró a los que fueron restituidos en el divino favor, es decir, en el dominio sobre la creación animal y la herencia de este mundo terrenal. Mas como Canaán fue después para los israelitas un símbolo del cielo, y una prenda también para aquellos que en verdad eran israelitas, así podría considerarse la posesión de la tierra otorgada a Noé y sus hijos, aunque el dominio en el cual “la gloria y el honor” consistían, es lo que expresamente se menciona en el Salmo; y dominio es el tema especial tratado por el Apóstol, versículo 5.
Aunque el hombre, en cuanto a su naturaleza, es inferior a los ángeles, con todo, en esa naturaleza, Dios le concedió un dominio jamás concedido a los ángeles. El poder sobre toda criatura viviente en el mundo fue otorgado, no a los ángeles, sino al hombre, de acuerdo con el testimonio del Antiguo Testamento; de suerte que el poder atribuido por los judíos a los ángeles no fue testificado por sus propias Escrituras. Este hecho parece haberse aludido como una introducción a lo que el Apóstol procedía a afirmar respecto a Cristo, y como una evidencia de que su naturaleza humana, aunque en sí misma inferior a la de los ángeles no restó mérito a su superioridad; lo cual es como si hubiera dicho: “No hay obstáculo para que él se hiciera hombre, porque fue al hombre, y no a los ángeles, a quienes se otorgó el dominio del mundo.”
Entonces el Apóstol extiende la idea, y alude a Cristo como uno que tenía que hacer efectiva y buena la concesión otorgada. El dominio prometido al hombre, especialmente lo que ese dominio significa, no fue alcanzado por el hombre; pero Cristo, quien asumió su naturaleza, y aun haciéndose inferior a los ángeles, alcanzó tal cosa para el hombre. Es por Cristo, ciertamente, como obtenemos el derecho a las cosas de este mundo así como también a las cosas del mundo venidero. Dios promete ambas a su pueblo; pero sólo en Cristo sus promesas son, sí y amén. La promesa hecha al hombre como creyente, tanto en relación con este mundo como con el venidero, es hecha válida sólo por Cristo, quien asumió la naturaleza humana con este objeto.
Al aceptar este punto de vista evitamos la necesidad de tornar en profético lo que no es ni en apariencia, o de suponer que el Salmo es aludido a manera de adaptación. La realidad respecto al hombre reintegrado al favor divino es afirmada, y el Apóstol nos enseña que el dominio concedido al hombre sólo puede ser efectuado por Cristo, quien ya obtuvo ese dominio en su propia persona, y que eventualmente lo pasará a todo su pueblo.
Apéndice H
Cap. 2:9 Para que por gracia de Dios. etc. El cómo relacionar las diferentes partes de este versículo ha sido un problema que los críticos han tratado de resolver de diferentes maneras. Debemos considerar ya una transposición en las palabras, o bien dar como Stuart el significado de cuando a hópos, “cuando por la gracia de Dios él gustó la muerte por todos.” Empero este es un significado antinatural, y por tanto insatisfactorio. Doddridge supone una transposición y da esta versión: “Empero vemos a Jesús, quien fue hecho un poco menor que los ángeles por el sufrimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios él gustase la muerte por todos los hombres, coronado de gloria y honor.”
Macknight relaciona más propiamente “el sufrimiento de muerte” con “coronado de honra y gloria,” en tanto que hace una transposición semejante. Bloomfield considera que hay una elipsis en la última cláusula y da esta interpretación:
“Empero a él, quien fue hecho un poco menor que los ángeles, es decir a Jesús, contemplamos, por haber sufrido la muerte, coronado de honra y gloria (cuyo sufrimiento el llevó,) para que por la gracia de Dios, gustara la muerte por todos los hombres.”
Esto raya en tautología y no puede ser admitido. Que la transposición hecha por Doddridge y Macknight da el significado real, no hay la menor duda; y tal versión sería la más apropiada en nuestra lengua. Pero ¿cómo explicarse el arreglo en las palabras del Apóstol? Sencillamente, parece ser una construcción conforme al método hebreo de paralelismo; y la primera y la última cláusula están relacionadas, y la segunda y la tercera. Que el versículo quede arreglado por líneas, y esto se hará muy evidente:
“Empero a Aquel quien fue hecho un poco menor que los ángeles
A Jesús, nosotros contemplamos, por el sufrimiento de muerte,
Coronado con gloria y honor,
Para que por la gracia de Dios él gustase la muerte por todos.”
Evidentemente el significado es este: que él fue hecho poco menor que los ángeles para morir por todos, y que por razón de su muerte expiatoria fue coronado con gloria y honor; lo cual está perfectamente de acuerdo con lo que enseña el Apóstol Pablo en Fil. 2:8–10. Véase un arreglo semejante en Mateo 7:6, y 1 Cor. 6:11.
Apéndice I
Cap. 2:14. El poder de la muerte, etc. Este es traducido por Stuart “el poder mortífero.” El genitivo después de krátos se traduce sin duda en varios casos en sentido adjetival, como “el poder de su gloria,” en Col. 1:11, “su glorioso poder;” y “el poder de su fortaleza,” en Efes. 6:10, puede traducirse “su fuerte poder.” Empero existe aquí una antítesis que debe preservarse: la muerte de Cristo y la muerte sobre la cual Satanás, se dice, que tiene poder. Cristo, por su muerte, despojó a Satanás de su poder para causar la muerte.
El verbo “destruir” no expresa adecuadamente lo que quiere indicarse con el que está empleado aquí. Significa dejar inválido, inútil, ineficaz, y de aquí vencer, subyugar. Cuando se aplica a la ley significa invalidar o abolir: mas cuando se refiere a una persona, como aquí, o a un poder hostil, como en 1 Cor. 15:24, significa subyugar, dominar, vencer. Entonces aquí, el significado más correcto sería, “para que por la muerte él venciera (o subyugara) a aquel que tenía el poder de la muerte,” esto es, el poder de causar la ruina eterna; pues muerte debe significar aquí la segunda muerte. Por consiguiente, la idea rabínica acerca del ángel de la muerte, es decir, de la muerte temporal, no tiene relación con este pasaje.
Hay aquí evidentemente una alusión a Gen. 3:13. El causante de la muerte es Satanás, tanto del alma como del cuerpo; y de aquí que el Salvador lo llame homicida. El subyugar a este homicida fue quitar el pecado que él introdujo, por cuyo medio trajo la muerte; y esta extirpación del pecado fue efectuada por la muerte, de modo que el remedio para el pecado fue lo mismo que el efecto producido por el pecado.
Apéndice K
Cap. 2:16. Porque ciertamente no tomó. etc. Las palabras pueden traducirse así, “Porque ciertamente no se agarró de los ángeles, sino de la simiente de Abrahán,” Tanto los teólogos primitivos como los posteriores han supuesto que debe entenderse “naturaleza;” pero algunos de la época moderna, siguiendo a Camerón de origen anterior, consideran el verbo en el sentido de traer auxilio o ayuda. Así lo hacen Stuart y Bloomfield. El primero traduce así el versículo:
“Además, él de ningún modo ayuda a los ángeles, sino a la simiente de Abrahán.”
El presente histórico, se emplea para el pasado; porque si traducimos ou gar dépou, “porque en ninguna parte,” la referencia alude a las Escrituras; en ninguna parte de las Escrituras se encuentra tal cosa.
Pero “echar mano” o agarrar es suficientemente claro y muy expresivo. Cristo agarró a Pedro cuando se estaba hundiendo (Mateo 14:31), es el mismo verbo. Nuestro Salvador no agarró a los ángeles cuando se hundían en la ruina, pero sí agarró a la simiente de Abrahán para salvarlos de la perdición. La conexión parece establecerse con los verbos anteriores; por lo tanto gar debe traducirse “porque” y no “además”, como la versión de Stuart, ni “asimismo,” como la de Macknight. Se da una razón por la que Cristo se hizo partícipe de carne y sangre; y ésta fue, porque él no vino a liberar a los ángeles sino a la simiente de Abrahán; esto es, su simiente espiritual y no la natural, porque él habla desde el principio hasta el fin de los hijos de Dios. Véase Juan 1:12, 13, donde los nacidos de Dios son representados como aquellos a quienes Cristo concede el privilegio de ser hijos.
Apéndice L
Cap. 3:4. Mas el que crió. etc. Este versículo se ha considerado como difícil con respecto a la relación que tiene con el argumento del Apóstol. Stuart plantea así la dificultad: “Moisés como delegado de Dios fue el fundador de la institución judía, y Cristo sencillamente es declarado como delegado fundador, entonces ¿en qué forma justifica el autor la superioridad de Cristo sobre Moisés? Ambos fueron delegados del mismo Dios, y ambos fueron fundadores de una nueva y divina dispensación. Si Cristo pues no fue proclamado fundador con otro carácter que el de delegado, entonces soy incapaz de percibir fuerza alguna con el argumento del autor.” De aquí que el profesor llegue a la conclusión, de que es Cristo, a quien alude el Apóstol, cuando dice: “El que edificó (o creó) todas las cosas es Dios,” imaginando que el argumento es de otra manera inconcluyente.
Ahora bien, el equívoco del profesor consiste en que hace de la delegación el motivo de la comparación y no el carácter de la delegación. Que el poder de Cristo fuese un poder delegado es muy evidente en este pasaje: se afirma que Cristo fue “constituido” en el versículo 2, y que fue “fiel” lo cual implica que tuvo un oficio o misión delegada. Entonces la delegación es innegable; y lo que el Apóstol evidentemente recalca es la superioridad del poder delegado: Moisés fue fiel como siervo en la casa de Dios; el pueblo de Israel previamente fue el pueblo adoptado de Dios, empero Cristo edifica su propia casa y es digno de mayor gloria que Moisés. Estas son las comparaciones hechas por el Apóstol.
Entonces este versículo es introducido, y ello por dos razones: primera, para demostrar que Dios edificó la casa en que Moisés servía; segunda, para insinuar el poder divino de Cristo, puesto que nadie sino sólo Dios edifica todas las cosas. La casa de Moisés es llamada la casa de Dios en el versículo 2; y la Casa de Cristo es llamada su propia casa en el versículo 5. Por lo cual la inferencia evidente es, que él es uno con Dios, ya que sólo Dios edifica todas las cosas, aunque en su carácter medianero él actúa como el Apóstol de Dios y Sumo Sacerdote. La misma clase de representación encontramos en el primer capitulo: se dice que por él Dios hizo el mundo; y poco después que el Hijo es el Creador, quien fundó la tierra, y cuya obra son los cielos. El poder creativo, aunque ejercitado por Cristo como Mediador, debe ser con todo un poder divino.
Apéndice M
Cap. 3:9. Tentado, etc. Para entender este pasaje debemos tener presente el acontecimiento a que se refiere. El mismo año en que el pueblo de Israel salió de Egipto, ellos fueron acongojados por la falta de agua en Refidim, (Exodo 17:1) y al lugar se le dieron dos nombres, Massah y Meribah, porque el pueblo tentó a Dios y murmuró contra Moisés. El Señor no juró entonces que ellos no entrarían en la tierra de Canaán; pero esto ocurrió al año siguiente, después del regreso de los espías (Núm. 14:20–38). Y Dios dijo entonces que ellos lo habían tentado “diez veces;” esto es, durante el breve tiempo desde su liberación de Egipto. Fue después de diez tentaciones cuando Dios los excluyó de la tierra prometida.
Teniendo presente estos hechos, estaremos capacitados para contemplar el pasaje en toda su fuerza. La “provocación” o contención, y la tentación se refieren claramente al ejemplo posterior. narrado en Números 14, porque fue entonces cuando Dios juró que el pueblo no entraría en su reposo. La conducta del pueblo fue semejante en ambos casos.
Relacionar los “cuarenta años” con “enemistad” fue obra de los puntuadores, y este error fue corregido por el Apóstol; y ha de observarse que en este caso él no siguió la Septuaginta, en la cual las palabras están arregladas conforme a la división de los masoretas. La interpretación que correspondería con el texto hebreo sería como sigue:
Hoy cuando oyereis su voz,
8 No endurezcáis vuestros corazones como en la provocación,
en el día de la tentación en el desierto.
9 Cuando vuestros padres me tentaron, me probaron
Y vieron mis obras cuarenta años;
10 Por lo cual yo me enemisté con esta generación y dije,
Siempre divagan ellos de corazón,
Y no han conocido mis caminos;
11 De modo que juré en mi ira,
“por ningún motivo entrarán en mi reposo.”
El significado del versículo noveno es, que cuando los hijos de Israel tentaron a Dios, ellos lo probaron, i.e., descubrieron por la amarga experiencia cuán grande fue su desagrado, y vieron sus obras o su comportamiento para con ellos por cuarenta años. El los detuvo en el desierto durante ese período hasta que ocurriera la muerte de todos los que no creyeron a su palabra cuando regresaron los espías; así les demostró su desagrado. La expresión, de modo que. del versículo 11 está relacionada con “tentaron;” pues, porque ellos lo tentaron fue por lo que él se disgustó con ellos al grado de jurar que no entrarían en su reposo. Hay evidentemente una vav omitida en el hebreo encontrada únicamente en un MS. empero se hace necesaria por la forma futura del verbo. El “divagar de corazón” era no dar crédito a la palabra de Dios, era no reconocer su poder, su bondad, y fidelidad demostrada en su liberación de Egipto. Véase Números 14:22. El no conocer aquí no significa lo que Stuart afirma, no aprobar, sino no comprender o entender los caminos de Dios, o no reconocerlos como sus caminos u obras.
La última línea es la forma de juramento. “Si ellos entraren,” etc., pero en esta forma defectuosa el “si” puede convertirse en una fuerte negación, “por ningún motivo.” Doddridge tiene “jamás” y Macknight “no,” en la cual le ha seguido Stuart.
Apéndice N
Cap. 3:15. Entre tanto que se dice, etc. Sin duda la relación a que primero se alude en la nota es la más aprobada. Este versículo es como si fuera el encabezado de lo que se sigue: mas el poner el versículo 16 en forma interrogativa, como lo hace Stuart no parece apropiado al pasaje. Yo traduciría así las palabras:
15. Con respecto a lo que se dice, “Hoy, cuando oyereis su voz, 16. no endurezcáis vuestros corazones como en la provocación.” 17. Algunos ciertamente sí provocaron cuando escucharon, mas no todos los que salieron de Egipto con Moisés: ¿mas con quién se disgustó él por cuarenta años? ¿No fue acaso con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? 18 ¿Y a quién juró él que no entrarían en su reposo, sino a los incrédulos?
La “provocación” es el tema; los que la suscitaron son mencionados a continuación; y poco después el origen de ella, la falta de fe.
Apéndice O
Cap. 4:2. Porque también a nosotros se nos ha evangelizado, etc. Literalmente es, “Porque hemos sido evangelizados.” Doddridge tiene, “Porque somos hechos participantes de las buenas nuevas;” Macknight, “Porque también nosotros hemos recibido las buenas nuevas,” y Stuart, “Porque a nosotros también se proclamaron las bendiciones.” Quizá la versión más literal sería, “Porque nosotros también hemos tenido buenas nuevas.” La misma forma de palabras ocurre de nuevo en el versículo 6, “A aquellos a quienes primero fue predicado,” etc; más bien, “Y aque llos que primero tuvieron las buenas nuevas,” etc. Las buenas nuevas fueron evidentemente la promesa de un descanso.
“La palabra predicada” es literalmente “la palabra del oír;” esto es, la palabra escuchada, un substantivo que se emplea en vez de un participio, cosa común en hebreo.
Aunque varios de los MSS. y los padres griegos están a favor de que “mezclar” está en el caso acusativo, concordando con “a ellos” “quienes no se unieron por fe con los que la oyeron,” i.e., obedecieron; sin embargo, la Vulgata y la versión Siríaca apoyan nuestra presente interpretación, la cual ha sido adoptada por Erasmo, Beza, el Dr. Owen y los teólogos más modernos, y siendo también la más apropiada al pasaje.
Nuestra versión es seguida por Doddridge y Macknight. La versión de Stuart es igual que la de Calvino, “no estando relacionada con la fe en aquellos que la escucharon.” La Siríaca parece ser la más literal, “no siendo mezclada con fe por aquellos que la escucharon.” Ellos no tuvieron el ingrediente de la fe para mezclarlo con ella, por decirlo así. En lugar de recibir la promesa, ellos la rehusaron y rechazaron, como si hubiera sido una bebida dañina y desagradable. La palabra se emplea en 2 Mac. 15:39, del vino mezclado con agua.
Apéndice P
Cap. 4:12. Porque la palabra de Dios, etc. Algunos, como Stuart y Bloomfield, consideran “la palabra” aquí como amenazadora, siendo una amenaza para los incrédulos mencionados antes. Aunque así pueda considerarse, sin embargo, no parece correcto traducir lógos como “amenaza,” como la hace Stuart.
Apéndice Q
Las expresiones “ágil” o viva, y “poderosa” o eficaz, son consideradas por muchos como significando la misma cosa; empero “viva” denota lo que es válido, lo que continúa en vigor, como lo opuesto a lo que está muerto y ya no existe; y “eficaz” se refiere al efecto, capaz de producir el objeto deseado. Quedando excluidos del descanso los incrédulos, la Palabra vivía aún, estaba en vigor, permaneciendo la misma, sin cambio alguno. Véase 1 Pedro 1:23, 25. Estaba también en pleno vigor como para excluir eficazmente del descanso a los que no creían. Y luego para prevenir cualquier evasiva, de suerte que ninguno considerase como suficiente sólo la meta profesión, o más bien para protegerse contra la incipiente seducción del pecado, él compara esta Palabra a una espada que puede efectuar una vivisección de la completa estructura del hombre, de modo que aun la médula puede descubrirse; y luego pasando de esta figura, dice que esta Palabra es capaz de juzgar los pensamientos y propósitos del corazón. Y para identificar la Palabra, como si fuera Dios mismo, él inmediatamente se refiere a la omnisciencia de Dios. La intención del Apóstol parece haber sido el resguardar a los hebreos contra la falsía del pecado; de modo que no prestaran atención a ninguna de sus sugestiones ocultas.
Stuart hace la transición de la Palabra a Dios, al fin del versículo doce, e interpreta así la cláusula: “El también juzga los pensamientos y propósitos del corazón.” Empero esta cláusula puede más propiamente considerarse como explicativa de lo afirmado sobre la espada de dos filos.
Apéndice R
Cap. 4:12. Espada de dos filos, etc. Sea porque lo penetrante, o convincente, o porque el poder mortífero de la “palabra” queda estable cido mediante la metáfora de la “espada,” es asunto controvertido aún. Beza y Scott, así como Calvino consideran su poder convincente y mortífero como intentado. “Entra,” dice Beza, “hasta lo más recóndito del alma, de suerte que produce en los perversos una herida mortal, y dando muerte al hombre viejo hace surgir a la vida al elegido.” Stuart considera su poder mortífero sólo como intentado: “El sentido es,” observa él, “que la divina conminación es de la más mortal eficacia punitiva”.
Ahora bien, si todo el pasaje se considera debidamente en relación con lo anterior, habrá suficiente razón para deducir que la metáfora de la espada sólo se presenta para demostrar que la “palabra” alcanza a todas las maniobras interiores del alma, y que se extiende a los motivos y a los pensamientos y propósitos más ocultos del corazón. La última cláusula en el versículo doce claramente explica lo que se quiere decir por “espada;” y esto es confirmado más adelante por el siguiente versículo, donde se dice que todas las cosas están desnudas y descubiertas para Dios, de cuya Palabra habla él, y con la cual tenemos que ver. Todo esto parece coincidir en el objeto para el cual las palabras fueron introducidas, esto es, para advertir a los hebreos el peligro de escuchar al poder seductor y engañoso del pecado.
En cuanto al versículo 13, Bloomfield sugiere una transposición que volvería la transición de la palabra de Dios, a Dios mismo, mucho más fácil: “Además no existe cosa creada que no esté descubierta a la vida de aquel con quien tenemos que ver; mas todas las cosas están desnudas y expuestas ante sus ojos.” Empero la construcción aquí es semejante a la que hemos notado en los dos ejemplos anteriores, cap. 2:9, y 17, 18; la primera y la última cláusula están relacionadas, y las dos cláusulas de en medio también lo están.
La última oración es interpretada por Grocio; “del cual es nuestra palabra,” i.e., de quien nosotros hablamos; por Beza, “con quien tenemos que ver;” por Doddridge, Macknight y Stuart, “a quien tenemos que dar cuenta.” Siempre que lógos significa “cuenta,” el verbo “rendir,” o un verbo similar está relacionado con aquel. Existen dos ejemplos en la Septuaginta donde permanece sólo con un pronombre en el caso dativo como aquí, y significa negocio, asunto, o incumbencia: véase Jueces 18:28, y 2 Reyes 9:5. En el último pasaje está conectado también, como aquí, con la preposición prós. Por tanto no puede existir duda de que nuestra versión sea la correcta: “con quien tenemos que ver,” o literalmente, “con quien existe para nosotros un interés.” No es un modo de hablar, como algunos aducen, que favorezca otro significado.
Apéndice S
Cap. 6:1. Algunos autores difieren en cuanto al carácter de este pasaje, si es exhortatorio o didáctico, esto es, si el Apóstol poniéndose en lugar de ellos, los exhorta a avanzar en conocimiento, o si desempeñando el oficio de un maestro, sugiere el curso que se propone seguir. Stuart y algunos otros, al igual que Calvino, son de la opinión primera, como si el Apóstol hubiera dicho: “Como sólo los perfectos o crecidos son capaces de recibir el alimento fuerte, nos toca a nosotros abandonar el estado de infantilismo y avanzar hacia el estado de madurez, como para alcanzar el conocimiento perfecto.” Se afirma que este punto de vista se adapta mejor a lo que sigue: “porque es imposible,” etc.
Pero hay especialmente dos cosas en el pasaje que militan contra esta opinión: primera, “no echando otra vez el fundamento,” etc. lo cual evidentemente se refiere a la enseñanza; y segundo, el versículo 3 que también se refiere a la enseñanza.
Es común que el Apóstol al hablar de sí utilice el plural: véase por ejemplo el versículo 9. El “Por tanto” es una inferencia general de lo que él había estado expresando, y no de una cláusula particular, como si hubiera dicho: “Siendo este el caso de ustedes, permítanme ahora por tanto, a fin de impulsarlos hacia adelante, dejar los rudimentos, y proceder al estado de cosas que es recomendable para los cristianos avanzados; no es mi propósito por ahora predicar el arrepentimiento y la fe en los cuales ustedes ya han sido instruidos, y el hacer esto es inaprovechable respecto a los que han apostatado; “porque es imposible,” etc Su objeto no era convertirlos a la fe, sino confirmarlos y adelantarlos en ella.
O bien, todo el argumento puede afirmarse más claramente así: “Lo que ahora me propongo hacer no es llamarlos al arrepentimiento y a la fe, ni pedirles que sean bautizados para que reciban el don admirabledel Espíritu Santo, ni enseñarles la doctrina de la resurrección tal como fue confirmada por la propia resurrección del Salvador, ni tampoco acerca del día del juicio, cuando sea pronunciada la sentencia irrevocable sobre justos e injustos, porque todas estas cosas han sido conocidas de ustedes de mucho tiempo atrás, y las han profesado por largo tiempo: no hay por tanto necesidad de repetirlas, ni sería de provecho alguno, porque si ustedes apostatan, es imposible restaurarlos otra vez para arrepentimiento.”
Pero en lugar de presentarles el caso en forma personal, lo hace general. Y así los estimula en forma más efectiva a progresar en el conocimiento de las verdades divinas; porque no avanzar es retroceder, y el retroceso es el camino directo a la apostasía.
Apéndice T
Cap. 6:5. Y las virtudes del siglo venidero. Las cinco cosas aquí mencionadas se han explicado de diferentes maneras:
1ọ Iluminados: bautizados, dicen la mayoría de los padres, y algunos comentadores modernos también, pero sin contar con el apoyo del empleo de la palabra en la Escritura, ni del Nuevo Testamento o de la Septuaginta, significa emitir luz, traer luz, iluminar, y por tanto instruir, enseñar. Se utiliza frecuentemente en la Septuaginta para una palabra que en hebreo significa enseñar. Los enseñados, los instruidos en el deber y necesidad de arrepentimiento y la verdad cristiana en general, eran sin duda, “los iluminados.” Este es el significado dado aquí por Grocio, Beza, Owen, Doddridge, Scott, Stuart. etc.
2ọ El don celestial: la fe, Cristo, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados, tranquilidad de conciencia, vida eterna; todos éstos han sido enunciados, mas el primero, “fe para con Dios,” mencionado en el versículo primero, es evidentemente lo que se quiere decir.
3ọ Partícipes del Espíritu Santo: esto es, de su maravilloso poder, como lo entiende la mayoría; esto es lo que evidentemente se insinúa con “bautismos e imposición de manos” en el versículo segundo.
4ọ La buena palabra de Dios: el evangelio, el pacto del evangelio. las promesas del evangelio, la herencia celestial; tales han sido las explicaciones que se han dado. Hay sólo dos lugares donde está la frase “la buena palabra” en Jeremías 29:10, y 23:14; y allí significa la promesa de restauración hecha a los judíos mencionada en el versículo segundo.
5ọ Las virtudes del mundo venidero; esto, las virtudes milagrosas, dice la mayoría; empero aión o mélon, “el mundo venidero,” dice Schleusner, jamás significa en el Nuevo Testamento el tiempo del evangelio sino el mundo futuro. Véase Mateo 12:32; Lucas 18:30; Efesios 1:21. El por lo tanto explica la cláusula así: “El poder y eficacia de la doctrina respecto a la fidelidad futura de los cristianos en el cielo.” Habría encajado más con el “juicio eterno” en el segundo versículo, si hubiese dicho, “respecto al estado futuro de ambos, salvos y perdidos en el mundo que viene;” porque el juicio eterno se refiere a ambos.
El “gustar” de acuerdo con el uso bíblico, es conocer, participar de, experimentar, poseer, disfrutar. No significa aquí, como algunos han pensado, tocar ligeramente una cosa, o probarla; sino saber, conocer experimentalmente, sentir o disfrutar.
Vemos así que hay una completa relación entre los pormenores mencionados aqui y las cosas afirmadas en los versículos 1 y 2.
Apéndice U
Cap. 6:4–6. Sobre el tema ventilado en estos versículos, Stuart hace una pregunta y la contesta en la forma siguiente: “¿Alude todo el párrafo a los verdaderos cristianos, o sólo a los profesantes? A los primeros indudablemente,” La pregunta no es adecuada, porque el Apóstol habla solamente de los que habían disfrutado de ciertos privilegios, y en cuanto a que fuesen o no verdaderos cristianos, de eso él no se ocupa. Pablo se dirigió a los corintios como a “la iglesia de Dios;” y en igual forma cabría preguntar, “¿Se dirigió a ellos como a verdaderos cristianos, o con siderándoles sólo como profesantes?” Y podría contestarse: “Indudablemente como a verdaderos cristianos.” Y sin embargo, nos damos cuenta que dice: “Examináos a vosotros mismos si estáis en la fe.” De lo que aquí trata es del goce de ciertos privilegios y del peligro de no hacer el debido uso de ellos, y también de la terrible condenación de aquellos que los menospreciaron y se apartaron de la verdad.
Nuestro autor admite totalmente la doctrina de la perseverancia de los santos; empero una pregunta de esta naturaleza que no viene al caso con el tema, tiende a crear dificultades únicamente. Pero poco después la modifica realmente, agregando: que “Dios trata a los cristianos como agentes libres y seres racionales, y los guarda contra la apostasía, no por una mera fuerza física, sino por medios morales adaptados a su naturaleza como agentes libres y racionales.” Indudablemente que Dios ac túa así, de acuerdo con todo el tenor de las Escrituras; pero esto no contradice la verdad, claramente enseñada en muchos pasajes, de que su pueblo elegido, los verdaderos cristianos, jamás perecerán.
Apéndice X
Cap. 6:10. Y el trabajo de amor, etc. Aunque Griesbach y otros han excluido tou kópou, “obra,” del texto, sin embargo, Bloomfield piensa que existen suficientes razones para retener las palabras. El mayor número de MSS. las contienen, y parecen necesarias para completar el pasaje, aunque el significado sin ellas sería el mismo. Hay aquí una instancia de un arreglo semejante a lo que frecuentemente se encuentra en los Profetas, como se verá poniendo el versículo en líneas:
“Porque Dios no es injusto,
Para olvidar vuestra obra,
Y el trabajo de ese amor
Que habéis demostrado a su nombre,
Habiendo asistido y asistiendo aún a los santos.”
Excluyendo la primera línea, vemos que la primera y la última están relacionadas, y las dos líneas de en medio. Su “obra” consistía en asistir a los santos; y en añadidura a eso existía “el trabajo de ese amor” que ellos manifestaban hacia Dios. El no olvidaría su labor de ayudar a los santos, ni el amor que ellos habían mostrado para su nombre mediante una abierta profesión cristiana, amén de la actividad y fervor en el servicio de Dios. Grocio afrma que “el trabajo de amor” fue a favcr de la fe cristiana.
Stuart dice que “trabajo” fue el acto exterior, y que “amor” fue el principio de donde emanaba. Ejemplos de esta naturaleza indudablemente se hallan con frecuencia en las Escrituras, afirmando primero el hecho, y luego el principio interno o motivo; mas si ha de retenerse “obra,” este principio no podrá sostenerse.
Apéndice Y
Cap. 6:11. Para cumplimiento de la esperanza, etc., o en orden a la plenitud de la esperanza. La preposición prós “para,” puede interpretarse “con respecto a, o en relación a.” Si ha de concedérsele este significado, entonces la solicitud requerida era con relación a la plena seguridad de esperanza; ellos tenían que poner todo su cuidado y solicitud a fin de disfrutar de la seguridad de la esperanza hasta el fin. Mas si la preposición se traduce, “por causa de,” como lo hace Stuart, entonces el significado es, que ellos tenían que poner la misma solicitud que habían demostrado en su obra y trabajo de amor, con objeto de lograr la plena seguridad de la esperanza.
Ahora bien, Calvino acepta el primer significado; él considera que el Apóstol ahora se refiere a la plenitud de la esperanza o de la fe, como quiera que antes había hablado de las obras de benovolencia. Lo que sigue parece favorecer esta opinión, porque el Apóstol procede a hablar de la fe y la paciencia como ejemplificada por los padres, especialmente por Abrahán.
Algunos, como Beza, relacionan “hasta el cabo” con “demostrar la misma solicitud,” pero es más apropiado relacionarla con “la plenitud de la esperanza,” como lo hace la mayoría.
Las observaciones de Scott sobre la diferencia de “la plenitud de la esperanza” de el “entendimiento,” y de la “fe,” son tan claras y distintas que debemos añadirlas:
“Aquel que entiende el evangelio así como para percibir la relación de cada parte a todo el resto, y su empleo como parte de un gran designio, en la misma forma en que un experto anatomista entiende el uso y función de cada parte del cuerpo humano, en relación al todo, tiene la plena seguridad de entendimiento; y aquellas cosas que aparecen inconsistentes, inservibles, o superfluas a otros, él las entiende como esencialmente necesarias para el sistema o para el gran objetivo. El individuo que está plenamente convencido de que este complicado pero armonioso y consistente designio, es la obra de la revelación divina„ y no tiene duda de que las cosas testificadas son verdaderas, de que las promesas y amenazas serán cumplidas, y de que Cristo ciertamente salvará a todos los verdaderos creyentes, tiene la plena certidumbre de fe, aunque por alguna falsa interpretación, o tentación, u otras causas, pudiera dudar de su propio interés personal en esta salvación. Mas aquel, que sin dudar o vacilar en lo absoluto está seguro de que es un verdadero creyente, interesado en todas las promesas preciosas, sellado por el Espíritu santificador, y convencido de que es hecho partícipe de la gloria que ha de ser revelada, tiene la plena seguridad de la esperanza.”
Apéndice Z
Cap. 7:11. Porque bajo él recibió el pueblo la ley, etc. Estas palabras son explicadas en diferentes formas. La preposición epí con frecuencia significa “porque” o “a causa de” como ep’ elpídi, “por la esperanza,” (Hechos 26:6); y así las interpreta aquí Macknight, “a causa de él el pueblo recibió la ley.” No es verdad que el pueblo estuviese bajo el sacerdocio cuando fueron sujetos a la ley; porque la ley fue dada antes de que fuese instituido el sacerdicio levítico: fue después de que tabernáculo se construyó y erigió cuando Aarón y sus hijos fueron consagrados sacerdotes. Véase Ex. 40:12–15.
Stuart da otra interpretación, “Porque la ley fue dada al pueblo en conexión con esto,” o “bajo esta condición,” tal como él mismo aclara en una nota. Y en seguida observa: “El significado es, que el sacerdocio levítico y la ley mosaica están vínculados de manera estrecha e inseparable.”
Como el Apóstol habla poco después del cambio de la ley, esto es, respecto al sacerdocio, es mejor considerar la misma ley como aquí se pretende, “aunque el pueblo había recibido una ley con respecto a él,” es decir, al sacerdocio. Esto se pone entre paréntesis por dos razones, para anticiparse a una objeción fundada en una designación divina, y para introducir el tema con el fin de demostrar que fue un nombramiento que se intentó cambiar.
Apéndice A 2
Cap. 7:11–17. Este pasaje puede traducirse así:
11 Ahora bien, si la perfección hubiera sido alcanzada ciertamente por el sacerdocio levítico, (ya que el pueblo respecto a él recibió una ley,) ¿qué necesidad había aún de que surgiera otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y no ser nombrado según el orden de Aarón?
12 Pues cambiado el sacerdocio, hay necesidad de cambiar también la ley;
13 Pues aquel de quien se dice esto, de otra tribu es, de la cual nadie sirvó al altar.
14 Y es evidente que nuestro Señor nació de Judá, a cuya tribu nada habló Moisés respecto al sacerdocio.
15 Y esto es aun más patente, si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec;
16 que sea hecho, no según la ley que ordena sucesión carnal, sino en virtud de la vida indestructible;
17 pues recibe este testimonio, “Tu eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.”
“La ley que ordena sucesión carnal” es la norma que se refiere a la vida presente, a la vida en la carne, que es frágil e incierta; y en contraste con ella está la “vida indestructible,” la cual es de Cristo como Sacerdote, de acuerdo con la cita que se sigue. El significado es que Cristo no fue hecho Sacerdote conforme a la ley que regula las cosas pertenecientes a los hombres mortales, (véase el versículo 23.) sino conforme a lo que es propio en uno que posee la vida o existencia permanente.
El argumento de todo el pasaje parece ser como sigue: No existe perfección en el sacerdocio levítico, porque se ha designado a otro Sacerdote. Siendo este el caso, la ley respecto al sacerdocio necesariamente tiene que ser cambiada; y de que se ha cambiado se puede probar por dos cosas: por el hecho de que Cristo no nació de la tribu de Leví, y por la declaración profética de que él tendría que ser un sacerdote según el orden de Melquisedec, y por consiguiente un sacerdote perpetuo, y no como los hijos de Aarón, quienes lo fueron en sucesión, estando todos sujetos a la muerte.
Apéndice B 2
Cap. 7:19. Mas hizolo la introducción, etc, Teofilacto, Lutero, Capelo, y otros han traducido este sustantivo como en la misma categoría con “abrogación” o inutilidad en el versículo que antecede.
18 “Hay por lo tanto una abrogación del mandamiento precedente, a causa de su debilidad e inutilidad, 19 (porque la ley nada perfeccionó,) y por otra, se introduce una esperanza mejor, por medio de la cual nos acercamos a Dios.”
Este pasaje saca una conclusión de lo que se ha afirmado. El “mandamiento abrogado” fue respecto al sacerdocio levítico. Su “flaqueza” consistía en que realmente no podía expiar el pecado; y su inutilidad, en que no podía hacer santos a los hombres o conferir vida. Lo mismo se expresa en las palabras incluidas entre paréntesis. Pero lo que se ha dicho no únicamente prueba que el sacerdocio levítico está abrogado, sino también que se ha introducido una esperanza mejor; esto significa que algo mejor que el sacerdocio levítico, el cual era objeto de esperanza para los santos de la antigüedad, se ha introducido después del sacerdocio, y fue expresamente mencionado por David en los Salmos muchos años después de que el sacerdocio levítico fuera establecido. Esto parece ser el significado original del pasaje.
A continuación vienen de manera muy apropiada los siguientes ver sículos, ya que la “introducción” se menciona aquí:
20 “Y por cuanto no fue sin juramento, pues los otros ciertamente sin juramento fueron hechos sacerdotes, 21 mas éste por juramento de quien le dijo: ‘Juró el Señor y no se arrenpentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec,’ 22 De tanta mejor alianza fue hecho mediador Jesús. Y mientras los otros sacerdotes fueron muchos, porque la muerte les impedía permanecer, éste, en cambio, como perdura para siempre, posee un sacerdocio perpétuo; (o que no es transmisible a otro.)”
Lo que no fue “sin juramento” es “la introducción,” etc. Hay aquí dos cosas adicionales afirmadas como para probar la superioridad del sacerdicio de Cristo: el juramento probó que él fue el fiador de un pacto mejor; y su sacerdocio, distinto del de Aarón, que pasaba de uno a otro, fue intransmisible o no sujeto a sucesión, como la palabra lo indica y no “inmutable” como dice nuestra versión.
Apéndice C 2
Cap. 7:27. Que no tiene necesidad cada día, etc. Ha surgido una dificultad respecto a este versículo. Se dice que Cristo, a diferencia de los otros sacerdotes, no ofreció un sacrificio diario, primero por sus propios pecados y luego por los pecados del pueblo, “porque esto lo hizc una sola vez, ofreciéndose a sí mismo.” De aquí parece, según lo afirman algunos, que él ofreció un sacrificio por sí mismo así como por los pecados del pueblo. A fin de explicar esto, se ha propuesto dar cabida al versículo que sigue; y se ha aseverado que existe aquí un arreglo semejante a lo que frecuentemente ocurre en los Profetas; es decir, cuando dos cosas son afirmadas, se alude primero a la última, y luego a la primera. Las dos cosas aquí, son los propios pecados del sacerdote y los pecados del pueblo. Se supone que el Apóstol tiene que hablar primero de lo que hizo Cristo en cuanto a los pecados del pueblo, y luego en el versículo que sigue que él demuestre que Cristo no tenía pecado, porque él se hizo o fue hecho “un perfecto sacerdote,” y ello “para siempre,” estando sin pecado no sólo cuando realmente ofreció el gran sacrificio, sino también sin pecado como nuestro Intercesor en el cielo.
Esta es la explicación del Obispo Jebb, que también fue adoptada por Bloomfield. Que arreglos de esta naturaleza se encuentren en el Nuevo Testamento, y aun en esta Epístola, no hay por qué dudarlo. Empero la última palabra “perfeccionó” no admitirá el significado que se le da, “El es, fue y será eternamente perfecto y libre de pecado.” Si este fuese su significado, habría una completa concordia con la parte anterior. La perfección es aplicada a Cristo dos veces en esta Epístola, (cap. 2:10; 5:9), mas no en el sentido arriba expresado. Cuando se afirma que Cristo es hecho perfecto o perfeccionado, quiere decir que él es completamente apto y calificado por su obra, o que ha terminado completamente su obra de expiación. Aquí el significado parece ser que él es constituido para siempre un Sacerdote perfecto habiendo hecho no sólo una vez y para siempre una expiación adecuada por los pecados del pueblo, sino también continuando como sacerdote para siempre.
En cuanto al versículo 27, puede traducirse así:
“El cual no tiene necesidad cada día de ofrecer sacrificios, como los pontífices, primero por sus propios pecados, y luego por los del pueblo. Porque esto lo hizo él de una vez para siempre cuando se ofreció a su mismo.”
“Esto lo hizo” se refiere únicamente al ofrecimiento de un sacrificio; y “por sus propios pecados,” etc., se aplica sólo a los pontífices. En esta forma evitamos la dificultad aludida.
Apoyándose en cierta idea de que el sumo sacerdote ofrecía sacrificios sólo una vez al año, i.e., en el día de la expiación, Macknight traduce kath’ heméran, “de tiempo en tiempo,” etc. El lo considera como un equivalente de kath’ eniautón, “de año en año,” en el cap. 10:1, y se refiere a Exodo 13:10, donde “de año en año” en hebreo es de “días a días,” y lo mismo en la Septuaginta, af’ hemerón eis hemécas. Que si el sumo sacerdote ofrecía sacrificios diariamente, es cosa que no se puede probar por las Escrituras, aunque Stuart se refiere a Lev. 6:19–22, y Núm. 28:3–4, donde nada satisfactorio se encuentra. El cita ciertamente algunas de las palabras de Filón, el cual afirma que tal era el caso. Scott opinaba que lo que diariamente ejecutaban los sacerdotes se atribuye aquí al pontífice, siendo ellos sus coadjutores. Pero la explicación de Macknight es la más satisfactoria, particularmente ya que la comparación desde el principio hasta el fin es entre Cristo y el sumo sacerdote.
El versículo 28 puede traducirse así:
“Porque la ley constituye pontífices a los hombres débiles, mas la palabra del juramento, que vino después de la ley, al Hijo, perfecto para siempre.”
“Perfecto,’ ” o completamente calificado, es decir como sacerdote. La palabra perfecto depende, en cuanto a su significado específico, del contexto. El tema aquí es la perpetuidad del sacerdote. Los sumos sacerdotes bajo la ley por causa de la muerte (versículo 23), y en esto consiste la “flaqueza” mencionada aquí, aunque en otro lugar (cap. 5:2), significa pecaminosidad. Entonces la perfección del Hijo es la perpetuidad de su vida, aludida en los versículos 16 y 24. Los pontífces morían y de aqui que no eran aptos para su obra; Cristo empero vive, y por tanto continúa para siempre plenamente calificado para su oficio. Véase el versículo 25.
Apéndice D 2
Cap. 8:1. Así que, la suma, etc. Muchos piensan que la palabra kefálaion no significa aquí una suma en el sentido de resumen, sino una cosa principal. Así lo entendió Crisóstomo. La versión de Macknight es, “Ahora bien, de las cosas habladas la principal es;” La versión de Stuart substancialmente es la misma. Pero la idea parece ser algo diferente: la interpretación literal es, “Ahora bien la principal en cuanto a las cosas habladas es,” etc; esto es, la suma total, o la cantidad total.
Parkhurst cita un pasaje de Meander el cual es muy semejante a la primera parte de este versículo, Tó dé kefálaion ton lógon, Anthropos ei: “Pero la suma de mi discurso es, Tú eres un hombre.” etc. La palabra significa aquí la substancia o la suma total. La palabra rosh, cabeza, en hebreo tiene un significado semejante, el número total del pueblo, Ex. 30:12; Num. 4:2.
Apéndice E 2
Cap. 8:6. Y yo los menosprecié, etc. El Apóstol sigue aquí la Septuaginta, aunque en otras partes de esta cita se apega más al hebreo. Nuestra versión de Jeremías 31:32, es; “aunque yo fuí un marido para ellos,” la cual no es apoyada por ninguna de las versiones primitivas. La frase es peculiar, no se encuentra en ninguna otra parte más que en Jer. 3:4; el cual Kimchi interpreta: “Yo los he aborrecido.”
El verbo significa tener, poseer, gobernar, ejercitar dominio, casarse; Pocock y algunos otros piensan que significa detestar, desdeñar, aborrecer cuando es seguido por la preposición beth, como aquí; y se afirma que au, afín, en árabe tiene este significado. La Vutgata traduce aquí: “y yo he dominado sobre ellos;” y la Siríaca “y yo los he despreciado.” La expresión es suavizada por la Septuaginta, “y yo los he menospreciado (o no he cuidado de ellos).” Y lo mismo se hace con respecto a la cláusula que antecede; “porque ellos no permanecieron en mi pacto,” que en hebreo es, “porque ellos quebrantaron mi pacto,” mas no así en nues tra versión. Asi ashér, es interpretado por la Siriaca y el Tárgum. “El cual mi pacto” ha sido derivado de la Vulgata, y es una construcción no muy de acuerdo con el original.
Sin embargo, la solución más probable y más fácil, es suponer un error tipográfico en Jeremías 31:32, en el empleo de la palabra baalti en lugar de bajalti, estribando la diferencia sólo en una letra. He aquí las razones para esta suposición: Todas las versiones son aquí diferentes de lo que son en Jeremías 3:4; donde se supone que ocurriría la misma frase: y este último verbo se encuentra en Zacarías 11:8, seguido por la beth como aquí, y significa “abominar,” o de acuerdo con algunos, “rechazar.”
Hay también otra palabra, gaalti, que se ha mencionado, y difiere sólo en una letra; y es empleada por el propìo Jeremías en el cap. 14:19 y con beth, en el sentido de abominar o detestar, y puede considerarse justamente como el vocablo más probable.
Pero Newcome sugiere otea cosa, un error tipográfico en el griego. Existe otra interpretación en algunas copias de la Septuaginta, y esta es emelesa, “He cuidado de ellos;” y esto en esencia estaría de acuerdo con “Fui marido para ellos.” Esta conjetura es menos probable; porque implica un error tanto en la Septuaginta, como en esta Epístola. No obstante cualesquiera de estas suposiciones reconciliaría los pasajes; y es peculiar que en ambos casos el cambio requerido es sólo de una letra.
Apéndice F 2
Cap. 9:2. El primero, etc. Doddridge, Macknight, y Stuart relacionaban “el primero” con “tabernáculo,” pero de manera impropia. La interpretación debe ser, sin duda, como en nuestra versión, o como sigue: “Porque fue hecho un tabernáculo; en cuya primera estancia estaba el candelabro, la mesa y los panes de la proposición; y se llama el Santo.” Encontramos en el versículo 3, que “el lugar santísimo” también es llamado tabernáculo, el cual era como un segundo tabernáculo, o la segunda parte de él, véase el versículo 7. La palabra “santo,” seguida por “de los santos,” es un adjetivo que concuerda en su género con el tabernáculo; y “de los santos” parece significar cosas sagradas; de modo que podría traducirse: “El santo tabernáculo de las cosas santas.” Los acentos no tienen ninguna autoridad. La palabra “santo” en el plural con un artículo, como en el versículo 8 y 12, designa al Santo de los santos: o puede referirse a ambos lugares, el santuario y el lugar santísimo, porque el pueblo era excluido de ambos; y estrictamente hablando, ningún acceso se concedía a ellos.
Apéndice G 2
Cap. 9:9, 10. Estos dos versículos han puesto a prueba la ingenuidad de los críticos, no en cuanto al significado general, sino respecto a la construcción. Todos están de acuerdo respecto a la importancia general del pasaje, y no obstante encuentran una dificultad en la sintaxis. Esto ha resultado de no comprender él estilo del Apóstol; frecuentemente él arregla sus oraciones conforme a la costumbre de los antiguos profetas. Y así lo hace aquí. En el versículo 9 menciona dos cosas: “presentes” y “sacrificios;” enseguida se refiere, primero, a los “sacrificios,” y después, a los “presentes.” De los “sacrificios,” añade que no podían perfeccionar o justificar “al adorador,” porque latreuónta así debe traducirse aquí; empero de los “presentes,” junto con las viandas, etc. agrega que fueron impuestos únicamente hasta el tiempo de la reforma. Aquí la sintaxis queda satisfecha. Los dos versículos pueden interpretarse así:
9. “Lo cual es símbolo del tiempo presente, en cuanto a que se ofrecen dones y víctimas incapaces de perfeccionar la conciencia al adorador (oferente), 10 consistiendo sólo sus ordenanzas carnales en manjares y bebidas y en diversas abluciones, impuestas hasta el tiempo de la reformación.”
Ahora bien, hay aquí una consistencia en cada una de las partes; dunámenai está en el mismo género que thusíai, y lo que se afirma es apropiado a los sacrificios, no siendo ellos capaces de expiar el pecado; y luego epikeímeria es del mismo género que dorá, y lo que de ellos se afirma es también apropiado, es decir, fueron impuestos o requeridos únicamente juntos con las carnes, etc., los cuales eran rituales relacionados con la carne o el cuerpo, y con el alma o la conciencia, hasta que el tiempo de la reforma o rectificación de las cosas llegara.
Doddridge justamente declara la eficacia de los sacrificios judíos al afirmar que prevenían los “males temporales,” y expiaban las ofensas en la corte de arriba; eliminaban las ofensas contra el gobierno bajo el cual vivían los judíos, y los restauraban a los privilegios de la comunión externa con la Iglesia, y en esta forma eran tipos y símbolos de la eficacia del verdadero sacrificio, por el cual nosotros somos restaurados al favor de Dios, y a una comunión espiritual con él.
Apéndice H 2
Cap. 9:16, 17. Mucho se ha escrito sobre el significado de la palabra diathéke en este pasaje. Desde el principio hasta el fin es interpretada “pacto” por Doddridge, Macknight, Scholefield, etc.; y Scott está dispuesto a aceptar el mismo punto de vista. He aquí la versión de Macknight:
16. “Porque donde hay pacto, es necesario que intervenga la muerte del sacrificio designado, 17 pues el pacto entra en vigor por la muerte de la víctima, mas no tiene fuerza mientras ésta vive.”
Aquí la dificultad estriba en la palabra diathémenos, traducida arriba, “el sacrificio designado,” por Doddridge, “aquel por quien el pacto es confirmado,” y por Scholefield, “el sacrificio mediatorio.” Pero no se ha encontrado jamás que la palabra tenga tal significado en el Nuevo Tes tamento, en la Septuaginta, o en los clásicos. Es imposible, por lo tanto, acceder a tal punto de vista sobre este pasaje.
Se afirma, por otra parte, que diathéke no significa un testamento o una última voluntad en el Nuevo Testamento ni en la Septuaginta. Esto no es verdad; porque claramente significa un testamento o una voluntad en Gal. 3:15, y en relación, también, con su significado común, un pacto, véase el versículo 17. Además, tiene comúnmente, si no que es que siempre, este significado en los clásicos.
Estos dos versículos tienen que considerarse como una ilustración, y también como si estuviesen entre paréntesis; y si gar se tradujese “en realidad,” o ciertamente, esto aparecería más evidente: “Donde ciertamente existe un testamento,” etc. Como ilustración, la referencia a un testamento es sumamente apropiada; porque con respecto a Cristo, su muerte fue realmente la ratificación del pacto; como por la muerte un testamento obtiene su validez, así por la muerte de Cristo el pacto del cual es él Mediador alcanzó su validez. La muerte en ambos casos tiene un efecto similar. Y esto y nada más esto, parece haber sido el propósito del Apóstol. El significado diferente de la misma palabra en el mismo pasaje ha de encontrarse en las palabras relacionadas con él; en el caso presente diathémenos es suficiente, independientemente del versículo 17, que justamente sólo puede aplicarse a una última voluntad o testamento, pero no a otra cosa.
Muchos están de acuerdo con Calvino acerca de estos versículos, entre ellos se encuentran Erasmo, Beza, Schleusner, Stuart, Bloomfield, etc.
Apéndice I 2
Cap. 10:5. Mas me apropiaste cuerpo. En el Salmo, las palabras son: “Has abierto mis oídos,” 40:6; o más literalmente. “Oídos has abierto para mí,” Calvino parece haber descartado la idea de una probable referencia a la perforación de las orejas en señal de esclavitud. Los dos verbos son ciertamente diferentes. Evidentemente él se refiere a Isaías 50:5: “El Señor Jehová me abrió el oído y no fui rebelde;” lo cual claramente se aplica a Cristo. Por lo tanto él hace que el significado de la frase sea: “Tú me has hecho sumiso y obediente.” Esta opinión ha sido adoptada por Merrick, el Obispo Horne, y Stuart. Mas el medio para lograr que las palabras “me apropiaste cuerpo,” tengan un significado análogo, no aparece muy claro. El Obispo Horne da esta versión: “Tú has preparado” o adaptado “mi cuerpo,” esto es, para ser obediente y hacer tu voluntad.
Mede concibió que la alusión es a la práctica de horadar la oreja en señal de esclavitud, mencionada en Exodo 21:6: y que como la práctica fuese desconocida entre los griegos, los Setenta tradujeron las palabras de acuerdo con lo que ellos hacían a sus esclavos; lo cual consistía en poner una marca sobre el cuerpo; “Tú me apropiaste (adaptaste) cuerpo;” esto es, para que yo fuese tu siervo. Que Cristo asumió “la forma de siervo,” se declara expresamente en Fil. 2:7. Hay en este caso un acuerdo acerca del significado; mas la dificultad es respecto al verbo kará, el cual no significa horadar o perforar, sino escarbar, excavar, y en un sentido secundario, formar o hacer una cosa, así como un pozo, un hoyo, una tumba, o una cueva. En cuanto a “orejas” en vez de “oreja” como en Exodo 21:6, fácilmente se explicaría afirmando que el objeto era demostrar la completa disposición de Cristo a convertirse en siervo.
Estas han sido las dos formas propuestas para reconciliar los pasajes como ahora se encuentran. No existen diferentes interpretaciones en el hebreo, ni en la Septuaginta ni en esta Epístola. Se han hecho proposiciones, por tanto, para un cambio en los textos sobre la suposición de errores tipográficos. Algunos como Grocio, Hammond, y el Dr. Owen han sugerido otía oídos, en lugar de sóma, cuerpo, en la Septuaginta. ¿Cuándo ocurrió este cambio? ¿Antes o después de la época del Apóstol? Si fue antes, entonces el Apóstol adoptó una falsa interpretación; si fue después, entonces el mismo error debe haberse cometido en la Septuaginta y en esta Epístola; lo cual es creíble.
Otros han supuesto un error en el texto hebreo; y esta conjetura ha sido aprobada por Kennicott, Doddridge el Obispo Lowth, Adán Clarke, y Pye Smith. No es objeción afirmar que la versión Siriaca, la Vulgata y el Tárgum, confirman la presente interpretación; porque el error pudo haberse cometido mucho antes de que cualquiera de éstas hubiera existido. Tal cambio ciertamente pudo haberse efectuado en los primeros siglos del cristianismo, y pudo haber sido hecho intencionalmente, por un deseo de opacar el testimonio de la Escritura respecto a Cristo.
Se supone que las palabras hayan sido az guevah en lugar de oznaim, como dice ahora el texto. En este caso habría un acuerdo literal; el pasaje en el Salmo podría entonces haberse traducido así:
6 “En el sacrificio y ofrenda tú no te deleitaste, entonces formaste un cuerpo para mí; ofrenda quemada y ofrenda de pecado tú no pediste.
7 Entonces dije, he aquí yo vengo.”
Hay aquí una uniformidad desde el principio hasta el fin. “He aquí yo vengo,” esto es, en el cuerpo designado para él. Y luego el Apóstol agrega, “Al entrar al mundo, él dijo,” etc., refiriéndose claramente a la encarnación de nuestro Salvador. Y este “cuerpo” es, poco después, expresamente mencionado en el versículo 10, en oposición a los sacrificios. Es cierto que en su argumento en el versículo 9, él recalca las palabras, “Yo vengo;” pero entonces esta venida era en el cuerpo preparado para él.
Apéndice K 2
Cap 10:14. Hizo perfectas, etc. La palabra significa completar, terminar, perfeccionar; depende del contexto lo que perfección o terminacinión signifique. Perfeccionar a los santificados o expiados, o a los que fueron objeto de la expiación, fue liberarlos completamente de toda imputación de pecado, exculparlos totalmente, o en otras palabras, quitar sus pecados absolutamente, lo cual jamás fue logrado por los sacrificios de la ley, versículo 11. Este es el punto aquí tratado. Stuart da el verdadero significado en la siguiente traducción libre: “Por una ofrenda, pues, efectuó plenamente y para siempre lo que se necesitaba para aquellos por quienes la expiación fue hecha.”
El perfeccionamiento “para siempre” por una ofrenda, en este versículo, prueba que “para siempre,” eis tó dienekés. en el versículo 12, ha de relacionarse con la ofrenda de un solo sacrificio, y no con el sen tarse a la diestra de Dios; el versículo puede traducirse así:
12 “Empero él, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados perpetuamente, (o, de acuerdo con Beza y Stuart, “un sacrificio perpetuo para los pecados,”) se sentó a la diestra de Dios, esperando de aquí en adelante, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.”
Algunas copias tienen autos, “él;” y otra, hoútos “éste.” Si se adopta el último no debe ser traducido “este hombre,” sino “este sacerdote,” siendo esta la palabra antes empleada. Como un solo sacrificio se opone a muchos sacrificios, así un sacrificio perpetuo. esto es, un sacrficio perpetuamente eficaz, se opone a los sacrificios que se hacían frecuentemente.
Apéndice L 2
Cap. 10:19–21. Sobre estos versículos se ofrece la siguiente traducción;
19 “Teniendo pues, hermanos, libertad como para un acceso dentro del lugar santísimo por la sangre de Jesús, 20 el cual ha consagrado para nosotros un camino nuevo que conduce a la vida, por medio del velo, es decir, su carne, 21 y teniendo un gran pontífice sobre la casa de Dios, acerquémonos,” etc.
Es más bien “libertad” o franquicia el significado de la palabra, tal como está en nuestra versión española, y así lo interpretan Beza, Doddridge, y Stuart. La Vulgata tiene “confianza.” La palabra “consagró,” literalmente es “inició;” Cristo, primero, abrió el camino, y lo abrió para su pueblo. El “camino” está en aposición con “entrada.” Fue “nuevo,” en contraste con el viejo durante la vigencia de la ley, y vivo o “que conduce a la vida:” así lo demuestra zósan aquí. Frecuentemente tiene un sentido causativo. “El pan vivo,” en Juan 6:51, se explica en el versículo 33, que es el pan que “da vida.” Igualmente aquí el “camino vivo” puede afirmarse que es el camino que conduce a la vida.
Hay diferencia de opinión en cuanto al “velo.” Calvino, Doddridge, Stuart, y otros, toman el velo como una expresión figurativa de la naturaleza humana de Cristo; y fundan su opinión en los textos siguientes, Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; Fil. 2:6. Otros en cambio dan esta explicación: “Como el velo era quitado para la entrada del sumo sacerdote, así el cuerpo de Cristo fue quitado por la muerte, para abrir una entrada al cielo.” Pero el modo más fácil y más natural es considerarlo como una alusión a lo que ocurrió al morir el Salvador, el rompimiento del velo en dos partes. (Mateo 27:51), lo cual fue una significativa insinuación y un símbolo maravilloso de lo que fue hecho por Cristo cuando murió en la cruz. Fue por su carne o su cuerpo roto o despedazado, cuando sufrió por noso tros, por lo que el camino al lugar santísimo fue abierto para nosotros, y lo mismo se atribuye a su sangre, en el versículo anterior, de modo que una parte se relaciona con la otra. El camino fue abierto a través del velo roto, el cual simboliza su carne despedazada y rota.
Apéndice M 2
Cap. 10:22. Con agua limpia. Es evidente que no se hace alusión aquí al bautismo, porque el Apóstol está instruyendo a los hebreos que habían sido bautizados, en la forma que diariamente podían acercarse a Dios.
Las palabras “agua limpia” no se encuentran en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, ni en la Septuaginta, a excepción de una vez en Ezequiel 24:25; donde nuestra versión traduce “agua purificadora,” y sin duda correctamente, aunque las versiones anteriores tienen “agua pura.” Fue un mandamiento dado a Aarón. “El se lavará (loúsetai) con agua todo su cuerpo (pán tó soma;)” igualmente tiene la Septuaginta, pero el texto hebreo es “su carne,” (besaró) aunque el texto samaritano tiene “todo,” (kol,) precediendo a carne, Lev. 16:4. Véase también Lev. 16:24. Los términos empleados aquí son sacerdotales o levíticos. Los “rociados” con sangre eran los sacerdotes en su consagración, y no los que traían sus presentes. Véase Lev. 8:30. En ningún otro caso fué alguno rociado con sangre excepto los leprosos, y el pueblo cuando se hizo el pacto. El lavamiento con agua era observado también por los sacerdotes al consagrarse (véase Lev. 8:6), y siempre que oficiaban. (Exodo 30:20, 21.)
El motivo para esta alusión respecto a los sacerdotes, parece haber sido éste: demostrar que todos los que ahora se acercan a Dios por medio de Cristo son sacerdotes, porque todos ellos sirven a Dios como si estuvieran en el santuario, y a semejanza del pontífice, es como si entraran al lugar santísimo, no una vez al año sino a diario y constantemente, siempre que practican la comunión con Dios.
Como el rociamiento en el caso de los cristianos es necesario continuamente, asi el lavamiento, como el cotidiano lavamiento de los sacerdotes antes de iniciar el cumplimiento de sus deberes. (Exodo 40:32.) El rociamiento representa el perdón, y el lavamiento, la santificación o purificación. Véase 1 Pedro 1:2; y 2 Cor. 7:15; 1 Tes. 5:23.
Puede añadirse, además, que como zósan, vivo, parece haberse empleado en el versículo 20 en sentido causativo, así también katharón, en este pasaje; y puede traducirse, “purificador,” como en Ezequiel 36:25. Los sacerdotes después de lavarse, quedaban limpios, según se afirma, con lo cual se les consideraba por lo tanto, haberse purificado, y lo cual demuestra que el lavamiento era solamente un símbolo. El agua limpia o purificadora representa el efecto santificante de la gracia divina.
Apéndice N 2
Cap. 10:26. Voluntariamente, etc. La Vulgata lo traduce, “voluntarié;” Beza, “ultro, por voluntad propia;” Doddridge y Macknight, como en nuestra versión; y Stuart, “voluntariamente.”
Esto ocurre sólo en otro lugar, (1 Pedro 5:2) y es traducido “voluntariamente,” se encuentra como adjetivo en Filemón 14, y es interpretado también voluntariamente; en ambos casos se encuentra en oposición a “constreñir.” De modo que la explicación de Schleusner parece correcta, “sin ninguna fuerza que obligue.—nulla vi cogente.” se emplea en la Septuaginta para una palabra hebrea que significa libremente, de voluntad libre, espontáneamente. Podemos, pues, por consiguiente traducir así las palabras; “Porque si pecamos de nuestra libre voluntad. (esto es, renunciando a la fe, lo cual es claramente el pecado a que se alude,) después de haber recibido el conocimiento de la verdad, no queda más sacrificio por los pecados.”
De acuerdo con este versículo el caso de los perseguidos no es aquí ventilado, porque ellos están bajo fuerza mayor; mas de los que aquí se habla es de aquellos que han renunciado a la le voluntariamente, libremente y de su propio consentimiento; de suerte que “voluntariamente” no es lo que se quiere significar, sino espontáneamente, sin que ninguna fuerza exterior o influencia los obligue a hacerlo.
Los padres, como Crisóatomo, Teofilacto, y Agustín, tristemente disparataron acerca de este pasaje, porque no entendieron el pecado de que aquí se trata, aunque evidentemente parezca el de apostasía, de acuerdo con el tenor de todo el contexto; y de aquí que ellos dijeran algunas cosas extrañas acerca del pecado después del bautismo, aunque éste ni se menciona ni se alude en todo el pasaje. ¡Cuántos y cuántos errores han sido introducidos por los padres en este mundo!
Apéndice O 2
Cap. 10:30, El Señor juzgará. El mismo significado da aquí a “juzgar” Beza y Calvino; empero Doddridge, Grocio, y Macknight piensan que significa vengarse, vindicar o defender. Se considera que el argumento es así: “Si Dios habrá de vengar las injurias hechas a su pueblo, con mucha mayor razón la injuria o vituperio hecho a su Hijo y al Espíritu Santo.” Stuart y Bloomfield dan al verbo el sentido de condenar o castigar; esto es, a su pueblo que apostata: “El Señor condenará (o castigará) a su pueblo.”
Las dos citas están relacionadas en Deuteronomio 32:35, 36. “Venganza” se refiere a los idólatras; y para que no le saquen a esto alguna ventaja, él añade, según parece, estas palabras: “El Señor juzgará a su pueblo;” esto es, él llamará a cuentas a su pueblo, para recompensar a unos y castigar a otros.” El Apóstol pudiera haber dicho: “Aunque dejemos el cristianismo, y nos volvamos a la religión judía, no seremos idólatras; por lo tanto la venganza con que nos amenazan no nos corresponde.” Para prevenir esta clase de evasión, el Apóstol añade: “El Señor requerirá a juicio a su propio pueblo, y dará a cada uno conforme a sus obras.” El hecho de que Dios es el Juez, que recompensará a unos y castigará a otros, es lo que se da a entender; y este punto de vista está de acuerdo con el pasaje en Deuteronomio, y también con el propósito del Apóstol en este lugar.
También los dos verbos, el hebreo yadín, y el griego krineí, admitirán este significado. El primero, ciertamente, mas no el segundo, frecuentemente significa vindicar, defender; pero el contexto en Deuteronomio 32:36, exige que su sentido sea el de ejecutar lo que es recto y justo para todos. Véase Gen. 30:6.
Apéndice P 2
Cap. 12:1. El peso del pecado que nos rodea, etc. Calvino sigue a la Vulgata, “Que nos rodea,” o está en derredor de nosotros. Crisósto mo lo traduce, “que fácilmente nos rodea;” Beza, “que está pronto a rodearnos;” Doddridge, “que en las actuales circunstancias lleva la mayor ventaja sobre nosotros;” Macknight, “que fácilmente se comete.”
La palabra euperístaton, significa literalmente, “Que está bien en torno nuestro.” Empero eu en su composición con frecuencia significa, prontamente, fácilmente, aptamente. Entonces, podemos traducirlo, “el pecado que fácilmente rodea,” esto es el pecado que prontamente nos rodea y por consiguiente nos acorrala, como impidiéndonos cual larga vestidura, adelantar en nuestra carrera. Los corredores se despojan de todo peso o carga, y también de todo vestido o traje largo. Parece que alude a estas dos cosas. Por tanto, la segunda cláusula no es explicativa de lo anterior, como algunos creen, sino una cosa totalmente distinta; allí está el peso de la carga y el pecado que fácilmente dificultan. La carga, es probablemente los cuidados y afanes del mundo, o como dice Teofilacto, “el equipaje de los intereses terrenales;” y el pecado, que fácilmente acorrala parece haber sido el temor a la persecución como Doddridge sugiere; al cual, si se le permite prevalecer, los llevaría a la apostasía final.
Si la palabra se tomara en sentido activo, entonces significaría el poder engañoso del pecado, que fácilmente nos rodea y nos atrae; en cambio si se toma en sentido pasivo, el significado específico sería, que el pecado a que se alude, permanece en torno a nosotros; porque “lo que está bien en torno nuestro” es lo que se presenta por todos lados con apariencia agradable y plausible. Y la apostasía podría haberse representado así; porque los judíos podían producir muchos argumentos plausibles. Scapula dice que aperístatos es aplicado por los retóricos griegos a un asunto breve o escasamente declarado, no acompañado de ningunas circunstancias; entonces, si en lugar del negativo, eu se le prefija, bien, el significado sería que es algo bien afirmado y plausiblemente representado. La versión en este caso sería, “el pecado que plausiblemente se presenta a sí mismo.” Si hemos de aceptar este significado entonces aparecería como que existe un asombroso contraste en el pasaje; estamos rodeados por una multitud de testigos, y también por el pecado con sus pretensiones plausibles. Es ordinario en Pablo personificar el pecado.
Apéndice Q 2
Cap. 12:2. El cual, habiéndole sido propuesto gozo, etc. Difícilmente alguno estará de acuerdo con Calvino en la consideración que hace de esta frase. La preposición se emplea ciertamente en ambos sentidos; pero las palabras, “que le fue propuesto,” y el argumento, evidentemente favorecen el otro punto de vista. El asunto tratado aquí es, que la esperanza de la gloria futura debe sostenernos en medio de los males de la vida presente; y se alude a Cristo como ejemplo; y el Apóstol agrega, que por el gozo que le fue propuesto sufrió la cruz. Se usa y se traduce la misma palabra “le fue propuesto,” que en el capítulo 6:18.
La primera cláusula del versículo es interpretada por Calvino, “el príncipe y perfeccionador de la fe;” por Beza “el líder y consumador de la fe;” por Doddridge, “el líder y terminador de nuestra fe;” y por Stuart “el autor y perfeccionador de nuestra fe.” La primera palabra es traducida “autor” por la Vulgata, y “el comenzador” por Erasmo. Siguiendo este significado podríamos traducir así; “el iniciador y perfeccionador de la fe,” esto es, del evangelio, o de la religión que profesamos. Cristo siendo el autor u originador y también el revelador completo de la fe, o de lo que profesamos creer, puede apropiadamente tomarse como nuestro ejemplo. Esta es la opinión de Stuart.
Doddridge toma la fe como un principio, esto es, la fe subjetiva, la fe en nosotros; así también lo entiende Teofilacto, “Primero, él nos da fe, y después la lleva a su perfección.” Scott menciona este punto de vista, y luego añade, “De él como el gran Profeta, la doctrina de la fe ha sido entregada desde el prinicipo, y perfeccionada en la revelación dada en el evangelio; y éste nadie jamás será autorizado a cambiarlo, añadirle, o quitar de él”.
Mas la referencia aquí parece ser a lo que Cristo hizo en su propia persona tal como aparece de lo que sigue: él sufrió la cruz, lo cual parece referirse a la primera palabra, “líder;” y el sentarse a la diestra de Dios aparece como explicativo de su carácter como consumador de la fe. El tema del Apóstol es la carrera, esto es la carrera de la fe, o a favor de la que profesamos. Cristo es el capitán o “lider” en esta carrera de la fe; y aunque tuvo que sufrir la cruz, no obstante la terminó, y ahora está a la diestra de Dios. Es el ejemplo que nos es presentado. Schleusner explica teleiotén como uno que lleva una cosa hasta el fin, uno que termina o completa algo. Cristo es el capitán o “lider” en la carrera de la fe, y el que la completa, convirtiéndola en un acontecimiento triunfal.
Apéndice R 2
Cap. 12:6. Porque el Señor al que ama, etc. La cita es Proverbios 3:11, 12 tomada de la Septuaginta, y en conformidad al hebreo, excepto en la última cláusula; que en hebreo es, “Como el padre al hijo a quien quiere.” Algunos imprudentemente han tratado de enmendar una de las palabras en hebreo, si bien hay tres palabras que necesitan ser alteradas si atribuimos importancia a la identidad verbal; y aun la palabra enmendada, así difícilmente puede responder al objeto, dándole un sentido que no tiene en ninguna otra parte.
Si convertimos a coeb en verbo, no será apropiado, porque su significado es estar adolorido, estar triste, pesaroso, y siempre se usa intransitivamente; y si como Schleusner, lo hacemos un hiphil, yeiaib, difícilmente tendrá el significado que aquí se requiere; el hiphil se emplea en el sentido de causar dolor, entristecer, o apesadumbrar Esto ciertamente se aproxima a una identidad verbal; pero entonces hay “todo” para ponerlo allí, y el “amar” se convierte en “recibir.” El ser demasiado escrupuloso acerca de las palabras, cuando el significado general es el mismo, ni es cuerdo ni razonable, sino absolutamente pueril; es una disposición claramente desaprobada por las Escrituras, habiendo en ella muchos pasajes donde se da el significado mas no las palabras. Véase capítulo 8:12; y 10:7.
La Vulgata, la Siríaca, y el Tárgum, materialmente están de acuerdo con el texto hebreo tal como está. Solamente la Arábiga favorece a la Septuaginta. Macknight cita a Hallet como diciendo que la Siríaca y el Tárgum, así como la Arábiga, coinciden con la Septuaginta; lo cual es un gran error. La Siríaca dice: “Pues el Señor a quien ama corrige, como un padre que corrige a su propio hijo;” y el Tárgum casi expresa lo mismo, donde la palabra “padre” es conservada. Y además, lo que este autor dice acerca del significado del verbo coeb, no es cierto; no hay ejemplo en el cual sea empleado en el sentido de azotar. No debemos pervertir el significado de las palabras, o inventar un significado nuevo, para corresponder al deseo de un acuerdo verbal.
Hay empero en esta cita algo que merece especial atención. La “corrección” se hacía por medio de la vara; así encontramos la vara y la corrección puestas la una junto a la otra, en Proverbios 22:15. En hebreo es “la vara de corrección (musar,)” y en la Septuaginta, “vara y corrección (paideía.)” En Proverbios 23:13 la corrección y el pegar con la vara son representadas como la misma cosa. Teniendo presente esto entendremos la relación y significado de este pasaje:
11 La corrección del Señor, hijo mío, no desprecies,
y no te inquietes por su castigo;
12 Porque el Señor a quien ama castiga,
y corrige como un padre al hijo a quien bondadosamente acepta
Los renglones intermedios están evidentemente relacionados; castigo es el sujeto de ambos, el sustativo y el verbo se derivan de la misma raíz. Luego la primera y la cuarta línea también están relacionadas: el “hijo” es mencionado en ambas; y el verbo en la última línea debe tomarse del sujeto de la primera línea; y este es corrección. De aquí entendemos la razón porqué mastigoí es introducido, no siendo más que algo con qué suplir la elipsis del original hebreo.
Apéndice S 2
Cap. 12:11. Fruto apacible de justicia, etc. Esta es una frase que ordinariamente se entiende en cuanto a su sentido general, y sin embargo es difícil de explicar satisfactoriamente. Algunos entienden “de justicia” como el caso genitivo exegético; “el fruto apacible,” como Macknight lo explica “el cual es justicia;” y agrega, “La justicia es denominada apacible, porque es productora de paz interior para la misma persona afligida, y de la paz exterior para aquellos con quienes convive; y también es llamada el fruto de los castigos divinos, porque las aflicciones tienen una tendencia natural a producir frutos en los castigos, los cuales ocasionan un gozo mucho mayor que la pena producida por el castigo.” Salmos 119:67, 71, 75.
Doddridge también parece haber entendido la frase en el mismo sentido, pues afirma que el castigo “produce y mejora aquellas virtudes que brindan gozo y paz a la mente.” Lo mismo piensa Scott, y la opinión de Calvino, parece ser semejante.
La frase admite otro significado: “El fruto de justicia,” de acuerdo con el uso más frecuente de las Escrituras, significa el fruto que pertenece a la justicia, o con las palabras de Stuart: “el fruto tal como la justicia lo produce,” o en las palabras de un autor citado por Poole, “el cual procede de la justicia.” Justicia parece significar aquí lo que es justo y recto, o lo que se debe hacer de acuerdo con la voluntad de Dios, como cuando nuestro Salvador agrega: “Así nos conviene cumplir con toda justicia,” Mateo 3:15. Lo que puede considerarse como especialmente aludido aquí, es la sumisión o sujección a la voluntad divina mencionada en el versículo 9. Esta sujeción fue la justicia; fue justo de acuerdo con la declaración del versículo 7. Antes dijimos que el objeto de la corrección es hacernos partícipes de la santidad divina; ahora el Apóstol menciona la justicia; ambas están relacionadas. Debemos ser santos, y limpios de orgullo, mundanalidad, y obstinación, para que podamos hacer lo que es recto y justo, esto es, someternos a la voluntad de Dios cuando él nos castigue; y cuando esta sumisión o justicia ocurre, entonces la corrección produce un fruto apacible o bendito, es decir, un efecto tal, o una bendición tal, como la paz o la felicidad. La paz y la felicidad se indican por una sola palabra; pero “bendito” o feliz se aplica al “fruto” más adecuadamente que “apacible” o pacífico.
Entonces el significado puede darse a entender así: “empero poco después rinde a aquellos que son ejercitados (o entrenados, esto es, para la santidad) por él, un fruto bendito, tal como aquel que la justicia (esto, es, sujeción a la voluntad de nuestro Padre) produce.”
Apéndice T 2
Cap. 12:13, Y haced derechos pasos, etc. Esta es una cita, y no una apropiación de ciertas verdades; está tomada de Proverbios 4:26, donde el texto hebreo dice: “Haz derecha la senda de tus pies;” y la Septuaginta, “Haz rectas las sendas de tus pies,” son las palabras textuales de este pasaje. Que el verbo en hebreo signifique “hacer derecho” y no “examinar,” como en nuestra versión, es evidente de una frase similar que se encuentra en Salmos 78:50: “Dispuso (o hizo directo) el camino a su furor.” El verbo es el mismo que en Proverbios. El sustantivo significa balanza, o más bien el fiel de la balanza, (Véase Proverbios 16:11) que es recto, y se emplea para igualar lo que se pesa. El verbo, por tanto, puede incluir la idea de hacer derecho o igualar. El versículo que sigue en Proverbios 4:26, favorece esta idea de senda recta: “No te tornes a la derecha o a la izquierda,” lo cual implica que hay un camino recto que puede seguirse. Véase el versículo 25.
“Haz derecha la senda de tus pies,” o “Haz rectas las sendas de tus pies,” evidentemente significa: “Que la senda o sendas por las cuales vas, sean rectas o derechas.” Los caminos del error y del pecado son llamados caminos o sendas torcidas: véase Prov. 2:15; Is. 49:8. Así el camino de la verdad y de la santidad es comparado a una línea recta, de la cual no tenemos que desviarnos.
Es interesante lo que el Apóstol dice en Gal. 2:14, acerca de Pedro y los que fingían juntamente con él, que ellos “no andaban rectamente (o literalmente, no eran ortodoxos, (ouk orthopodoúsi) confórme a la verdad del evangelio;” se desviaron de la línea recta prescrita por el evangelio. La idea, pues, de quitar los obstáculos o de hacer derechas sus sendas, tal como Macknight y otros lo traducen, no parece tenerse aquí presente; ni tampoco es apropiada a lo que sigue, “que el cojo,” o el débil no se salga fuera del camino, sino que sea sanado,” de su cojera o debilidad. Porque si los considerados como fuertes en la fe no caminasen rectamente, mas se volvieran por los caminos torcidos del fingimiento, como Pedro y los otros en Antioquía, el cojo, el débil en la fe, se vería tentado a hacer lo mismo, en vez de curarse de su cojera, o bien su flaqueza sería fortalecida por el ejemplo de otros que caminaran por las sendas de rectitud.
La idea de dislocación aplicada a ektrapé por Schleusner, Macknight, y otros, fue inventada con objeto de acomodar lo que ellos consideraban como significado correcto de este pasaje, lo cual, por ningún motivo es necesario, y ciertamente es inapropiado al contexto cuando se entiende rectamente. “El que es cojo,” to chólon es del género neutro y no del masculino, una expresión idiomática frecuentemente usada en el Nuevo Testamento.
Apéndice U 2
Cap. 12:15. Que ninguna raíz, etc. Esta cita, tomada de Deuteronomio 29:18, parece ser la adopción de algunas palabras y nada más; porque literalmente no es del hebreo ni de la Septuaginta: “Raíz,” no se refiere a un principio en Deuteronomio, sino a un individuo, a una persona dada a la idolatría. Parece relacionarse con una persona. La cláusula en hebreo es: “Quizá habrá en vosotros raíz que eche veneno y ajenjo;” y en la Septuaginta, “No sea que haya entre vosotros alguna raíz que brote en hiel y amargura.” Como se toma sólo la idea de una raíz amarga o venenosa que crece, no es necesario suponer que la aplicación aquí sea la misma que en Deuteronomio. Lo que allí se aplica a un idólatra, aquí se aplica a una persona que perturba la paz de la Iglesia.
Algunos interpretan este pasaje como refiriéndose a la apostasía; y por consiguiente, traducen así la primera frase: “Para que ninguno. se aparte de la gracia de Dios,” esto es, del evangelio, o la fe cristiana. Pero Pero, ¿qué es la “gracia de Dios?” Se han dado diferentes respuestas: el favor de Dios a los que cuidan su santidad; la misericordia de Dios ofrecida en el evangelio; el descanso prometido; la vida eterna. Mas tomando este versículo, como debemos hacerlo, en relación con el anterior, podemos afirmar, que es la gracia santificante de Dios, o la “santidad” ya mencionada; y luego, conforme al orden invertido que con frecuencia hallamos en las Escrituras, la cláusula siguiente se refiere a “la paz,” “que ninguna raíz de amargura brotando, os impida, y por ella (o por ésta) muchos sean contaminados (o infectados).”
Después, siguen ejemplos de estos dos males en el mismo orden; primero, “el fornicario,” es el violador de la “santidad” por su deficiente respecto a la gracia de Dios; y segundo, “el profano,” es un perturbador de la paz, de la Iglesia, como Esaú lo fue de la paz de su propia familia; siendo “una raíz de amargura.”
Pero debemos observar que la “paz” tiene que ser con “todos los hombres;” sin embargo, el ejemplo del perturbador de esta paz se refiere a la paz de la Iglesia, Así que, con respecto a la “santidad” se inculca lo que es universal; más el ejemplo, en cuanto al violador de ella, es particular. Por no entender esto bien, indudablemente algunos de los padres consideraron la “santidad” en el versículo anterior como significando castidad.
Esaú se convirtió en “una raíz de amargura” por ser profano; y ser profano en este caso significaba despreciar las cosas santas, o considerarlas como de ningún valor, al grado de despreciarlas y preferir, en su lugar, el incentivo de la carne. Este fue el escarnio de Esaú, el cual eventualmente condujo a espantosa discordia en su familia; y para demostrar el mal que viene después de tal cosa, el Apóstol señala la pérdida que tuvo Esaú; como un aviso para los demás.
Apéndice X 2
Cap. 12:18–24. En esta comparación entre la ley y el evangelio, sin duda estaría más en consonancia con lo que se afirma en el Exodo y también con la comparación hecha aquí, el considerar mé como una parte del texto, aunque esté omitido en todas las copias que se han examinado hasta ahora. Rarísima vez hay suficiente base para una conjetura de esta naturaleza; ni puede afirmarse que haya aquí una necesidad imperiosa para ello, sólo que la comparación sería más completa, “No os habéis allegado al monte al cual tenéis acceso.” Tan terrible fue la promulgación de la ley, que el tocar el monte significaba la muerte instantánea; pero el acercarse a Sión es a lo que por gracia se nos invita, porque es la Ciudad de Dios, donde se imparte la vida.” La partícula zon, parece tener aquí este significado, ya que no aparece otra razón por la cual la palabra sea aplicada aquí a Dios.
Al describir la superioridad del evangelio sobre la ley, el Apóstol se sirve de expresiones tomadas de la primera dispensación; y aunque el Monte de Sión y Jerusalén parecían corresponder a la ley, con todo son puestos aquí en contraste con el Sinaí, donde la ley fue proclamada. Sión es ciertamente un término evangélico, y toda la ley ceremonial, aunque agregada a la ley proclamada sobre el monte Sinaí era sin embargo el evangelio típicamente hablando, y existía parcialmente antes de que fuese dada la ley.
El contraste aquí es muy asombroso: el terror y la muerte circundaban a los israelitas en el Sinaí; pero hay un acceso libre y franco para todos los que se allegan a Sión; había en el Sinaí ángeles, circundados de fuego, obscuridad y truenos; pero millares de ellos, y una hueste innumerable, son ahora espíritus ministradores de los moradores de Sión; la asamblea general al pie del Sinaí era únicamente de los hijos de Israel; pero la asamblea en Sión es la asamblea general y la Iglesia de los primogénitos, los santos de Dios reunidos de entre todas las naciones: Dios apareció en el Sinaí como el juez, el soberano, y gobernador de un pueblo; mas el Dios de Sión es el juez y gobernador de todos los que vienen allí de las diferentes naciones de la tierra: para los que estaban en el Sinaí el estado de los santos ausentes era conocido sólo imperfectamente; mas para los que se allegan a Sión su condición es bien conocida, siendo ellos una parte de ese cuerpo—la Iglesia—del cual Cristo es la cabeza: el mediador del Sinaí fue Moisés, un siervo fiel y nada más; pero el Mediador del Nuevo Pacto, el cual pertenece a Sión, es Jesús, por virtud de cuya sangre todos los pecados son perdonados, y todas las corrupciones eliminadas, una sangre que clama misericordia y no venganza, como la de Abel. Todo el contenido del primer contraste no es mencionado, pero puede deducirse fácilmente del segundo.
Que por Sión se entiende la Iglesia, aquí sobre la tierra, parece mas claro. La Iglesia frecuentemente es llamada el reino de los cielos, y sus súbditos son llamados los ciudadanos del cielo. Que los ángeles y santos que han partido son mencionados como aquellos a quienes nos allegamos no hay objeción, porque todo lo que pertenece a Sión es visto por la fe únicamente. Nuestra comunión con los creyentes distantes, que viven sobre la tierra, es sostenida sólo por fe, exactamente en la misma forma que nuestra relación con los ángeles o espíritus de los que han partido. Ya que los ángeles mencionados aquí, sean espíritus ministradores, o que lo sean los ejércitos de arriba quienes sirven a Dios en el cielo, no hay diferencia alguna, puesto que ellos son consiervos y conciudadanos por decirlo así, de toda la familia de la fe sobre la tierra. Véase Col. 1:16, 17. Es la misma compañía, aunque una esté ahora en la tierra y la otra en el cielo; ellos finalmente se unirán.
A la idea que algunos, como Macknight y otros, han sostenido, de que Sión significa aquí la Iglesia en su estado glorificado, después de la resurrección, hay objeciones insuperables: el contraste en tal caso no sería adecuado; porque el propósito del Apóstol, evidentemente, es manifestar la excelencia de la dispensación del evangelio en comparación con la de la ley; ninguna diferencia satisfactoria basada en tal proposición podría hacerse entre la Iglesia de los primogénitos y los espíritus de los justos hechos perfectos; la expresión “alistados en los cielos,” se aplica más apropiadamente a los que están en la tierra que a los que están en la gloria; y no sería correcto, en tal caso, mencionar a Cristo como Mediador, o que su sangre hable un lenguaje diferente de la de Abel.
Apéndice Y 2
Cap. 12:28. Como de cosas hechas. etc. El significado de hos pepoieménon, como Doddridge, Scott, y Stuart lo interpretan, es que son cosas creadas, y por lo tanto perecederas, designadas sólo por un tiempo, Macknight consideraba tal expresión como elíptica, para suplir la frase: “hechas de manos;” que denota lo que es de naturaleza imperfecta. Pero la explicación de Schleusner es la más natural y la más adecuada al pasaje. El dice que, poiéo algunas veces significa efectuar, terminar, llevar a cabo (Romanos 4:21, 9:28, Efesios 3:11; 1 Tes. 5:24.) Entonces la traducción sería: “como de cosas para terminar” o “llevarse a cabo.”
Eran cosas que tenían que ser cambiadas, como cosas para ser terminadas o completadas. El verbo correspondiente en hebreo, asá, tiene evidentemente este significado: “todas sus obras que él hizo,” (asá) o terminó, o completó. (Gen. 2:2; véase Isaías 41:4.)
Apéndice Z 2
Cap 12:28. Retengamos la gracia, etc. Así traducen Beza, Grocio, Doddridge y Scott. La Vulgata y Calvino, sin duda están equivocados. La autoridad de los MSS. está completamente a favor del verbo en el modo imperativo. Macknight ofrece esta singular interpretación: “Retengamos un don por el cual podamos adorar a Dios,” etc. Explica el “don” como algo que denota la dispensación de la religión. No menos inapropiada es la versión de Stuart, aunque es apoyada por algunos de los padres: “Manifestemos gratitud (por la cual podamos servir a Dios de manera aceptable) con reverencia y santo temor.” Cuando cháris significa gratitud, siempre le sigue el caso dativo, lo cual no ocurre aquí. Tener fe, échein pístin, es poseerla, (Mateo 17:20;) tener vida eterna es poseerla, (Mateo 19:16;) tener esperanza es disfrutarla o poseerla, (Rom. 15:4;) y así tener gracia es poseerla. Y sólo esto concuerda con lo que sigue: “es la posesión de aquello por lo cual podemos servir a Dios aceptablemente.” por “gracia” hemos de entender la ayuda misericordiosa y el auxilio que Dios promete a todos los que la procuran.
Recibir un reino es obtener derecho a él o un título de posesión real; y teniendo la promesa de este Reino debemos procurar, alcanzar, y poseer esa gracia, esa ayuda divina, por medio de la cual podamos, al mismo tiempo, servir a Dios aceptablemente. Este es el significado lógico del pasaje.
Apéndice A 3
Cap. 12:28. Con temor y reverencia. La primera palabra, aidos, significa “modestia,” tal como se traduce en 1 Tim. 2:9, y no se encuentra en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. En los clásicos tiene el significado de respeto y reverencia. La segunda palabra, eulabeía, propiamente, significa precaución, circunspección, temor reverencial y por consiguiente, pavor y temor. Sólo se encuentra aquí, y en el capitulo 5:7. Ocurre dos veces como participio pasivo en Hechos 23:10, y en el cap. 11:7, y significa ser influenciado o movido por el temor. Ni “piadoso” ni “religioso” deben añadírsele.
Pudiera aparecer difícil reconciliar este “temor” o pavor con aquel amor y confianza, y deleite con los cuales Dios ha de ser adorado conforme al evidente testimonio de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamente. Mas si interpretáramos la primera palabra como significando “modestia,” (o humildad,) a la manera de Beza, podríamos considerar las palabras como descriptivas, debiéndolas sentir al considerar lo que de hecho somos en nosotros mismos, y cuál es el peligro a que estamos expuestos. El significado entonces sería, que tenemos que servir a Dios con profunda conciencia de nuestra propia flaqueza, y con temor o pavor del peligro de apostasía, aunque ese temor pueda provenir en parte, de un temor acerca de lo que Dios hará con los apóstatas, de acuerdo con lo que expresa el versículo siguiente. Sin estos dos sentimientos es imposible, ciertamente, para nosotros, en nuestro estado actual, servir a Dios aceptablemente porque sin esa humanidad que provenga de un sentimiento de indignidad y flaqueza, no seremos capaces de apreciar su misericordia; y sin el temor del pecado, y especialmente de la apostasía, jamás dependeremos, como debiéramos, del poder de Dios para preservarnos.
Estos sentimientos no impiden en grado mínimo la práctica del amor, la gratitud y la confianza; por el contrario la fortalecen. El débil será sostenido, pero debe sentir su debilidad; y aquellos que tienen pavor del pecado (no de Dios) serán guardados y preservados; pero deben sentir ese temor. Y cuanto más sintamos nuestra flaqueza, más fuertes seremos, como dice Pablo: “Cuando soy flaco entonces soy poderoso:” y cuanto más miedo tengamos al pecado, más seguros estaremos. Pero, a semejanza de Pedro, tropezaremos y caeremos si nos confiamos demasiado en nosotros mismos y dejamos de tener miedo al pecado.
Ningún otro significado, sino el de temor o pavor, corresponde a eulabeía dondequiera que se encuentre, ya como substantivo, o como participio. Es el miedo al mal y no el miedo a Dios. Véase la Septuaginta, en Josué. 22:24; y 1 Mac. 3:30; 12:42. No existe un lugar donde se demuestre que debe existir miedo a Dios.
Apéndice B 3
Cap. 13:5. Sean las costumbres vuestras, etc. Macknight lo traduce “comportamiento;” y Stuart “conducta.” Empero trópos no sólo significa modo, manera, conducta, sino también una vuelta en la dirección, ya sea de la mente, disposición o ingenio, según lo entiende Schleusner. Parkhurst cita un pasaje de Demóstenes, en el cual evidentemente tiene este sentido. Esta versión, entonces, puede interpretase así: “Que no haya disposición inclinada al dinero;” o “Que vuestra disposición esté libre del amor al dinero.” La Siríaca es, “Que vuestro corazón no ame el dinero.” La Vulgata da una versión libre. “Que vuestra conducta sea sin avaricia.” La versión de Beza es casi la misma: “Estad contentos,” o “estad satisfechos, con lo que tenéis;” esto es, pensar que tenéis lo suficiente o lo bastante.
Apéndice C 3
Cap. 13:5. No te desampararé, etc. Hay tres lugares donde se encuentran estas palabras, aunque con alguna variación, Deuteronomio, 31:6; Josué 1:5; 1 Cron. 28:20. En el primero, son palabras de Moisés al pueblo de Israel; en el segundo palabras de Dios a Josué; y en el tercero palabras de David a Salomón. El texto hebreo, en las tres partes, es exactamente el mismo, exceptuando el cambio de persona; pero la versión Septuaginta no es igual en ninguna de las tres. Las palabras; como se citan aquí son literalmente el texto hebreo en Josué 1:5, donde la versión griega es completamente diferente; únicamente el Apóstol introduce el triple negativo tal como se encuentra en Deut. 31:6, mas no se da esa versión en ninguno de los otros dos casos. Entonces la cita es de Josué 1:5, salvo que el Apóstol sigue la Septuaginta en Deut. 31:6, respecto a los tres negativos.
El hebreo no podía haberse traducido más correctamente tocante a los verbos que como fue hecho por el Apóstol; éstos son idénticos en la Septuaginta, excepto en Josué 1:5. El primer verbo significa descansar. y en sentido transitivo, dejar ir, despedir, abandonar, capitular; y el segundo significa dejar, desamparar, desertar. Los verbos en el griego tienen un significado semejante.
Para dar un significado distinto a cada uno, podemos traducir la cláusula así:
“No te despediré
Ni te desertaré por ningún motivo.”
Esto es, no me separaré de ti; ni tampoco te desertaré por ningún motivo, aun cuando te encuentres en dificultades y pruebas.
Los tres negativos con el último verbo son extraordinarios. Existe en hebreo algo que corresponde o concuerda con ellos. La vav cuando va precedida a una negación frecuentemente puede traducirse y no, ni, tampoco. Entonces la versión sería ésta: “No te despediré, no, ni tampoco, te abandonaré.” Ciertamente es una promesa, de que Dios continuará siendo nuestro Dios, en forma tal que no nos abandonará, y que por ningún motivo o bajo ningún concepto nos dejará desamparados en tiempo de necesidad.
La cita en el versículo siguiente es del Salmo 118:6, y es literalmente lo mismo que la Septuaginta. En hebreo es algo diferente: “El Señor, el mío, es mi ayuda, (literalmente, para ayuda mía;) y yo veré mi deseo entre los que me aborrecen;” una frase que significa que él obtendría la victoria sobre ellos. La palabra “ayuda” está tomada de la Septuaginta, del versículo siete; y como evidentemente el propósito del Apóstol fue confirmar la última cláusula de la cita anterior “No te dejaré,” consideró suficiente para el caso citar las palabras de la Septuaginta.
Apéndice D 3
Cap: 13:7. Vuestros prepósitos, etc, (pastores vegún Valera). La palabra egouménoi propiamente significa líderes, conductores, guías, tales como los que enseñan el camino, y de acuerdo con su significado secundario, presidentes, jefes, gobernadores, superiores. La Vulgata traduce, “prefectos-preafectorum;” Beza y Stuart, líderes-ductorum; Macknight “superiores”; Doddridge parafrasea: “Quienes presiden sobre vosotros.” La versión más adecuada al contexto es nuestro “líderes o conductores.” porque se habla como de personas a quienes hay que seguir; eran los dirigentes religiosos y servían de ejemplo a los demás. Empero en el versículo 17 la idea de un “superior” es más apropiada, porque tenían que ser obedecidos. El significado específico de una palabra que tiene varios sentidos deberá determinarse siempre por el contexto. Los líderes aquí aludidos eran aquellos que habían terminado su carrera; porque ellos tenían que recordarlos, y no contemplarlos como si estuviesen vivos; y meditando en el fin de sus vidas, ellos deberían imitar su fe.
La palabra ékbasis significa una salida, una fuga, también el fin, conclusión o terminación de una cosa, o el resultado; y anastrofé significa género de vida, trato, comportamiento, conducta, la manera en que uno vive. No existe palabra en español que exprese adecuadamente su significado. Puede traducirse aquí: “vida,” “y contemplando el fin de su vida, imitad su fe;” esto es, lo que ellos creyeron. Ellos terminaron su vida en paz, y pudieron triunfar sobre todos los males por medio de la fe que profesaron y poseyeron.
Apéndice E 3
Cap. 13:8. Jesucristo es el mismo, etc. La relación de este versículo es considerada de diferentes modos, lo mismo que su significado. Algunos lo relacionan con el versículo anterior en esta forma: “Jesucristo es todavía el mismo en poder, gracia, y fidelidad, sostuvo a vuestros líderes y guías, quienes han terminado sus pruebas victoriosamente; él siendo el mismo, os sostendrá a vosotros.” Tal es la opinión sostenida por Grocio. Doddridge, Macknight, Scott, y Stuart. Otros, como Scholefield, Bloomfield, y algunos teólogos alemanes, relacionan el versículo con lo que sigue en este sentido: “Jesucristo es el mismo, por lo tanto sed vosotros los mismos, y no seaís llevados por diferentes y extrañas doctrinas.”
Mas no hay necesidad de esta relación exclusiva, ya que el versículo aparece relacionado con el anterior y con el siguiente. Los que adoptan el primer punto de vista parecen estar equivocados en cuanto al objeto primordial del pasaje. A lo que el Apóstol exhortaba a los hebreos era a imitar la fe de sus líderes que habían partido a descansar con el Señor, y la consideración de su fin victorioso y feliz fue introducida para incentivo y estímulo de su fe. Y que este sea el punto particular y principal tratado aquí se deduce del versículo nueve, donde se aplica esta doctrina, por decirlo asi; “No seáis llevados, etc.” Entonces el significado de todo el pasaje puede interpretarse así: “Imitad la fe de vuestros guías que han partido; porque no hay cambio en ella, Jesucristo es siempre el mismo, en pensamiento, voluntad, y propósito en cuanto a la fe: no permitáis, pues, el ser llevados por doctrinas diversas y extrañas, diferentes de la fe de quienes os enseñaron a vosotros, los cuales han llegado a un fin victorioso.” En esta forma el pasaje aparece firme desde el principio hasta el fin, y también relacionado adecuadamente:
7 Acordáos de vuestros líderes, que os anunciaron la palabra de Dios, y considerando el fin de su vida, imitad su fe: 8 Jesucristo ayer y hoy es el mismo y lo será siempre; 9 No os dejéis arrastrar por doctrinas diversas y extrañas (nuevas); porque mejor es fortalecer el corazón con la gracia, que con viandas, que no aprovecharon a los que confiaron en ellas.
Si en alguna manera se pone el verbo auxiliar en el versículo octavo, tendrá que ponerse dos veces. Pero las palabras pueden ser traducidas como nominativo absoluto: “Jesucristo siendo el mismo ayer, y hoy, y para siempre;” como si dijera: “Yo os exhorto a imitar su fe, ya que Jesucristo, nuestro Maestro, Mediador, y Salvador nunca cambia, sino que siempre es el mismo.”
Los MSS. están más a favor de mé paraféresthe: “No os dejéis arrastrar” que mé periféresthe: “No seáis llevados por doquiera;” mas como el último verbo es empleado en el mismo tema en Efes. 4:14, es mejor adoptarlo aquí: la diferencia es de poca importancia.
El pasaje, explicado así, se opone tenazmente a toda innovación en la fe, y en la doctrina del evangelio, porque Cristo su Maestro es siempre el mismo. No tiene que haber doctrinas extrañas o nuevas; porque tal es el significado de “extraño” en este caso, esto es lo que es ajeno al evangelio, y por lo tanto nuevo. ¿Y qué son todas las añadiduras que han agregado los padres, y especialmente la iglesia de Roma, sino doctrinas diversas, ajenas al evangelio, el cual para siempre continúa el mismo? Cristo fue, es, y será el mismo como Maestro, Mediador, y Salvador; de aquí que la fe, una vez entregada a los santos, debe continuar inmutablemente, siendo la misma.
Apéndice F 3
Cap. 13:9. Porque buena cosa es, etc. Parece haber alguna obscuridad en la última parte de este versículo, y también en los siguientes. Parece existir, sin embargo, una insinuación de lo que el Apóstol quiere decir con el término “extraño” o “nuevo” al aplicarse a las doctrinas aquí aludidas. Hubo probablemente una tentativa de mezclar algo de la ley ceremonial, especialmente lo relativo a las fiestas, con el evangelio. La distinción de las viandas o carnes no era cosa nueva, pero esta clase de mezcolanza pudo haberse llamado así, esto es una participación en aquellos sacrificios, parte de los cuales era permitido comer a los ofrendantes, Lev. 7:11–24. Esta fue probablemente una de las “extrañas” o “nuevas” doctrinas. Tal complacencia debió efectuarse con el fin de evitar el reproche y la persecución.
El Apóstol dice en el versículo 10, que aquellos que comían de los sacrificios no tenían derecho a participar de lo que comían los cristianos. Luego, en el versículo 11, menciona el sacrificio ofrecido anualmente por el sumo sacerdote, del cual ninguna parte se comía, sino que todo era quemado fuera del campo, (refiriéndose al estado de cosas cuando el tabernáculo fue construido en el desierto,) insinuando que del sacrificio principal no participaban ni los sacerdotes ni el pueblo. Tomando este hecho como una insinuación, y un símbolo de lo que tendría que ser, afirma que Cristo ofreció el auténtico y verdadero sacrificio fuera del real, (aludiendo ahora al templo de Jerusalén,) a donde tenemos que seguirle, sufriendo el vituperio a que él fue sometido; y no temos que regresar al tabernáculo, ni participar de aquellos sacrificios que se comían.
Como un aliciente para soportar el vituperio, el Apóstol les recuerda que la vida es muy breve, y que los cristianos esperan otra patria; y por fin, declara también qué clase de sacrificios podían aún ofrecer a Dios, no los sacrificios de ofrendas de paz, sino de alabanza y acción de gracias, y también de buenas obras.
De acuerdo con esta opinión, las “viandas” que se mencionan en el versículo 9, deben haber sido las carnes que se comían cuando las ofrendas de buena voluntad eran presentadas. Admitiendo que el gran sacrificio por el pecado haya sido ofrecido por Cristo, algunos todavía pudieron suponer y pensar que presentes como éstos eran, aún permitidos; y que comer de tales ofrendas pudiera haberse considerado como muy provechoso, calculándose que produciría un gran beneficio. En oposición a tal sentimiento, se supone que el Apóstol haya dicho que era bueno que el corazón fuese fortalecido mediante la gracia, y no por la carne, la cual no demuestra ser provechosa para aquellos que regularmente participan de ella.
Por “altar” ha de entenderse los sacrificios ofrecidos en él. Declara el autor que no era posible participar del alimento del cristiano, ni de las ofrendas hechas sobre el altar. La traducción literal de los versículos 11 y 12 es como sigue:
11 Además, los cuerpos de los animales, cuya sangre vertida por el pecado, es introducida en el santuario por el pontífice, son quemados fuera del campamento. 12 Por lo cual también Jesús (para santificar al pueblo con su propia sangre, padeció fuera de la puerta.”
El objeto de estas palabras era demostrar que ni las viandas, ni las carnes, ni comida alguna están relacionadas con el sacrificio por el pecado; y al afirmar en el versículo siguiente que tenemos que seguir a Cristo fuera del campo, llevando su vituperio, el Apóstol insinúa que este vituperio no debe evitarse, ni comprometerse con los que están en el tabernáculo, atareados en sus ofrendas de paz y otras fiestas.
El significado de todo el pasaje, 9–16, puede declararse en esta forma: “No os dejéis extraviar por diversas clases de doctrinas, ni por novedades; la gracia, y no el comer las ofrendas, fortalece el corazón y lo hace capaz de mantener la fe y soportar las pruebas; y esta gracia, o sea la vianda que pertenece a nuestro altar, no puede compartirse con aquellos que están todavía aferrados al altar del tabernáculo terrenal. Y acerca del sacrificio anual por el pecado, no ha de comerse, sino quemarse; y no en el tabernáculo, sino fuera del campamento, simbolizando lo que Cristo hizo cuando sufrió fuera de la puerta. Allá debemos seguirle, y no regresar de nuevo al tabernáculo a fin de escapar el vituperio; y este vituperio no durará mucho, porque caminamos hacia otra patria; y en lugar de traer ofrendas de buena voluntad y comerlas, lo que debemos de ofrecer ahora son sacrificios de alabanza, acciones de gracias, y buenas obras.”
Apéndice G 3
Cap. 13:17. Para que lo hagan con alegría, etc. Existe diferencia de opinión acerca de esta oración. Algunos, como Teofilacto, Grocio, y Doddridge, refieren la partícula “lo” a velar; otros, como Macknight, Scott, y Stuart, la aplican a “la cuenta” que deben rendir los ministros. La primera opinión, de la cual también Calvino es evidentemente partidario, es la única consistente en relación al resto del pasaje. Las palabras finales del versículo son totalmente inapropiadas, si consideramos que hemos de rendir cuentas en el día del juicio; mas por todos conceptos apropiadas cuando las relacionamos con la vigilancia que deben observar los pastores. El afirmar que una cuenta desfavorable es el último día sería “sin provecho” para el pueblo, equivaldría a emplear una expresión poco congruente; empero, representar la vigilancia de los ministros cuando se hace “penosa” por la perversidad y por la obstinada conducta del pueblo, como improductiva para el pueblo mismo, es absolutamente apropiado; y es una consideración muy importante, que nos da un poderoso argumento en favor de la obediencia. El pueblo a causa de la insubordinación, no sólo aflige a los que velan por él, sino que se perjudica a sí mismo, impide su progreso y nulifica por completo la cuidadosa vigilancia de sus pastores.
Macknight hace referencia a 1 Tes. 2:19; pero la “alegría” sólo es mencionada aquí; Doddridge observa justamente: “No es posible que ninguna perversidad del pueblo impida al fiel ministro rendir sus cuentas con gozo; ni gemido alguno puede ser mezclado con los cantos de triunfo que Dios pondrá en las bocas de todo su pueblo.” Sin duda el “gemir” mencionado aquí muestra claramente el significado del pasaje.
Apéndice H 3
Cap. 13:20. Por la sangre del testimonio, etc. La Vulgata, nuestra versión, Calvino y Scott, relacionan las palabras con el “sacó de los muertos;” sólo la Vulgata y Calvino traducen la preposición en, y nuestra versión y Scott la interpretan por. La idea que se da a entender por en es explicada por Calvino, y la misma es ofrecida por Teodoreto, y lo que significa en por es explicado por Scott en esta forma: “A fin de de-mostar que su rescate fue aceptado, y que podía ejecutar su graciosa obra como el gran Pastor de las ovejas, Dios el Padre lo levantó de entre los muertos por la sangre del testamento eterno.”
Otros, como Beza, Doddridge, y Stuart, relacionan las palabras con “el gran Pastor,” esto es, que Cristo se convirtió en el gran Pastor de las ovejas por la sangre del testamento eterno; y se ha citado Hechos 20:28 y Jn. 10:11–19 como favorables a esta opinión. La versión de Stuart es como sigue:
20 “Que el Dios de paz, quien ha restaurado de entre los muertos al Señor Jesús, (quien por la sangre de la alianza eterna se hizo el gran Pastor de las ovejas.) 21 os prepare para toda buena obra, para que hagáis su voluntad, obrando él en vosotros lo que es agradable a sus ojos, por Jesucristo, al cual sea gloria por los siglos de los siglos.”
Empero una interpretación más literal sería así:
21 “Que el Dios de paz, quien ha restaurado de entre los muertos al pastor de las ovejas (al Grande, por la sangre de la alianza eterna) nuestro Señor Jesús, 21 os prepare para toda buena obra para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable a sus ojos, por Jesucristo, a quien sea la gloria para siempre jamás.”
La palabra mégas, grande, algunas veces significa “principal,” summus, como lo traduce Schleusner; y tiene este significado en el cap. 4:14. En Juan 10:11, etc., nuestro Salvador alude a su muerte, al derramamiento de su sangre, como evidencia de que el era el buen Pastor Justamente puede afirmarse que se hizo el gran Pastor por o mediante la sangre del Testamento eterno, esto es, por la sangre que salió e hizo efectivo un pacto que es permanente, y no temporal como el de Moisés.
Su súplica era que Dios les preparara o hiciera aptos para toda buena obra; y esto lo explicó poco después, “haciendo,” produciendo, o creando “en vosotros,” etc; porque el verbo poiéo, hacer, frecuentemente se emplea con este sentido. El da a entender una influencia u operación interna, tal como se expresa claramente en Fil. 2:13, “Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer (literalmente, obrar), por su buena voluntad.” Y este formar o crear en ellos lo que era agradable a sus ojos tenía que hacerse por Jesucristo, y por él como Mediador, al haberse convertido en el gran Pastor de las ovejas mediante el derramamiento de su sangre a favor de ellas.
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